Oct 8 2005
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Cultura

En Chile: ¿quién a Rocinante le quitó las herraduras?

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

Radio Tierra –en sí misma un sujeto de la comunidad independiente y abierta a las expresiones culturales– sintió el golpe (del cual nadie, como corresponde, al parecer, en Chile será responsable) que significa el cierre de la revista Rocinante-. No nos engañemos, la revista apagó sus computadoras y cerró los cuenta-hilos por una sola razón: falta de medios.

Patricio López sostiene: “Oficialmente, la política que ha regido desde 1990 es la omisión total, o sea la prescindencia del Estado de la forma cómo los medios viven o mueren. Pero en la práctica no ha sido así: el Estado tiene participación en el mercado de la impresión y en la torta publicitaria. En este último caso, el avisaje ha sido abrumadoramente puesto en El Mercurio, mientras que en la mayoría de los medios independientes este honor se ha dado tarde, mal y nunca. La dificultad para acceder a auspicios de privados –hecho que está garantizado por ley en muchas partes del mundo- completa el lamentable panorama actual”.

Se trata entonces de que el Estado ha elegido privilegiar una suerte de “sistema de comunicación social” que plantea en términos de política editorial la anécdota sobre la profundidad y el chantaje sobre la crítica. No es casual que las partidas presupuestarias de los organismos estatales y entes fiscales autónomos que se destinan a la información pagada –grosso modo la publicidad estatal– sean recogidas por una sola aspiradora con dos bocas insaciables.

A los gobiernos que se suceden en el control del Estado no les gusta la crítica, quizá teman la reflexión. De otra manera ¿cómo se explica la siguiente información entregada oportunamente por El Periodista:

“Al enterarse de que el fallo sobre la propiedad del diario El Clarín le sería adverso, el Gobierno de Chile se apresuró a recusar a los miembros del tribunal internacional que dirimen el litigio. Perder el juicio significa no sólo que el Estado chileno debe pagar a Víctor Pey y la Fundación Presidente Salvador Allende, sino que también abre la posibilidad de que el diario de mayor circulación en Chile, confiscado por la dictadura, vuelva a editarse, inquietando a los grandes conglomerados periodísticos del país”.

Ni los países ni la prensa aceptan –por lo menos no por mucho tiempo–un trato despótico y mentiroso; no son haciendas manejadas con criterios del siglo XIX o hilanderías del XVIII.

fotoEscribía en abril de 2004 Manuel Cabieses –director de la revista Punto Final, decana de la prensa crítica– al entonces ministro Secretario General de Gobierno y hoy del Interior: “Casi el 60 por ciento de la publicidad estatal en medios escritos se orienta a la cadena El Mercurio, propiedad de Agustín Edwards Eastman (izq., con el presidente Lagos), gestor del golpe militar de 1973 y hoy influyente mentor de las políticas de seguridad pública del gobierno. El resto del presupuesto publicitario del Estado alimenta a Copesa, cuyas publicaciones constituyen el instrumental de propaganda de la UDI y de los servicios de inteligencia de las FF.AA”.

Para cerrar: “Es un deber de los medios independientes denunciar esta alianza del gobierno con El Mercurio y Copesa, porque está contribuyendo a instaurar en nuestro país una forma de pensamiento único reaccionario y antinacional. Guardar silencio podría confundirse con una actitud mendicante, ingenua o cómplice, y en ninguna de esas categorías se encuentra Punto Final”.

EL ÚLTIMO EDITORIAL DE FARIDE ZERÁN EN ROCINANTE

Al cumplirse cuatro siglos de la publicación de la obra cumbre de las letras hispanoamericanas, el caballo de quien llevó en sus ancas el sueño del ilustre caballero don Quijote, en ésta- su modesta versión chilensis- deja de cabalgar.

Luego de siete años de existencia y en este número especial de aniversario, Revista Rocinante circula por última vez en kioscos y librerías del país.

Las razones son múltiples. Podríamos decir que nunca logramos consolidar una cartera de avisadores que diera consistencia a este proyecto periodístico que nació para contribuir al debate cultural del país. Pese a que lo intentamos.

