Jun 17 2004
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Cultura

El último texto

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

Recordaba Ernst Jünger, en la plenitud de la celebración de sus 90 años, a Goethe, y con él repetía que uno se retira poco a poco del mundo de la apariencia. El mundo era entonces para el escritor su biblioteca y los pequeños animales que estudiaba hasta el punto de numerosas especies tener su nombre, escribir y leer a diario y recordar con una memoria prodigiosa cada cosa que había dicho y donde la había dicho.

El mundo de la apariencia, deriva uno sin mayor esfuerzo, es el de la relación con los terceros, la vida social, el intercambio. El mundo de la apariencia no está en la literatura, está en la cotidianeidad del intercambio social. Novalis sale a relucir: “Lo que no ha pasado en ningún tiempo ni en ningún lugar, sólo eso es verdadero”. En el siglo XXI, arrastrada desde antes, encontramos a plenitud una degenerativa propuesta de la vieja definición de persona. Conforme a ella aquéllas no son más que detentadoras de poder.

El escritor no dispone de ninguno, a no ser reforzar en sí mismo la presencia del universo en el acto mismo de la creación. El buen lector siente esa liaison cuando lee a alguien que merezca llamarse de esa manera. A su vez, refuerza ese universo en sí mismo y, si tiene un sentido capaz de descifrar los códigos creativos, también sale de las apariencias.

   Quizás el único verdadero historiador sea el escritor, pues resume en sus textos la inveterada tendencia humana a huir del tiempo. Acostumbro repetir a los amigos que la vida no es otra cosa que repetición. El escritor es el portavoz de la consigna “no a la otra-vez”. De allí a nadie puede extrañar que nuestra época sea la de los massmedia y nuestra civilización la del espectáculo.

El mundo tiene que ser lo suficientemente fuerte para auto reproducirse constantemente en las apariencias y así llega a convertirse en una falta de mundo. El escritor, en cambio, es un constructor y la imaginación creativa se alza como el único antídoto contra una absorción y extinción de la trascendencia.

No quiere decir que el escritor trascienda. Aún hoy hablamos de Homero, pero cualquier lector de Peter Sloterdijk puede ir comprobando como los muertos se vuelven cada día menos importantes. Es lo que él llama “una humanidad horizontalmente reticulada”.  De allí que el escritor comprenda que preguntarse por un propósito de la literatura carece de sentido en un mundo donde los sentidos han sido derivados produciendo una fatal ruptura de la integridad del todo.

Como bien lo recordaba el viejo Jünger ese instante creador se produce fuera del tiempo  y por lo tanto ya no puede ser anulado.

El escritor escribe siempre el último texto, aquél que viola las leyes de expansión del universo y derrota a Einstein pues destruye la teoría del movimiento relativo entre dos sistemas. El escritor, al asumir el mundo de la “no-apariencia”, deja de jugar con otro posible polo de referencia.

Aquí no hablamos de un escritor como testigo de su tiempo o como alguien en que se pueden conseguir todos los retratos de su época. Lo que quiero decir es que el escritor derrota lo que podríamos denominar la apariencia ordinaria. Es un introductor que desvía hacia “lo que pasa en otra parte”.

 
El escritor descompone y recompone la estructura fundamental del mundo, es decir, vuelve a una especie de conocimiento original, se hace el demiurgo que llega a la parte no accesible al común y se hace poseedor así de los secretos.

En pocas palabras, para seguir con Goethe, se aleja de las apariencias que, agrego yo, son sólo aparentes.

La literatura, así concebida, es un instante perpetuo. En un mundo en desbandada, como el que augura el siglo XXI, la tarea del escritor se torna imprescindible, aunque momentáneamente parezca todo lo contrario. El escritor es un ser paradójico: es un trastornador que fija. Como bien lo dice Sloterdijk, no parece haber (en el mundo de las apariencias, agrego) alguien que cumpla el rol de posibilitar tránsitos.

El escritor, al fijar el instante, cumple con ese papel, pues posibilita la única posible regeneración, aquélla que se vincula al nuevo (y agreguemos) eterno inicio. Es lo que se puede denominar el estímulo que sigue vivo hasta el último instante, que no es otra cosa que el texto recién escrito, hasta que se comienza el nuevo texto, es decir, el nuevo instante. El escritor es humano y sólo cuando avanza en edad siente en su propia carne el abandono de las apariencias.

Cuando asume el rol maldito de ser escritor se arroga, con seguridad de manera inconsciente, ese abandono que es la forma más aguda y crítica del final. La literatura es la violadora antagonista del fin. Así, no puede pretenderse en el mundo de la comunicación instantánea la atención hacia el escritor.

El escritor del último texto es como Sócrates, alguien que no quiere salvarse, pero que se salva y salva. Es así como el escritor no puede andar pensando en realizarse. Cuando va a lo único que existe, lo que está fuera del tiempo y de lugar, como bien lo decía Novalis, se hace él mismo no-apariencia, es decir, realidad. Y  no le gusta repetirse, esto es, rompe con la mundanalidad.

Después, los hombres van a leer, para enterarse.

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* Escritor venezolano.
Trabajo publicado en las revistas Qué leo (Caracas) y La pájara pinta (Madrid).
(Más información sobre TLM y su obra puede encontrarse en la Biblioteca, en la parte superior de la pantalla).

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