Oct 3 2008
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Sociedad

EEUU, la crisis: se “derrama” el rescate, como para indignarse

Saul Landau*

El Premio al descaro supremo (desfachatez a la enésima potencia) es para el secretario del Tesoro Paulson. Sin siquiera pestañear, este maromero en reversa exigió del Congreso que confiaran en él por valor de una inimaginable suma de dinero para salvar al mismo sistema que él ayudó a llevar al colapso. Si eso no es descaro, entonces el papa es judío.

La era de Paulson del Mercado Libre-por-sobre-todo se desplomó en septiembre. Su dramático fracaso como administrador oficial financiero de la nación le dio cojones (1) para exigir al Congreso que confiaran en él con casi un billón de dólares de dinero de los contribuyentes. Ahora puede transferir a la chusma (los contribuyentes) los préstamos sin valor y los activos chatarra de sus compinches de Wall Street. Es más: va a contratar a firmas que reciban fondos de rescate para que administren el rescate. Imagínense las sonrisitas entre los directores generales de Bear Stearns, Lehman Brothers, AIG y otros grandes especuladores cuando reciban el dinero de los contribuyentes para pagar sus inflados salarios, suministrarles sus otros beneficios y luego ser los corredores del mismo gobierno que ellos dijeron que no debía regularlos.

El Congreso no debiera castigar a las fracasadas compañías financieras o a sus ejecutivos, insiste Paulson. En julio este veterano de tres décadas en Wall Street –estuvo al frente de Goldman Sachs– aseguró al mundo del buen estado del apuntalamiento del sistema financiero norteamericano. En septiembre se derrumbó. El juró que se mantendría con el mercado libre como regulador y que no rescataría a AIG. A los cinco días Paulson se había comprometido igualmente con rescatar al gigante de los seguros. Sigue siendo un misionero, pero su causa ha cambiado del neoliberalismo al socialismo para los ultra ricos.

La mayoría de los socialistas creen que está bien que los trabajadores se repartan la riqueza. Mi padre me enseñó que me cuidara de un sistema que provoca la, pobreza generalizada y estime a Wall Street. “Nunca confíes en alguien que gana su dinero especulando con el dinero de los trabajadores”, me enseñó. Vaya, qué razón tenía.

Setenta y cinco años después de que el país sufriera una década de privaciones económicas, los nietos virtuales de los bribones que especularon con la economía en la década de 1920 realizaron las mismas trampas en la economía moderna.

A partir del verano y hasta septiembre, gigantescas firmas corredoras de valores, compañías hipotecarias y bancos comenzaron a caer como moscas. Luego una de las mayores aseguradoras se desplomó. AIG tenía más activos que muchos países, pero también aún más pasivos.

Los fracasos habían acumulado préstamos sin valor y activos chatarra. Bancos, firmas de corredores y compañías de seguros habían comprado, vendido y pedido en préstamo con ellos como garantía. Para el 20 de septiembre, según un titular de The Wall street Journal, el “impacto” había hecho a Paulson volver a la realidad.

La realidad significó que los operadores de bolsa (término amable para los ladrones, especuladores y estafadores) daban brincos de alegría. El gobierno iba a rescatar a AIG. El optimismo fluyó de nuevo entre los miembros del Club de los Cínicos.

A los alegres cínicos de Wall Street les importa poco un informe del Departamento de Desarrollo del Empleo de California acerca de un incremento del desempleo hasta 7,7%. En agosto, otros 60 000 californianos habían perdido su empleo. Oficialmente casi 1,5 millones de californianos están desempleados. Extraoficialmente esa cifra es considerablemente superior. A trabajadores de la construcción y de la agricultura a menudo se les paga por debajo de la mesa, por lo que no son incluidos en los datos oficiales.

Hace dos años, el desempleo estaba en 5,5%. Y el economista de Palo Alto Stephen Levy (Centro para el Estado Continuado de la Economía de California) dijo que la situación laboral probablemente empeoraría.

