Nov 12 2007
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Cultura

EL CABALGAR DE TUPAC AMARU – POR LA MÁS ALTA DE LAS MEMORIAS (II)

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

Al estallar la definitiva lucha de independencia, la América española contaba con alrededor de 20 millones de habitantes. Distinguidos por castas, cuatro millones eran blancos, cerca del 80% de ellos criollos, cinco millones mestizos y mulatos, 8.5 millones indios y 2.5 negros afro descendientes. En cada virreinato –había cuatro en los actuales Perú, Argentina, Colombia y México–, la distribución de estas castas variaba, predominando localmente unas u otras.

Desde el principio Tupac Amaru programó expresamente la unidad de todas ellas para la lucha independentista, con la sola exclusión del enemigo fundamental: el colonizador español. Aunque el eje director eran los indígenas y castas “pardas”, hasta entonces oprimidas y despreciadas, su programa era la unidad amplia de todos, incluyendo a los “blancos” criollos, e incluso, según algunas fuentes, con la participación de algunos “asesores” europeos. Así lo muestran, no sólo los combatientes “blancos” criollos en sus filas, como Felipe Bermúdez, muerto en batalla al pie de un cañón, sino sus propias cartas durante la insurrección donde explícitamente llama “hermanos” a los criollos y les manifiesta su inclusión en el programa de la misma.

Los primeros conspiradores insurrectos patriotas en la actual Venezuela continuaron con esta política, idearon una bandera de cuatro colores: blanca, azul, amarilla y encarnada, porque “los cuatro colores son los patriotas, que son los: blancos, pardos, indios y negros” (En: Alfonso Rumazo. 1955).

Bolívar habrá de recurrir a su incomprendido Decreto de Guerra a muerte de 1813 para separar en “americanos” y “españoles” a los bandos en guerra. Acto extremo para la generación de una conciencia americana: Españoles, esperad la muerte aunque seáis neutrales; americanos esperad el perdón aunque seáis enemigos, que ha sido presentado como “prueba” de su supuesta “sed de sangre” y “falta de honor”. Sin embargo, era un instrumento reclamado con urgencia por las circunstancias para imponer, y hasta “crear”, el carácter nacional a una guerra que, de hecho, era civil, en una compleja trama de clases y castas que actuaba militarmente a favor del bando realista español; y fue derogado, precisamente, cuando dichas graves circunstancias adversas desaparecieron.

Todo ello en el contexto de una guerra que para él no era sino una odiosa necesidad. “La guerra se alimenta del despotismo, y no se hace por el amor de Dios” (1824). “Aunque la guerra es el compendio de todos los males, la tiranía es el compendio de todas las guerras” (1814). En cualquier caso, su eje esencial estaba puesto, como en el caso del ideario de Tupac Amaru, en el programa, no en el color de piel o nacionalidad, puesto que los “españoles” podían pasar a ser “americanos” si se sumaban a las filas de lucha por la independencia.

José Vasconcelos, el colosal amauta mexicano, que criticó tempranamente el “panamericanismo monroísta” (en alusión a la doctrina imperialista del presidente norteamericano de la época), oponiéndole el bolivarianismo, vio en la “fusión de razas” el cumplimiento de una misión universal para América Latina.

En su obra La raza cósmica, argumenta el destino continental de una síntesis racial definitiva, para el término de toda dominación y el logro de la felicidad y la belleza:

“Tenemos entonces las cuatro etapas y los cuatro troncos: el negro, el indio, el mongol y el blanco. Este último, después de organizarse en Europa se ha convertido en invasor del mundo y se ha creído llamado a predominar lo mismo que se creyeron las razas anteriores, cada una en la época de su poderío. Es claro que el predominio del blanco será también temporal, pero su misión es diferente de la de sus predecesores; su misión es servir de puente.

“El blanco ha puesto al mundo en situación de que todos los tipos y todas las culturas puedan fundirse. La civilización conquistada por los blancos, organizada por nuestra época, ha puesto las bases materiales y morales para la unión de todos los hombres en una quinta raza universal, fruto de las anteriores y superación de todo pasado… En el suelo de América hallará término la dispersión, allí se concebirá la unidad por el triunfo del amor fecundo, y la superación de todas las estirpes… Y se engendrará de tal suerte el tipo de síntesis que ha de juntar los tesoros de la historia para dar expresión al anhelo total del mundo” (1925).

Tupac Amaru

Ocho años antes de la toma de la Bastilla en Francia, José Gabriel Condorcanqui Noguera, Tupac Amaru II, un descendiente directo de la nobleza Inca, rico y culto propietario de cocales, chacras, vetas de minas y una fortuna en mulas de arreo, dedicado al comercio regional, encabezó la más grande rebelión anticolonial en Suramérica, que llegó a abarcar, a lo largo de dos años, cinco de los actuales países, y que tuvo repercusiones en lugares tan distantes como Panamá y México.

Así lo testimonia su bando de proclamación, que comenzaba: “Don José I, por la gracia de Dios, Inca, Rey del Perú, Santafé, Quito, Chile, Buenos Aires y continente, de los mares del sur, Duque de la Superlativa, señor de los Césares y Amazonas, con dominio en el gran Paitití, comisionado y distribuidor de la piedad divina, por el erario sin par… Por cuanto es acordado en mi Consejo por junta prolija por repetidas ocasiones, ya secreta, ya pública, que los Reyes de Castilla me han tenido usurpada la corona y dominio de mis gentes, cerca de tres siglos…” (Bando de Proclamación. 1781). Testimoniando simultáneamente su larga lucha intelectual, administrativa y política por ser reconocido legítimo descendiente directo de los reyes Incas. “Thupa Amaru Inga”, firmaba sus cartas.

