Ago 17 2010
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Opinión

Estado y capital

Álvaro Cuadra.*

Uno de los rasgos que más llama la atención de la actual derecha chilena es su monótono discurso neoliberal, según el cual los grandes desafíos que enfrenta el país dependen más de un mercado fuerte, amplio y abierto que de un Estado moderno y eficiente. Se trata, desde luego, de una visión ideológica que, entre muchas otras cosas, olvida el origen espurio de nuestra sociedad de mercado, paradojalmente, un golpe de Estado.

Las políticas neoliberales, en Chile como en otras latitudes, encuentran condiciones de posibilidad sólo cuando esta ideología se apropia del aparato estatal, sea a través de mayorías circunstanciales o bien mediante las armas. Tal como y lo han señalado muchos teóricos, el capitalismo triunfa sólo cuando es el Estado. El Chile actual representa, precisamente, esa identificación estrecha entre Estado y capital.

En estricto rigor, el neoliberalismo no es adversario del Estado en sí mismo, la mejor prueba de ello son las desesperadas y millonarias políticas gubernamentales en algunos países como Estados Unidos y el Reino Unido, tendentes a salvar a poderosas corporaciones del mundo financiero. En pocas palabras, el Estado es bueno y deseable cuando sirve al capital, y por el contrario, resulta nefasto cuando se convierte en un estricto ente regulador y fiscalizador.

En el caso de nuestro país, la vinculación incestuosa entre el Estado y el capital no se inaugura con el actual gobierno de derecha sino que se arrastra desde los años de la dictadura hasta el presente. Los gobiernos concertacionistas, más allá de la demagogia de los personeros de turno, mantuvieron, en lo fundamental y con matices, este maridaje que ha asegurado buenos y lucrativos negocios a los inversionistas nacionales y extranjeros.

El actual gobierno de la derecha chilena pone en evidencia no sólo la hegemonía económica sino su extensión al aparato estatal y, mediante el control mediático, al ámbito cultural. Sostener que la derecha chilena sólo llena un vacío coyuntural, derivado de la división de las fuerzas democráticas, parece más bien una ingenuidad que no se hace cargo de las condiciones estructurales del capitalismo chileno y de su impacto en el ámbito político y cultural.

Todo indica que la presencia derechista en el Estado inaugura un vector inédito en este año bicentenario. En este sentido, el gobierno del señor Piñera hace explícita, sin coartadas ni mascaradas la relación entre el Estado chileno y los grandes capitales. Digamos de paso que el carácter actual del Estado se halla definido constitucionalmente, lo mismo que el ordenamiento económico.

Dicho con brutal franqueza, Chile no ha roto el cerco impuesto por la dictadura militar, sino que más bien ha sido testigo del despliegue y desarrollo de su diseño económico y político hasta el presente. El desafío para las fuerzas opositoras es, precisamente, politizar la política, insuflando de nuevos significados la palabra democracia. Poner el Estado de Chile al servicio de las mayorías y de los intereses nacionales, superar por caminos democráticos la herencia autoritaria que se nos ha impuesto.

* Doctor en semiología, Universidad de La Sorbona, Francia. Investigador y docente de la Escuela Latinoamericana de Postgrados, Universidad ARCIS, Chile.

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