Nov 19 2007
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Política

Etnografía de combate. – ACCIÓN DIRECTA Y SINDICALISMO

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

Llego a la universidad sobre las nueve y cuarto de la mañana. Estamos a principios de abril, es un día lluvioso. Las limpiadoras están en huelga indefinida desde el 19 de marzo. En total llevan 14 días en pie de guerra. Reivindican, en términos generales: la readmisión de tres compañeras despedidas, la estabilidad en el empleo –pues se quejan de que sus contratos son ilegales(1)– la equiparación salarial con las limpiadoras de la otra universidad de la ciudad(2), una jornada laboral de 35 horas semanales, la eliminación del turno de noche y el respeto de las medidas de seguridad e higiene en el trabajo.

La situación es difícil, pues el seguimiento de la huelga no es total. Menos de la mitad de la plantilla secunda la protesta. En opinión de las huelguistas, las esquiroles no se unen por miedo a represalias o por deber favores personales a los encargados o a la delegada del sindicato CCOO, que se ha posicionado a favor de la empresa.

Estaciono el coche y me dirijo al pasillo central en busca de las trabajadoras(4). Subo a la cafetería, que está junto al edificio del rectorado –por experiencia sé que es más probable encontrarlas en esa zona del campus. Por un lado, la cafetería, que se ha decidido como terreno neutral al pertenecer a otra empresa, es un lugar habitual de descanso, por otro lado, el edificio del rectorado es un lugar estratégico donde visibilizar el conflicto.

En un primer momento el rector se manifestó solidario con las trabajadoras. Una vez comenzada la huelga, sin embargo, se pronunció públicamente en contra de las huelguistas y envió a la policía nacional a desalojarlas por hacer ruido. El rector, por tanto, es uno de los blancos de la campaña(5).

Efectivamente, encuentro a las trabajadoras en la cafetería. La imagen es un tanto escalofriante. Unas veinte trabajadoras están sentadas en círculo alrededor de José(6), el secretario de acción sindical de la Federación Local de Sevilla de la CNT (Confederación Nacional del Trabajo). Paco, otro militante anarcosindicalista que ha ido en apoyo, escucha de pie junto al círculo.

Unos metros más allá, ocho esquiroles desayunan en otra mesa, completamente indiferentes hacia lo que está ocurriendo a su lado. En la misma dirección, de lejos, se acercan tres miembros de CIT (Candidatura Independiente de Trabajadores), un pequeño sindicato local del sector de la limpieza que apoya a las huelguistas. En la última asamblea de trabajadoras acordaron que José, de CNT, se encargaría de recopilar el material para presentar una demanda penal por vulneración del derecho a huelga, y Jaime, secretario de la CIT, tramitaría todas las denuncias ante la inspección de trabajo.

Las huelguistas carecen de experiencia sindical, son todas mujeres de entre 24 y 60 años que nunca se habían planteado hacer frente a la empresa hasta que el año pasado la CNT sevillana logró la readmisión de una de sus compañeras tras ocho meses de conflicto. Por eso solicitaron asesoramiento de los sindicatos.

Pronto me sitúo en la conversación que está teniendo lugar. Las trabajadoras del comité de huelga han recopilado toda la información de las infracciones que está cometiendo la empresa. Como cada día desde el inicio del litigio vigilan desde muy temprano el centro de trabajo en busca de irregularidades para irlas apuntando: algunos esquiroles están doblando turnos, se ha sustituido a limpiadoras que están de baja, y la delegada de personal de Comisiones Obreras ha renunciado, tras cinco años de dedicación completa, a su condición de liberada para ponerse a limpiar y así minimizar os efectos de la huelga, no se han entregado aún las liquidaciones de las trabajadoras con contrato fijo discontinuo.

