May 17 2016
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Política

España: El 15M, un mito antiguo/¿Qué queda de tanta indignación?

Que sólo cinco años después el 15M haya ocupado las portadas de todos los periódicos, la atención de todos los analistas y el fervor de todos los nostálgicos demuestra dos cosas: que pertenece ya al pasado y que se ha naturalizado como parte de una historia común. Eso no es malo. Parecía un acontecimiento y era una fecha histórica. Parecía una protesta y era un umbral. Parecía una exigencia de cambio y era, en realidad, una fundación.

Es así como hay que pensar hoy el 15M, como la fundación mítica de una ciudad o una civilización, la acción remota de unos antepasados que paradójicamente siguen entre nosotros. Nuestros antepasados fuimos nosotros mismos. Y hasta Anguita, que parecía condenado a ser nuestro abuelo olvidado y sabio, es ahora hijo nuestro. El hijo del 15M. En ese regazo inaugural, que ha dejado atrás y muertas tantas cosas, su sensato impulso comunista, su vieja lección democratizadora, también ha resucitado.

No basta con tener razón: hay que tener atmósfera. El 15M no fue un momento destituyente, como lo demuestra el hecho de que pocos meses más tarde el PP obtuvo la mayoría absoluta en españa indignadoslas elecciones. Pero fundó un país. Es uno de esos raros casos en la historia en los que se constituye un nuevo marco común en paralelo al orden constituido, sin destituirlo pero vaciándolo de sentido, de tal manera que en muy pocos años su autoridad se ha vuelto mucho más real -y mucho más antigua- que el régimen que no derrocó. El 15M, que cumple cinco años, ocurrió mucho antes que la muerte de Franco, la transición y la Constitución del 78 y en consecuencia está más vivo y es más legítimo; está ya tan lejos -escribía hace poco- como el big-bang y es tan actual como el universo. Ocurrió in illo tempore, al igual que el gesto primigenio que puso en marcha los ríos y las flores, como el golpe que erigió las selvas y nos dio el lenguaje y por eso no es propiamente causa de nada, pero sí condición de todo. Por eso -también- cada criatura nacida en su seno -las Mareas, Podemos, los ayuntamientos del Cambio, las confluencias- evocan su legitimidad originaria y se apoyan en ella al tiempo que irremediablemente la traicionan.

El 15M podía fundar un país, pero no gobernarlo. Ningún antepasado mítico ha gobernado jamás su ciudad; Moisés ni siquiera entró en ella; y los que la gobiernan en su nombre saben que no pueden estar a su altura, que cada decisión concreta degrada el origen, que con cada nueva ley se alejan del principio que les dio la voz. Es normal la nostalgia y la desilusión de algunos, tanto más cuanto que ese antepasado mítico somos nosotros mismos y recordamos el mito fundacional con todo nuestro cuerpo presente, de manera inmediata y no a través de liturgias y ceremonias. ¡Estuvimos allí, en la creación del mundo y ahora estamos aquí, enfangados en urnas y discursos! Ahora bien, los desilusionados no somos tontos; los desilusionados queremos que gobierne la de-gradación del 15M y no el viejo régimen Indignados_en_Espa_ay su legitimidad zombi; queremos que el 15M, atmósfera y umbral, génesis y universo, se convierta en la oposición mitológica de su propio gobierno real.

Pocas veces antes, en efecto, una generación ha asistido en vivo y en directo a la formación de un mito antiguo. Todos los proyectos de cambio necesitan un pasado y una tradición. La revolución francesa tuvo a Bruto y la República romana; la vieja izquierda la URSS o Sierra Maestra. La nueva izquierda en España tiene ya las dos cosas gracias al 15M. Mítico o mitificado, es una gran suerte haber introducido en la historia este corte que nos permite romper viejas cadenas ideológicas sin tener que empezar de cero. Ese corte es un corte en todos los sentidos, pues corta, al tiempo que una tradición izquierdista ya sin frutos, el marco de sentido europeo y su revolución negra, mitad neoliberal mitad neofascista. El 15M cambió de carril la lógica de las cosas, de manera inesperada y disruptiva, y ahora, en su estela, nos alejaremos quizás del origen, sí, pero al mismo tiempo que nos alejamos de la vieja política y de la cultura corrupta, autoritaria y pusilánime de la transición.