Había reasumido también el título de Marqués de Oropesa que una ancestra suya, casada con español, ex gobernador de Chile, había adquirido del Rey en España. En esa lucha se incluyó la redacción, por él mismo, en 1776, del libro Genealogía de Tupac Amaru, muestra de alta retórica y conocimientos jurídicos e históricos, que utilizó como prueba legal en sus reclamaciones de los respectivos fueros a la administración española, en contra de una familia rival, los Betancur, que pretendía la misma ascendencia.

En ese trabajo, se emparentaba por línea materna, a través de cinco generaciones, con el Rey Manco Inca, hermano y rival de Atahualpa que resistió en guerra por décadas a los españoles, hasta ser asesinado por éstos. Quien fue sucedido por sus dos hijos mayores, los cuales se allanaron a servir a los españoles. Pero muertos ambos sucesivamente de “extraña y repentina enfermedad”, asumió el reinado el tercero y menor de los hermanos, Diego Felipe Tupac Amaru (el “Primero”), quien retomó la lucha anti española de su padre, hasta ser derrotado y decapitado en la plaza del Cusco, como el último rey inca. En ese mismo momento, surgió en la Plaza la indoblegable fe indígena en que la cabeza se juntaría otra vez al cuerpo y éste volvería para conducir la lucha.

El Condorcanqui, cuya abuela era hija de aquel último inca, malogrado líder de la resistencia, asumió su nombre, Tupac Amaru (“Segundo”), y fue para su pueblo la cabeza y el cuerpo reunidos, vueltos para capitanear la lucha libertaria.

Aunque la aristocracia virreinal lo llamaba con desprecio “el inca arriero”, es el primer intelectual indígena, no sólo porque sabe leer y escribir en quechua y español, sino porque mira y reflexiona el mundo indígena, por primera vez, con visión universal pero desde sí mismo, desde su propio lugar en ese mundo y para la realización de un destino propio y diferente. Llegó al punto de la subversión violenta tras largos años de gestiones reivindicativas inútiles ante las autoridades coloniales. Incluso, unos años antes de la insurrección, su pariente directo Blas Tupac Amaru viajó a Madrid, España, para presentar las quejas y propuestas en la Corte. Contaba con la ayuda de Ventura Santalices, ex gobernador de Potosí en 1751, y llamado por Carlos III a ser parte del Consejo de Indias, el organismo más importante para la administración de las colonias en América.

Ambos gestionaron incansablemente para terminar con los abusos y empujar las reformas, ganándose el odio de los propietarios mineros, encomenderos agrícolas, corregidores, y todos los sectores usufructuarios de la explotación indígena. Y ambos murieron súbitamente y de modo sospechoso, se cree que envenenados. El propio Condorcanqui estuvo a punto de viajar también a la misma España a exponer sus denuncias contra las arbitrariedades despóticas de los “corregidores” españoles, pero fue convencido de la inutilidad y peligrosidad de ello.

Dos eran los mecanismos arquetípicos de los abusos. Los “repartos”, ventas forzadas y abusivas de toda clase de mercancías, por parte de los corregidores a las comunidades indígenas. “Nos botan alfileres, agujas de Cambray, polvos azules, barajas, anteojos, estampitas y otras ridiculeces como éstas. A los que somos algo acomodados nos botan terciopelos, medias de seda, encajes, hebillas, ruan y cambrayes, como si nosotros los indios usáramos de estas modas españolas, y en unos precios exorbitantes, que cuando llevamos a vender no volvemos a recoger ni la veinte parte de lo que hemos de pagar…”. Así los describe, Tupac Amaru, en su Memorial, presentado a las autoridades españolas en 1777. Y lo más odiado de todo, las “mitas”, cuotas de trabajo forzado de los indígenas en las minas de plata de Potosí, que equivalían a una virtual condena a muerte: “…más de doscientas jornadas de ida y otras tantas de vuelta… Entonces morían los indios y desertaban pero los pueblos eran numerosos y se hacia menos sensible; hoy, en la extrema decadencia en que se hallan, llega a ser imposible el cumplimiento de la mita porque no hay indios que las sirvan y deben volver los mismos que ya la hicieron…” (Ibíd.).

En su afán de terminar con estas injusticias, proponía como parte de su reforma, la eliminación de los odiados “corregidores”, las autoridades coloniales españolas en las regiones, epítomes e instrumentos de todos los abusos. “El faraón que nos persigue, maltrata y hostiliza no es uno solo, sino muchos, tan inicuos y de corazones tan depravados como son todos los corregidores, sus tenientes, cobradores y demás corchetes, hombres diabólicos y perversos, enemigos de Dios y del hombre e idólatras del oro y la plata…” (Ibíd.). Con ello, la administración quedaría plenamente entregada a los curacas, autoridades ancestrales indígenas.