Los que tienen empleo probablemente también sientan los efectos de la agitación en Wall Street. “Estoy confundida y preocupada”, me dijo mi vecina. “Así que cerré mi cuenta corriente y mi cuenta de ahorros en Washington Mutual”. Había leído que el banco estaba al borde de la bancarrota (2), y aunque ella tenía menos del máximo de $100.000 asegurado por el gobierno, no confiaba en el banco ni en los funcionarios federales.

–Sus cuentas corriente y de ahorros no tendrán problemas –le dije para tratar de calmarla.
–Para usted es fácil decirlo –respondió.
No le dije que yo también tengo mi cuenta corriente en Washington Mutual y que también estaba nervioso al leer del inminente colapso.

¿Quién comprará el banco? ¿Será rescatado también Washington Mutual? ¿Y dónde se detiene el proceso? Los detalles del rescate de AIG no están claros. Goldman Sachs se reestructuró debido a su fragilidad. Y Paulson nunca explicó de dónde sacará el gobierno el billón de dólares para rescatar a las compañías irresponsables que dirigen sus amigos, los multimillonarios de MBA que invirtieron los fondos de jubilación de la gente en el equivalente de una estafa Ponzi (3) en las hipotecas de casas.

“¿Cómo pudo permitir Bush que la situación se deteriorara hasta este punto?”, preguntó la vecina, una antigua trabajadora social.

Bush no estaba prestando atención. Aparte de su afición por jugar al golf de video y tomar vacaciones, Bush ha declarado repetidamente su fe en el mercado mágico como el mecanismo para regular la economía. Así que estaba equivocado –una vez más– aunque no lo admitió –una vez más–. Tenía esa expresión de “¡Vaya! ¿Qué está sucediendo?” que apareció en su rostro después de que recibió los informes de los ataques del 11/9. Luego reemplazó la expresión de idiota por la de “Me hice cargo” y ofreció soluciones socialistas –lo que quiere decir que sus amigos y colegas pudientes compartan la riqueza de los que tienen menos.

John McCain, otro republicano que cree en la economía basada en la fe y que nos garantizó que el mercado libre cura todas las enfermedades económicas, también tuvo que tragarse sus palabras. Es más, si las palabras tuvieran calorías, McCain sería obeso a estas alturas, considerando cuántas veces ha tenido que desmentir sus propias declaraciones.

Este rebelde que dice la verdad, o conformista mentiroso, echó la culpa a la avaricia y luego dijo que destituiría a Christopher Cox, el jefe de la Comisión de Valores y Cambios, un republicano que hasta hace poco compartía con McCain su fe en el mercado.

A fines de los veintes el sistema bancario fracasó; en 1929 se desplomó la bolsa de valores y el mundo experimentó una terrible depresión. Después de que Roosevelt ganara las elecciones, en 1931, introdujo medidas diseñadas para evitar una repetición de los chanchullos que provocaron el colapso económico mundial.

Para la década de 1981/90, los misioneros renacidos del libre mercado nuevamente habían pasado a los primeros planos, sin que hubieran aprendido nada de los hechos anteriores. Hombres como Greenspan y los mellizos de oro de Goldman Sachs, Paulson y Robert Rubin, descartaron hasta la posibilidad de que las analogías con la historia anterior tuvieran pertinencia. El mercado, recitaban como si estuvieran en estupor religioso, se autorregulará.

Seguramente el mercado se autorregulará cuando a los cocodrilos les salgan alas. Pero incluso después de que el 25 de septiembre Bush exigiera un rescate gubernamental, la plataforma del Comité Nacional Republicano aún asegura:

“No apoyamos los rescates de instituciones privadas por parte del gobierno. La interferencia gubernamental en los mercados exacerba los problemas del mercado y provoca que el libre mercado tarde más es corregirse a sí mismo. Creemos en el libre mercado como la mejor herramienta para la prosperidad sostenida y la oportunidad para todos. Alentamos a los compradores potenciales a que trabajen de conjunto con la comunidad de préstamos para que se autoeduquen acerca de las responsabilidades de comprar una casa, condominio o terreno”.
(Plataforma Republicana, La reconstrucción de la propiedad hogareña”, pág. 28) ¿Quién dijo que la coherencia era importante?

