Abr 27 2005
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Cultura

El arpa y los pájaros callan: murió Roa Bastos

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

Una vida larga y fecunda que supo convertir extrañamiento y compromiso en obra perdurable, cuyas raíces se asientan en la historia antes de la historia y en el presente después de la actualidad.

El escritor se sintió marcado por el exilio, pero impuso a la distancia –la triste, solitaria, maldita distancia– la alegoría como garañón de combate para contribuir, entre los primeros, a producir el puñado de títulos que situaron a la novelística latinoamericana como referente de un nuevo tránsito en la literatura mundial.

Roa Bastos murió en un sanatorio de Asunción por las consecuencias imprevistas de una caída en su domicilio. El gobierno de su país decretó tres días de duelo nacional.

AMÉRICA EN LA OBRA

fotoEn 1960 publica Hijo de hombre y casi 15 años más tarde, en 1974, Yo, el supremo. Hibridación a veces inquietante de mitología, historia, épica y delicadeza lírica, y enseña también de que América podía permear la influencia europea que, pese a ser impuesta como idioma a sangre y fuego y a golpes de codicia y crueldad –el castellano, el portugués–, con el correr del tiempo nos identifica tanto como nos une.

Así, el Paraguay de Roa Bastos, la Colombia de García Márquez, el Chile de Donoso, el Brasil de Amado, el Perú en el mejor Vargas Llosa –que incursiona también en Brasil con su Guerra del fin de mundo la Venezuela de Uslar Pietri, la Cuba de Carpentier, en fin, la Patagonia de Coloane o el México de Fuentes, no son más que miradas particulares sobre las figuras de un caleidoscopio cuyo conjunto es América Latina.

Quince o veinte años después de la publicación de las obras mayores de los poetas del continente americano del sur –Neruda, la Mistral, Vallejo…– la novela, comprendida como la suma de todos los géneros, cierra el “círculo áureo” inciado por los escritores del período colonial: Ercilla –su Araucana, pese a todo, lo hace latinoamericano– Sarmiento de Gamboa, el Inca Garcilaso, sor Juana Inés…

Dos guerras fijan los hitos de la vida de Roa Bastos: su tránsito juvenil y su educación formal acabaron cuando la del Chaco, la iniciada por Alfredo Stroessner en los años de 1940 en adelante contra el pueblo paraguayo marcó su exilio. Regresará a su tierra recién medio siglo más tarde, en 1966.

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En 1983 España le había concedido su nacionalidad, perdida la propia por un decreto del “tiranosaurio”, en 1989 obtiene el Premio Cervantes, doblemente festejado, porque ese mismo año Stressner es derrocado –aunque no castigado, que en América sólo la Argentina castiga a los jefes de sus torturadores–.

Ninguna de las dos obras en las que se conviene está cimentado su prestigio –Hijo de hombre y Yo, el supremo– se refieren a Stroessener; el personaje-símbolo es José Gaspar Francia, dictador de Paraguay en el siglo XIX, que como un soberano absoluto y filósofo del iluminismo europeo, procuró la modernización del país.

UN PASAPORTE PRESTADO

Augusto Roa Bastos nació en 1917 en Asunción de Paraguay, pero vivió buena parte de la infancia en Iturbe, en la región del Guairá, en cuyo paisaje situará sus primeras ficciones. A los 15 años se alista, tras fugar del colegio, como asistente de enfermería para ir a la Guerra del Chaco, que intereses petroleros foráneos –nada es demasiado nuevo en América– habían intrigado para Bolivia y Paraguay.

En 1930 estrena La carcajada una pieza teatral. Es el comienzo casi inadvertido de la aventura literaria, que se prolongará hasta el final de su vida; por esas fechas estrena tres o cuatro obras más, algunas escritas en colaboración de otros autores. Antes del fin de la II Guerra Mundial viaja a Inglaterra, en calidad de corresponsal del diario El País informa sobre los últimos combates de la guerra mundial.