Complementariamente, proponía crear una audiencia en Cusco, para terminar con la lejanía de la administración central en Lima; lo que al mismo tiempo, facilitaba los abusos, al estar distante la autoridad fiscalizadora, y obligaba a los indígenas a largos viajes hasta la capital virreinal, con grandes, y a veces simplemente imposibles, gastos. Con ello, anticipaba, creadoramente, las estrategias de autonomías locales y descentralización del Estado.

Cuatro años más tarde, estas mismas situaciones serán justificaciones explícitas de su insurgencia. “…pensionándome los vasallos con insoportables gabelas, tributos piezas, lanzas, aduanas, alcábalas, estancos, catastros, diezmos, quintos, virreyes, audiencias, corregidores, y demás ministros todo iguales en la tiranía… sin temor de Dios, estropeando como a bestias a los naturales del reino; quitando la vida a todos los que no supieron robar, todo digno del más severo reparo”. (Bando de Proclamación. 1781).

La tormenta perfecta

Ya no tengo paciencia para soportar todo esto.
Micaela Bastidas

Combinando su ascendiente de curaca de tres pueblos –Pampamarca, Tungasuca y Surinama– con sus fueros de noble inca, a los que el sistema colonial español reconocía con privilegios económicos y políticos a fin de que sostuvieran la dominación, el Condorcanqui desarrolló, aprovechando su labor comercial en toda la región continental, una trama de articulaciones conspirativas, tanto con los diversos líderes indígenas de otras zonas como con sectores eclesiásticos y criollos descontentos. Recogiendo así, como base de su magnífico levantamiento, la acumulación y articulación de innumerables resistencias a lo largo de todo el período colonial, y en todo el continente, por parte de indígenas, esclavos, campesinos, frailes e intelectuales criollos.

De no menos de 500 rebeliones diversas se tiene registro contra el dominio español en toda América, el portugués en Brasil, el francés en Haití, el inglés y holandés en las Antillas. En el propio Perú, a la resistencia de sus ancestros Manco Inca y Tupac Amaru I, habían sucedido innumerables levantamientos. Tales como el de los “taquionqueros”, resistencia de carácter místico mesiánica andina, en 1630. Y la de Juan Santos Atahualpa, inca, como Tupac Amaru, y como él, autobautizado con el nombre de un gran antecesor: Atahualpa, padre del primer Tupac Amaru.

Juan Santos será el más exitoso, aunque el menos conocido de todos ellos. Educado y viajado por Europa y África, alzado en rebelión anti española en 1742, con el apoyo de indígenas de la sierra y la selva. Levantó, de hecho, su propia Comuna en la selva central, sin poder nunca ser derrotado, perdiéndose simplemente sus registros en las nieblas de la historia, la leyenda y las profecías.

En esa tradición Condorcanqui Tupac Amaru contará con su esposa, Micaela Bastidas. su hermano Juan Bautista, su sobrino Andrés, su primo hermano Diego Cristóbal, Pedro Vilcapaza, quien fue ejecutado en Azangaro, su tierra, gritando “¡Azangarinos, aprended a luchar y morir como yo!”. Y con el cacique Torres, El zambo Andrés Castelo, El criollo Felipe Bermúdez, muerto en combate, el místico curandero Pedro Challco, El tuerto Pedro Obaya, “que tenía el desplante de tratar de ‘tú’ a todas las altas autoridades españolas”, Ramón Ponce, Pedro Vargas, Nicolás Sanca e Ignacio Ingaricona, que sitiaron Puno y fueron más tarde coroneles de Diego Cristóbal, entre muchos otros que serán parte de su estado mayor en Perú, epicentro de la tormenta justiciera, y delegados suyos en otras zonas.

En el Alto Perú, actual Bolivia, Tomás Katari, lidera un levantamiento. Julián Apaza, aymara como él, cambia su apellido al de Katari para seguir sus pasos, y su nombre al de Tupac, en homenaje al líder quechua peruano Tupac Amaru, al que reconoce como Rey. Nace así como Tupac Katari, el aymara que, a diferencia de Tupac amaru, no poseía ningún linaje de nobleza, pero fue nombrado virrrey y capitán en el Alto Perú del movimiento. Naciendo también la alianza quechua aymara, el núcleo estratégico de la confederación pluriétnica de la insurrección.

No menos de cincuenta mil combatientes, una centena de batallas, en 1.500 kilómetros, a lo largo de dos años. Quechuas, aymaras, tobas, chancas, matacos, mocovíes, pampas, chiriguanos, mestizos, negros, mulatos, criollos y, según algunas fuentes, hasta algunos europeos. La tormenta perfecta tupacamarista.

En el estado mayor de Julián Tupac Katari, que llega a sitiar la ciudad de La Paz por seis meses, están también su hermano Dámaso. Su lugarteniente Andrés Huera. Diego Quispe, llamado ‘el Mayor’ por sus montoneras que los seguían fielmente. Las “mama t’allas” Bartolina Cisa, su esposa y “virreina”. Gregoria Apaza, su hermana. Y Tomasa Titu Condemayta. Derrotados, al igual que Tupac Amaru por una mezcla de errores, azares y traición, tendrán similar tormento final. “Volveré y seré millones”, profetizó Tupac Katari a su verdugos.

