Mar 3 2008
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Economía

GUANTÁNAMO, LA BURBUJA LEGAL

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

Los atentados de Al Qaeda ocurridos el 11 de septiembre del 2001 contra las torres gemelas de Nueva York y el Pentágono pusieron en marcha de forma paulatina, en los meses y años siguientes, el mayor despliegue de operaciones clandestinas de Estados Unidos y otros países occidentales desde el final de la Guerra Fría.

En este contexto de “ofensiva global contra el terrorismo” en cualquier rincón del planeta, los centros de detención y aislamiento han sido y continúan siendo una de las piezas más delicadas en la estrategia diseñada por la Casa Blanca que dirige George Bush. Fue el propio presidente norteamericano quien firmó en septiembre del 2001 un permiso que faculta a la Agencia Central de Inteligencia norteamericana, la CIA, para actuar a nivel planetario en su lucha contra las redes de Al Qaeda, lo que incluye la facultad para capturar, secuestrar o matar a los presuntos terroristas.

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La llegada a Guantánamo de los primeros presos vinculados por las autoridades estadounidenses a las redes islamistas ue un proceso puesto oficialmente en marcha tras la invasión estadounidense de Afganistán en octubre del 2001.

Poco después, seis argelinos fueron ilegalmente detenidos en Bosnia Herzegovina y trasladados a la base en Cuba. A partir de entonces y en esta guerra sin reglas jurídicas los apresados al margen de cualquier ley, sin proceso judicial alguno, se multiplicaron por el mundo y tomó cuerpo la teoría de que el gobierno de los Estados Unidos mantenía a un número indeterminado de personas incomunicados en cárceles secretas sin presentar cargos ni pruebas en su contra.

El propio secretario de defensa norteamericano Donald Rumsfeld declaró sin ambages en los primeros días del año 2002 que los talibanes y los detenidos en relación con la red terrorista Al Qaeda no tendrían la consideración de prisioneros de guerra establecida por el derecho internacional en la Convención de Ginebra de 1949.

Para el influyente periódico The Washington Post la situación de los detenidos se descontroló desde poco después de los primeros apresamientos.

El principal propósito de la CIA en su lucha contra el terrorismo islamista pasaría en un primer momento, según este rotativo, por la captura de los principales dirigentes de Al Qaeda en el mundo para ser interrogados acerca de los atentados sufridos en suelo norteamericano. Sin embargo la pista del terrorismo islamista pronto se ramificó en múltiples conexiones que hicieron dispararse exponencialmente el número de implicados y en consecuencia el de detenidos. Muchos de ellos no respondían al perfil buscado de hombres con contactos y responsabilidades dentro de la organización islamista clandestina.

La improvisación y la política de hechos consumados desbordó al gobierno norteamericano. En un primer momento a finales del 2001 se barajó la utilización de barcos de la armada fondeados en aguas internacionales para acoger a los presos. La idea se desestimó por sus altísimos costos de seguridad. Otra opción que se tuvo en cuenta fue la de convertir a la isla Kariba, en Zambia, en una prisión al estilo de la de Alcatraz. Esta vez la insalubridad fue el factor determinante para decidir su rechazo.

Pena de muerte

En noviembre del 2001 el número de detenidos se dispara como consecuencia de la ocupación de Afganistán. Las cárceles locales no son seguras y mientras se dilata la puesta en marcha de una política carcelaria un número indeterminado de detenidos son encerrados en contenedores idénticos a los que sirven para el transporte de mercancías en barcos.

La muerte por asfixia de algunos de ellos dispara las alarmas. El Congreso de Estados Unidos acepta, pocos meses después, la petición de dinero para la puesta en marcha de un sistema carcelario en Afganistán.

