Abr 7 2005
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Cultura

Hugo Vera o el escritor en el extremo

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

“Hugo Vera Miranda nació el año 1951 en Puerto Natales y su vida ha transcurrido entre su ciudad natal y Buenos Aires, ciudad está última donde siguió estudios de psicología, trabajó de librero y durante un tiempo editó la revista de poesía El Trauko.

“En Puerto Natales, su casa acoge a una biblioteca borgeana, asombrosa por su diversidad y una gama inusitada de objetos que recuerdan su larga residencia en la Argentina, donde en los años 80 se vinculó activamente al quehacer literario bonaerense.

Hoy vive rodeado del entorno natalino, con sus calles despeinadas por el viento y que sólo en verano ven alterada su tranquilidad por el paso de turista en camino a las Torres del Paine o los ventisqueros que realzan la geografía aún inexplorada de Ultima Esperanza.

“Asiduo de los rincones noctámbulos, su poesía se ha ido decantando sin prisa, con la parsimonía de los días provincianos. Su habitat y los textos que escribe hablan de un poeta que ha elegido el anonimato, por vivir la poesía como un asunto cotidiano, sin estridencias”.

Algunos trabajos suyos apareciron en revistas como La Gota Pura y Ultimo Reino (Buenos Aires); el Suplemento Literario del Diario El Magallanes y otro furon recogidos en Poesía Insurgente de Magallanes, antología realizada por los poetas magallánicos Pavel Oyarzún y Juan Magal.

Los textos que aquí presentamos descubren a un escritor en posesión total de las herramientas del oficio, cuya delicadeza estilística no le impide jugar con el humor hasta el límite de la burla –o la parodia–. Enemigo de las fotografías hay que conformarse con estas pocas radiografías de una personalidad tan honda como inquieta.

Relatos

Octavio paz, Elena Garro y el almacen

Mi trabajo en el almacén familiar ha sido; parafraseando a Ramón Díaz Eterovic, mi condena y mi desdicha. Por vender un kilo de papas me he perdido el gol de Maradona a los ingleses. Por vender una mata de lechugas me he perdido la llegada del hombre a la Luna; ¿Llegó a la Luna?. Por vender un trozo de jamón me perdí ver las tetas de Janet Jackson.

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Lamento lo de Maradona; el no haber visto el gol en directo, en fin, pero aquel día del 15 de abril de 1998 no llegó mucha gente y pude ver en directo desde Televisa los funerales de Octavio Paz. Boato y recato, la imponencia de un Nóbel que se iba, la catedral y la viuda desconsolada, Salinas de Gortari apesadumbrado eligiendo el mejor ángulo, el poeta chileno Gonzalo Rojas al borde de las lágrimas, todos en un semi-smóking circunspectos y ahítos de inconsolable tristeza. Es verdad, se nos iba uno de los mayores poetas y ensayistas latinoaméricanos.

Pero Televisa, que de esto sabe bastante, realizó un enlace con la ex mujer de Octavio Paz, Elena Garro, que Jorge Luis Borges consideraba una de las mejores escritoras de teatro, y que muchos críticos describían como una de las iniciadoras del realismo mágico, dueña en su juventud de una belleza perturbadora y de una inteligencia superior.

Pero volvamos al momento del enlace. Ya dijimos, boato y recato por un lado, y por el otro al periodista que entrevistaba en vivo y en directo a una Elena Garro sumida en la miseria más abyecta. Rodeada de mil gatos sarnosos, tendida en una cama de un miserable cuarto de hotel, reclamado la orfandad en la que se encontraba, carencia absoluta de dinero, miseria y tristeza, tristeza y miseria; mientras su hija Elena, hija que tuvo con Octavio Paz, lloraba y se mecía los cabellos (completamente loca) diciendo “se murió mi papito, se murió mi papito”. Y Elena reclamando que en años nunca había recibido dinero de su ex marido, Octavio Paz. Esto no duró más allá de dos minutos, el tiempo en la televisión a veces es cruel. Luego tocó el timbre del almacén, llegó la señora Bernardita y me pidió un kilo de tomates.