En la actual Argentina, se combatió en Jujuy, bajo el mando rebelde del mestizo José Quiroga, el indígena Antonio Umacata, el criollo Gregorio Juárez. También en Salta, y en Rioja. Hasta la misma Córdoba y Buenos Aires llegó a los indígenas “el mal ejemplo de sus semejantes de la infame voz: ya tenemos Rey-Inca” (Fray Pedro de Parras. Informe al Virrey Vértiz. 1781). Incluso a las mismas milicias realistas criollas: “La capital de Buenos Aires y sus costas de norte a sur… no tiene otro recurso para su defensa que este cuerpo de milicias disgustadas y vacilante su obediencia por imitar a las gentes del Perú” (Virrey Juan de Vértiz. Carta al Ministro de Indias. 1781).

El criollo Miguel Tovar y Ugarte, en el actual Ecuador, es sorprendido conspirando, a través del envío de cartas en las suelas de los zapatos a Tupac Amaru, y condenado a prisión donde murió. En la actual Colombia, dirigen la guerra de los comuneros de Nueva Granada los mestizos José Antonio Galán, quien, siguiendo el ejemplo de Tupac Amaru, proclamó la libertad de los esclavos en las minas de Malpaso, Manuela Beltrán, quien ante la muchedumbre en Villa del Socorro, cuna de la insurrección, rompió el edicto español que imponía el impuesto causa del levantamiento. Y los caciques Ambrosio Pisco y Zape Zipa, quienes proclaman a Tupac Amaru “Inca de América”.

En los llanos de Casanare, actual Venezuela, se levanta en armas el criollo Javier de Mendoza, declarado “capitán general de los llanos” al mando de 3.000 indígenas, a quienes hace jurar a Tupac Amaru como “rey de América”. Lo secundan los también criollos hermanos Eugenio y Gregorio Bohórquez. Antes de ser derrotada, la rebelión llega hasta LaguniIlas, donde los alzados tomaron el pueblo dando gritos de “¡Viva el Rey del Cuzco!”, y Mérida, ocupada bajo el mando de los criollos Vicente de Aguilar y Juan García.

En las capitales coloniales de todo el continente aparecieron pasquines, panfletos y afiches y manifestaciones callejeras apoyando la revolución tupacamarista. En la puerta de la Audiencia de Charcas, en la actual Bolivia, en marzo de 1781, uno de ellos decía: “El general inca viva / jurémosle ya por rey, / porque es muy justo y de ley / que lo que es suyo reciba. / Todo indiano se aperciba / a defender su derecho / porque Carlos con despecho / los aniquila y despluma / y viene a ser todo, en suma, / robo al revés y al derecho”.

En Italia, el jesuita y precursor peruano de la revolución independentista, Juan Pablo Viscardo y Guzmán, expulsado junto a su orden por las autoridades españolas en 1767, enterado del levantamiento de Tupac Amaru, realiza gestiones infructuosas ante el cónsul inglés para conseguir del gobierno británico ayuda a los rebeldes.

En su famosa Carta a los americanos españoles, terminada en 1791, en relación con la situación del indio, escribió: Por honor a la humanidad y de nuestra nación, más vale pasar en silencio los horrores y las violencias del otro comercio exclusivo (conocido en el Perú con el nombre de repartimientos) que se abrogan los corregidores y Alcaldes Mayores para desolación y ruina particular de los desgraciados indios y mestizos.

Francisco Miranda, futuro precursor de la definitiva lucha de independencia anticolonial, reconoce, en carta de 1792, que el levantamiento tupacamarista, siendo él oficial del ejército español en Europa, fue antecedente preliminar de su propia concepción revolucionaria.

Quipac haychacta hayllini
(Toca el caracol su canto regocijado de guerra)

Al telúrico bramido del llamado de los pututus, trompetas de caracolas marinas, y “dando ordenes en dos lenguas”, el inca desató la tormenta de fuego sobre los Andes un cuatro de noviembre de 1780. Según algunos autores lo hace apurado en cierta medida por el descubrimiento de una conspiración criolla, dirigida por Farfán de los Godos en Cusco, que alertaría a los españoles variando desfavorablemente las condiciones del teatro de operaciones principal en Perú.

En el pueblo de Tungasuca, sierra peruana, capturó al odiado corregidor Antonio de Arriaga, cuyos excesivos abusos lo habían llevado recientemente a ser excomulgado por el obispo de la zona. Y pasó luego a ejecutarlo en la horca. “Su mala conducta hizo de su ruina una tarea meritoria”, dirá el Condorcanqui.

Tomó los “obrajes” –especie de primeras fábricas– de Pomacanchi y Quiquijana, liberando a indígenas y afro descendientes virtualmente esclavizados en ellos para la fabricación de telas y artesanías, y los convirtió en “ayllus”, comunidades andinas, a cargo de su hermano menor Juan Bautista.

Obtuvo una notable victoria militar en la batalla de Sangarara. Luego marchó en campaña en dirección al sur, a Tungasuca, en Acomayo, en un hecho comentado por muchos como un error decisivo, al no tomar inmediatamente el Cusco, como lo reclamaba urgentemente, en numerosas comunicaciones, Micaela Bastidas.

Volvió más tarde a sitiar esta ciudad, pero ya había sido reforzada por los españoles, con indígenas leales a España dirigidos por el curaca Mateo Pumacahua, quien seguirá realista hasta cambiar de bando y comandar una insurrección independentista en 1814, derrotada la cual será ejecutado. Y hubo de levantar el sitio, precisamente, por no decidirse, en su rol de “Tayta protector de todos los indios”, a luchar y masacrar a aquellas tropas indígenas. Indecisión que también fue criticada por Micaela Bastidas.