A día de hoy 275 detenidos siguen recluidos en las instalaciones militares norteamericanas de Guantánamo. Desde que la base militar comenzara a funcionar como un penal ajeno a los más elementales principios del derecho internacional han pasado más de seis años. Durante todo este tiempo y hasta hace escasos días, en que se pidió formalmente la pena de muerte para seis detenidos, no se han presentado cargos concretos ni acusaciones. Tampoco se han permitido visitas directas a los detenidos de sus familiares, abogados o miembros de organizaciones internacionales de derechos humanos.

En este kafkiano proceso donde la justicia ocupa el lugar de un Godot que nunca llega, el lunes 11 de febrero de 2008 los fiscales del tribunal militar de la base presentaron, por primera vez, cargos contra seis detenidos para los que se pide la pena de muerte acusados de conspiración, asesinato, secuestro, atentado contra civiles y violación de las leyes de la guerra.

Con estas acusaciones se enfrentan el kuwaití Jalid Sheij Mohamed considerado uno de los cerebros del 11-S, el yemení Ramzi Bin Al Shibh presunto intermediario entre los secuestradores de los aviones y los líderes de Al Qaeda, Alí Abdul Aziz detenido en Pakistán y acusado de financiar el 11-S, Walih Bin Attash considerado el cerebro del ataque al USS Cole, barco de la armada norteamericana atacado en Yemen en octubre del 2000, Mohamed Al Qahtani conocido como el presunto secuestrador número 20 quien no pudo acceder a los aviones el 11-S al impedírselo el control de inmigración de las autoridades aeroportuarias y el saudí Mustafá Al Hawsawi, acusado de financiar y organizar los atentados de Nueva York.

Sin embargo, las probabilidades de la acusación de llevar a término sus peticiones no son muchas. Una vez presentados los cargos para los que se pide la pena de muerte el juez militar encargado de supervisar las juntas militares deberá aprobar o rechazar la petición del Pentágono. Si se accede a la demanda se daría paso a un juicio. Para entonces lo más probable es que cualquier otro presidente haya sustituido a George Bush al frente de la Casa Blanca y parece probable que el nuevo presidente elegido cambie las reglas que hasta ahora han regido las detenciones en la base norteamericana en Cuba.

En el supuesto de que el juicio comenzara, los fiscales deberían probar los hechos de los que se acusa a los imputados y es ahí donde se encuentra otro de los escollos fundamentales al haber admitido el propio Departamento de Defensa que algunas confesiones, entre otras las de Jalid Sheij Mohamed, se habían obtenido bajo coerción, un eufemismo que trata de camuflar la aplicación de la tortura.

En julio del 2002 el asesor del presidente Bush, Alberto Gonzales reunido en la Casa Blanca con altos mandos de los departamentos de Justicia y Defensa aprobaron, a petición de la CIA, una técnica de interrogatorio conocida como el waterboarding, y que consiste en mojar una tela sobre la cara del reo que siente que se ahoga. En la misma reunión se rechazaron los enterramientos fingidos.

Estas técnicas aprobadas por altos mandos de la administración estadounidense pueden volverse ahora en contra de las evidencias obtenidas por los interrogadores. Cualquier imputación sobre un hecho delictivo obtenida a través de la fuerza no es una prueba válida ante un tribunal de justicia.

Los presos de Guantánamo han iniciado en numerosas ocasiones actos de protesta para llamar la atención sobre sus condiciones de vida y sobre la forma en que fueron detenidos. La huelga de hambre es una de las más recurrentes. Los militares de la base han optado por la alimentación forzosa como medio de solventar este desafío a sus normas.

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Manfred Nowak, el juez internacional austríaco que colaboró para llevar a Milosevic ante el tribunal de La Haya, emitió en 2005 un duro y crítico informe con Wáshington en el que advertía que las sondas usadas para alimentar a los huelguistas no sólo están repugnantemente sucias sino que además se insertan y se retiran con violencia con el fin de causar sangrados y vómitos.

