Sep 4 2008
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Ambiente

El planeta y el nivel de los mares: un gato sin cascabel

Gonzalo Tarrués

Tal como vienen las cosas no es la bomba ni una invasión de más allá del espacio terrestre lo que debe preocupar a muerte a la humanidad: es un grupo de viejas amigas: las olas. Los océanos, en efecto, suben de nivel y todo permite predecir que subirán más, y que volverán a subir. Los hielos árticos desaparecen a una velocidad no prevista, los antárticos iniciaron su propio proceso de derretimiento. Es hora de hacer algo, pero no se hace nada.

Cuando las aguas lleguen al tobillo de los poderosos será, desde luego, demasiado tarde. Los dioses mantienen –relativamente– secos a los que quieren ahogar.

En los próximos días, acuciados por el peligro que representa el aumento de los niveles de la mar, los dirigentes de un grupo de islas-Estados se disponen a un acto sin precedentes: proponer a la Asamblea de las Naciones Unidas que sea el Consejo de Seguridad de la institución quien se ponga al frente de la lucha desatada por los índices del cambio climático.

Circulan por la internet manifiestos, formularios y modelos de cartas para enviar a las más altas autoridades planetarias en respaldo a los habitantes de los lugares amenazados.

Que la tierra donde uno nació, nacieron sus ancestros y podrían nacer sus descendientes sea tragada, literalmente, por el océano no es una pesadilla ni el argumento de una novela de ciencia-ficción; del mismo modo es realidad que los amenzados probablemente sólo puedan encontrar refugio en otras islas, cuya seguridad no será menos precaria que la de aquellas que se vieron forzados a abandonar.

Un destino incierto, al que se debe sumar el hecho de que no hay legislación alguna que reglamente la conducta de los Estados a los que llegaren los refugiados por razones de clima. La realidad –sea recordado– deja atrás cualquier cosa que plantee la imaginación.

Lo descrito es el futuro de varios millones de personas que en la actualidad viven en islas y archipiélagos, de Malvidia a Nueva Guinea. No es descabellado el intento, aunque pueda pecar de ingenuo. La mar, que a través de las edades ha significado alimentación, bienestar, exploración, migraciones, comercio, se convierte aceleradamente en un peligro. ¿Quién mejor que el Consejo de Seguridad para tratar con este asunto, siendo como es su principal función lidiar con las amenazar a la paz y la seguridad mundiales?

El drama de los peticionarios es que el Consejo de Seguridad no ha logrado evitar una sola guerra, ninguna masacre –y en cierto modo ha prohijado algunas, como las ocurridas en la ex Yugoslavia y la en desarrollo en Afganistán, para mencionar lo que ocurre en países de África–, y a las potencias con derecho a vetar los acuerdos (Estados Unidos, Rusia, China, Francia e Inglaterra) la verdad es que las tienen sin cuidado tragedias ajenas –mientras no afecten sus intereses (o los de sus capitalistas)–.

Que se ahoguen algunas decenas de miles de "nativos" en islas lejanas ciertamente no afecta sus intereses: hace décadas que todos los años mueren miles en Bangladesh a causa de las inundaciones.

Por otro lado puede que estremezca las altas poltronas de estos VIP un hecho sinuoso y preocupante: por ahora gran parte de la causa por la que crecen los mares la constituye el derretimiento de los hielos árticos y de los glaciares; no se trata de que desaparezcan los osos polares y las focas (los gobiernos de Noruega y Canadá apoyan con entusiasmo matanzas "controladas") y se produzca una regular migración de esquimales y lapones (medio salvajes, se dicen, en todo caso). Pronto, según los modelos virtuales, estarán en peligro las grandes ciudades costeras.

Si fueran sólo las del Hemisferio Sur: Buenos Aires, Bahía, Callao o Valparaíso, por ejemplo, la cosa no fuera tan grave; pero las amenazadas son todas, de Shanghai a Nueva York, y ahí si que la cosa cambia: son ciudades importantes, son ciudades del Primer Mundo. Quizá el Consejo de Seguridad –si recibe la misión– se ponga en actividad. Lo que podría ser peor que la amenaza.

Naciones Unidas significa "cascos azules", cosa de preguntar a las muchachas y niños de Haití, de Kosovo, de Bosnia, de África central, en fin, qué clase de personas son algunos de esos soldados –y también los funcionarios civiles que suelen acompañarlos.

Quizá tampoco valga la pena preocuparse por eso: mientras glaciares y polos se derriten, el aire de las grandes ciudades se torna irrespirable, se desertifican tierras ayer de labrantío y la industria farmacéutica no da abasto para producir tranquilizantes, las tormentas en el área tropìcal de la Tierra se hacen más feroces: puede que de repente la ayuda humanitaria que tanto cuesta a los ayudados simplemente no logre llegar a destino. Vivimos el día después; es hora de darnos cuenta.

Por ahora impulsan la resolución Fiji, Maldivas, Islas Marshall, Micronesia, Nauru, Palau, Papua Nueva Guinea, Filipinas, Samoa, Seychelles, Islas Salomón, Tonga, Tuvalu, Vanuatu. Al parecer cuantan con el apoyo de Turquía y Canadá. El gobierno de Chile –como todo el mundo sabe Chile es un país mediterráneo– guarda respetuoso silencio, espera un TLC, pero no sabe ya con quién.

Más información, y para sumarse a la campaña, ver:

– www.avaaz.org

– http://islandsfirst.

 

– www.wwf.org.au

 

– www.earth-policy.org

 

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