Replegado, debió librar batalla en Tinta contra fuerzas muy superiores, reforzadas con contingentes enviados desde Lima, y fue derrotado. En base a la traición de uno de sus coroneles fue capturado. Los sobrevivientes de las últimas batallas del río Vilcanota se reagrupan y deciden sacrificados y urgentes contraataques para rescatar al Inca de las manos de sus enemigos, nombrando en el intertanto como inca subrogante a su primo hermano, Diego Cristóbal Túpac Amaru.

En Condorcuyo, donde se libra sangrienta batalla los días 13 y 14 de mayo de 1781, el mariscal de las tropas coloniales José Del Valle relata: “Mandaba el campo rebelde el indio Vilcapaza y su lugarteniente era el tal Tito Atauchi conocido como ‘Terciopelo’… diciendo que preferían morir antes que ser indultados, y que marcharían al Qosqo a liberar a su Inka… con sus odiosas banderas, y el estruendo de conchas llamadas pututos y una gritería infame en la que se injuriaba al Rey”. El indomable Vilcapaza, superado en número de 6 a 1 y casi sin armas de fuego, es derrotado en esa oportunidad.

Las batallas de Langui y Layo son cruentas y desesperadas también, pero los realistas, más numerosos y ya fuertes políticamente en la región, logran frustrar los esfuerzos de rescate. “Nuestras tropas acreditaron el mayor tesón, y los enemigos hicieron acciones de mayor valor, porque hubo indio que atravesado con una lanza, se la sacó del pecho y siguió con ella a su contrario,5 ó 6 pasos hasta que cayó muerto; y otro a quien un fogonazo sacó el ojo, que siguió con tanto empeño al fusilero que lo había herido, que si otro soldado no lo remataba, hubiera dado fin a la vida de su primer victimario” (Ibíd.).

Junto a toda su familia, el Condorcanqui es conducido al Cusco, enjuiciado y masacrado junto a ella en terribles tormentos. Sorprendido escribiendo cartas con su propia sangre para intentar hacer llegar instrucciones político militares a los remanentes de sus fuerzas, el inca se mantuvo firme y digno en medio de las torturas e interrogatorios.

“Aquí no hay más culpables que tú y yo, tú por oprimir a mi pueblo, yo por tratar de libertarlo”, respondió al jefe de las fuerzas españolas.

Posteriormente, los continuadores del levantamiento en diferentes zonas serían también derrotados. Muchos de los combatientes, en resistencia desesperada, prefirieron arrojarse a los abismos, como en la epopeya del Cerro Puquinacancarí, librada el 19 de mayo de 1781, y comentada así en los partes de guerra del Mariscal José del Valle:

“Al pasar por el cerro de Puquinacancarí, que es muy alto y todo peñas, sito en medio de una pampa en el que vimos algunas Indios que por su corto número se despreciaron; pero al pasar la columna de Cotabambas que venía a la retaguardia, avisó de que le habían apedreado desde él, por lo que su Comandante pidió permiso de atacarlos, lo que se ejecutó con un pequeño destacamento y sin embargo de no llegar a 100 los enemigos hicieron una obstinada y bárbara defensa; se destinaron ochenta fusileros para que castigasen este atrevimiento, a la verdad no esperado, a la vista de todo el ejército y mandando suspender la marcha retrocedió el mismo General con el regimiento de Caballería del Cuzco para rodear el monte por su falda a impedir escapase ninguno de aquellos atrevidos sediciosos…

“Pero ellos lejos de intimidarse con la inmediación de las tropas que se dirigían al ataque, se mantuvieron obstinados, sin pensar más que en morir o defender el puesto que ocupaban, con la mayor intrepidez y osadía, favorecidos por unas piedras muy altas que los ponían a cubierto, sin hacer caso de las ofertas del perdón que les hacía un oficial de las tropas de Cotabambas, a quien con furor respondían que antes querían morir que ser indultados… y viéndose ya sin recurso, algunos se despeñaron voluntariamente, y entre los otros una mujer con un niño a las espaldas. Los pocos que se cogieron vivos se ajusticiaron; una mujer prisionera se tendió voluntariamente sobre un cadáver y viendo que tardaban en matarla, levantó la cabeza y dijo por qué no la mataban…”.

Meses más tarde, Diego Cristóbal, el inca continuador de la lucha, acepta una falsa amnistía, siendo también cruelmente ejecutado. Después de la derrota, la bárbara tortura y masacre, la represión bestial y el etnocidio.

Los errores

De los muchos análisis realizados sobre las razones de la derrota de Tupac Amaru, la más consensuada de ellas, aunque existen autores que discrepan de su importancia, es su demora en atacar y tomar Cusco inmediatamente después de su triunfo en Sangarara, cuando el pánico desmoralizaba a los realistas en aquella ciudad. Se considera que ello habría significado un cambio cualitativo, psicológico y político a favor de la insurrección. Cuestión que era planteada en aquellos días con urgencia por Micaela Bastidas:

“Bastante advertencias te di para que inmediatamente fueras al Cusco, pero hasta ahora has dado todas a la barata, dándoles tiempo para que se prevengan, como lo han hecho poniendo cañones en el cerro Picchio y otras tramoyas tan peligrosas que ya no eres sujeto de darles avance” (Carta de Micaela Bastidas a Tupac Amaru, 6 de diciembre de 1780).