La empresa, no obstante, se niega a ofrecer documentación al comité de huelga sobre la situación contractual de la plantilla. Además, tras 14 días de huelga todavía no ha redactado un documento para organizar los servicios mínimos. Unos servicios que la Consejería de Empleo estableció en “el 15 por ciento de la plantilla de los trabajadores, en su horario y jornada habituales”, como aparece recogido en el boletín de la Junta de Andalucía. Hoy esperamos obtener el escrito con la organización de los servicios mínimos de la empresa, además de las liquidaciones de las trabajadoras fijas discontinuas.

Mientras José asesora a las trabajadoras, las esquiroles se levantan para volver al trabajo. Pasan sin dirigir la mirada a las huelguistas. “Algunas tienen miedo”, me cuenta María. “Esas se creen que lo que ganemos lo van a ganar ellas también. Quieren las mejoras pero sin mojarse. Pues están aviadas”, exclama Josefina. La intención de las trabajadoras, naturalmente, es lograr un acuerdo de efectividad limitada, es decir, aplicable solamente a aquellas que han secundado la huelga.

Entre las huelguistas, las trabajadoras que les tocan servicios mínimos –distinguibles por los pantalones blancos del uniforme– se levantan y vuelven al trabajo. Los demás nos dirigimos al pasillo central en grupo. No llevamos megafonía, ni hacemos ningún tipo de ruido. La semana pasada agentes antidisturbios desalojaron a las trabajadoras a petición del rector. Las trabajadoras, armadas con pitos, un bombo, una caja y un megáfono habían estado rondando por el campus haciendo imposible cualquier actividad investigadora o docente. El rector no estaba dispuesto a tolerarlo.

Mientras recorremos el pasillo, algunas huelguistas cogen periódicos gratuitos y los van troceando disimuladamente para posteriormente dejarlos caer son sigilo. Los que no pertenecemos al centro, nos abstenemos de hacer ese tipo de cosas para no ser expulsados.

Periódicamente dos guardias de seguridad inspeccionan los edificios y pasan junto a nosotros. “Están preocupados sobre todo por las aulas y los cuartos de baño”, me aclara Kira.

Nos detenemos frente a uno de los edificios, en el que la empresa tiene las dependencias. Estamos en plena Semana Santa. Apenas hay estudiantes ni profesores. El campus no está muy concurrido. Algunas personas pasan y saludan a las limpiadoras. Unas con más simpatía que otras. Transcurrido un tiempo, a nuestro alrededor se va amontonando los papelitos.

Algunos pasan, miran el suelo con desconcierto y se van moviendo la cabeza como signo de desaprobación. Otros, en cambio, tiran algo al suelo como signo de solidaridad.

Paco me cuenta que la semana que viene habrá una reunión con estudiantes de la universidad que quieren formar un sindicato u asociación, y apoyar a las limpiadoras. De repente, aparecen tres encargados de la empresa y se dirigen a las limpiadoras. Evitan mirar a la cara, les tiembla la voz. Se percibe la tensión de la situación.

El que parece jefe, entra en una discusión con la delegada en torno al trabajo durante semana santa. Paco le exclama: “¡Deje ya de insultar a las trabajadoras!”.

“¿Qué está usted diciendo? Yo no estoy insultando a nadie”, responde el jefe. Paco prosigue, “Si que las está insultando. Le está diciendo que de siempre le has llamado para trabajar en Semana Santa, y ahora dices que eso es mentira. Las estás tratando como si fueran tontas”.

El jefe pide al otro hombre que va con él, otro encargado de la empresa, que fotografíe a Paco. La situación se pone muy tensa. Las trabajadoras callan. Me siento algo nervioso. Paco advierte: “A mi tú no me fotografías”.

El hombre saca la cámara, cuando se dispone a desenfundarla, Paco se le acerca con la vena de la frente hinchada: “Te he dicho que no me fotografíes. Como saques la cámara te la comes”, dice en tono desafiante. Paco es un hombre corpulento, resulta muy convincente.

El encargado desiste, pero el jefe le dice: “Llama a seguridad para que vengan”. José media entre el encargado y Paco en un tono más dialogante. Los dos vigilantes de seguridad bajan y se quedan dentro del edificio. No hay ninguna trifulca en la que intervenir. El jefe pretende que llamen a la policía, pero los vigilantes se niegan. No tienen motivos para hacerlo.