Eufemismos

El filólogo alemán de origen judío Víctor Klemperer diseccionó en su obra LTI, la lengua del Tercer Reich las características del lenguaje totalitario. Klemperer, que falleció en 1960 en Dresde, vería su obra complementada con las declaraciones de los mandos de la base de Guantánamo.

Más allá de la retórica en las declaraciones de los altos cargos de la administración de EEUU cuando hablan del “destino manifiesto” de su país hay otros ejemplos palmarios.

Cuando el 10 de junio del 2006 tres prisiones musulmanes, dos sauditas y un yemenita, se suicidaron en la base, el contralmirante de Guantánamo declaró que se trataba de “un acto de guerra asimétrica”. Los llamados “interrogatorios estratégicos” o el uso de la “coerción” en los interrogatorios encubren lingüísticamente el uso de la tortura. Idéntico sentido tiene la sustitución de prisioneros de guerra por el de “combatientes enemigos” o la “devolución de la soberanía” para encubrir la invasión del país árabe.

Es obvio, como estudió a fondo Klemperer, que el fomento de un determinado lenguaje busca crear pensamiento y que esos eufemismos se dirigen al público en general para pasar de puntillas sobre un dilema moral. Sin embargo, el uso de la tortura ha evolucionado de forma aún más radical que el lenguaje empleado para describirla.

La tortura psicológica fue objeto de estudio y desarrollo por, entre otros, los servicios secretos occidentales durante la Guerra Fría. En estos años está documentado el estudio del uso de drogas en los interrogatorios aunque la verdadera revolución en la tortura moderna llegó con los efectos proporcionados por la privación sensorial. A los prisioneros se les pone un capuchón en la cabeza, gafas oscuras y tapones para los oídos al tiempo que se les priva de cualquier referencia espacial o temporal. Es común que al cabo de 48 horas los así tratados se hayan convertido en psicóticos y que en su desesperación acaben volviéndose hacia sus interrogadores ansiosos de contacto humano.

De la foto del prisionero de la cárcel iraquí de Abu Ghraib con los brazos abiertos y el capuchón en la cabeza se desprende también otra técnica de tortura, aquella en la que el propio prisionero es obligado a mantener posturas estresantes y dolorosas manteniendo el principio general de que sea la propia víctima quien se cause dolor a sí misma. El uso de potentes focos y música estridente que impiden el más mínimo descanso durante prolongados periodos de tiempo cumplen idéntica función.

En el caso de la base de Guantánamo, la penitenciaría iraquí de Abu Ghraib, la cárcel afgana de Bagram o el centro de detención afgano conocido como Salt Pint y ubicado en una antigua fábrica de ladrillos a las afueras de Kabul, las técnicas ensayadas durante la Guerra Fría se afinaron para hacerse más efectivas adecuándose al origen, condición social y religión de los detenidos.

Psicólogos, médicos y psiquiatras tienen su papel en el afloramiento de las fobias personales de los presos, información que es inmediatamente transferida al equipo encargado de los interrogatorios. La intimidación con perros pastores, simulaciones de bautismo, obligación de cubrirse con banderas de Israel, la desnudez con fines aparentemente sexuales y explícitos etc. son algunas de las “innovaciones” adaptadas en estos centros de detención.

Los errores trágicos han sido frecuentes. El Departamento de Defensa norteamericano desclasificó en octubre del 2006 cuarenta y cuatro autopsias de prisioneros muertos durante su detención bajo control estadounidense. Ocho de esas muertes se atribuyen como resultados de interrogatorios con técnicas “coercitivas” bajo la dirección de la CIA o de fuerzas especiales de la marina. El resto de fallecimientos se atribuyeron a causas naturales y a enfermedades cardiovasculares.