Otros autores, sin embargo, consideran “superficial” aquel análisis y aseguran que habría quedado “encerrado”, sin fuerzas suficientes, en aquella ciudad. En esa misma línea, se considera grave su subsiguiente indecisión, como “Tayta protector de todos los indios”, en masacrar a las tropas indígenas del bando realista para tomar la ciudad; indecisión que también fue criticada por Micaela Bastidas.

A ello se sumó la desventaja táctica de contar sólo con artilleros realistas, capturados y forzados a cumplir esa función, los cuales, se sabe, desviaban a propósito los proyectiles de los cañones a fin de no dar en el blanco. Por último, lo afectaron también las políticas realitas que, para restar apoyo a los insurrectos, combinaron amenazas y excomuniones, con la abolición de los “repartos” y otras medidas similares favorables a los indígenas.

También ha sido incluido como un error, por varios autores, la dispersión de sus fuerzas y cuadros en varios frentes, desde Cusco, en la sierra peruana, hasta Tucumán, en la actual Argentina, que conformó el núcleo territorial más coordinado. Mientras él mismo enfrentaba a la fuerza central de las tropas virreynales entre Tinta y Cusco, Pedro Vilcapaza y el tuerto Obaya lo hacían en la zona de Puno. Diego Verdejo en Arequipa. Y Felipe Bermúdez con Tomás Parvina en Chumbivilcas y Kanas. Sin embargo, ello es, en cualquier caso, mitad error, mitad necesidad impuesta por las circunstancias. Pues la insurrección, a pesar de su larga meditación y preparación conspirativa, con testimonios que afirman que hubo al menos cuatro años de contactos previos entre el Condorcanqui y los núcleos dirigentes aymaras en la actual Bolivia, estalló, de hecho, espontánea y autónomamente en muchos lugares.

En muchos de esos focos, la declaración de adhesión al mando de Tupac Amaru era “inalámbrica”. Para usar el término acuñado por el comandante sandinista Jaime Wheelock, en los años ochentas’, para explicar el ascendiente del FSLN en las mayorías nicaragüenses a finales de la década anterior, a través, no de un trabajo de base político o social, gradual y extendido, sino de acciones armadas “espectaculares”.

Es decir, que, dadas las explosivas condiciones sociales, la incorporación a la sublevación tupacamarista se producía por el puro e inmenso prestigio del liderazgo y el impacto motivador de la insurrección, y no tenía por base ningún trabajo previo, ni coordinación directa. En no pocas ocasiones, estos focos indígenas actuaban cegados por el odio acumulado, practicando en desquite un “racismo al revés”, desatando asesinatos y crueldades contra todo el que fuera blanco, aún criollo, o incluso mestizos y hasta negros, lo que ponía en peligro de aislar políticamente a los indígenas insurrectos. De ahí, la necesidad ineluctable del inca en intentar, sobre la marcha, articular y disciplinar el multitudinario y violento estallido, sacrificando en la tarea a varios de sus mejores, más formados, y más leales cuadros político militares.

Finalmente, algunos autores concluyen que su apuesta en lograr un acuerdo favorable con las autoridades españolas, testimoniado en algunas de sus cartas del momento, le llevó a no profundizar su acción militar y fue su perdición. Esta interpretación de la rebelión como una “medida de fuerza” para presionar a los españoles a una negociación que reconociera los derechos demandados, incluso la propia autonomía relativa o la independencia parece haber sido a lo menos una posibilidad o “tendencia” de sectores o por momentos en todos los frentes de la insurrección.

El propio Francisco Miranda, como oficial del ejército español en Europa, tiene acceso a informes de la insurrección que revelaban estas insuficiencias y errores. En 1792, escribe:

“Compatriotas: llamado por vosotros en 1781 al socorro de la Patria, extremadamente agitada por las vejaciones y opresión excesiva que en aquellos tiempos ejercía sobre sus infelices habitantes… por medio de sus agentes y visitadores, cuyos excesos habían provocado justamente una insurrección general en el Reino de santa Fé de Bogota, en el Perú y aún en la provincia de Caracas, no pude en aquellas circunstancias acudir a su socorro, tanto por hallarme liado con un grado superior en el ejército… entonces en guerra con Inglaterra, como por concebir que en todos aquellos movimientos de insurrección no había combinación ni designio general, lo que me fue patente luego que recibí las Capitulaciones de Sipaquira (8 de junio de 1781), testimoniando de la sencillez e inexperiencia de los americanos, por una parte, de la astucia y perfidia de los agentes españoles por la otra; y así creí que el mejor partido era sufrir aún por algún tiempo y aguardar con paciencia… Con esta mira… hice dimisión formal de mi empleo en el ejército español…” (10 de octubre de 1792).

El Programa

Programáticamente, Tupac Amaru inició la insurrección a nombre del Rey de España, pero declarando abolidas todas las formas de esclavitud, servidumbre y discriminación racista legal en los amplios territorios liberados. Se anticipó así en dos décadas a los revolucionarios cimarrones haitianos que, en lucha contra el dominio francés, fueron los primeros en proclamar definitivamente su independencia y la abolición de la esclavitud, bajo el liderazgo de uno de ellos, Jean Dessalines, en 1804.

