Jun 17 2008
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PolíticaSociedad

El rotundo “no” de los irlandeses es un voto de clase

Danielle Bleitrach* 

  Se había hablado de un duelo ajustado, pero el veredicto es indiscutible: el 53,4% de los irlandeses ha dicho «no». Sin lugar a dudas. Hagamos un pequeño repaso del asunto: primero apareció el Tratado Constitucional que se llevó el «no» de los franceses y después el de los neerlandeses, que también lo rechazaron. Entonces se elabora el chanchullo de Lisboa. Los políticos de todos los pelajes decidieron que ya no había que contar con la legitimación popular y los dirigentes impondrían el texto convertido en el Tratado de Lisboa. Así, los políticos se lo impusieron vergonzosamente al pueblo francés.
 
Pero, ¡Ay! Los irlandeses están obligados por su Constitución a celebrar un referéndum. Debía ser un paseo para el «sí» porque Irlanda, dijeron, se había beneficiado más que cualquier otro país de su integración en la Unión Europea. Todos los grandes partidos estaban de acuerdo, tanto el gobierno como la oposición. Muchos pueblos europeos estamos viviendo la victoria del «no» irlandés como si también fuese un poco nuestra, de quienes fuimos consultados y se despreció nuestra opinión.
 
El gran rechazo de un país «pro europeo»
 
Esa era la reputación de Irlanda, considerada como la gran beneficiaria de la integración.
 
Cuando el día 6 de junio un sondeo del diario Irish Times puso el «no» en cabeza, entonces la preocupación se hizo perceptible en el campo del «sí» y entre los políticos europeos y los medios de comunicación, pero pensaban en un resultado ajustado e incluso una subida de última hora de los partidarios del «sí».
 
La amplitud del rechazo, por lo tanto, ha sorprendido a todo el mundo; y la segunda sorpresa desagradable es que los irlandeses no sólo han dicho «no», como los franceses y los neerlandeses, sino que además han rechazado el Tratado por una amplia mayoría.
 
Sin duda, entre esos rechazos existen paralelismos inquietantes: se puede decir que, prácticamente, cada vez que se consulta a un pueblo en relación con la Unión Europea, el pueblo responde de la misma forma al chantaje político. Los ciudadanos rechazan esta Europa, no ven sus ventajas y no se sienten partícipes de ella.
 
«¿Se van a atrever a decir no»?
 
En Irlanda, de la misma forma que lo vivimos en Francia, se ejerció el chantaje del aislamiento «¡Se quedarán solos!, ¿se van a atrever?» Y sí, se atrevieron…
 
Existe una gran distancia entre el mundo político y el ciudadano corriente en Francia o Irlanda. Toda nuestra clase política está lejos de los ciudadanos, no sólo los defensores del «sí», los pro europeos de derecha o de izquierda, los principales partidos o los medios de comunicación, sino también los partidarios del «no» entre sí mismos, como los comunistas, la mayoría de los cuales ni siquiera se atreven a exponer la salida de la Unión Europea, e incluso de la zona euro, ni en sueños se atreven a plantear la cuestión.
 
Seguramente están sorprendidos de la audacia tranquila de sus pueblos en este terreno. Y si estas elecciones son un zambombazo es porque el «no» remite a un rechazo más fundamental, a algo que nadie de la clase política se atreve a abordar: para la mayoría de los franceses, especialmente de las capas populares y la juventud, la Unión Europea es un cachivache en el que no pintan nada, un foro donde se cumplimentan los políticos unos a otros y una moneda cuya adopción implicó que se hayan triplicado los precios y los salarios sigan igual.
 
Los irlandeses, como los franceses, no tienen demasiada confianza en sus dirigentes políticos, pero los del vecino le parecen todavía más sospechosos. Así, a riesgo de herir nuestro orgullo nacional francés, hay que reconocer que la inminencia de la presidencia francesa de la Unión reforzó el «no». Una de las razones ha sido los planes militaristas secretos de nuestro presidente Sarkozy. Sin hablar de las declaraciones intempestivas de nuestra gafe ministra de Economía, Christine Lagarde, en favor de una armonización fiscal en la UE. Incluso los partidarios de la integración europea se suprimirían y los países iban a encontrarse detrás de Sarkozy el belicista, el perrito faldero de Bush.
 
Pero tranquilicémonos, esas fueron algunas razones, entre otras, y no la causa definitiva. El pueblo irlandés no puede acceder a su clase política y allí, como en Francia y Holanda, el rechazo fue una desaprobación a los miembros del gobierno; las circunscripciones de los ministros encargados de los asuntos europeos expresaron un «no» rotundo (especialmente la circunscripción de Dick Roche, ministro encargado de la Unión Europea y la de Michael Martin, ministro de Asuntos Exteriores).
 