¿No habré soñado todo esto? ¿Alguien más lo vio? ¿Pueden decirme?

La noche que conocí a Bukowski

Por la tarde me bajé 4 cajas de Miller y me despaché más de una centena de Brahms, un día de tantos, hasta que llegó Susan de Black Sparrow Press; ella quería hablar de mi último artículo y yo seguir con la Miller, ella quería hacer el amor y yo seguir escuchando al maestro. Le rogué que se fuera, le pedí que se fuera, la eché.

El segundo ofrecimiento era interesante, pero ya sabía lo que venía; hablar y hablar sobre el único tema, el amor. Pasa siempre que cuando uno quiere follar ellas quieren hablar de amor, esa tarde yo no quería ninguna de las dos cosas, solo beber y Brahms.

Malhumorado decidí salir; en mi auto seguí escuchando al pibe Johannes, desde mi calle De Longpre giré a la izquierda por Normandie, subí por el Boulevard Santa Mónica y me estacioné frente a dos bares, el Milodón City Cha Cha Cha y el Clean Hand, opté por el segundo.

Al entrar supe que esa no iba a ser mi noche; después –al salir– lo comprobé. Nada más sentarme divisé en el rincón cerca del piano, a esa camarilla de edulcorados poetas de Chicago: Creeley, Olson, Dickey, Meredith y un enano con pinta de esbirro napoleónico.

Vino Johana, la camarera, y me preguntó si quería lo de siempre, le dije que sí. Me trajo cuatro latas de cerveza, una botella de brandy y un vaso de gin. A veces, salvo el hipódromo, ningún lugar es bueno, aunque ese lugar sea tu casa o el bar. Y así estaba yo con mis meditaciones cartesianas cuando veo acercarse al esbirro de Napoleón, me dice hola y yo levanto una ceja.

– Qué pasa buen hombre -le digo.

– Permítame presentarme, soy Bukowski.

– Y… ¿Eso se come?

– Solamente quería decirle que lo admiro.

– Yo a usted no amigo.

– Perdón…

– Algunas malas lenguas dicen que Dios perdona, buenas noches.

Fue así como conocí a Bukowski, un tipo irrelevante y un perfecto papanatas. Después me enteré que trabaja en un General Store de la calle Fredoom y que también es poeta o cree serlo.

Fue el peor día en semanas. Volví al East Hollywood, en la puerta me esperaba Linda y en mi pieza Brahms. Era para volver a creer.

A pesar de don Francisco* seguimos existiendo

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El espíritu invadido por maravillosos ensueños se arrastra miserable por este país sin nombre donde la realidad dulcificada ahoga nuestro destino; debido a esto la mayoría de las personas se equivocan al ir a las farmacias con el propósito de satisfacer sus bajos instintos; en contraposición al zapatero, que casi nunca soslaya lo impredecible, como por ejemplo en los hospitales, en donde la mercadería se exhibe fresca y al instante.

Una gangrena verde verdaderamente exquisita, dos ojos de miss Simpatía suspendidos y tumefactos, una liendre de cocodrilo y veinticuatro minutos de sesenta horas, porque es evidente que “la sucesión de instantes que lucubra un elefante en su relación intemporal con la Carretera Austral, es la que nos lleva a desencontrarnos con nosotros mismos”, dijo la ardilla y se sonrió.

Como dijo aquel poeta de Lanús: “La poesía se prostituye en nuestros bares como una vulgar mujercita de piel de jade y caderas elásticas”; los poetas están extraviados en el exilio de su sombra, el deseo de fama es la fiera devoradora del talento. Muchas becas para ganar, muchas chicas para follar. Seres locos, maniáticos, feéricos, insoportables, seres originales y depresivos.

