Ene 24 2006
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Opinión

EL PROGRESO: LA OTRA CRISIS, NUCLEAR O NO

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

El envenenamiento premeditado de los seres humanos, de la Tierra y de otros seres vivos sólo puede ser considerado como un “accidente” bajo una visión de grosera hipocresía. Sólo los intencionadamente ciegos podrían afirmar que esta consecuencia del Progreso Tecnológico era algo “imprevisto”.

El envenenamiento y la eliminación de los habitantes vivos de este continente en beneficio de las grandes entidades podría haber comenzado en el este de Pensilvania, pero no durante las últimas semanas**. Hace unos 11 años, esta región fue envenenada por la radiación de la central nuclear de Three Mile Island1, especuladores con nombres como el de Franklin, Morris, Washington y Hale, escondían sus nombres tras fachadas como Vandalia Company y Ohio Company.

Estas compañías tenían un propósito: vender tierra para obtener beneficio. Los individuos que se encontraban tras estas compañías tenían un objetivo: acabar con todos los obstáculos situados en el camino hacía su libre obtención de beneficios, independientemente de que estos obstáculos fuesen seres vivos o culturas milenarias o bosques o animales o incluso ríos y montañas. Su objetivo era Civilizar el continente, introducir en él una serie de actividades nunca antes practicadas aquí: Trabajo, Ahorro, Inversión, Ventas –el ciclo de reproducción y ampliación del Capital–.

Personas: material desechable

El principal obstáculo para esta actividad eran los seres humanos que habían vivido en este continente durante siglos y quienes, sin ley, gobierno o iglesia, disfrutaron del sol, de los ríos, los bosques, de las diferentes variedades de plantas y animales, y unas/os de otras/os.

Estas personas consideraban la vida como un fin, no como un método para ser puesto al servicio de fines “más elevados”. No se agrupaban en civilizaciones como niños ante un plato lleno de galletas, como esperaban de ellos los Franklins y Washingtons. Al contrario. Querían muy poco de lo que la civilización tenía para ofrecer. Querían algunas de las armas, y las querían sólo para preservar su libertad frente a los abusos de la civilización; preferían morir a vivir reducidos a Trabajar, Ahorrar, Invertir y Vender.

En un último intento desesperado de conducir la civilización y sus beneficios a los mares y a través de ellos, en un alzamiento actualmente rememorado con el nombre de un automóvil, los guerreros expulsaron de sus territorios a los ambiciosos y a sus soldados de Ontario, Michigan, Ohio y el oeste de Pensilvania. Gracias a su resistencia inflexible ganaron de los civilizados el titulo de salvajes. Título que les dio a los civilizados licencia para exterminar sin remordimientos ni escrúpulos: “Mandarles mantas infectadas con la viruela” ordenó uno de los comandantes a cargo del exterminio.

El recientemente celebrado Bicentenario de la Independencia de América ((EEUU) conmemoró el día en que los colonizadores, especuladores y sus aliados, decidieron acelerar la exterminación de la independencia de la región oeste de Three Mile Island. El gobierno del rey estaba demasiado lejos para proteger las inversiones de forma adecuada y de todos modos era feudal y no siempre compartía los objetivos de los especuladores; llegando incluso a imponer los límites territoriales establecidos por los tratados con los “salvajes”.

Fue necesario un mecanismo eficiente de control directo de los colonizadores (terratenientes) y dedicado exclusivamente a la prosperidad de sus negocios. Organizaciones policíacas fronterizas no oficiales como Paxton Boys2 fueron eficientes en la masacre de los/as habitantes tribales de un pueblo aislado como Conestoga3. Pero tales formaciones fronterizas eran pequeñas y provisionales y fueron tan dependientes del consentimiento activo de cada participante como los propios guerreros tribales; por ello no eran en absoluto una organización policial.

Los especuladores se aliaron con idealistas y soñadores, y tras una bandera en la que se grabó la palabra Libertad, Independencia y Felicidad tomaron en sus manos el poder policial, militar y gubernamental.

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Hace siglo y medio, el eficiente mecanismo para el progreso del capital iba a una gran velocidad. Organizaciones militares y policiales basadas en la obediencia y la sumisión, y no en el consentimiento activo de cada cual, estaban preparadas para entrar en acción contra la gente que había resistido ese tipo de control por 2000 años o más.

El Congreso aprobó uno de sus más explícitos pedazos de legislación: The Indian Removal Act4. En unos pocos años, toda resistencia, toda actividad que no fuese la actividad del capital, fue eliminada en la zona oeste desde Threee Mile Island hasta el Missisipi, por el sur desde Michigan hasta Georgia.