No olvidemos, en todo caso, que el 15M fundó una legitimidad que reclamaba una de-gradación para ser algo más que un acontecimiento y una protesta. Quiero decir que a los gestores del régimen ni les importaba ni les importa la legitimidad; se podían permitir ese gesto inaugural si su labor constituyente se mantenía en paralelo al orden constituido que ellos realmente controlaban. Su desprecio altanero -”formad un partido y presentaos a las elecciones”- reflejaba la intocabilidad de su poder. No bastaba con un mito; luego había que rebajarlo e invocarlo mediante luchas concretas e intuiciones certeras.

Hacían falta -lejos de las emociones del origen, bajo la mayoría absoluta del PP, en seco y sin abrigo- unas Mareas tozudas y a veces desalentadas, una indignados_n-(entre otros); y luego Podemos, los ayuntamientos del Cambio, las confluencias y hasta la emocionante resurreccipón de Julio Anguita, con la posibilidad de esta segunda vuelta en la que la gente se traslade por fin a las instituciones como a una verdadera trinchera. Toda esa secuencia parece encajar retrospectivamente en el umbral abierto por el 15M como los árboles y las montañas parecen encajar en el espacio abierto por el big-bang -o la abolición de la esclavitud y el voto femenino, que hubo que batallar tan duramente después, en el derribo de la Bastilla. El 15M fue su condición, no su causa, y si gracias a ese mito eficiente hoy tenemos una antigua tradición que prolongar, evocar y traicionar, todo lo que vino después, así como todo lo que viene a partir de ahora, para bien o para mal, dependerá de nuestros análisis, nuestras decisiones y nuestras luchas. Para gobernar se necesita siempre un mito y ya lo tenemos; se necesitan buenas cabezas y también las tenemos; se necesita una alternativa política y está bastante bien definida; se necesita un pueblo y se está construyendo. Pero para integrar todas estas piezas hace falta también, como decía una pancarta de Sol en mayo de 2011, “menos orden y más organización”.

El 2 de junio de aquel mayo antiguo y mítico en el que aceptaba con resignación la necesidad de abandonar la acampada: “Es difícil renunciar al único lugar del mundo; es difícil renunciar al amor; es difícil renunciar a una experiencia que nadie preparó y que nadie puede asegurar que se repita. Es un riesgo partir; pero es un riesgo quedarse. Como extranjero de paso, yo mismo siento la fortísima nostalgia -como me ocurrió en la Qasba- de esta inversión espacial, material, tangible, diminuta, de la marcha mental del mundo; de esta costura de realidad intensa en un inmenso desgarrón sin sentido; de este punto suelto a partir del cual se podría poner del revés -del izquierdo- el calcetín del universo. Pero la victoria ha sido tan grande -el poder fundacional de otra legitimidad que decolora el Parlamento y El Corte Inglés- que quizás, si se quiere seguir adelante, radicalizar y politizar de verdad el movimiento y fundamentar una alternativa, es necesario apostar por los Soles de los barrios y los pueblos, por el trabajo constituyente de las comisiones y los grupos de trabajo y por la coordinación a nivel estatal e internacional. El momento antropológico fundacional -el recuerdo de ese amor primero, el poder de los muchos- debe dejar paso ya, aún a riesgo de perderse, si no quiere perderse, a una política que plantee las modalidades y las estrategias de la inevitable confrontación”.

Es ésas estamos. Han pasado mil años y por fin ha llegado nuestra oportunidad. Ahora o nunca. No la desperdiciemos.

*Publicado en Cuarto Poder

Anexo

¿Qué queda de tanta indignación?esp Indignados

Esther Vivas| Han pasado ya cinco años desde la masiva ocupación de plazas que eclosionó el 15 de mayo del 2011 con el movimiento de los indignados, el 15M. Cinco años en que se ha constatado que el tiempo no es lineal, que está hecho de atajos, laberintos y a veces largas y otras veces cortas veredas. Cinco años de mucha crisis, malestar y protesta. Sin embargo, ¿qué queda hoy de tanta indignación?