Finalmente el jefe y los encargados invitan a José como representante sindical y a las integrantes del comité de huelga a entrar en el edificio para discutir los servicios mínimos de la semana.

Paco se me acerca satisfecho: “Mi intención era humillar públicamente al jefe. Que las trabajadoras vean que es vulnerable”. Y, la verdad, es que surte efecto. Al rato las mujeres me comentan en tono de risa: “Mira lo rápido que guardó la cámara. Igualito que a nosotras esta mañana, que nos grabó a todas como le dio la gana. Lo que cambia la cosa cuando se trata de un hombre”.

Desde fuera vemos a José hablar por el móvil. “Estará comprobando con el abogado si están bien los servicios mínimos que ofrece la empresa”. Las trabajadoras asienten.

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Es sorprendente la cantidad de procedimientos burocráticos y de regulaciones legales a las que están sometidas las relaciones trabajo-capital, especialmente en los episodios de conflicto abierto. Esto hace que un buen sindicalista deba incorporar entre sus habilidades especiales el manejo básico de dichos conocimientos. Pero además, hace imprescindible la actuación de expertos –abogados– no sólo en juicios, sino también como asesores en todo momento. José y los integrantes del comité de huelga salen del edificio satisfechos. Paco se va a su trabajo, llega tarde aunque como él dice en clave de humor: “No me pueden echar. Soy de la CNT”. El resto seguimos deambulando por el pasillo central.

A eso de media mañana me siento con Puri, Mila, Encarna, Sofía y Rocío en unas escaleras en las que da el sol. Estamos helados de estar de pie, sin movernos, y la mañana está bastante fría. El calor del sol nos reconforta.

“Todo esto lo vamos a tener que limpiar nosotras cuando terminemos la huelga”, dice Encarna señalando a una montaña de papeles que hay en el césped frente a nosotros. “Hay que ver. Yo siempre decía que qué guarros eran los alumnos. Y ahora mírame tú”, dice Mila mientras trocea papeles y los esparce por el césped.

En ese momento Puri dice algo que me sorprende enormemente: “No se si voy a poder volver a coger la escoba después de esto”. Las demás asienten. No entendí muy bien a qué se refería. ¿Es posible que una mujer de mediana edad no educada en círculos revolucionarios tenga una sensación placentera en una situación tan tensa e incierta como es una huelga?

Nos acercamos a José, que está contando a algunas trabajadoras su experiencia en negociaciones con esta misma empresa.

“No negociaremos con ellos [refiriéndose al jefe y los encargados con los que ha estado esta mañana], negociaremos con gente de más arriba. Cuando la huelga de las azafatas del AVE [tren de alta velocidad], nos llamaron para ir a Córdoba a negociar. Le dije: ‘Bueno, de acuerdo, ¿Quién va a pagar los billetes del AVE?’. La empresa se ofreció. Fuimos cinco. Llegamos a Córdoba y nos preguntaron si queríamos tomar algo. Pedimos güisqui, y jamón, y gambas. Luego les pedimos el dinero de los billetes. Nos lo dieron en efectivo. Al final, comimos todo y les dije que nos íbamos. ‘¿Esto como es?’, dijeron ellos. ‘Pues eso. Cuando tengan algo interesante para negociar llámenos’.

“Al poco tiempo llamaron para negociar. Esta vez en Sevilla, en la sede del sindicato. Los hombres venían de Madrid. Quedamos un lunes temprano por la mañana. A las ocho de la noche o así, me preguntan ‘¿Hay aquí algún Corte Inglés por aquí cerca?’. ‘¿Y eso?’, le respondo. ‘Es que necesito comprar mudas, porque no tenía previsto quedarme a dormir’. Al día siguiente seguimos negociando y a las ocho le dije: ‘Anda, ve al Corte Inglés a comprarte otra muda’. Y así nos llevamos toda la semana, hasta el viernes. Y yo creo que ganamos, no por la huelga, sino por sus mujeres, que los llamaban y les decían: ‘Oye ¿Qué coño haces tú en Sevilla toda la semana?’”.

