Mar 20 2008
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Opinión

Estados Unidos. – ESPERANZA, CAMBIO Y UN NUEVO MESÍAS

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

Stanley Hoffman, profesor de ciencias políticas en la Universidad de Harvard, en America Goes Backward, 2003, criticando la política norteamericana mencionaba la limitación de las libertades cívicas, la detención sin defensa, el asalto al Estado de Bienestar, el apoyo al rico, la aceptación de la desigualdad económica global, el cambio de la doctrina estratégica en las relaciones internacionales y la transferencia del control político a las manos del Presidente.

Pero, continúa, a pesar de ello, EEUU continua siendo una democracia liberal. Frente a esto podríamos preguntarnos …si, a pesar de esto EEUU continua siendo una democracia liberal ¿no es, entonces, la democracia liberal el problema?

El ataque terrorista no es suficiente para explicar las contradicciones actuales del liberalismo estado unidense. La persecución de la hegemonía mundial, la práctica de la guerra preventiva, la imposición de restricciones de las libertades civiles en nombre de la seguridad nacional y el apoyo de la tortura bajo ciertas circunstancias surgieron antes del ataque terrorista del 9/11 y fueron aceptadas por todo el espectro político. Michael C. Desch (en America’s Liberal Illiberalism, 2008) afirma que si no fuera por la tradición liberal EEUU vería la amenaza del terrorismo global en forma mucho menos alarmista y adoptaría políticas mas restringidas como respuesta a su amenaza. El “iliberalismo” predominante en el gobierno de George W. Bush, dice, tiene profundas raíces en la misma tradición liberal.

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El centro vital de la política de EEUU es el lockeanismo, un sistema o conjunto de valores políticos basados en la combinación de libertad individual, igualdad de oportunidades, libre mercado y representación política. A diferencia de otros regimenes liberales, el liberalismo norteamericano no tuvo que luchar en contra de un pasado feudal y definirse en oposición a otras ideologías.

Esta diferencia puede explicar por qué sus premisas contienen la creencia de que el desarrollo político y económico es fácil, que las cosas buenas van juntas, que el radicalismo y la revolución son malos y que la democracia es mas importante que el orden político. Por muy benignas que ellas puedan aparecer, tomadas juntas pueden ser la fuente del “iliberalismo”. Las primeras dos premisas, dice Packenham, hace pecar a EEUU de un optimismo excesivo. La tercera los hace demasiado reaccionarios y la cuarta, arrogantes y pretenciosos.

El absolutismo liberal alimenta la ambición dentro de EEUU de extender el liberalismo más allá de sus bordes. El origen de esta ambición es posible encontrarlo en la influencia de Kant, que provee las razones filosóficas para extender la democracia al resto del mundo. Según él una sociedad justa y próspera en uno o pocos países no es posible a largo plazo. Para hacer al mundo seguro para las democracias occidentales uno tiene que hacer a todo el mundo democrático. Un país con un buen orden presupone buen orden en todos los países y entre todos los países.

La intervención exterior para cambiar un régimen cohersivo se justifica por la necesidad de actualizar la hegemonía global del sueño liberal. La presencia de estados no liberales es una amenaza y el liberalismo kantiano puede servir de justificación filosófica para la intervención y la hegemonía.

John Rawls, uno de los mayores exponentes del liberalismo del siglo XX, justifica la expansión del liberalismo, no solo por razones defensivas, sino, como una obligación política natural del principio liberal. Las sociedades liberales están obligadas a dejar el estado natural y someterse, junto con otras, a la regulación de una ley razonable y justa. Para obtener esto, afirma, las sociedades pueden, incluso, emplear la fuerza militar.

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El liberalismo, en principio, es tolerante de regímenes no liberales. Pero, en la práctica, los únicos regímenes no liberales que la sociedad liberal puede tolerar son los que adoptan valores liberales.

Los Estados Liberales, entre 1871 y 1965, iniciaron el 65% de las guerras menores en contra de estados más débiles (Melvin Small y David Singer). La paradoja de la tolerancia liberal se rebela en su impulso iliberal. El presidente Wilson expande la democracia liberal en Europa después de la Primera Guerra Mundial, mayormente, a través de acuerdos y organizaciones internacionales. En cambio, tomo una aproximación diferente en América Latina, en donde usó la fuerza militar en siete ocasiones diferentes (Cuba 1917. Republica Dominicana, 1916-24. Haití, 1914, 1915-17, 1918-24 y México, 1916-24) lo que ilustra en que medida su capacidad hegemónica, su superioridad militar, determina la forma en que la tradición liberal se va a manifestar.

El presidente G.W.Bush no es ajeno a esta tradición liberal norteamericana. Liberales y neo-conservadores son más parecidos de lo que están dispuestos a admitir en sus ambiciones ideológicas y en sus justificaciones morales. La diferencia entre intervensionistas liberales e intervensionistas neoconservadores es una cuestión de grado más que de principio. Latin

En relacion a las instituciones internacionales los neoconservadores son más unilaterales que los liberales, que creen que la política exterior se debe conducir dentro de un marco multilateral y bajo los auspicios de instituciones internacionales. Pero, a pesar de esta diferencia, ambos tienen en común lo suficiente para ubicar a los neoconservadores en la tradición liberal norteamericana.

La administración de Bush, por ejemplo, participa de las cuatro premisas claves de la tradición liberal.

– Comparte el optimismo del desarrollo económico progresivo basado en los mecanismos del mercado y los incentivos económicos y confía en la expansión y consolidación de la democracia (Japón y Alemania son los ejemplos que menciona para justificar la intervención en Iraq).