Habría que agregar que nuestros cientos de suscriptores fueron veleidosos a la hora de renovar su compromiso, y que nuestros lectores se dividieron entre los incondicionales y los intermitentes.

Más aún, a este recuento adverso se podría sumar la incapacidad de consolidar una gerencia comercial que pese a varios esfuerzos nunca logró penetrar las intrincadas reglas de las agencias de publicidad, las que sistemáticamente nos dejaron fuera por ser una revista “demasiado densa”, “poco comercial”, “muy crítica” o “poco masiva”.

Y, pese a que en su momento fuimos distinguidos como “la mejor revista cultural” por el Círculo de Críticos de Arte de Chile; o la “más destacada por su contribución a cultura y la difusión de los libros” del país, según la Sociedad de Escritores de Chile; o bien la revista más leída en el Gran Santiago, de acuerdo con una encuesta de Ipso Search Marketing –con 4.5 lectores por ejemplar–, pese a todo aquello, nuestra situación económica no nos permite continuar.

Nos hacemos cargo de todo y también de los portazos y silencios de las empresas del Estado que invierten anualmente cerca de 500 millones de dólares en publicidad, y que salvo excepciones optaron por dejarnos fuera de sus circuitos y “favores” entregando el grueso de su inversión publicitaria en la prensa escrita para la cadena de El Mercurio.

Con cinco mil ejemplares distribuidos en todo el país, quizás deberíamos haber sido menos críticos, más cautos, no tan intransigentes ni categóricos en nuestros debates y puntos de vista.

Como nos señalaban nuestros consejeros y reiteraban nuestros detractores, un medio en Chile no puede sostenerse si no tiene algo de farándula, una cuota de escándalo, y esa “bendita” liviandad que permite llegar a todos de manera más alegre, amable, sin tanto “rechinar” a todos los vientos.

Todo aquello puede ser cierto, ¡sólo que nuestro proyecto es y fue otro!

Desde el inicio, en octubre de 1998, cuando éramos el único medio independiente luego de la última debacle que acabó con el diario La Epoca y otras revistas –y antes de que aparecieran The Clinic, Le Monde Diplomatique, o El Periodista–, trazamos nuestra línea editorial y convocamos en torno a ella a un grupo de destacados colaboradores, asumiendo que era este y no otro el periodismo que queríamos hacer.

Y sin duda lo logramos. Quien quiera saber de los principales debates políticos y culturales que se dieron en esta etapa de la transición, necesariamente deberán recurrir a las páginas de Rocinante.

Nos enorgullece no haber sido nunca desmentidos, ni haber usado fuentes no identificadas. Estamos satisfechos de haber enriquecido el debate con nuevos temas, así como de nuestra innegable contribución a un país más democrático, pluralista y tolerante.

Cerramos en este número aniversario porque nuestras deudas nos impiden continuar y porque los avisos logrados en esta edición –sólo por una, lamentablemente– nos permiten saldar una parte de ellas, particularmente con periodistas y colaboradores que por años dieron lo mejor de cada uno para enriquecer este medio cultural.

El cierre de Rocinante, una revista que también circula en el exterior y cuyos artículos han sido reproducidos o citados en América Latina, Europa y Estados Unidos, no es una derrota de quienes la hicimos posible: periodistas, académicos, escritores, artistas e intelectuales.

La derrota es para el país y sus autoridades, particularmente aquellos que deben velar por el pluralismo informativo y la libertad de expresión garantizando toda la riqueza y diversidad de nuestra sociedad.

Porque más allá de las declaraciones o actos rimbombantes acerca del fin de la transición, mientras en Chile existan las actuales limitaciones para que circulen todas las ideas, y el derecho a la información siga estando acotado por las reglas de un mercado sesgado, conservador y altamente concentrado, la democracia plena seguirá siendo una quimera.

Podríamos decir hasta nunca. Pero en el periodismo independiente, aquél que no depende de los grandes consorcios empresariales ni se arrima a los poderes; el que se plantea con talante disidente. para ese periodismo que por 15 años ha vivido la extinción, o la precariedad, no existe el hasta nunca, sino un hasta pronto.
Que a veces puede ser un paréntesis, y en otros sólo un breve suspiro…

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