Su sucesor, Alejandro Petión, para combatir la esclavitud que continuaba en el Caribe, convirtió a Haití en santuario de la humanidad, decretando en la Constitución de 1816 que: “…todo africano, indio, así como sus descendientes en las colonias que vengan a establecerse en la República serán reconocidos como haitianos”. El mismo Petión en 1816 prestó en dos ocasiones decisivo apoyo en recursos a las tentativas revolucionarias de Simón Bolívar para liberar Venezuela. Y también refugio a innumerables patriotas latinoamericanos y sus familias a lo largo de la lucha. Sólo pidió a cambio la libertad de los esclavos en el continente.

Bolívar mostró su agradecimiento al fallecer Petión calificándolo de “magnánimo” y de “primer bienhechor de la tierra a quien un día la América proclamará su Libertador” (1818). Y con el cumplimiento de su promesa de decretar la libertad de los esclavos en Venezuela. “Considerando que la justicia, la política y la patria reclaman imperiosamente los derechos… he venido a decretar, como decreto, la libertad absoluta de los esclavos“.

Esta temprana medida que Bolívar declara en 1816, puede parecer en nuestra actualidad de poca trascendencia, pero para ponerlo en perspectiva y aquilatar su radicalidad, es necesario recordar que habrían de pasar, sin embargo, 33 años más para cumplir su decreto en Venezuela y hasta 73 años más todavía, para terminar finalmente con la esclavitud en Cuba. Y que será esa una de las primeras medidas en un desarrollo que habrá de llevarlo más tarde a su política de igualdad, destinada a dar sustento a la independencia y unidad del continente, incluyendo a los excluidos y despreciados, indígenas y demás castas “pardas”.

Política radical para la época y adversada fieramente por los sectores sociales de los que él mismo provenía. “…la libertad y las garantías son sólo para aquellos hombres y para los ricos, y nunca para los pueblos…aunque hablan de libertad y de garantías es para ellos sólo para lo que las quieren y no para el pueblo que, según ellos, debe continuar bajo su opresión… revocando desde la esclavitud para abajo todos los privilegios…he conservado intacta la ley de las leyes: la igualdad. Sin ella perecen todas las garantías, todos los derechos” (1824).

En el propio Perú, tras una larga extinción de hecho, la esclavitud sólo sería abolida legalmente en 1854, lo que muestra el radical y avanzado contenido libertario de la insurrección tupacamarista. En esa dinámica, Tupac Amaru llegó a declarar la total independencia.

“Por eso y por los clamores que con generalidad han llegado al cielo, en el nombre de Dios Todopoderoso, ordeno y mando que ninguna de las pensiones se obedezca en cosa alguna, ni a los ministros europeos intrusos…” (Bando de proclamación. 1781). Por lo que es considerado el “primer grito de independencia” y así se lo reconocieron los más notables líderes patriotas como Francisco Miranda, Simón Bolívar y José de San Martín.

Conjuntamente, el alto contenido social de su programa y acción, lo ha convertido en inspiración de los revolucionarios socialistas y reformadores populares posteriores. La famosa sentencia de su proclama insurreccional: “Campesino: ¡El patrón ya no comerá más de tu pobreza!”, ha sido recogido como consigna social, desde el general Juan Velasco Alvarado, quien rescató al inca como icono nacional durante su gobierno nacionalista, entre los años 1968 y 1975, hasta los movimientos guerrilleros de mediados y finales del siglo XX, tanto en Perú como en el resto del continente.

Continuará en la edición del jueves 15 de noviembre de 2007).
La primera parte de este ensayo puede leerse aquí.

