Sep 28 2009
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Economía

En EEUU mueren los periódicos zombies: ¡que mueran!

Michael I. Niman.*

Los diarios realmente murieron hace una generación y ahora siguen en el juego sus cadáveres. Sus titulares y aquellos de noticiarios de TV resuenan como obituarios para el negocio del periodismo, como si de repente la industria estuviera “patas arriba” y muriéndose. Y es que los grandes diarios de EEUU efectivamente padecen gran agitación financiera y algunos importantes cerraron recientemente sus puertas, mientras la mayoría reduce personal.

Algunos, como Wall Street Journal y Los Ángeles Times, se encogieron físicamente y apretaron sus cinturones al máximo, en tanto The Detroit News/Free Press y Seattle Post-Intelligencer se alejan del papel impreso para convertirse en diarios virtuales. Hace poco cerraron periódicos como el Rocky Mountain News, de 150 años, en Denver; el Cincinnati Post, de 128 años, en Cincinnati; y el Albuquerque Tribune, de 87 años. Ahora engrosan el montón de diarios que sirven de lápida a la industria.

Sin embargo, la historia sobre el colapso del periodismo es una noticia vieja, como mucho que leemos en la prensa diaria. Los periódicos ya murieron hace bastante tiempo. La única novedad, finalmente, es que sus cuerpos de zombie siguen el juego. Sé que esto suena cruel y, sin duda, despertará la ira de legiones de cortadores de cupones, entusiastas del crucigrama y otros que leerán la nota sólo hasta aquí.

El lucro y la avaricia matan a los grandes diarios

El colapso de la industria periodística fue anticipado por su pérdida de la diversidad plural. El modelo del monopolio llegó a dominar la industria hacia la mitad del siglo XX. Casi en cada ciudad de EEUU, hubo un diario dominante mantenido a flote por una economía de escala cada vez mayor, que ahuyentó a su competencia del negocio. Antes del fin del siglo, aproximadamente el 98% de las ciudades estadounidenses se convirtieron en urbes de un solo periódico.

Los monopolios amenazaron a la democracia, con los diarios actuando a menudo como porteros de las noticias regionales, cuyo control les permitió dominar la política local y alcanzar un poder sin límite. Pocos políticos tocados por el diario local vivieron sabiamente como para contarlo. Y subieron los precios de la publicidad, a veces al punto de amenazar la existencia misma del negocio.

Con sus monopolios regionales, los periódicos generaron regularmente ganancias para sus inversores de Wall Street, al convertirse en una de las industrias más rentables de la nación. Sin embargo, mataron la leyenda romántica del joven reportero que perseguía las noticias calientes, luchaba contra la corrupción, daba golpes periodísticos y salvaba la democracia. Los conglomerados controladores del negocio lo convirtieron simplemente en una fábrica de lucro asumido cada vez más no para informar, educar o agitar, sino para hacer dinero.

El modelo del monopolio le dio a los periódicos un buen pasar financiero, pero resultó efímero porque la arrogancia de los editores que engordaron sus ganancias vieron a estos beneficios más como un derecho que como algo que deberían conservar con cierto trabajo. Sin competencia, despidieron personal, incluso en buenas épocas financieras, impulsados por la codicia de márgenes de ganancias cada vez mayores. Las historias genéricas relatadas por las agencias de noticias substituyeron de manera contundente la investigación de situaciones noticiosas locales y los periódicos perdieron significación como fuentes de información local.

El modelo mató noticias… y lectores

El modelo de lucro y avaricia consiguió que los periódicos evitaran morder la mano de quienes los alimentaban. Esto significó eludir noticias que afectaran a los avisadores o a sus amigos publicistas, y a la gente que compró avisaje y publicidad, y también significó evadir cualquier controversia que de alguna manera pudiera afectar a un eventual comprador de publicidad. Entre estas dos categorías censuradas, la mentira reemplazó a los buenos reportajes que antes hicieron indispensables y vibrantes a los periódicos.

En su forma más extrema, el modelo beneficio-avaricia significó no sólo procurar no ofender, sino realmente alcahuetear a los poderes avisadores. Por lo tanto, los periódicos sustituyeron noticias duras por historias suaves, introdujeron publicidad inducida en los contenidos y convirtieron en propaganda secciones enteras del periódico.