Camino de cenizas

El gobierno, rápidamente convertido en uno de los más poderosos del mundo, no fue durante más tiempo restrictivo en el envenenamiento con viruela o la masacre por sorpresa de las/os aldeanas/os; implementó la eliminación con una sabia combinación de tópicos, promesas y fuerza policial. Las tribus libres que quedaban no podían resistir la combinación sin adoptarla, pero no podían adoptarla sin dejar de ser libres. Eligieron permanecer libres, y los últimos seres humanos libres que habitaban entre Three Mile Island y el Missisipi fueron eliminados.

Los colonos se trasladaron deliberadamente a las tierras vacías donde el mismo aire que respiraban les recordaba la recién libertad suprimida, transformaron los inmensos bosques en amplias replicas del infierno que habían dejado a tras. El disfrute de las sendas y los bosques cesó: los bosques fueron quemados; los senderos se convirtieron en caminos de obstáculos para ser atravesados tan rápidamente como el capital lo hiciese posible.

La variedad de cientos de formas culturales fueron reducidas a la uniformidad de una única rutina: trabajo, ahorro, inversión, venta; cada día desde la salida del sol hasta la puesta y a contar dinero tras el ocaso. Cada actividad previa, y los resultados de las nuevas, fueron transformados de fuentes de júbilo en fuentes de beneficio.

El maíz, las judías, los calabacines, las “tres hermanas” respetadas y amadas por los habitantes originarios de la región, se convirtieron en meros artículos de venta en los mercados de alimentos; sus siembras y cosechas no fueron por más tiempo celebrados con comidas, festejos y festivales, sino como productos de venta para el beneficio. La agricultura pausada fue reemplazada por el duro trabajo de la labraza, los senderos dejaron paso a los rieles, los paseos fueron reemplazados por la locomoción de los enormes hornos ardientes de carbón con ruedas, las canoas fueron barridas por ciudades flotantes, que no paraban frente a obstáculo alguno y llenaron el aire de brasas y humo negro.

Las “tres hermanas” junto al resto de su familia, fueron degradadas a meras mercancías, como lo fueron la madera que se convirtió en muebles, los animales que se convirtieron en carne, incluso los viajes, las canciones, las leyendas y los cuentos por los nuevos habitantes del continente.

Y los nuevos habitantes fueron cientos al principio, luego miles, finalmente millones. Cuando la importación de los esclavos/as llego a su fin, campesinas/os excedentes fueron importados desde las zonas marginadas de la Europa post feudal. Sus antepasados no habían conocido la libertad durante tantas generaciones que la propia memoria de ello se había perdido.

Habiendo sido en otros tiempos criados o trabajadores del campo en las haciendas, de los cada vez más negociantes señores, los inmigrantes llegaron ya entrenados para querer precisamente lo que el capital tenía para ofrecerles, y la degradación de la vida impuesta por el capital fue libertad para ellos comparada con su solo punto de referencia.

Compraron parcelas vendidas por los inversores de la tierra, fueron transportados a las parcelas por los inversores del ferrocarril, equipados por los inversores en herramientas para el trabajo de la tierra, financiados por los bancos, vestidos y abastecidos por los mismos intereses, por las mismas casas comerciales que les habían proveído con todo lo demás, pero a pesar de ello escribieron jactanciosamente a sus parientes del viejo mundo, diciéndoles que se habían convertido en sus propios dueños, que eran granjeros libres, pero en los huecos de sus estómagos y en las desaparecidas pulsaciones de sus corazones sentían la verdad: eran esclavos de un amo que era aún más inflexible, inhumano y lejano que sus pasados señores, un amo cuyo poder letal, como la radiactividad, podían sentir pero no ver.

Detrás de la venda

Se habían convertido en los esclavos del capital. (Con respecto a aquellos que acabaron como “operarias/os” o “trabajadoras/os no calificadas/os” en las fábricas que producían las herramientas y los rieles: tenían poco de lo que jactarse en sus cartas; hubiesen respirado aire libre donde quiera que hubieran empezado de nuevo.)

El siglo después de la revuelta asociada con el nombre de Pontiac5 , fue un siglo lleno de resistencia desesperada por parte de sus sucesores contra la mayor intromisión del capital, algunos de los granjeros importados comenzaron a luchar contra su reducción a sirvientes del ferrocarril, mecanismo y financiera del capital.

Los granjeros populistas se levantaron contra de los Rockefeller, Morgan y Gould directamente responsables de su degradación, pero su revuelta fue solamente un débil eco de las anteriores revueltas de los Ottowas, Chippewas, Delawares y Potawatomies.

