Nov 5 2006
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Política

Estados Unidos. – SAQUEN AL ELEFANTE DE LA SALA

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

Independientemente de lo improbable que esta escena parezca, vean la alternativa. Si los demócratas liberales no se pronuncian firmemente y exigen la atención nacional al tema del imperio, prevalecerá el actual empuje imperial, ya sea mediante la forma actual de Bush de “exportar la democracia” o una versión clintoniana más atemperada en la cual entran en combate las bombas de la Fuerza Aérea de EEUU –como en la antigua Yugoslavia–, pero no las tropas.

Las continuas políticas imperiales, aunque ningún político estadounidense admitirá la noción de imperio, seguirán provocando que países “desobedientes” del Tercer Mundo sufran guerras iniciadas por EEUU o “problemas” como los actuales en Iraq y Afganistán.

Esperen más confrontaciones con “el eje del mal” u otros enemigos al acecho. Al aceptarse acríticamente el “Nuevo Orden Mundial” (la política postsoviética) en la que los Estados Unidos se convertirían en la potencia hegemónica mundial, el congreso también aceptó como un hecho que los militares norteamericanos se convirtieran en el cuidador permanente de ese orden mundial. Los presidentes podrían invocar a la ONU o la OTAN o a las coaliciones de los dispuestos, pero es mejor que el congreso conceda todos los años los cientos de miles de millones de dólares para mantener a los poderosos militares. Hasta ahora, los demócratas liberales no han hecho más que retorcerse las manos ante una crítica a esta desastrosa política.

Sin embargo, los republicanos de Bush cavaron su propia tumba con palas de escándalos. La marcha atrás de su suerte política se deriva no de ingeniosas alternativas demócratas, sino de la propensión republicana al robo –ejemplificada por el escándalo del cabildeo y sobornos de Abramoff, y los casos del congresista convicto Randy Duke Cunningham, de California, y el delincuente confeso Bob Ney, de Ohio– y a la perversión sexual –el drama de Mark Foley con los mensajeros menores de edad– y su encubrimiento por parte de los líderes de la Cámara de Representantes.

El dramático fracaso de George Bush en Irak también ha contribuido a la debacle republicana. La horrorosa pérdida de vidas y desestabilización acelerada de una región ya volátil debiera haber provocado una crítica a esa política. Después de todo los ciudadanos estadounidenses han soportado durante generaciones los costos, pero los demócratas principales han argumentado que aunque Bush podría haber engañado al país para ir a la guerra, el asunto ahora es cómo manejar ese error de la mejor manera sin retirar inmediatamente las fuerzas de EEUU.

El axioma imperial subraya los comentarios de los senadores Hillary Clinton (Nueva York) y Joseph Biden (Delaware). Clinton dijo a Larry King en 2004 que a ella no le pesaba haber votado a favor de la guerra en Irak. Su crítica a la administración Bush se centraba en la ausencia de realismo imperialista. En octubre de 2006 Rahm Emmanuel, al liderar el regreso congresional de los demócratas, ofreció a los oyentes de la Radio Pública Nacional (NPR) la “alternativa creativa” presentada por Biden: dividir a Iraq en tres partes como fórmula de paz. Esto podía haberlo hecho hace 100 años la oficina colonial británica.

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Políticos de ambos partidos se niegan regularmente a reconocer al elefante en la cristalería: el imperio. Ellos financian la enorme maquinaria militar que tiene tropas en unas 800 bases de todo el mundo y periódicamente invade a naciones más pequeñas. En vez de ridiculizar las demandas de dinero adicional proveniente de los impuestos, el congreso ratifica sus exigencias de armas más nuevas y mayores. Al no cuestionar la suposición imperial, los militares hacen la agenda política: su presupuesto de más de 650.000 millones de dólares, incluyendo los gastos de Afganistán e Iraq además de la inteligencia, significa más del doble de lo que el resto del mundo gasta en la llamada defensa.

Sin embargo, todo ese dinero no nos defendió. Así que el congreso financió la seguridad interna para proteger nuestro territorio sin preguntar por qué Defensa no hizo el trabajo con todo ese dinero.

Un valiente miembro del congreso que se atreviera a cuestionar los enormes gastos de defensa o las dudosas premisas que subyacen se arriesgaría a los ataques: cobarde, antinorteamericano, quizás pro-terrorista y, por parte del omnipresente cabildo judío, también antisemita. ¿Cómo podría defenderse el democrático y virtuoso Israel si Estados Unidos cortara los más de 3.000 millones de dólares en ayuda militar anual?

Durante cuarenta años la guerra fría ocultó a un elefante imperial. Usando la “amenaza comunista”, Wáshington castigó a regímenes desobedientes –los que rechazaban el modelo económico de EEUU–. La CIA destruyó gobiernos en Irán (1953) y Guatemala (1954). De 1959 en adelante golpeó a Cuba y, lo más dramático, desestabilizó y ayudó a derrocar al gobierno socialista de Chile (1970 a 1973).

Estos pocos ejemplos de muchas intervenciones encubiertas y militares ocurrieron mientras la economía norteamericana se desplazaba hacia rincones remotos del mundo. Los militares protegían esas “inversiones”. Ahora, el Estado imperial no reconocido continúa engordando a costa de la cocina colectiva estadounidense. Ha ensuciado la alfombra y destruye el mobiliario nacional. La infraestructura se desmorona porque el gigante militar absorbe la parte del león del presupuesto. ¿De qué otra manera –argumenta Thomas Friedman– puede extenderse la influencia cultural y económica de EEUU por todo el mundo? McDonald’s necesita a MacDonald Douglass. (El Lexus y el olivo).