Pensemos en esto: ¿Cuándo fue la última vez que ustedes leyeron una historia crítica sobre un automóvil en la sección vehículos, o una historia crítica sobre modelos irresponsables de desarrollo urbano en la sección de las propiedades inmobiliarias?

En un nivel macro, “benefíciense del poder y no hagan preguntas” fue el mandato al que adhirieron todos los periódicos. Prácticamente cada diario importante de Estados Unidos repitió mecánica y desvergonzadamente la propaganda utilizada por la administración Bush –y posteriormente desacreditada– para efectuar la invasión de Iraq en 2003. De hecho, muchos críticos de los medios ahora arguyen que el sesgo favorable a la guerra de la prensa estadounidense fue el factor clave que permitió a Bush conducir a la nación a esta guerra. Las fuentes de información alternativas, que operan sobre todo en el ciberespacio, contradijeron esta información falsa, como lo ha demostrado el análisis riguroso más reciente de información fidedigna, pero no pudieron contrarrestar toda la información falsa difundida por los periódicos.

Un vistazo al Proyecto Censurado descubre las historias más importantes pero menos divulgadas de los últimos 20 años. Entre las 25 historias sobresalientes elegidas cada año hay temas como la corporación Halliburton [del ex vicepresidente Dick Cheney] vendiéndole tecnología nuclear a Irán, Halliburton consiguiendo contratos para construir centros de detención en EEUU y las ganancias comunes de 3.000% compartidas entre Halliburton y Dick Cheney durante la guerra de Iraq.

Estas historias cubren una gama de temas, desde las autorizaciones del gobierno para introducir agentes carcinógenos en nuestra comida y agua a la destrucción del “habeas corpus” y de las protecciones básicas de los derechos humanos y el pillaje corporativo al por mayor de los recursos naturales. Con todo, en cualquier año, el lector difícilmente podrá encontrar estas historias en los diarios a su alcance. Los periódicos las dejaron fuera. Y por eso nos hemos volcado a otras fuentes para obtener nuestras noticias.

Ciertamente, el modelo del periódico de noticias impreso en papel prensa extermina los bosques en su búsqueda de celulosa en plena era digital, pero ésta no es la causa de defunción de estas organizaciones masivas de noticias. Los grandes periódicos importantes de hoy cargan, en promedio, más de un siglo edificado sobre sus espaldas. Y son los principales jugadores reconocidos en la industria de noticias de cada sector. Éstas deberían ser marcas fuertes, bien puestas como para dominar medios convergentes, pero después de una generación de autocomplacencia por sus marcas, su valor en Wall Street se convirtió en basura.

Después de llevarnos despreocupadamente, junto con la administración Bush, a una guerra estimulada por personajes periodísticos como Judith Miller, ¿por qué debemos confiar en la información sobre Iraq del New York Times? Y, realmente, ¿por qué debemos pagar su información falsa? [Judith Miller, periodista del The New York Times, inventó falsas entrevistas en Iraq para ayudar a promover la guerra que deseaba la Casa Blanca y, además, fue ensalzada como valiente “heroína” del periodismo].

Diarios pasaron a lista de objetos en desuso

Muchas de las historias que hemos estado mirando y leyendo sobre el hundimiento de los periódicos han sido redactadas por los diarios que lloriquean sobre su propio fallecimiento autoinducido o, semejantemente, por estaciones de noticias de televisión y organizaciones igualmente codiciosas, presumiendo prematuramente sobre la muerte de ciertos periódicos mientras siguen de cerca la misma trayectoria hacia la irrelevancia.

En este análisis está ausente el consiguiente crecimiento de la cobertura de organizaciones informativas democráticas que realmente desafían el actual estado de cosas e informan sobre hechos noticiosos peligrosos y preocupantes. En este contexto, la historia no es de una generación corriendo a gran velocidad hacia el analfabetismo y la apatía, sino que es una historia mucho más esperanzadora acerca de una revolución en los medios informativos.