Todos nos reímos. Esperamos que la empresa se siente pronto a negociar.

Pasado un tiempo José nos deja. También tenía que volver al trabajo. En CNT, por principios, no hay liberados, todos los sindicalistas realizan su trabajo de forma voluntaria. Yo me quedo con las limpiadoras un rato más. Si al principio eran más sigilosas cortando y tirando papel –por ejemplo, Mara se metía los papelitos en los bolsillos y los iba soltando con disimulo mientras conversaba con otra compañera–, a lo largo de la mañana la actividad se va haciendo más descarada.

Las trabajadoras cortan y tiran papel de una forma casi frenética. Como si redujeran su incertidumbre y calmaran su nerviosismo con esa actividad. Lo cierto es que el pasillo está quedando realmente sucio. Lleno de papeles y de líquidos pegajosos. Cuando pasan los vigilantes tan sólo aumenta el disimulo con que se cortan y tiran papeles. Mientras caminamos por el pasillo Felipe, familiar de una de las limpiadoras que lleva ahí ya un buen rato, comenta alguna ingeniosa idea para ensuciar.

Úrsula responde: “Eso es, creatividad. Eso es lo que nos hace falta para ganar. ¿Has oído niña?: creatividad”.

Finalmente nos concentramos en el patio frente al rectorado, junto a la cafetería, donde las encontré cuando llegué. Aprovechan los charcos de agua de la lluvia de esta mañana para tirar los papeles y que se queden pegados. El viento se solidariza con las huelguistas y esparce los papelitos por todas partes.

Un estudiante se asoma por la ventana y tira un papel. Las limpiadoras le aplauden. “¡Gracias chaval. Pero tíralo dentro, que allí no nos dejan entrar!”, le exclama Mila. “¿Vosotras habéis echado azafrán por aquí dentro?”, responde el joven. “¡No puede ser chiquillo, si a nosotras no nos dejan entrar. Nosotras no sabemos nada de lo que ocurre allí dentro! ¡Cuenta, cuenta, que queremos enterarnos!”, responde Puri. “¡Nada, que alguien ha restregado azafrán, algo amarillo, en los pupitres!”.

La imagen del patio es desoladora. Está totalmente lleno de papelitos. Un hombre, que estaba tomando algo en la cafetería, se acerca silenciosamente con su hijo en brazos. Comienza preguntando a María por los motivos de la huelga: “¿Vosotras sois de CLECE no?”. No presto mucha atención hasta que veo a algunas acercarse y oigo al hombre reprocharles que ensucien la universidad: “A mi esto me parece muy mal. Estoy harto de decirle a mi hijo que no se tiran los papeles al suelo y ahora os ve tirar eso. No debería irse de aquí hasta que limpiaseis todo esto”.

“A mi de pequeña también me enseñaron a no tirar los papeles”, responde Úrsula, “pero es que ahora no me queda más remedio que ensuciar”. El hombre responde que la universidad no es responsable de sus condiciones de trabajo, que no tienen culpa de nada.

Intervengo indignado, “Vamos a ver, si la empresa Nike contrata a una empresa en China en la que trabajan niños, ¿es responsable de lo que ocurre en esa contrata?”. El hombre me responde afirmativamente. “Pues es lo mismo. El rectorado debe velar por las condiciones de trabajo de las limpiadoras de la contrata. La universidad también es responsable”.

Rápidamente cambia de tema y utiliza otro argumento: “Imaginad una huelga de bomberos. Una cosa es que no apaguen fuego y otra es que encima provoquen incendios”. Mara le contesta: “Hombre, es que hace usted unas comparaciones. ¿Cómo va a comparar un incendio con unos papeles en el suelo?”.