Vuelve a Asunción en 1947. La dictadura lo impele a iniciar su exilio de medio siglo, que lo obliga a la literatura para no sentirse ajeno a todo. En Buenos Aires Losada –editorial fundada por otro exiliado, español esta vez–publica en 1953 El trueno entre las hojas, libro de relatos que se hará famoso en los años siguientes, cuando el realizador cinematográfico Armando Bo lo convierta en una película protagonizada por su musa exuberante, Isabel Sarli.

Comienza a trabajar seriamente Hijo de hombre, que será publicado también en la Argetina siete años más tarde (y siete años después Sudamericana de Buenos Aires lanza el libro clave del llamado “boom” latinoamericano: Cien años de soledad, de Gabriel García Máqrquez, como para pensar en las “cualidades mágicas” del número siete). Siguen varios libros de relatos Los pies sobre el agua, Madera quemada, Cuerpo presente y Moriencia. En 1974 el período culmina con Yo, el supremo, que cierra su indagación en los entreveros del poder, como ejercicio de gobierno y como metafísica. Otros escritores –vr.gr.: Arturo Uslar Pietri, García Márquez, Miguel Ángel Asturias, Vargas Llosa– construyen también con materiales de esta dura cantera.

Es fama fue Roa Bastos puso a disposición de Pablo Neruda, en Buenos Aires, su pasaporte cuando el poeta chileno llega a la ciudad a mediados de la década 1951/60 tras atravesar la Cordillera por pasos reservados a los contrabandistas de ganado, con su cabeza puesta a precio por un tal González Videla, ni el primero ni el último presidente abyecto de América Latina.

Por entonces Neruda está unido en matarimonio con la artista argentina Delia del Carril, pero ya había conocido, en 1946, a Matilde Urrutia. Es precisamente en este exilio que Neruda se formaliza el rompimiento con La hormiguita, indudablemente la personalidad que contribuyó al modelamiento de su obra más trascendente.

Neruda parte luego a Europa. Roa Bastos tardará unos 20 años en tomar esa ruta; lo hace en 1976: la dictadura otra vez, ahora la de Videla. Se establece en Toulouse, Francia, donde será profesor de Literatura Hispanoamericana y recibirá títulos y honores.

Casi cuatro décadas después recibe en Asunción la medalla Pablo Neruda con la que el gobierno de Chile resuelve rendir homenaje a algunas personalidades con motivo del año nerudiano –100 años del nacimiento del poeta– en 2004.

EL OCASO DEL GIGANTE

En 1992 publica Vigilia del almirante, su tercera novela. Esta vez no es Paraguay y sus agonías el asunto del libro. Con el pretexto del viaje de Cristóbal Colón Roa Bastos termina por trascender el género. Su Vigilia… no es el gran fresco barroco que traza el cubano Alejo Carpentier en El arca y la sombra, libro en que el Almirante de la mar océano es figura fatasmal a través de cuya vida e intento de canonización descubrimos otras realidades políticas del siglo XIX.

Roa Bastos bucea más allá de la literatura, más allá de la historia. Reflexiona, indaga, busca, sitúa los problemas de la verdad, de los hechos, de lo que los hechos producen y cómo los interpretamos.

El ocaso del escritor es uno lleno de luz y colores, tan asombroso en su “metafísica” como lo es la constitución geológica, paisajística, la longura de las distancias americanas, la profundidad compleja y silvestre de sus habitantes. La vejez –Roa Bastos tiene 75 años en 1992– no significa un lento apagarse ni el puro sabio navegar los riachos de la memoria: es el crepúsculo incendiado sobre los mares y selvas, sobre las montañas. Un anuncio de próximo despertar.

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En 1993 publica El fiscal, en 1995 Contravida y en 1996 Madame Sui, últimos engarces de los alrededor de 20 títulos que conforman su obra, incluyendo los de poesía. Tal vez su legado sea una paradoja o un canon. Escribió que la memoria “se ha transformado en miedo”, pero la frase inmediatamente anterior (en Yo, el supremo) dice: “La memoria no recuerda el miedo”, lo que bien podría ser la divisa de un país que amó, Cuba, y que lo condecoró con la Orden de José Martí.

Como siempre que muere un escritor inmenso, corresponde a los nuevos escritores subir por esa inmensidad para continuar con la construcción de la conciencia americana, cada uno en tu tiempo, circunstancia y con sus contradicciones.

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