Ene 26 2006
367 lecturas

Opinión

ENCÍCLICA: EL AMOR AUSTERO Y DISCIPLINADO

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

Mal que les pese a sus detractores y algunos fieles, Benedicto XVI recoge algo de la vieja sabiduría esotérica y mágica al establecer que el amor humano, tan débil como noble, debe someterse a la disciplina del espíritu para no convertirse en el puro goce de los sentidos.

Hay que domesticar a Eros para cerrar la puerta a Tanatos y poder, el creyente, entrar por ella a la vida eterna. Deus cáritas est.

El eros o expresión del amor entre varón y hembra –puesto en la naturaleza de la persona humana por el Creador– emerge como arquetipo del amor por excelencia, pero –aseguró el papa– necesita disciplina, purificación y maduración para no perder su dignidad original y degradarse en puro sexo. Es decir, para trascender. Y para que no quedaran dudas, la primera encílica del pontífice –especie de circular dirigida a los obispos y fieles en general– se refiere al amor: “una de las palabras más usadas y abusadas del mundo de hoy”.

Lo esencial es lo que une

fotoRecordó Benedicto que al amor concebido como el dominio de Eros, la ética del Nuevo Testamento opone, al precisarlo, el amor establecido como ágape, esto es: reunión fraterna entre cristianos que estrecha los lazos que los unen y en los que se reconocen hermanos.

No consideró el pastor máximo que los ágapes fueron duramente reprimidos por la Iglesia temprana debido a que esos banquetes solían acabar con una vieja, gozosa práctica prebautismal: el toque de los cuerpos, el vino dionisíaco, el fornicio ritual y desparramado. Ágape es dar amor al otro.

El pensamiento antiguo –ay, como la contemporaneidad aprende– no concibe al espíritu alejado del cuerpo. Es la llama que arde en el altar, que es la carne. Y el sexo es su combustible.

Comprensivo, el documento papal deja claro que la disciplina, entonces, la lucidez caritativa –amorosa– no consiste, como lo pretende mucha literatura religiosa, en rechazar los impulsos eróticos, sino en ponerlos al servicio de la salvación. El cristianismo, dice, siempre ha enseñado que en el ser humano espíritu y materia se compenetran mutuamente, iluminando, pariendo “una nueva nobleza”, que supone al cuerpo y alma “en perfecta armonía”.

Conseguida esta relación armónica –por eso la disciplina purificadora– “el amor se convierte, sí, en éxtasis, pero éxtasis no en el sentido de un momento de ebriedad pasajera, sino como éxodo permanente del yo cerrado en sí mismo hacia su liberación en el don de sí mismo”.

Benedicto XVI dixit: “En definitiva, eros y ágape exigen no ser separados nunca completamente uno del otro, y cuanto más ambos, aunque en diversas dimensiones, encuentran su equilibrio justo, más se realiza la verdadera naturaleza del amor”.

En la raíz del amor conyugal –siempre el único recomendado por la Iglesia– el deseo erótico, el querer acercarse al otro –u otra– se disolverá en la búsqueda de la felicidad del otro u otra integrante de la pareja, regalándose y cambiando la raíz del deseo para ser, simplemente, para ese otro. Solve et coagula.

No acaba allí el amor

fotoSi la estructura de la encíclica Deus caritas est dedica buena parte de sus 78 páginas a la reflexión filosófico-teológica sobre el amor –el erótico, el fraternal, el que se debe a todas las criaturas–, una segunda sección encara la practica del amor hacia los demás; la materialización social del mandato de amar.

En este aspecto bien se puede decir que Benedicto pisa la cola del dragón al otorgar suma importancia a la cuestión social, considerada como tarea eclesial y magisterio pontificio. “La doctrina social católica no quiere conferir a la Iglesia un poder sobre el Estado, sino simplemente purificar e iluminar la razón, ofreciendo su propia contribución a la formación de las conciencias, para que las verdaderas exigencias de la justicia puedan ser percibidas, reconocidas y realizadas”.

Preocupación por los pobres desde luego matizada por el hecho de que ésta debe manifestarse en forma personal y no dejarse en manos del Estado, puesto que el Estado proveedor la convertirá en mero ejercicio burocrático.

No obstante advierte la encíclica que la Iglesia no puede reemplazar al Estado en matrias de justicia social. Insiste el papa en señalar que el amor por los pobres debe traducirse en justicia, no basta la caridad –el amor entendido como desprendimiento– para ellos.

El mismo documento reafirmó la muerte del socialismo marxista: “Se decía que mediante la revolución y la colectivización de los medios de producción todo iría repentinamente mejor. Pero ese sueño se ha desvanecido y en la difícil situación en la que estamos hoy, a causa de la globalización de la economía, la doctrina social de la Iglesia se ha convertido en una indicación fundamental para aquellos que se preocupan seriamente por el hombre y su mundo”.

No obstante la mirada papal –quizá de largo alcance, pero en todo caso difícil de comprender en lo inmediato– ve como positivo el proceso de globalización, al que caracterizó por el hecho de que el interés por el prójimo supera las fronteras nacionales, universalizándose.

Nada muy nuevo.

——————————–

* Informe especial para Piel de Leopardo.

X

Envíe a un amigo

Su nombre (requerido)

Su Email (requerido)

Amigo(requerido)

Mensaje

Añadir comentario