Caminamos mucho para ir a ninguna parte ¿Cómo encontrar a Luzbel y establecer un pacto de caballeros? El pasado es una extensa sombra en el desierto del presente, somos perseguidos por nuestra propia sonrisa, los negros presagios navegan a plenitud por el mar de nuestras cobijas, los puertos se encuentran vacíos, el agua se despide del mar y Alex-Olivier Oexmelin danza frenético en la bahía.

Un fluir de perros en la noche, una lontananza de intolerancia cero, todo irreal, todo payasesco e irremediablemente neutro. La primera vez que observé esta situación, me encontraba saboreando esas herramientas que utiliza una dama para embellecer su menopausia, mujer que en el esplendor de su vida, rehace su historia vital para imprevistamente encontrarse ante la tumba de su nieto ¡Escucha Cachivache! Y es en ese instante en que se percata que ya nunca más lo verá corriendo con la camiseta número 5 del Club Bories.

Y la muerte rondando como la abyecta mosca a la flor, en este jardín inmenso de estupidez y desamparo. El futuro, si existe, está más allá de las estrellas, y nosotros acá, perdiendo el último tren a Guillón.

¿Quién habla hoy día de la gran poeta chilena Mónica Arnedillo? ¿Cuál es la antología de nuestros diletantes antologadores –siempre antologados– en la que se menciona a esta grande entre las grandes? Aquella que en 1951, en un alarde de profecía hermética escribía estos versos:

“Tu amor se convirtió/en un gol de Colo Colo / Lleno de amaneceres / entre filtros de sol / apasionado / nos amamos… / Y haciendo footing / navegamos entre nubes / dejando a Picasso / que cantaba rock / en un estadio azul / lleno de adiós”.

En estos momentos la semilla del insomnio ha penetrado en nuestros ojos, la brisa trae quejidos de algún barco pirata, los arrecifes son tan inciertos como los exámenes de orina; ya nada importa: ser médico, maleante, ministro o carnicero es la misma agonía. Los ciegos despiertan a la luz y gorriones celestes se posan al borde del sol, pero también es cierto que muchas veces la mierda que utilizamos en mampostería, no es necesariamente sinónimo de caca, pero ¿Cómo verificarlo?

De ninguna manera podemos caer en la declaración del jovencito aquel: “Yo no intenté matar a Su Excelencia señor Delincuente; sucede que andaba cazando chacales y él, ¡maravillosamente!, se interpuso frente al punto de mira, después, usted sabe, se vendó la mano mientras Lucía se desabrochaba la bata.

¿Desean crucificarme? Bueno está bien… pero antes quiero escuchar una vez más a Ginette Acevedo cantando Que bonita es mi Tierra. Dudamos tanto… la duda corroe el alma y se enquista en el omóplato, al lado de luciérnagas amarillas, doradas, efímeras ¿Cómo creer en la higiene que ofrece una prostituta o un candidato en campaña? Las ladillas indican que el amor puede picar en cualquier parte, en el pubis o en la tribuna.

El día es lo noche disimulada, animales flotantes bailan en el cielo, somos ¡los Eternos Practicantes! El amor es el odio ataviado con la máscara del incauto; pero a pesar de todo, a pesar de nosotros mismos, lideramos nuestras formas y avanzamos firmemente hacia el horizonte encadenado al ritmo frenético del tiempo, de este tiempo maniatado por sus cuatro costados, y exclamamos cual Mahoma en uno de sus hadices “La intención vale más que la acción”.

¿Qué recuerdo tenemos hoy de Kart von Rokitansky, dulce y tímido médico alemán que realizó más de 30.000 autopsias, y que fue dueño absoluto de todos los cadáveres? ¡Oh alemancito simpático y bonachón! Desde Natales mi recuerdo y una sonrisa irónica a tu excelsa labor.

Seguramente astutos lectores habrán observado la lucidez que emanan estos escritos, comparados con los discursos del presidente, pero no, no hay tal; ya no es el tiempo de Sófocles ni de Virgilio, los magos ya no sacan conejos de sus galeras y ya solo nos queda la certeza del Halley. Como dijo el zorro cuando lo pillaron robando aparatos de TV. “Yo solamente quería pensar”.