Los granjeros se volvieron contra las personas poderosas pero continuaron participando de la civilización responsable de su degradación. Como consecuencia fracasaron en unirse con o incluso en reconocerse ellos mismos, como la resistencia armada de la gente corriente, los últimos intentos para evitar que todo el continente se transformase en una isla del Capital, una lucha derrotada por los métodos de deportación de masas de los antiguos asirios –y los modernos socialistas soviéticos–: campos de concentración, masacres de presos desarmados y constantes lavados de cerebro por militares y terroristas misioneros.

Aunque muchos de ellos fueron valientes y militantes, los granjeros combatientes raramente situaron el placer y la vida por encima del trabajo, del ahorro y los beneficios, y su movimiento se descarrilo por completo, cuando políticos radicales se infiltraron y equipararon el deseo de una nueva vida con el deseo de un nuevo líder. La forma de descarrilamiento del movimiento populista llego a ser la forma de existencia del movimiento laborista durante el siglo siguiente.

Los políticos que cavaron la tumba del populismo fueron predecesores del infinito surtido de sectas fraileras, modeladas organizativamente por la orden jesuita, pero obteniendo tanto la doctrina como el dogma de uno u otro libro comunista, socialista o anarquista. Preparados para saltar ante cualquier noticia instantánea, hacía una situación donde la gente comenzara a luchar para recuperar su propia humanidad, aplastaron una tras otra las rebeliones potenciales descargando su doctrina, su organización y su liderazgo sobre la gente que luchaba por sus vidas.

Estos payasos, para quienes todo lo que se perdió fue sus asaltos y sus discursos en las portadas de los periódicos, finalmente convertidos en capitalistas, quienes se apropiaron de la mercantilización del único artículo que habían monopolizado: la fuerza de trabajo.

Poco tiempo antes del cambio al nuevo siglo, con una resistencia eficaz permanentemente obviada, mediante una pseudo-resistencia que fue de hecho un instrumento para la reducción final de la actividad humana a una mera variable del capital, el aparato eficiente para la generación de beneficios perdió todo obstáculo externo.

Aún existen obstáculos internos: las diversas facciones del capital, los Vanderbilt, Gould y Morgan, continuamente apuntándose con sus pistolas los unos a los otros y amenazando con derrumbar toda la estructura desde dentro. Rockefeller y Morgan fueron pioneros en el consorcio, la combinación de varias fracciones: inversores distribuyeron su dinero por todas sus empresas comunes; directores de unas empresas comenzaron a ser parte de las otras; y todos y cada uno de ellos adquirieron un interés en la marcha irrestrictiva de cada unidad que constituía el aparato en su totalidad.

Con la excepción de empresas familiares y algún raro superviviente a nivel privado, las empresas fueron dirigidas por mercenarios quienes se diferenciaban del resto de los obreros principalmente por el tamaño de sus salarios. La tarea de los directores fue pasearse a través de los obstáculos, humanos y naturales, con una única limitación: el funcionamiento eficiente de otras empresas que colectivamente constituían el Capital.

El santo progreso

Hace dos años, los investigadores de ciencias químicas y físicas a disposición del capital se dirigieron hacia el descubrimiento de que la materia bruta de arriba y debajo de la tierra no eran las únicas sustancias explotables por beneficio. Parece que el núcleo “liberado” de ciertas sustancias es eminentemente explotable por el capital.

La destrucción de la materia hasta su nivel atómico, que se utilizó por primera vez como el arma más horrenda hasta ahora fabricada por el ser humano, se convirtió en el artículo más novedoso. En esta época el pago de intereses, cargo de honorarios y compra de equipos de agricultura, así como la amplia desaparición de árboles y bosques de animales, han dejado de ser interesantes como fuentes de beneficios significativos. Las compañías energéticas vinculadas con el uranio y los monopolios petroleros se convirtieron en un imperio más poderoso que cualquiera de los Estados a los que sirven como apagafuegos.

Dentro de los ordenadores de estas empresas la salud y las vidas de un número “considerable” de residentes de las ciudades y el campo, fueron puestas en la balanza frente a una “considerable” ganancia o pérdida de beneficios. La respuesta popular en potencia frente a tales cálculos fue controlada por juiciosas combinaciones de tópicos, promesas y fuerza policial.