– La segunda premisa “las cosas buenas vienen juntas”, es otra tradición compartida: “Creo que EEUU es el farol de la libertad en el mundo. Y creo que tenemos la responsabilidad de promover la libertad, que es tan solemne como la responsabilidad de proteger a la Nación, porque las dos van juntas” (en entrevista con Bob Woodward). La libertad de Irak será un ejemplo para la región y el pueblo americano estará mas seguro. La administración de Clinton y la de Bush participan de la misma idea. “Mientras mas democracia y liberación política y económica haya en el mundo mas segura estará nuestra nación y mas prospero será nuestro pueblo” (Clinton’s National Security Strategy, 1999).

– La tercera premisa, “radicalismo y revolución son malos”, la formulo el Presidente Wilson en 1913 durante la revolución mexicana como razón para no trabajar con el gobierno de Francisco Madero: “La cooperación solo es posible cuando es apoyada en todo momento por un gobierno justo basado en la ley y la aprobación conciente del pueblo”. La administración de Bush tomo la misma posición al expresar que “el mayor peligro para la libertad se encuentra en el cruce entre radicalismo y tecnología”. Conceptos tradicionales de persuasión no funcionan en contra de un enemigo terrorista (Nacional Security Strategy, 2003).

– Y la cuarta premisa,“la expansión de la democracia es más importante que mantener la estabilidad”, es lo que llevo al presidente Jimmy Carter a empujar a los aliados de Norteamérica a respetar los derechos humanos y llamar a elecciones durante la guerra fría, incluso, cuando eso podía significar la perdida del poder de esos aliados. El mismo compromiso es posible ver en la administración de Bush en Iraq después de la caída de S. Hussein, en las elecciones en Gaza y, recientemente, en Pakistán, a pesar de los resultados adversos. Paradójicamente, estas mismas premisas liberales ayudaron a producir muchas de las políticas “iliberales” del presidente Bush.

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Es a través del lente del liberalismo que EE.UU. ha rechazado la política de contenimiento o cualquier otra estrategia en favor de la eliminación del enemigo de una vez por todas. Es la última premisa la que alimenta la tendencia “iliberal” a la búsqueda de la hegemonía, la guerra preventiva, la restricción de las libertades cívicas e, incluso, el uso de la tortura. Exagera la amenaza que los Estados no liberales presentan a la Nación y subestima el desafío asociado con la insistencia de expandir el liberalismo más allá de sus fronteras.

Bush no es una excepción en la búsqueda de la hegemonía de EE.UU. en el mundo. El presidente B. Clinton también afirmaba que EE.UU. “tiene una responsabilidad especial en proveer dirección global” (National Security Strategy, 1996). Madeline Albright declaró en Europa: “Nosotros somos la Nación indispensable. Sobresalimos. Y miramos mas lejos dentro del futuro”. Por ello, cuando Condoleezza Rice declaro en el año 2002 que EE.UU. era “el guardián del mundo” (Office of the Press Secretary, National Security Advisor Speaks at Texas A&M) no constituyo un alejamiento dramático de la administración anterior.

Y, recientemente, el candidato demócrata Obama, afirmo que “América es la ultima, la mejor esperanza de la Tierra” (Remarks of Senator Barack Obama to Chicago Global Affairs Council,” Chicago, Illinois, April 23, 2007). Este excepcionalismo contenido en el liberalismo norteamericano, al unirse con los intereses de las corporaciones, irónicamente, se transforma en un nuevo mito imperialista. Al comentar la invasión a Iraq Tony Judt decía… “Hoy día, los liberales americanos son los tontos útiles de la política internacional “iliberal” de la Administración de Bush”.

Es cierto que el liberalismo no es la única corriente intelectual en el ambiente norteamericano. Éste se compone de múltiples tradiciones. Pero ha sido, y continua siendo, la ideología mas consistente e influyente en la historia del país. La derecha evangelista, en los últimos años, ha tenido un notable resurgimiento, adoptando una posición moral teológica que desafía el relativismo cultural neoliberal. Pero contiene la misma ambición de dominio americano, esta vez, en lenguaje escatológico.

La visión hegemónica de la política estadounidense, ya sea en su versión liberal o evangélica, no es solo un agregado externo a sus ambiciones militares, sino la que impulsa estas ambiciones. La vacilación liberal entre aislacionismo, cuando no puede cambiar el mundo, y mesianismo, cuando puede hacerlo revela el hecho de que no puede vivir confortablemente con lo que es diferente o ajeno a su visión y que no puede afirmar su interés nacional sin tener que rehacer el resto del mundo a su imagen.

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El senador Obama sugirió, no hace mucho, que bajo su presidencia EEUU podría iniciar acciones unilaterales en contra de los militantes concentrados en Pakistán si el gobierno de Musharraf no lo hacia (Foreignaffairs.org, September 20, 2007), indicando con ello que él también participaba del consenso en mantener y usar una fuerte presencia militar en el mundo. A pesar del reconocimiento de los problemas heredados comparte el mismo optimismo en la continuación de la hegemonía mundial de EEUU.

Si el legado de Iraq pudo haber proveído algún equilibrio y una nueva base a la política exterior norteamericana del siglo XXI este no ha sido el cambio de fines. Solo el cambio en los medios a emplear. Ambos partidos, a pesar de las diferencias de detalle, empiezan a favorecer una política multilateral y una mayor apreciación del papel de las instituciones internacionales para recuperar cierta legitimidad en la persecución de los mismos fines. La convergencia filosófica entre Obama y el resto de los candidatos es mayor de lo que la retórica electoral expresa.

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* Escritores y docentes. Residen en Canadá.

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