El 15M ha cambiado nuestra manera de leer e interpretar la crisis. Si desde el 2008 nos dijeron que “habíamos vivido por encima de nuestras posibilidades”, acusándonos de ser responsables de la presente situación, el movimiento indignado fue capaz de modificar dicho relato. Una de sus principales consignas, “no somos mercancías en manos de políticos ni banqueros”, apuntaba en esta dirección. El 15M señaló a la banca como autora del estallido económico, y la complicidad de la mayor parte de la clase política. Los indignados consiguieron imponer un relato contrahegemónico al dominante: ni culpables ni responsables sino víctimas de una crisis y a la vez de una estafa.

Lo que empezó como una crisis económica, pronto derivó en una crisis social y finalmente, bajo el impacto del 15M y del proceso independentista en Catalunya, en una crisis del sistema político, que llevó a cuestionar las raíces del régimen de 78 y cada uno de sus pilares, monarquía, bipartidismo y modelo de Estado. Algo impensable, poco tiempo atrás.

El 15M supo conectar con el descontento social latente y propulsarlo en forma de movilización colectiva, legitimando la protesta y las acciones directas no violentas, como las acampadas en plazas públicas, o las ocupaciones de viviendas vacías en manos de bancos, como las de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca. Acciones tal vez ilegales, pero consideradas legítimas por una parte muy significativa de la opinión pública. Según varios sondeos, hasta un 80% de la ciudadanía consideraba que los indignados tenían razón y los respaldaban, a pesar de la criminalización y la estigmatización por parte del poder.

Tras dos años de Mareas ciudadanas, el espíritu del 15M dio finalmente el salto a la política institucional, pasando del “no nos representan” al “podemos” y a la reivindicación de “los comunes”, ante la dificultad de conseguir desde la calle victorias concretas. Opinadores que al inicio acusaron al movimiento de ser incapaz de presentar alternativas partidistas fueron los mismos que ante la emergencia de nuevos instrumentos políticos aseguraban que el manejo de las instituciones tenía que dejarse en manos de profesionales.

La emergencia de Podemos y el logro de sus cinco eurodiputados en el Parlamento Europeo, en mayo del 2014, marcó el inicio de un nuevo ciclo político/electoral, que aún no se ha cerrado, y que cristalizó en las elecciones municipales, en mayo del 2015, con las victorias, contra todo pronóstico, de candidaturas municipalistas alternativas en capitales como Barcelona, Madrid, Zaragoza, Santiago de Compostela, Cádiz… y el estallido del bipartidismo el pasado 20 de diciembre. La traslación político electoral del malestar social indignado solo necesitaba de dos cosas: tiempo y audacia estratégica. No estaba escrito que Podemos o las candidaturas municipales tuvieran que nacer, pero sin el 15M no habrían sido posibles. esp indignados desalojados

La llamada “vieja política”, los partidos de siempre, se vieron obligados a replantear su estrategia de comunicación. Así algunos abandonaron las corbatas, se pusieron de moda las camisas blancas, el paso por platós de todo tipo se volvió imperativo y la palabra “cambio” se convirtió en omnipresente en la escena electoral. Por si ello no bastaba, se promocionó una nueva muleta partidista, Ciudadanos, con el objetivo de encarrilar el malestar social hacia cauces más inofensivos.

Tal vez hoy en este sacudido tablero político, el flanco más débil sea la imprescindible movilización social que necesita todo proceso de cambio. La apuesta por el eslabón institucional, la construcción de nuevos instrumentos políticos y la inesperada e intempestiva victoria de distintos consistorios transcurrió en un clima de pasividad social. Sin embargo, el cambio real no pasa únicamente por ganar las instituciones sino por contar con el apoyo de una sociedad movilizada. Sin su presión a los gobiernos del cambio, son los poderes fácticos quienes lo hacen, y estos ya sabemos qué intereses representan.

¿Qué queda de tanta indignación? Un régimen en crisis, que no acaba de caer pero tampoco de recomponerse. Como decía el filósofo francés Daniel Bensaïd: “La indignación es un comienzo. Una manera de levantarse y ponerse en marcha. Uno se indigna, se subleva, y después ya ve”. En esas estamos.

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