Tras unos minutos el hombre abandona diciendo que no se va convencido. Algunos seguimos hablando en corrillo sobre lo sucedido. Puri informa que el hombre trabaja en un laboratorio, que de eso la conoce. Que en ese laboratorio la gente es muy correcta. “Una vez un chiquillo, que se murió el pobre, hizo una dedicatoria al final de la tesis a las limpiadoras y todo”. Todas hacen gesto de agradecer el reconocimiento.

“Pero da la casualidad que allí las trabajadoras limpian un edificio cada una. No cuatro edificios por trabajadora como hacen ellas. Así es normal que se haga una imagen errónea de las reivindicaciones. Pero a nosotras nos han reducido la plantilla de 80 a 20 trabajadoras, manteniendo el mismo trabajo. Algo teníamos que hacer”, dice Silvia. “Es muy fácil decir eso con la cartera llena”, comento.

Ellas asienten. “Habría que verle a él si estuvieses en nuestra situación”, dice María. “A mi esto no me afecta. Al revés, estoy más convencida”, añade Úrsula. Por último, Mila hace una observación muy inteligente: “Hay que ver lo molesta que se siente la gente por unos papelillos de nada”.

Su frase hace eco en mi cabeza. De regreso a casa pienso en ello, pues la semana anterior tuve una discusión similar con un estudiante y me sorprendió la reacción violenta que provocaba verlas ensuciar. “Hay que ver lo molesta que se siente la gente por unos papelillos de nada”.

“No son los papeles lo que les molesta, es la acción directa”, pienso mientras conduzco a casa. Es su actitud desafiante, la visibilidad de las que siempre son invisibles, el carácter acéfalo y democrático de su organización, lo que temen; es la ausencia de temor por parte de las huelguistas –“Como esta huelga dure un año no se lo que soy capaz de hacer”, comentaba una trabajadora–, la trasgresión de las normas preestablecidas de conducta, a lo que tienen miedo; es la acción directa en sí misma lo que les asusta, no los papelillos.

El sentido de la acción directa

Antes de pasar a las consideraciones teóricas que se pueden extraer de esta narración, quiero recuperar tres comentarios que surgieron en distintos momentos de la mañana, pero que apuntan al tema sobre el que pretendo reflexionar: cuando nos sentamos al sol Puri expresó su descontento ante la idea de volver al trabajo:

“No se si voy a poder volver a coger la escoba después de esto”, como si estuviese viviendo, hasta cierto punto, un momento placentero; posteriormente Úrsula puso el énfasis en la creatividad que hace falta para ganar la huelga:

“Eso es, creatividad. Eso es lo que nos hace falta para ganar. ¿Has oído niña?: creatividad”; por último, antes de que yo abandonara el escenario, Mila se sorprendía por la animadversión de muchos ante la presencia de papeles en el suelo:

“Hay que ver lo molesta que se siente la gente por unos papelillos de nada”. En efecto, placer, creatividad, y provocación son elementos constitutivos de la acción directa.

Preguntémonos entonces, ¿En qué consiste exactamente la acción directa? ¿Qué tipos de prácticas comprende?

Comenzaré respondiendo a estas preguntas explicando qué no es la acción directa. Existe una enorme confusión en torno a este concepto, incluso en el interior de grupos que se autodefinen como anarquistas.

El error más generalizado es confundir acción directa con acción violenta. La mayoría de las acciones directas no implican daño alguno sobre personas físicas. Posiblemente esta confusión se deba sencillamente al miedo que la acción directa provoca en los poderosos y aquellos que se encuentran cómodos con el status quo –aunque también se debe a la fascinación que produce y las funciones identificatorias que desempeña, la “violencia performativa”, por utilizar la expresión de Jeffrey Juris, dentro de determinados círculos.

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La acción directa es, en cambio, un método y una teoría consistente en resolver de forma autoorganizada problemas concretos. Dependiendo del ámbito en que nos encontremos adoptará unas formas u otras: como la huelga, el boicot, el sabotaje, la ocupación de tierras, la creación de centros sociales y fábricas autogestionadas, la acción poética o la intimidación. Es lo opuesto a las prácticas indirectas, que se llevan a cabo a través de representantes que actúan en nombre de otros.

