Dic 9 2007
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Economía

Francia. – LA PORNO TAMBIÉN VIAJA EN METRO

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

fotoDe Sade lo sabemos todo, de Salvador Dalí se sospecha lo peor. Pero que serios enciclopedistas del XVIII francés, autores insospechados otros, hayan dedicado parte (a veces buena parte) de su tiempo libre u ocupado al sexo incluso insólito parece una burla. Y eso es: una burla a la moral y las tradiciones, que demasiado a menudo se confunden con familia y propiedad –sobre todo con propiedad.

La Biblioteca Nacional francesa resolvió –¿siguiendo el ejemplo de M. Sarkoszy y su hermosa ex cónyuge?– abrir el Infierno, mostrar sus libros y estampas eróticas. O pornográficas.

Lo que era –relativamente– secreto.

La exposición El infierno de la Biblioteca, Eros en secreto, presentada en la Biblioteca, se instalará durante un mes en una estación que ya no presta servicios del metro de París, decorada para estos efectos con estampas eróticas, velos y luces rojas.

fotoDel 17 de diciembre al 15 de enero de 2007, los usuarios de la línea 10 del metro parisino podrán vivir “una experiencia sensorial particular” cuando los trenes pasen por la antigua estación Croix-Rouge, cerrada desde la segunda Guerra Mundial. Eros en secreto estará abierta hasta el 15 de enero de 2008.

L’enfer existe desde 1844 cuando se decidió agrupar en un solo espacio dentro de la Biblioteca todos los libros prohibidos por estimarse licenciosos. Allí están las obras del Marqués de Sade al lado de volúmenes más mundanos e informativos como la guía de direcciones de “señoritas de París” de 1791 en el que se hacía un inventario de las mujeres de la buena (o mala) vida de la ciudad con sus diferentes “especialidades” y, por cierto, tarifas.

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Guillaume Apollinaire es parte de las anécdotas curiosas que rodean al infierno de la Biblioteca Nacional de Francia: contribuyó a la realización del primer catálogo –no oficial– de la colección; y es él quien inaugura la parte de la colección correspondiente al siglo XX con su obra Las once mil vergas.

En 1968 L’enfer fue clausurado hasta 1983 que se reabrió a los estudiosos.

Prohibida a los menores de 16 años, la exposición, abierta al público desde el cuatro de diciembre de 2007 al dos de marzo próximo, permite recorrer la historia de ese “infierno” lleno de manuscritos de Sade, Apollinaire y los dibujos originales que ilustraron originalmente la famosa Historia de O, de la señora Aury, amén de muchos otros grandes escritores, y muchas estampas obscenas y fotos pornográficas.

Las primeras obras datan del siglo XVI, pero es el XVIII –el siglo del libertinaje y de la razón– el que aporta más. Fue un tiempo de celebración de los placeres alegres y los escritos livianos, de relaciones múltiples y las imágenes de falos sobredimensionados circulaban, tan discreta como habitualmente.

Tras los hechos de La Bastilla, en 1789, aparecieron panfletos llenos de divertida obscenidad y contenido político. La reina María Antonieta, por ejemplo, fue acusada de acostarse con todo el mundo –no sólo con el conde sueco Fersen–, y los curas salaces excitaban la imaginación popular –aunque entonces no por sus aficiones a los niños, como sucede hoy.

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La colección se enriqueció con aquellas de casas particulares e imprentas. Hasta tal punto que, en 1844, la Biblioteca Real decidió agrupar todas esas obras con una misma clasificación, cuya consulta era rigurosamente controlada.

En el siglo XIX, Las flores del mal de Charles Baudelaire (1857), cuya publicación provoca un enorme escándalo que llega a tribunales, así como textos de Feydeau, Mérimée y Verlaine entraron en el infierno para codearse con las primeras fotos pornográficas que, dado el tiempo de exposición fotográfica de la época, aparecen hoy como una verdadera hazaña. Los surrealistas agregaron algunas páginas a la colección, entre ellas El coño de Irene (1928) de Louis Aragon.

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Pierre Mac Orlan, Georges Bataille, Pierre Lous, entraron a su vez en el infierno, donde permanecieron hasta mediados del siglo XX. El resultado fue que, de sinónimo de relegación, estar allí pasó a ser una forma de consagración literaria.

En 1968, cuando la Biblioteca quiso celebrar el quincuagésimo aniversario de la muerte de Apollinaire, muchos de sus manucristos estaban todavía en el infierno y no podían ser expuestos. Se los sacó entonces de la clasificación, pero el Infierno volvió a ser cerrado poco después.

De algún modo los parisinos se reconcilian con el “lado oscuro”, pero a su modo luminoso, de la inocencia.

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