Manténganse firmes en la religión neoliberal, la cual exige que los ciudadanos adopten la compra como el núcleo espiritual de la democracia. Durante la depresión de la década de 1931/40, los norteamericanos débiles de carácter abandonaron la compra como un valor espiritual común –¿solo porque no podían darse el lujo de practicar una religión tan cara?–. Hasta votaron por los demócratas.

Hace 75 años, 13 millones de estadounidenses, de un total de 130 millones de habitantes, estaban desempleados. Millones carecían de hogar. El Presidente Herbert Hoover se preocupaba de que demasiada intervención gubernamental podría llevar al socialismo o al fascismo. Así que limitó sus iniciativas a unos pocos programas sin sentido. Roosevelt hizo lo contrario de la inacción de Hoover, pero incluso después de ocho años de esfuerzos gubernamentales, solo la producción de guerra trajo la recuperación económica –después de diciembre de 1941.

Esos recuerdos no ilustran a los políticos de hoy mientras finalizan los detalles del rescate –en vez de pensar en la forma de dar techo a los sin hogar–. Ellos quieren salvar a los que todavía tienen casa, pero no tanto como salvar al sistema crediticio, no importa lo que eso sea. El Congreso no hizo nada por aliviar las condiciones de las nuevas Villas Hoover –colonias de tiendas de campaña.

Millones de estadounidenses comprenden que a un par de salarios de distancia está la calle, su posible residencia futura; muchas de las nuevas víctimas son niños.

Ningún rescate ni ninguna simpatía para ellos de parte del presidente. Es más, muchos de los nuevos pobres no votarán y muchos Miembros del Congreso también los ignorarán. Pocos de los ricos repetirían lo que decían mis padres: “Igual me hubiera sucedido a mí, de no ser por la gracia de Dios”. Piensen en los $700.000 millones de dólares gastados en guerras, armas y mantenimiento de 761 bases; también en los salarios de seis cifras de los más altos funcionarios y del mantenimiento de sus cabañas para esquiar en Suiza.

Los magnates de Wall Street y los fabricantes de municiones comparten la riqueza de los contribuyentes. Los directores generales pueden reclamar exenciones por valor de millones de dólares en todo tipo de lujos, pero no están exentos de las desagradables connotaciones de su pecado mortal compartido: “¿Cuándo tendrán suficiente?”

“¡Nunca!”, se burló John D. Rockefeller en referencia a la riqueza acumulada.

Los avaros contemporáneos acumularon supuestos valores en sus bancos, firmas de corredores de bolsa y compañías de seguros. Luego, inflados al máximo con préstamos chatarra, estas ratas se desmoronaron.

En 1929 la bolsa quebró. Algunos inversionistas de alto vuelo saltaron desde lo alto de los edificios. Los malhechores del actual fraude de “inversiones” ya no contemplan esa posibilidad. Ellos saben que el Congreso los salvará –bueno, no tanto como sus ávidos corazones desearían, pero un rescate es un rescate.

Notas.
1 En español en el original.

2 Después de que esta columna se escribió, Washington Mutual fue confiscado por el gobierno y vendido a JPMorgan Chase.

3 Estafa de inversión piramidal en la que las supuestas ganancias se pagan a los primeros inversionistas con los fondos formados por el dinero que invierten los participantes posteriores.

* Integra el Instituto para Estudios de Política, escritor y cineasta.
Sus cuarenta filmes, disponibles en DVD, pueden adquirirse en roundworldproductions.com.

Publicado originalmente en www.progreso-semanal.com


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