Miremos esto como un ajuste del mercado, con el valor del modelo propagandístico cayendo en picada. Éste no es un mal desarrollo. Sin embargo, los grandes medios no morirán en estado de gracia. ¡No! Están rodando por la pendiente como nos dicen los llamados expertos, porque se han suicidado y pasado a la lista de objetos en desuso.

Piensen sobre esto: Parece que la misteriosa pérdida de ingresos por avisos clasificados se ha convertido en la bala de plata que puso a los sobrevivientes a descansar. Pero (y cualquier persona puede preguntarlo), ¿por qué los diarios perdieron sus anuncios clasificados? Coincidentemente, esta pérdida vino pegada a la disminución del número total de lectores. Y muchos de esos anuncios no emigraron a las listas de internet, pero sí a los periódicos alternativos semanales que han estado acogiendo holgadamente la información que los grandes medios arrojan lejos como historias peligrosas.

Así trabaja el mercado, diría Friedman, no Marx. ¿Dónde buscan ustedes cuando quieren alquilar un apartamento? Y estos medios alternativos no heredaron esos anuncios de parientes difuntos, sino que trabajaron para lograrlos al mismo tiempo que los diarios dejaban de hacerlo.

Para que el periodismo prospere, los periodistas necesitan ser pagados. Los críticos de medios democráticos son rápidos para señalar que el mercado no puede apoyar a un millón de lugares con información en línea, y que las pequeñas organizaciones de medios pueden permitirse solamente pequeños sueldos igualitarios para un puñado de trabajadores. Así pues, el debate existe, pero necesitamos un nuevo modelo para financiar medios de calidad.

¿Crisis de la profesión de periodista?

Verdades de hecho. Pero esta misma discusión a menudo se enciende bajo la premisa de que el viejo modelo del periódico del gran monopolio hizo lo mismo, y la muerte de los grandes significa ahora el fin del periodismo como profesión. El sistema de remuneración de los periodistas profesionales ha sido arbitrario durante mucho tiempo, recompensando a escritores invertebrados o lame-botas, mientras castiga el trabajo duro de los periodistas que asumen riesgos.

Observemos, por ejemplo, al New York Post, claramente uno de los peores diarios del país: sensacionalista, traficante de miedos, xenófobo. Emplean a algunos de los “periodistas mejor remunerados” en la industria, mientras tanto, en la misma ciudad, el contundente “Indypendent” (se escribe así, con una “y ") confía en los escritores voluntarios para hacer el mejor periodismo local de investigación del país. Eso no está mal si observamos la recompensa de los lacayos que venden su supuesta profesión. Encontrar fuentes de ingreso para pagar buenos periodistas es uno de los problemas.

La cuestión de fondo aquí es que mientras no puede haber futuro para los desalmados –el monopolio zombie de los periódicos–, sí existe un futuro para el periodismo. Me acuerdo de una reunión que tuve algunos años atrás con una delegación de periodistas ucranianos. Eran todos de mediana edad, entrenados como periodistas por los medios de una sociedad soviética totalitaria donde no había periodismo. No obstante, generación tras generación, los aspirantes a periodistas aprendieron habilidades doctas cuyo empleo les estuvo vedado. Entonces el imperio colapsó, y cuando se derrumbó, había periodistas que esperaban salir de la hibernación.

Quizás ésta sea la historia de aquí. Quizás el auto-hundimiento del monopolio de los diarios censurados a sí mismos finalmente romperá las cadenas de mediocridad que han atado al periodismo por una generación. Esto significa que quizá los buenos periodistas no tendrán que llevar a cabo trabajos diarios en otros oficios para sostenerse. Quizás signifique que las comadrejas no editarán más periódicos. O quizás no mucho cambiará, excepto el lugar donde se entregue desinformación y banalidad. En cualquier caso, no verteré ninguna lágrima por los grandes medios corporativos.
 

* Dr. Michael I. Niman, colaborador del Proyecto Censurado de la Universidad Sonoma State de California, profesor de periodismo y estudios de medios en la Universidad del Estado Buffalo.

Columnista, además, de www.artvoice.com y www.mediastudy.com. Una versión de esta introducción al capítulo I de Censored 2010 se publicó en ArtVoice.

Traducción al castellano de Ernesto Carmona.
Despacho de www.argenpress.info.
 

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