En vez de denunciar al monstruo, los demócratas insisten en que ellos pueden manejar el asunto mejor que los torpes bushistas. Algunos liberales lo saben, pero no quieren admitir que el imperio existe.

Desde finales de la década de 1940, los republicanos han asumido posturas agresivas de “defensa-seguridad” y han colocado a los demócratas a la defensiva. Este juego de exageraciones –nosotros somos fuertes y ellos débiles– comenzó cuando Truman lanzó la guerra fría.

En 1947 los republicanos conservadores parecían poco dispuestos a poner en marcha un conflicto internacional a largo plazo cuyos costos eran engañosos y que implicaba una alianza con esos europeos nada confiables. Presintiendo de dónde soplaba el viento político, el derechista senador de Ohio Robert Taft, decano de los republicanos conservadores del Medio Oeste, se aferraron a la “amenaza soviética” e inmediatamente se desplazó a la derecha de los demócratas. Desde que Truman había “amedrentado al pueblo norteamericano” con falsas historias de inminentes invasiones soviéticas a Europa Occidental, los republicanos aseguraron después que el público asustado debiera confiar en ellos más que en los demócratas que “mimaban a los comunistas”, según las palabras de Joe McCarthy.

Al aceptar la división republicana de duros contra débiles –en relación con el comunismo o el terrorismo– el Partido Demócrata no “acudió a lo que es más vital en su propia historia” –el tema de las clases, no del imperio–. Los “nuevos demócratas”, como Thomas Frank caracterizaron a los tipos como Rahm Emmanuel, “ahora iluminados y dedicados a los negocios”, que no pueden “armarse de valor para utilizar algún discurso rooseveltiano contra los ‘economistas monárquicos’.” (NY Times, 1o de septiembre de 2006).

En las elecciones de 2000 y de 2004, los “nuevos” asesores dijeron a Gore y Kerry que dejaran a un lado los asuntos tradicionales que atraían a los electores al partido. Después de todo, dijeron los expertos, Clinton ganó dos veces al adoptar la economía de libre mercado, en vez de declararlo el enemigo del pueblo trabajador y de la clase media. Ciertamente la “clase obrera” desapareció del vocabulario político demócrata. Ahora los demócratas tienen una oportunidad concedida por los fracasos de Bush. Los refugiados del huracán Katrina sirven como recuerdo para un presidente desertor en momentos de urgencia y un hombre en el puesto en tiempos de avaricia.

Aunque los demócratas no han logrado lo que pueden, sonríen con sorna con toda razón cuando mencionan a George W. Bush. Cuando mi padre hablaba de Franklin D. Roosevelt usaba un tono reverente por el hombre que había ayudado al país a soportar la depresión con un Nuevo Trato. La compasión de FDR por los pobres tomó forma en la legislación y conformó una tradición que los demócratas apoyaron durante el trato justo de Truman –menos sustancial, pero aún repitiendo la retórica del cuidado y la preocupación por los pobres cuya vida se había hecho insoportable debido a la Gran Depresión y las crueles prácticas de los plutócratas–.

Lyndon Johnson promovió la Gran Sociedad, la cual el congreso promulgó para crear empleos y ayudar a los desaventajados. Ese espíritu que había definido para los electores la esencia del Partido Demócrata dio marcha atrás. Al Gore redujo programas de grandes dimensiones a: “Voy a colocar la seguridad social en una caja cerrada”.

Los republicanos de Bush le han dado ahora mala fama a la avaricia. Le han inyectado hormonas de crecimiento a la corrupción. Gracias a sus vicios, los demócratas pueden presentarse otra vez como el partido del pueblo. Pero necesitarán un programa que les brinde legitimidad.

Los republicanos han demostrado ser los principales accionistas. Clinton los superó. Pero los demócratas no pueden regresar copiando a los republicanos. La retórica nativista y populista con un racismo apenas disimulado se enfrenta ahora a las políticas de libre comercio. Sermones con retórica en contra del libre comercio y temas anti inmigración y anti globalización tendrán éxito en las comunidades que han sido golpeadas por la pérdida de empleos y rebajas de salarios. ¿Admitirán los demócratas que el libre comercio se ha convertido en el pilar del moderno imperio, el axioma sobre el cual se calculan las ganancias transnacionales?

Frank dice: “Los líderes demócratas deben aprender a hablar otra vez de los asuntos de clases”. Los republicanos contrataron a intelectuales y académicos para que enmarcaran los temas claves desde la perspectiva de los republicanos. Ahora los demócratas necesitan la imaginación para atacar el mismo imperio que sus antepasados ayudaron a construir.

A medida que el dolor por las pérdidas de Irak y Afganistán penetra el cuerpo político y la economía, los demócratas presentarán nuevamente sus raíces de clase o demostrarán que la política de EEUU ha pasado de la corrupción al ridículo. ¿Le conceden siquiera alguna oportunidad a la opción clasista los corredores de apuestas?

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* Integra el Instituto para Estudios de Política.
Su último libro, Un mundo de Bush y de Botox, será publicado por Counterpunch Press.

Artículo aparecido en la revista Progreso semanal.

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