Ago 15 2005
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Opinión

El terrorismo entonces y ahora 

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

fotoA principios y mediados de los años 70 y durante los 80 (excepto durante los de Jimmy Carter, de 1977 a 1981), Estados Unidos instalo y apoyó a regímenes asesinos por todo el Tercer Mundo. Es más, Henry Kissinger, asesor de Seguridad Nacional y Secretario de Estado bajo Nixon y Ford, prefería el término de “regímenes autoritarios”, el eufemismo que la embajadora ante la ONU de Reagan, Jeanne Kirkpatrick, utilizó subsiguientemente para calificar a las dictaduras militares pro-norteamericanas, porque causaban menos problemas que los gobiernos electos. 

Kissinger y Nixon alentaron el golpe de estado de 1973 en Chile, dirigido por el General Augusto Pinochet (abajo der.), en contra del gobierno elegido del socialista Salvador Allende. Con la aprobación de EEUU, Pinochet estableció entonces la DINA, un aparato de inteligencia-policía secreta que durante sus 17 años de dominio –que terminaron en 1990– asesinó a más de 3.190 personas y torturó a decenas de miles más.

Adicionalmente, inició en 1975 la Operación Cóndor, una red de agencias de inteligencia-policía secreta por toda Latinoamérica, para que él y sus colegas dictadores militares pudieran asesinar a sus “enemigos” en el exterior.

fotoLa DINA reclutó a fieras para torturar y asesinar, así como a “especialistas”. Townley, que no había cumplido las expectativas que su padre tenía de él como ejecutivo de negocios, se autoentrenó –mediante manuales– en electrónica y explosivos. 

EL SEÑOR TOWNLEY

Vi a Townley por primera vez en 1979, cuando prestó testimonio en el Tribunal Federal de Wáshington, en contra de sus co-conspiradores. Admitió haber fijado la bomba a la vigueta I del Chevrolet propiedad de Orlando Letelier, ex ministro de Defensa de Allende. Él había equipado el “dispositivo” con un detonador de dos etapas por control remoto que dos cubanos anticastristas activaron el 21 de septiembre de 1976, cuando el auto de Letelier entraba en la Plaza Sheridan de Wáshington. 

La explosión en la Avenida de las Embajadas, a menos de una milla de la Casa Blanca, le arranco las piernas a Letelier y enterró esquirlas mortales en la garganta de Ronni Moffit, de 25 años. Ella estaba sentada junto a Letelier. Ambos habían estado trabajando juntos en el Instituto para Estudios de Política. Su esposo Michael escapó milagrosamente con sólo heridas leves. 

Townley confesó que sus superiores en la DINA le habían ordenado matar a Letelier, y que él había reclutado a cinco exiliados cubanos anticastristas para que lo ayudaran en la misión. Townley obtuvo un acuerdo con la Fiscalía federal y denunció a sus co-conspiradores. El arreglo incluía una cláusula que requería que Townley testificara con toda honestidad acerca de otros crímenes en los que había tomado parte. 

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Así que en febrero de este año el juez chileno Alejandro Solís tomó declaración a Michael Townley –aún protegido, por supuesto, por el acuerdo con la Fiscalía– y le preguntó si había asesinado a algún otro enemigo de Pinochet. 

Townley admitió prontamente que había asesinado al general chileno exiliado Carlos Prats y a su esposa en Buenos Aires, pero que sólo estaba “obedeciendo las órdenes” de sus jefes de la DINA. 

Aunque esta historia no tiene las cualidades de moda de los actuales atentados suicidas con bombas en ciudades occidentales, las palabras de Townley debieran helar la sangre en las venas de las personas sensibles. Este terrorista, quien ha estado viviendo durante gran parte de los últimos 20 años bajo el programa de protección a testigos en Estados Unidos, describió en lenguaje frío y preciso cómo fabricó, instaló y detonó la bomba en el auto del General Prats utilizando dos aparatos de radio y piezas de un walkie talkie (Andrea Chaparro, La Nación, 30 de julio). 

“Hice una llamada de un transmisor al otro y el impulso electrónico activó la explosión”, explicó. Irónicamente, los fanáticos asesinos musulmanes utilizaron dispositivos similares para activar sus explosiones en Madrid el 11 de marzo de 2004, pero con el uso de teléfonos celulares, en vez de la electrónica más primitiva de los 70. 

Cargar la muerte.Veinticinco años antes, la monótona voz de Townley sembró el tribunal de silencio mientras contaba al jurado acerca de los problemas que encontró y solucionó mientras fabricaba y plantaba la bomba en el auto de Letelier. Tuvo que arrastrarse debajo del auto a las 3 a.m., en una tranquila calle residencial en Bethesda, Maryland, y fijar la bomba debajo del auto. En un momento un auto patrullero pasó por la calle y Townley describió cómo le corría el sudor por la cara y su corazón latía por el temor de que el policía pudiera verlo. 

El auto de Letelier (izq.) llevó la bomba durante dos días. La noche del domingo, unas 20 horas después de que Townley instalara el mortal dispositivo, Letelier y yo apoyamos los codos en el capó del auto, que se encontraba seguramente aparcado en el camino de entrada a la casa. 

