Ago 9 2007
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Cultura

EL Prado: – LA PINTURA NOVELADA

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

Novelistas, historiadores y pintores comparten desde sus diferentes disciplinas un común gusto por el detalle y la observación menuda. Mujica Lainez confesó en una entrevista que el primer germen de su monumental novela Bomarzo fue un paseo por unos jardines que, a las afueras de Roma, combinaban fantasiosas esculturas con árboles frondosos y ornamentos florales.

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Si de aquel fecundo paseo surgió la novelada saga de los Orsini, recreada en el renacimiento italiano, no es de extrañar que la imaginación del novelista argentino se disparara en sus numerosas visitas al palacio de Juan de Villanueva, sede de la pinacoteca madrileña conocida como Museo del Prado.

Mujica Lainez no pretendió con este libro ser una referencia más para un visitante ocasional. En primer lugar porque su obra es una novela y como tal la imaginación de su autor es la pieza clave que condiciona e impregna su creación. No hay aquí cabida para la crítica, ni siquiera para el comentario ligero o sesudo acerca de tal o cual cuadro.

Siguiendo un patrón de conducta creadora muy repetida por Mujica Lainez, el autor hace protagonistas a los óleos inanimados concediendo especial relieve, dentro de los mismos, a aquellos personajes secundarios que, tradicionalmente, se ubican en los ángulos de los cuadros y en las zonas de sombra, lejos del primer plano, sumergidos en un claroscuro sugerente.

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Cuando el último visitante ha salido del Prado y las luces se apagan, los caballeros y las monjas, los reyes y los cortesanos, descienden, en la obra de Lainez, de sus cuadros para retomar su vida, sus conversaciones y sus quehaceres, sólo interrumpidos durante las horas de visita, cuando de nuevo han de asumir, dentro de sus telas, el hieratismo con que los inmortalizara el maestro de turno.

La Mari Bárbola de las Meninas, Nicolasito Pertusato, el viejo comiendo sopa de Goya, el mastín de Felipe IV o Pablillos de Valladolid, toman la iniciativa comentando sucesos, promoviendo competencias o simplemente haciendo uso de la información de primera mano que atesoran después de tantos años de servir y vivir a la sombra de los poderosos.

Lujuria y Misterio

Las obras detallistas e inquietantes del Bosco seducen la imaginación de Lainez, quien en uno de los relatos que componen el libro, transforma alguno de sus lienzos en vecindarios de reputación cuestionable. Angelotes italianos que sugerían desde los lienzos religiosos de Tiépolo, desaparecen en su deambular nocturno por el museo, en el interior del Jardín de las Delicias del maestro flamenco. Enseguida se levantan cotilleos sobre el destino final de los angelotes. Los personajes inmortalizados por Anton van Dyck recuerdan que el Bosco es también el autor del Jardín de la Lujuria…

Mujica Lainez, que trata a los modelos de los cuadros como personajes vivos hace lo propio con la Muerte, la única compañía segura de los seres vivos. Carlos V a caballo y en armadura de campaña tal y como le retratara Tiziano después de derrotar a las huestes protestantes en la batalla de Mühlberg, pasea también por los oscuros corredores del palacio madrileño.

Después de justificar su fama donjuanesca mirando de soslayo a Las Tres Gracias de Rubens, a la Eva de Durero y a las Hijas de Lot de Francesco Furini, el César del Imperio, que destila una mezcla de soberbia y amargura, se detiene ante la obra de Brueghel, el Viejo, titulada El triunfo de la Muerte. Los cientos de cadáveres que aparecen en el cuadro, saeteados, empalados, decapitados por esqueletos, representan la victoria inapelable de la parca sobre el género humano.

Lanza en ristre y a caballo se adentra en la macabra composición para medir la fuerza de su brazo retando a su muerte, allí donde tantas muertes habitan. Pronto comprende que para cada ser vivo hay una muerte personal. De nada sirven sus imprecaciones aunque sean a voz en cuello y proferidas por el amo del mundo. La muerte no aparece. Acuciado por la premura del día que llega, Carlos V regresa recorriendo los solitarios corredores. De vez en cuando se gira y mira a sus espaldas. Una presencia invisible lo inquieta. Doce años después de posar para Tiziano la muerte lo sorprende en Yuste.

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El talento del autor, su gusto por la genealogía y el comentario erudito son el denominador común que recorre la totalidad de los doce relatos que Mujica Lainez agrupa en esta obra y que tiene al Museo del Prado, y a sus pinturas, convertidas en personajes, por protagonistas.

Ortega y Eugenio D´ors

No es casual que uno de los ensayos más conocidos sobre el Prado sea el dedicado por José Ortega y Gasset a Velázquez. El Barroco es el arte preferido por Ortega, el arte que sale de la pluma de Góngora, tan admirado por el filósofo. Ortega, alumno de los jesuitas en Málaga y Deusto, se ve seducido por el arte de Velázquez, un pintor que, a su entender, niega la realidad sensible, pintando a su manera de ver las cosas, no las cosas mismas, pintando la pintura.

Muy lejos del estilo de Lainez y mezclando el género histórico con el análisis y el ensayo, Ortega sostiene, como un elogio a Velázquez, que nadie ha pintado un objeto con menor número de pinceladas.

En su obra se defiende que la manera velazqueña de pintar es toda una afirmación de su individualidad orgullosa porque pinta lo que quiere y como quiere, elevando su oficio en la consideración social, pasando de artesano a artista.

Eugenio D´ors es el autor de otro clásico que tiene al Prado en su argumento. Tres horas en el Museo del Prado es un repaso erudito y ameno por algunas de las mejores obras que se cuelgan en esta pinacoteca. El volumen se completa con Avisos al visitante de las exposiciones de pintura, una reflexión personal del autor sobre el color, las sombras y la composición pictóricas.

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* Periodista. Corresponsal en viaje permanente.

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Addenda

La finca del escritor y crítico de arte Manuel Mujica Lainez (1910-1984) en Córdoba, Argentina, no es, como podrían creer sus lectores en todo el mundo, ni objeto de peregrinación ni museo nacional. Está cerrada y se advierte como la ruina insidiosa se alimenta de muros y jardines.

Quizá así deba suceder –intereses inmobiliarios aparte–: no en vano otro escritor argentino, Rodolfo Fogwill, sostiene que Mujica Lainez es el único en su país que merece la calificación de maldito –en el camino de aquellos que no sólo fueron diferentes, sino que gozaron de ello no conformándose con los buenos modales en uso en su tiempo–.

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