Abr 20 2005
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Opinión

El país del mañoseo

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

Sea la definición que adoptemos, convengamos en que la mayor parte de los latinoamericanos somos mañosos, tenemos mañas, pero ¿quién arrojará la consabida primera piedra?

No es malo ser mañoso –con prudencia, claro– en especial porque el arquetipo, el modelo a imitar lo constituyen simplemente asesinos. En Chile, apurados diversos grupos por convertirse en la California del sur –ya quieren que los bebés nazcan hablando inglés y donde ven una línea de teléfono, zas, ponen un PC por eso de que la internet es el futuro hecho presente–, la maña es una institución nacional.

Veamos.

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Matar cisnes, pequeños roedores, otros pájaros, animalitos en suma, no constituye asesinato. Tal vez descuido. U obedecer e incluso cumplir leyes y normas ambientales insuficientes. El ecocidio del Parque Carlos Andwater, en el sur de Chile, así, fue un accidente inexplicable. Que madre Natura no haya arreglado el asunto a tiempo –la muerte de los cisnes fue noticia en diciembre pasado, los hechos se sabían de antes– sólo prueba que después de todo quizá “algo” natural o acaso sobrenatural haya intervenido para causar el desastre.

Era la tesis de la celulosera acusada de arrojar quién sabe qué porquerías en el cauce del río Cruces, que contribuía a dar vida al humedal declarado santuario de la naturaleza. Poco les faltó decir a quienes mañosamente dan la cara por ella que había que ser muy huemul (una especie de ciervo asustadizo en etapa de pre-extinción: el huemul será poco heráldico, pero integra el Escudo de Armas chileno; el otro animal es uno grande y carroñero: el cóndor, al cual tampoco le va de lo mejor en términos de sobrevivencia: todo un símbolo añadido) para armar semejante lío por unos cientos de pajarracos que ni cantan.

Celulosa Arauco –incontables hectáreas de bosques milenarios talados para sembrar otros árboles y, claro, talarlos, todos convertidos en millones en cualquier moneda–, aun despues del informe de la Universidad Austral de Chile, encargada de hacer el estudio correspondiente, mantenía la calma y su inocencia.

La investigación realizada por una veintena de científicos se volcó en 539 páginas que incluyen las observaciones entregadas por la empresa. En síntesis: la planta es responsable por haber saturado el río con una serie de elementos venenosos, o que se convirtieron en veneno, que liquidó el vegetal que alimentaba a los cisnes y otras aves y mamíferos y, además, depositó en sus organismos una cantidad de hierro y otros metales pesados que ayudó a su muerte.

Los extraterrestres eran inocentes.

Veinticuatro horas después de conocido el informe universitario –adelantado hace meses por otros investigadores– la planta de celulosa continúa en funciones. Habrá algún “procedimiento” que cumplir. Por ahora la directora de la Comisión Nacional de Medio Ambiente, Paulina Saball, pidió al Consejo de Defensa del Estado que se querelle por daño ambiental en contra de quienes resulten responsables de la grave contaminación del santuario. Nótese: “en contra de quienes resulten responsables”. ¿Aparecerá un operario distraído a quien castigar?

El Consejo, gentil, se comprometió a estudiar los antecedentes “con prontitud y rigurosidad”.

El santuario Carlos Anwandter está ubicado a 30 kilómetros aguas abajo del lugar en que la planta de celulosa descarga las aguas empleadas en el proceso industrial. Son 4.870 hectáreas y se formó luego del terremoto y maremoto de 1960. Allí se generó un ecosistema que favoreció la llegada de aves, peces y mamíferos que encontraron donde vivir y reproducirse. Por la valiosa biodiversidad de las especies animales y herbóreas que allí habitan, el santuario fue incluido por el Estado de Chile, en 1981, en la Convención Ramsar, conocida también como de los humedales de importancia internacional.

fotoYO TE DOY, YO NO TE DOY, YO ME HAGO EL LESO

Se diría que las últimas Olimpiadas, en Atenas, fueron hace siglos. En su apresurado parecerse a California –una California concertada, desde luego– Chile debe pasar por las calientes tierras del trópico americano. A falta de un Schwarzenegger que mantenga al país en línea con un arma más grande que un caballo y su famoso “Hasta la vista, Baby”, el calor tropical aceleró la pérdida de memoria propia de los grandes hombres.

A Horacio de la Peña, un muchacho delgado, de voz calma y hábitos al parecer tranquilos se lo puede acusar, y con razón, de haber contribuido sin ninguna excusa a que el equipo chileno de tenis que compitió en la últimas Olimpiadas atenienses regresara al país cansadísimo y con dos medallas: una de bronce y otra de oro.

Se lo puede acusar, también y con más razón todavía, de ingenuo. Sucede que por su calidad de extranjero –porque hay americanos del sur extranjeros en América del sur; en algunos países les dicen incluso ilegales, lo que no es el caso de De la Peña, que circula con su pasaporte–, por extranjero, decíamos, no puede oficiar como capitán del equipo de tenis en competencias internacionales. Los capitanes deben ser oriundos. Pinochet, la mayor expresión de un capitán, que lo fue y general, era criollo. Asesino y ladrón, pero criollo.

Para obviar ese inconveniente, el ser extranjero, la más alta autoridad nacional le ofreció tramitar la nacionalidad por gracia –a De la Peña, no a Pinochet, que la usó a destajo–. Puede discutirse la conveniencia de andar regalando nacionalidad, cuando todos saben que los dueños de las mineras de cobre foráneas jamás han dicho necesitarla para llevarse todito, todito –bueno: tampoco otros representantes de gloriosas instituciones que ayudan al país-balcón sobre el Pacífico a convertirse en California, aunque sin Terminator: nada es perfecto, al parecer la necesitan–.

Y partió al Congreso el dichoso proyecto de ley.

El tenis es curioso. Virreyna tiene la actual estructura imperial en Ecuador, virrey tuvo en Iraq, generales hicieron zamba y canuta en Afganistán (en la actualidad dicen que sólo se hacen negocios allí), domina en Chapultepec, apunta con su largo dedo sobre América Central, desayuna en Colombia para disponer el almuerzo, es amable con il signore Berlusconi, oficia detrás de la puerta asiática de Rusia, etc… y nadie pide a sus personeros nacionalidad.

La nacionalidad es cosa del tenis. Lo que es justo, porque si los pobres se encuentran en la crónica roja, las buenas y nobles conciencias lo hacían hasta ayer en el “court”.

Diciembre a casi mayo, de la primavera al otoño. El soberano Congreso no decide; su implacable raquetazo no define, posterga. Es la ley del cobarde agavillado. Mientras, quién sabe, se interesan por algunas platas “perdidas” del presupuesto para el deporte. Otros juegos, pero en los que no participó Horacio de la Peña.

“Lo que está pasando con los parlamentarios es como que me dieron un premio y ahora no me lo quieren entregar. Dejé mi casa, dejé mi club, dejé un montón de cosas en Argentina y me vine con todo para acá”.

No sabés en qué te metiste pibe.

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