De manera similar, Townley le contó al juez Solís las vicisitudes para colocar la bomba en el auto de Prats. “Un día encontré que la puerta del garaje de Prats estaba abierta y entré, pero tuve que esconderme en un nivel inferior del aparcamiento durante varias horas porque el superintendente (encargado) estaba haciendo su trabajo. Cuando al fin pude subir al nivel donde él aparcaba su auto, me metí debajo y fijé la bomba con una soga a  una pieza en cruz debajo del motor del auto”. Townley también tuvo que esperar ansiosamente la oportunidad para salir del garaje sin ser visto. 

Antes de eso “pasó varios días tratando  de encontrar al General hasta que finalmente me topé con él la noche del 30 de septiembre de 1974. Lo vi cerca de la entrada de su garaje. El detonador que yo había insertado en el explosivo C-4 y el TNT estaba armado. Así que lo detoné. No vi a nadie más en el auto del General”. ¿No vio a la esposa de Prats, Sofía Cuthbert, sentada junto a él? 

¡Bam! Partes de Prats volaron hasta un punto nueve pisos más arriba. Más tarde Townley dijo al FBI cómo había perfeccionado sus habilidades tanto para fabricar bombas como para detonarlas durante los dos años entre el asesinato de Letelier y el de Prats. En el caso de Letelier él había conformado la carga para que explotara hacia arriba y arrancara las piernas, no desperdigando partes por donde quiera. 

LOS ESFUERZOS FALLIDOS
Y EL “TRIUNFO” PRATS

En 1975 Townley también confesó al FBI –bajo inmunidad judicial– que siguiendo órdenes de la DINA había organizado el asesinato de Bernardo Leighton, un dirigente demócrata cristiano exiliado en Roma. Townley contrató a fascistas italianos para que dispararan a la cabeza a Leighton y a su esposa. Ambos sobrevivieron, pero fueron “neutralizados” exitosamente. 

Townley también habló de los planes de la DINA para matar a otros líderes chilenos exiliados en Europa y México. Esos planes letales incluían el uso de su esposa de entonces, Mariana, como parte del equipo de asesinato. Afortunadamente, varios de esos planes fracasaron. 

Con más de 60 años de edad y bajo un nuevo nombre, aunque ya no está en el Programa de Protección a Testigos, Townley contó al juez Solís lo que anteriormente había contado a los agentes del FBI más de 25 años antes. En una “cena amistosa”, sus jefes de la DINA le explicaron por qué Prats tenía que morir. 

fotoEl teniente-coronel. Pedro Espinosa, jefe de operaciones de la DINA, dijo: “Sabes, el General Prats es una amenaza en Argentina; nos gustaría deshacernos de él. Pero no se nos ha ocurrido cómo hacerlo”. 

Al apelar a su hombría y a su talento, Espinosa logró atraer a Townley, quien replicó: “OK, creo que puedo hacerlo, pero ustedes tienen que ayudarme con algunas cosas específicas, su dirección, detalles personales, y muy importante, si conduce un auto, porque entonces puedo instalar una bomba”. 

Espinosa y el coronel Raúl Iturriaga Neumann, jefe del buró extranjero de la DINA, explicaron que Prats podría liderar un levantamiento en contra del régimen que incluiría unidades de las fuerzas armadas. Como Prats aún disfrutaba de amplio prestigio en ciertos sectores del ejército, constituía una amenaza para el estado (Jorge Escalante, La Nación, 29 de julio). 

El coronel Manuel Contreras, jefe de la DINA –dijo Townley– ordenó esos atentados internacionales y luego creó una organización a partir de la ingeniosa noción de hacer una red de terrorismo de estado por medio de agencias de inteligencia. Los agentes del FBI Scherrer y L. Carter Cornick, quienes investigaron los asesinatos, llegaron a la conclusión de que era “inconcebible” que el asesinato hubiera tenido lugar sin la autorización de Pinochet. El Fiscal General aún no ha inculpado a Pinochet por el crimen. 

El gobierno de EEUU sabía que Pinochet había dado la orden de matar a Prats y a Leighton en 1974 y 1975, así que no hace falta ser Sherlock Holmes para vincularlo también al asesinato de Letelier. Pero en aquellos días la Guerra Fría, no la amenaza del terror musulmán, justificaban masivas desviaciones de la moralidad cristiana. Es más, muchas personas como Michael Townley mataron en nombre del anticomunismo.

Townley se autocalificaba de “un soldado en mi ejército” y definía a sus enemigos como “soldados en su ejército”, a pesar del hecho de que ni Letelier ni Prats pertenecían a un ejército por la época en que él los asesinó. El “enemigo” era el comunismo, el socialismo, cualquier cosa que pareciera vagamente vinculada a la Unión Soviética.

 

Gracias al generoso acuerdo ofrecido por el gobierno de EEUU, Townley cumplió sólo cinco años de una condena de diez y hoy anda libremente por las calles norteamericanas. En las celdas de la prisión de Guantánamo, los detenidos bien pudieran comparar el tratamiento a los terroristas en los días de los “regímenes autoritarios” con el de la “era de divulgar la democracia” porque existe la sospecha de que ellos pudieran pensar en planear acciones de terrorismo. 

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* Integrante del Instituto para Estudios de Política. Escribió Asesinato en la Avenida de las Embajadas (junto con John Dinges) acerca del asesinato de Letelier y Moffit.
 
Publicado en la revista Progreso Semanal (www.progresosemanal.com).

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