La acción directa, al depositar todas las competencias sobre las personas directamente afectadas, constituye la práctica diametralmente opuesta a la práctica autoritaria. A pesar de ser empleada por diversos movimientos sociales, se considera uno de los pilares fundamentales del anarquismo.

Como la acción directa se enfrenta al poder –sea éste estatal, patriarcal o empresarial–, en ocasiones, implica liberación para quien la practica, imaginación en su diseño, y rechazo en aquellos que no se ven directamente afectados por el problema. Por ese mismo motivo, implica cierto grado de violencia cuando se enfrenta físicamente o simbólicamente a la violencia que se ejerce desde las instituciones.

En un trabajo ya clásico, Max Weber definía el Estado como una institución que poseía el monopolio legítimo de la violencia. La ley, como uno de los mecanismos de los que se vale el Estado, implicaba, por tanto, el ejercicio de la violencia.

Recientes estudios en antropología política (Hansen y Stepputat, 2006; Kernaghan, s. p.) van más allá en esta relación entre la ley y la violencia. Richard Kernaghan, por ejemplo, se basa en Walter Benjamin y Carl Schmitt para preguntarse, en su estudio sobre la “tierra de nadie”, por los mecanismos que convierten la violencia en una fuerza legal o legítima. Siguiendo a Derrida apunta que la relación entre la ley y la violencia es una relación que implica el cruce de fuerza con significado, acción con lenguaje. Preocupado por los aspectos extralingüísticos, se cuestiona cómo la violencia se expresa a través de la ley. Coincide con Hansen y Stepputat en que allí donde la soberanía del Estado-nación es contestada, la violencia inherente a las estructuras de gobernanza es, evidentemente, más perceptible(7).

Una de las características de la acción directa, por otro lado, es que puede incrementar la visibilidad social de aquellos que la practican o, al menos, de las demandas que plantean. Este método es especialmente adecuado para aquellos colectivos que padecen alguna forma de ostracismo: inmigrantes, prostitutas, homosexuales, trabajadores precarios, etc.

La importancia de la percepción en los mecanismos de exclusión ha sido capturada de forma muy acertada en el cine por el director Stephen Frears, aunque aplicado al caso de los trabajadores inmigrantes, en una escena de la película Negocios ocultos (2002). En ella, un hombre inglés, blanco, pregunta a unos inmigrantes con los que está realizando una transacción ilegal: “¿Quiénes sois? ¿Por qué no os he visto antes?”. Entonces Okwe, un hombre negro, le responde: “Nosotros somos la gente que vosotros no veis. Somos los que conducen vuestros taxis, limpian vuestras habitaciones y chupan vuestras pollas”.

Aunque en otra medida, las limpiadoras son la gente que nadie ve, a las que nadie mira a la cara. Por eso, tras la discusión con el profesor, una de ellas agradeció el trato que recibían en el laboratorio donde el hombre trabajaba, y todas celebraron que alguien les hiciera una dedicatoria en su tesis doctoral. Precisamente porque no se las percibe, su servicio ha sido de los primeros en externalizarse, y también por eso el equipo de gobierno se pretende desentender del asunto.

Pero, como recordaba José al jefe de CLECE: “Puede que estas trabajadoras sean el último eslabón de la cadena de la universidad. Pero su trabajo es imprescindible para que funcionen las clases y los laboratorios. Merecen trabajar con dignidad”. “Se nota, se siente, las limpiadoras están presentes”, exclaman en todas sus manifestaciones. De ahí que los esfuerzos de trabajadoras y sindicalistas vayan dirigidos a hacerse notar. Y la acción directa es una buena manera para aquél que no tiene control sobre otros medios, como los “mass media.”

La principal característica de la acción directa, no obstante, es que a través de su práctica construimos una sociedad democrática. David Graeber (e. p.) ha definido la acción directa como “actuar como si de hecho fuéramos libres”.