No es que las líneas onomatopéyicas del lenguaje se encuentren obturadas, no; lo que sucede es, que la actitud que ha adoptado el señor Margoni da como para pensar en aquellos caballos que otrora hacían las delicias del indio patagónico, y era, en aquellos vastos territorios en donde galopaba tan velozmente nuestro embajador en Argentina, y en este mismo instante dejo planteado el siguiente interrogante: ¿Será verdaderamente más perjudicial las hojas que caen en otoño que aquel ministro de Hacienda que gime por sus compañeros desaparecidos? ¿O será más importante la libertad que se mueve en los rincones que el libertinaje en la casa de Oyarzo?

Seguramente esto a más de alguno le puede llegar a resultar extraño, pero no es así, ya que el cuchillo del cacahuate de ninguna manera es tan detonante como una muerte en Palermo; por ejemplo. Es muy posible que el director de la Orquesta Filarmónica piense lo contrario, en fin… Hegel ya está muerto y yo me emborracho en las esquinas con mis amigos, los mendigos.

Para situarnos en el resbaladizo tiempo, diremos que a pesar de Don Francisco seguimos existiendo, continuaremos chupando de este hueso, aunque sea a mordiscones, realizaremos el total del viaje.

* Muy conocido conductor de programas de televisión.

fotoPoesía

En tu honor quemo cascaritas de naranjas

¿Has encontrado al poeta que buscabas entre la lluvia
disfrazada de gotas para que los ángeles no te reconocieran?

¿Cerraste los ojos frente al mar para tocar la cara fría de
los náufragos que un día supiste amar allá en Arcadia?

¿Incineraste misivas de amor para condenar al viento a la
insoportable incapacidad de esparcir tantos cadáveres?

¿Hiciste silencio ante la verdad que dejaba entrever tu
propia noche de luciérnagas incautas, atrapadas por la
malla inexorable de la constelación austral?

¿Apretaste la arena con tus manos frente al alba
preguntándote dónde se iban aquellas barcas hinchadas
de sirenas y marineros enloquecidamente errantes?

¿Buscaste en pleno corazón de los bosques -hervidero de
plumas y sinfonías al sol- el paso del cometa que te llevara
a la vida y nuevamente te devolviera el aliento?

¡Tanta solemnidad toda para ella tanta!

En tu honor quemo cascaritas de naranjas cuando el
crepúsculo es favorable: tomo vino cual monje irreverente
y pienso en Rimbaud maldiciendo los revólveres definitivos

En tu honor… si es que de tanto vivir nos queda algo
te escribo este poema que lleva la marca de la bestia
y en tu honor el de haber sido escrito en tiempo de nunca
en situación de haber enterrado los relojes.

fotoUn poema para Ariadna

No tengo edad ni consuelo para mi osamenta.

El tiempo con ojos me persigue

con su negra letanía de mandobles.

Esquivo el golpe certero de la hoja

arrastrada por el viento.

Escucho el rumor del naufragio

encadenado a mi aliento,

un aleteo de pájaros inciertos y temibles

cruza mi horizonte ciego.

“Todo está perdido” dice el sacerdote

en el momento exacto en que tú llegas

con guirnaldas y peces de colores

a liberar el canto y la poesía.

Los jinetes del Apocalipsis

¿Cómo defenderse de los solapados inviernos

que anidan las moradas oscuras del deseo?

¿Cómo volver por un instante

al tiempo feroz de la infancia

donde un viejo con cara de sapo

lanza palomas al paso del tren?

¿Cómo descifrar la caricia lejana

y que ahora atormenta el insomnio?

Nos vamos quedando solos,

rodeados de demonios danzando

y un tiro de gracia

que se hará efectivo

apenas crucemos

el umbral de la esperanza.

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