Algunos de estos “errores” han sido aireados por la prensa de EEUU. En septiembre del 2002 es liberado el ingeniero canadiense Maher Arar, de origen sirio. Fue detenido en Nueva York y enviado a Siria para ser interrogado, una práctica conocida como la “subcontratación de la tortura”. Antes de su liberación fue torturado y pasó diez meses en una celda de un metro. Fue liberado al comprobar el error que le atribuía su vinculación con Al Qaeda.

Desde luego no fue el único caso. El 31 de diciembre del 2003 el ciudadano alemán Khaled el Marsi fue detenido en Macedonia. Se despertó en Afganistán. Durante cuatro meses fue interrogado con saña. Después de caer en la cuenta de que no era el hombre que buscaban a pesar de que su nombre coincidía con el de un terrorista en búsqueda y captura fue liberado en Albania.

“Air Cia”

En septiembre del 2003 un Boeing 737 procedente de Afganistán hace escala en una base militar polaca. Primero en forma de rumores, y más tarde con una rotundidad que precede a la confirmación, se denuncia la existencia de cárceles clandestinas en las que prisioneros de las guerras iraquí y afgana son distribuidos por el mundo. Diferentes medios calculan en más de catorce mil los encarcelados, una situación irregular que pasaba casi inadvertida hasta que en mayo del 2004 se hacen públicas las fotos de la cárcel iraquí de Abu Ghraib, lo que obliga a al administración Bush a tomar las primeras y tímidas medidas ante la magnitud que toma el escándalo.

La revista New Yorker publica un informe restringido del Pentágono en el que reconoce la cotidiana existencia en estas prisiones de “maltrato sádico, descarado y gratuito”. A mediados del 2004 y ante la presión internacional simbolizada en la base prisión de Guantánamo, la Agencia Central de Inteligencia decide renunciar al pequeño enclave que bajo su mando directo mantenía en la base.

Diversas organizaciones de derechos humanos como la Cruz Roja Internacional, Amnistía Internacional o Human Rights Watch se hacen eco a partir de los primeros meses del 2005, cada vez con más argumentos y pruebas, de la situación irregular de los detenidos y de prácticas contrarias al derecho internacional como el traslado de prisioneros a terceros países para que, sin implicación directa norteamericana, sean torturados.

A finales de 2005 The Washington Post confirma estas denuncias y habla directamente de cárceles secretas y subcontratación de la tortura. La Unión Europea abre una investigación acerca de los itinerarios de vuelo de los aviones de la CIA que transportan prisioneros a países como Uzbekistán, Jordania, Egipto, Tailandia, Malasia o Indonesia y sobre sus escalas en suelo europeo. Los aeropuertos españoles de Palma de Mallorca, Ibiza, Tenerife y Barcelona aparecen en la ruta de vuelo de algunos de estos transportes conocidos en argot como “Air Cía.”

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La ofensiva gubernamental norteamericana contra las redes del terrorismo islamista ha tenido como resultado más visible las invasiones de Irak y Afganistán que se anunciaban “quirúrgicas” desde el Pentágono, pero que, en realidad, han degenerado en guerras de desgaste en las que la población civil pone la mayor parte de los muertos.

El deterioro en la defensa de los derechos humanos y civiles ha alcanzado proporciones como no se conocían desde hace decenios. Este hecho ha provocado, a su vez, una respuesta cada vez más coordinada de las diferentes organizaciones civiles a lo largo del mundo. El lema de Amnistía Internacional “Ayúdanos a cerrar Guantánamo”, en el sexto aniversario de la llegada de los primeros prisioneros a la base, hizo fortuna movilizando a miles de personas procedentes de los cinco continentes.

El senador suizo Dick Marty, uno de los encargados por el Consejo de Europa para que investigara los vuelos de la CIA que llegaban a diferentes aeropuertos de Europa resumió su sentir al respecto con una frase que, en parte, viene siendo repetida desde hace siglos, “Nada tengo en contra de Estados Unidos, pero no es posible combatir la tiranía con otra tiranía”.

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* Periodista y viajero.
sol2001@euskalnet.net.

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