En Irlanda también es un voto de clase
 
Otra semejanza: en el «no» francés, un estudio de las zonas donde el rechazo fue más amplio me hizo señalar que dicho rechazo no era de derechas o de izquierdas, sino de clase. Advertí a los colectivos antiliberales que se asignaban la victoria, así como a todas las demás fuerzas políticas: estamos ante un rechazo de clase que en su mayoría pasa por otros circuitos diferentes de la actividad de tal o cual grupúsculo o partido, derivado de los debates en los centros de trabajo y en los hogares, y eso es lo que explicaba, según mi análisis, la geografía del «no», que reproducía prácticamente las zonas de influencia del PCF (Partido comunista francés, N. de T.) de hace treinta años.
 
Encontramos el mismo fenómeno en Irlanda: si consideramos Dublín, en los barrios ricos del sur, el 60% votaron a favor del Tratado, mientras que en los barrios de trabajadores del noroeste y suroeste, más del 60% votó «no». El voto rural fue un voto de rechazo y hay que tener en cuenta que, como en Francia, las llamadas zonas rurales en realidad cada vez son más zonas obreras. En cambio, en las áreas de las clases medias y altas dieron la mayoría al «sí».
 
Por supuesto la interpretación de este voto por los medios de comunicación es la denuncia de su heterogeneidad, la de un frente de descontentos incompetentes y, aunque no se dice, se da a entender que los que votaron negativamente no sabían lo que hacían, que son incultos y holgazanes; también sacan a colación la influencia de la extrema derecha olvidando que el nacionalismo no es necesariamente chauvinista y que el patriotismo es, según el célebre dicho, la riqueza de los pobres, sobre todo en un país como Irlanda, donde la conquista de la nación la hizo, casi como una guerra anticolonial, la miseria de las masas.
 
La reacción de los acomodados
 
Esta Europa, que además confunde sorprendentemente los intereses de las multinacionales y los financieros con la hipotética paz y el progreso social de los pueblos unificados, es un fraude. Pero da igual. Van a hacer lo que sea necesario para mantenerla a flote, para borrar el voto irlandés como negaron el voto francés y el neerlandés. He aquí las declaraciones de Le Figaro de esta mañana del 14 de junio de 2008:
 
«Un nuevo texto, con pequeñas enmiendas que respondan a las inquietudes irlandesas, podría presentarse para una segunda votación. Si se acepta, la crisis sólo será un incidente en el camino y el Tratado de Lisboa entrará en vigor con algunos meses de retraso. El Tratado de Niza, rechazado por los irlandeses en 2001 y aprobado posteriormente en 2002 con algunos cambios, es un precedente que justifica la maniobra.
 
Pero para que sea viable, hay que actuar rápidamente, ya desde el Consejo europeo de la próxima semana. Se ha anuncia una iniciativa francogermana que deberá detener el efecto de bola de nieve que el rechazo irlandés podría provocar en otros países que pretendieran poner en entredicho la ratificación. Un personaje clave de esta estrategia, el Primer Ministro británico Gordon Brown, declaró que se pondrá manos a la obra. Así, Europa evitará la recaída en la parálisis institucional y la presidencia francesa de la Unión podrá emprenderse sin demasiados estropicios.
 
No hay otra solución. Una nueva negociación del Tratado de Lisboa no es aceptable. El Tratado es el resultado de una renegociación de la mal llamada «constitución». El regateo tiene que tener un final.
 
Renunciar y seguir con el Tratado de Niza no es una opción. Eso equivaldría a mantener el statu quo y, en particular, el reino de la unanimidad, una situación intragable para los veintisiete y más todavía después de las próximas ampliaciones.
 
Revisarlo totalmente es imposible: sería tirar a la basura diez años de esfuerzos para salir del atasco institucional.
 
Para que Europa siga su camino, para que tenga su peso en un mundo en plena convulsión, hay que desdramatizar el rechazo y mantener el rumbo hacia las prioridades de la política europea. Este es el reto de la presidencia francesa».
 
¡Ese es el camino que traza la burguesía. Hay que minimizar la importancia de este voto, forzar a los irlandeses a votar y votar hasta que entren en razón y acepten! Hay que seguir avanzando en la construcción europea…
 
Una de sus armas para obligarnos es el ambiente que construyen días tras día: No integrarnos en esta Europa es, ni más ni menos, que una herejía, un auténtico sacrilegio, no podemos quedarnos fuera de la zona euro… Entonces, el «no» de los pueblos es una forma serena de declarar: «¡Nada de los que nos proponen es obligatorio!» 
 
El auténtico desafío es la construcción de una fuerza política que, como los ciudadanos, rechace lo que el capitalismo presenta como inevitable, obligatorio, indiscutible…
 
*Publicado por Rebelión. Traducido por Caty R.
 

 

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