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1 Comentário

Comentarios

  1. Godofredo
    31 octubre 2017 16:01

    TUPAC AMARU NACIÓ PARA LA INMORTRALIDAD EL 18 DE MAYO DE 1781
    Dr. Godofredo Arauzo.
    Al ensañamiento se añadiría la burla y mientras llegaba el postrero
    instante del cumplimiento de la sentencia, se forjaron once coronas de
    hierro con puntas muy agudas que le pusieron en la cabeza, en
    representación de los 11 títulos que se dio, entre ellos de emperador.
    Igualmente le colocaron un collar de hierro en el cuello con 2
    platinas rodeadas de puntas muy pesadas que simbolizaba la orden del
    Gran Paitití del que se tituló Gran Maestro. Por la parte posterior de
    la cabeza le introdujeron 3 puntas de hierro ardiendo que le salían
    por la boca, demostración de los 3 bandos que mandó publicar; uno de
    ellos declarando al Rey Católico usurpador sacrílego de sus dominios.
    En las primeras horas del día del cumplimiento de la sentencia,
    Areche, que dictó su muerte se confesó y comulgó por las almas que
    iban a ser ajusticiadas y luego dio la orden para que se diera
    cumplimiento a la bárbara sentencia.
    El 18 de Mayo de 1781 se cumplió la ejecución de Túpac Amaru, su
    familia y sus seguidores. Este hecho luctuoso describe un testigo
    ocular con las siguientes palabras:
    “El 18 de Mayo de 1781, después de haber cercado con milicias la
    ciudad del Cuzco, que tenían sus rejones y algunas bocas de fuego y
    cercado la horca de 4 caras con el cuerpo de mulatos y huamanguinos
    arreglados todos con fusiles y bayonetas caladas, salieron de la
    compañía de Jesús nueve sujetos: José Verdejo, Andrés Castelo, Antonio
    Oblitas (que ahorcó al general Arriaga), Antonio Bastidas, Francisco
    Túpac Amaru, Tomasa Condemaita cacica de Acos, Hipólito Túpac Amaru
    hijo del traidor, Micaela Bastidas su mujer y el insurgente José
    Gabriel. Todos salieron a un mismo tiempo, uno tras otro, con sus
    grillos y esposas, metidos en unos zurrones donde se trae yerba del
    Paraguay, arrastrados a la cola de los caballos, acompañados por
    sacerdotes que los auxiliaban, custodiados por las correspondientes
    guardias, llegaron al pie de la horca y le dieron por medio de dos
    verdugos las siguientes muertes:
    A Verdejo, Castelo y Bastidas se les ahorcó llanamente, a Francisco
    Túpac Amaru tío del insurgente y a su hijo Hipólito se les cortó la
    lengua antes de arrojarlos de la escalera de la ahorca y a la india
    Condemayta se le dio garrote en el tabladillo, que estaba dispuesto
    con torno de fierro que a este fin se había hecho y que jamás habíamos
    visto por acá: habiendo Túpac Amaru y su esposa visto con sus ojos
    ejecutar estos suplicios hasta de su hijo Hipólito que fue el último
    que subió a la horca. Luego subió Micaela Bastidas al tablado, donde
    se le cortó la lengua y se le dio garrote, en que padeció infinito
    porque teniendo el cuello muy delicado el torno no podía ahogarla y
    fue menester que los verdugos echándoles lazos al pescuezo y tirando de una y otra

    parte y dándole patadas en el estómago y pechos la acabaron de matar. Cerró la función
    el rebelde José Gabriel, a quien se le sacó a media plaza; allí se le
    cortó la lengua el verdugo y despojado de grillos y esposas le
    pusieron en el suelo y atáronle en las manos y pies cuatro lazos y
    asidos estos a la cincha de 4 caballos, tiraban cuatro mestizos a
    cuatro distintas partes; espectáculo que jamás se había visto en esta
    ciudad. Sigue describiendo el testigo presencial: no se si porque los
    caballos no fuesen muy fuertes o el indio en realidad fuese de hierro,
    no pudieron dividirlo, después de un largo rato que estuvieron
    tironeándole, de modo que lo tenían en el aire en un estado que
    parecía una araña, tanto que el Visitador Areche movido de compasión,
    para que no padeciese más aquel infeliz despachó de la Compañía de
    Jesús, desde donde dirigía la ejecución, una orden mandando le
    cortasen el verdugo la cabeza, como se ejecutó. Después se colocó el
    cuerpo debajo de la horca donde se le sacaron las piernas y los
    brazos; esto mismo se hizo con la mujer y a los demás se le sacaron
    las cabezas para enviarlos a distintos pueblos. Los cuerpos del indio
    y su mujer se llevaron a Picchu, donde estaba formada una hoguera en
    la que fueron arrojados y reducidos a cenizas, las que fueron
    arrojadas al aire y al riachuelo que por allí corre. De este modo
    acabaron José Gabriel Túpac Amaru y Micaela Bastidas cuya soberbia y
    arrogancia llegó a tanto que se nominaron Reyes del Perú, Chile,
    Quito, Tucumán y otras partes, incluido el Paitití”. Su hijo Fernando
    de 12 años en el instante que lo masacraban a su padre dio un grito
    aterrador, que sigue retumbando los andes como diciéndonos hagan
    justicia, que la muerte de mi padre no sea envano y que no se repita
    jamás.
    “Este día concurrió un crecido número de gentes, pero nadie gritó ni
    levantó la voz; muchos hicieron reparo y entre ellos no se veían
    indios a los menos con el traje que usan. Suceden algunas cosas que
    parece que el diablo las trama y dispone, para confirmar a estos
    indios en sus abusos, agüeros y superticiones. Dígales porque habiendo
    hecho un tiempo muy seco y días muy serenos, amaneció tan nublado que
    no se le vio la cara al sol amenazando por todas partes en llover y a
    la hora de las 12 en que estaban tirando los caballos a José Gabriel
    se levantó un refregón de viento y tras este un aguacero, que hizo que
    toda la gente y aun los guardias se retirasen a toda prisa. Termina
    describiendo el testigo presencial: esto ha sido causa de que los
    indios se hayan puesto a decir que el cielo y los elementos de la
    naturaleza, sentían la muerte del Inca, que los españoles inhumanos e
    impíos estaban matando con tanta crueldad”.
    Así nace Túpac Amaru para la inmortalidad el 18 de Mayo de 1781: su
    gloria seguirá creciendo como crece la sombra cuando el sol declina.
    BIBLIOGRAFÍA
    1. Levin Bolislao. La Revolución de Túpac Amaru y los Orígenes de la
    Emancipación Americana, 1967
    2. Valcarcel Carlos Daniel. Túpac Amaru El Revolucionario, 1970
    3. Bonilla José. La Revolución de Túpac Amaru 1971
    4. Vega Juan José. José Gabriel Túpac Amaru, 1969
    E mail.:godo.ara@gmail.com