– El envenenamiento de la gente del este de Pensilvania que padecen cáncer inducido por las radiaciones, por un sistema que dedica una parte sustancial de su actividad a la “defenderse” contra los ataques nucleares provenientes del extranjero.
– La contaminación de la comida consumida por los habitantes que permanecieron en el continente y la destrucción de la esperanza de los granjeros, que han dedicado obedientemente sus vidas a incrementar las mercancías interesantes para el Capital; etapa que finalizó hace medio siglo.
– La transformación en un literalmente campo minado –utilizando venenos letales sin precedentes y explosivos– de un continente una vez poblado por seres humanos cuyos objetivos en la vida eran disfrutar del aire, el sol, los árboles, los animales y unosas de otros/as.
– La perspectiva de un continente lleno de infiernos encolerizados, sus ruidosos oradores recitando sus mensajes grabados sobre una tierra quemada: “No es necesario exagerar; la situación es estable; los líderes tienen todo bajo control”.

Todo esto no es un accidente. Es el estado actual del progreso de la tecnología, alias capital, llamado Frankenstein por Mary Wollstonecraft Shelley, considerado “neutral” por los aspirantes a jefes apasionados por conseguir con sus “revolucionarias” manos el control.

Durante 200 años el Capital se ha desarrollado destruyendo la naturaleza, desprendiéndose y destrozando a los seres humanos. El capital ha comenzado ahora un ataque frontal contra sus propios domesticados; sus ordenadores han comenzado a calcular la rentabilidad de aquellos que fueron enseñados a verse a si mismos como sus beneficiarios.

Si los espíritus de los muertos pudiesen volver entre los vivos. Los guerreros Ottawa y Chippewa y Potawatomi podrían continuar la lucha donde la dejaron hace dos siglos, aumentada por la lucha de los Sioux, Dakota y Nez Perce, Yana y Medoc y las incontables tribus cuyas lenguas ya nunca más serán habladas. Tal fuerza podría organizar una caza de los asesinos que de otra manera jamás se enfrentarían a ningún tribunal.

Los numerosos gestores del capital podrían entonces continuar practicando su rutina de trabajo-ahorro-inversión-venta, torturándose los unos a los otros con tópicos, promesas y su fuerza policial, dentro de centrales eléctricas desactivadas y desconectadas, tras las puertas de plutonio.

Notas de la Traducción

1. Central Nuclear de Three Mile Island, accidente ocurrido el 28 de marzo de 1979 en un reactor de agua presurizada (PWR) de la estación, cerca de Harrisburg, Pensilvania, Estados Unidos. El accidente comenzó cuando una de las bombas de alimentación de agua dejó de funcionar, al no estar conectadas las bombas de apoyo al sistema, los generadores de vapor no tuvieron agua y se provocó el calentamiento del refrigerante del reactor por la fisión producida por la desintegración del combustible.

2. Paxton Boys. Colonos del pueblo de Paxton –situado al este de Pensilvania– que se organizaron en diciembre de 1763 y asaltaron un poblado de aborígenes Conestoga en el condado de Lancaster, ya que se sentían inseguros por su presencia, arrasando y exterminando a los Conestoga. En 1764 organizaron a una marcha a la capital como protesta por la protección de los indios por parte de las autoridades de Filadelfia.

3. Conestoga, pueblo amerindio de la familia iroquesa. Inicialmente ocuparon la región comprendida entre el río Susquehanna y la bahía de Chesapeake, en Estados Unidos, asentándose posteriormente en Conestoga, en las proximidades de la actual ciudad de Lancaster, Pensilvania. Su población fue disminuyendo rápidamente hasta 1763, cuando los colonizadores europeos masacraron a los pocos supervivientes que quedaban.

4. Ley de Traslado de Indios, implementada en 1830, que separó a tribus enteras de su tierra natal para instalarlas más allá del Mississippi.

5. Pontiac (jefe Ottawa) no estaba de acuerdo con la manera en que los británicos trataban a su pueblo y sus intentos de erradicarlos de la zona, por lo comenzó a organizar la unión de varias tribus como resistencia al avance blanco. Se le unieron los Delaware, Huron, Illinois, Kickapoos, Miami, Potawatomies, Senecas, Shawnees, Ottawas y Chippewas.
Después de un consejo final en 1763, comenzó la rebelión. Tuvieron éxito en las zonas fronterizas, poco protegidas, y los fuertes británicos fueron atacados duramente, pero no consiguieron hacerse con ellos. Contaban con el apoyo Francés contra los británicos para hacerse con varios fuertes, pero el apoyo francés no llegó. Las batallas menores continuaron varios años. En 1766 Pontiac firmó el tratado de Paz de Oswego.

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* Cientista social, escritor y músico aficionado. Nació en Checoslovaquia (1934), vivió un breve tiempo con sus padres –emigrados ante el avance del nazismo– en Bolivia y luego en Estados Unidos, donde falleció en 1985.

** N. del T. en referencia al fecha en la que ocurrió el accidente.

Traducción: Palabras de Guerra, publicado recientemente en http://listas.nodo50.org/cgi bin/mailman/listinfo/urtica.

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