De ahí el placer y el miedo que genera. Independientemente de las convicciones políticas de estas limpiadoras, con el ejercicio de la acción directa están haciendo realidad, aunque sea momentáneamente, “la Idea” de la que hablaban los anarquistas andaluces de principios del siglo XX. A menudo, trabajadoras que se organizan en CNT describen así el “choque cultural” que sufren al participar en una organización horizontal:

“Por primera vez en mi vida soy yo la que toma las decisiones. De niña me mandaban mis padres; en el colegio los profesores; más adelante, de mayor, en la fábrica me daba órdenes el patrón; por último, en casa, mi marido es el que lleva los pantalones. En el sindicato he tomado las riendas de mi vida”.

El anarquismo, poniendo el énfasis en la acción directa, aboga por lo que Graeber y Grubacic (2004) denominan “política prefigurativa”, es decir, un modelo de organización que emula y se anticipa a la sociedad a la que se aspira: la “revolución al revés”.

El anarcosindicalismo de la CNT lleva este principio a la práctica en el ámbito laboral rechazando las elecciones sindicales y los comités de empresa(8). Puede que algunos conflictos laborales se resuelvan a través de los tribunales, pero lo importante es que el peso simbólico en la organización recae totalmente en la acción directa. Sólo a través de ella es posible trascender el marco que regula las relaciones laborales y plantear una política transformadora.

Notas

1. Cuentan, por ejemplo, que la mayoría no tiene contrato indefinido a pesar de llevar trabajando varios años. La estratagema de la empresa, como en muchas otras, consiste en dejar a las trabajadoras sin trabajar el tiempo justo entre contrato y contrato para eludir la ley que le obligaría a ofrecerles un contrato indefinido.

2. En el año 2004 las trabajadoras de la otra universidad de la ciudad lograron importantes mejoras laborales tras una dura huelga junto al sindicato CNT.

3. Todas las fotografías son de Antonio Alonso.

4. Mi implicación en esta huelga se debe más a motivaciones políticas y personales que investigadoras. Los datos empleados no han sido recogidos/producidos de manera sistemática como en una etnografía convencional. Tenga en cuenta esto el lector para objetivar al investigador y evaluar posibles sesgos. Siempre es problemático escribir sobre la propia experiencia. No obstante, la etnografía resultante puede ser de gran valor si el autor hace explícita su posición en el campo en el que investiga.

5. Este trabajo no pretende ofrecer una visión objetiva, ni poliédrica del conflicto. Para los propósitos de la investigación, no nos interesan el punto de vista de la empresa, ni el del equipo de gobierno de la universidad, ni el de la delegada de CCOO. Tan sólo nos interesa la experiencia subjetiva de las trabajadoras, pues nos ayudará a enfocar las reflexiones teóricas de la segunda parte del ensayo.

6. Los nombres de sindicalistas y huelguistas han sido sustituidos por un pseudónimo para preservar la privacidad de los participantes. Es significativo que José, especialista sindical, sea varón y las huelguistas mujeres. En el interior de la lucha contra las desigualdades de clase, vemos, se reproducen involuntariamente las desigualdades de género.

7. En un conflicto laboral la soberanía del Estado se ve contestada: tanto capital como trabajo practican la violencia en la defensa de sus intereses. Pero al mismo tiempo, el marco legal, siempre presente, que regula las relaciones laborales y trata de controlar bajo sus parámetros dicho conflicto, es en sí mismo fruto de las correlaciones de fuerza entre ambos sectores sociales. La creciente desregulación del mercado de trabajo, bajo la complicidad e impotencia del Sindicalismo de Estado, reflejan la dramática debilidad del movimiento obrero en el contexto neoliberal.

8. Para más información sobre el modelo sindical de CNT y su adaptación al contexto postfordista, ver: Roca Martínez, 2006.

La segunda y última entrega de este ensayo se publicará el próximo martes 27 de noviembre (2007).

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* Investigador FPU del Departamento de Antropología Social y Cultural de la Universidad de Sevilla e integrante del grupo de investigación GEISA (Grupo para el Estudio de las Identidades Socioculturales en Andalucía), código SEJ-149 del Plan Andaluz de Investigación.

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