Ago 28 2007
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Cultura

IDENTIDAD, LITERATURA Y TLC

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

La siguiente exposición está compuesta por reflexiones provocadas y concatenadas merced a la acuciante coyuntura que atraviesa el país, componentes, por lo demás, ineludibles dentro de mi quehacer literario y docente. Son parte de una meditación más amplia que necesariamente habrá de completarse con el aporte de otras personas interesadas en ellas.

Cuando hablamos de Identidad hablamos del otro, de la otredad. Para saber quién soy, o quiénes somos, debo confrontarme con el otro, con los otros. Para ello es necesario el diálogo con los demás, porque es imposible pensarme sólo en un monólogo permanente. Y los demás son quienes me identifican y me aluden.

Es a través de ellos que me considero y me asumo como alguien más en comunidad. Pero no se trata solamente de la identidad individual, pues siempre me mantengo en comunidad, por eso existen otros tipos de identidad: la de grupo, la de clase social, la de género y la nacional. Para efectos de este breve ensayo me referiré básicamente a la última, sin dejar totalmente de lado las demás. Queda por saber quiénes son los otros. Sobre ello volveré más adelante.

Entiendo Literatura precisamente como un diálogo, como un acontecimiento dialógico donde un hablante se apropia de la voz ajena y la disloca en enunciados que pueden ser, en general, argumentos de historias, emociones e ideas versificadas, para comunicarse con un lector posible.

Esa comunicación es necesariamente escrita, aunque puede también ser oral; ya hay algunos especialistas que hablan de una Oralitura. En todo caso, la literatura proviene, casi siempre, de la oralidad popular, de las palabras en las calles, de la plaza pública. Porque la literatura es ficción por medio de la palabra, pero sin desprenderse totalmente de la realidad, es decir de su entorno sociocultural. Y la palabra es común a todos. Ahora bien, recordemos que también existe una literatura de ideas: el ensayo literario, que dicho sea de paso, ha sido, probablemente, con la novela, la forma literaria más favorecida en Costa Rica para expresar la compleja trama de nuestra identidad.

Por esa razón me referiré fundamentalmente al ensayo de ideas y a la novela.

Concibo al TLC como la puntada final de un largo proceso de contrarreformas neoliberales llevadas a cabo en nuestro país a partir de los años 80, provocando el quiebre del modelo socialdemócrata de estado social, o benefactor. Su objetivo no es el comercio, sino la inversión de capitales de grandes corporaciones, los cuales pueden ser trasladados a su antojo sin que medien fronteras.

Es paradójico, para esos grandes capitales no hay fronteras, pero para las personas sí. Además, es el instrumento idóneo del gobierno de los Estados Unidos, y de sus más importantes empresas transnacionales, para hacerse del control de nuestro territorio y de sus recursos fundamentales, entre ellos la amplia biodiversidad, la plataforma marina, el subsuelo y el agua; pasando por nuestras principales instituciones y cooptando los recursos humanos, es decir, la fuerza de trabajo y la capacidad intelectual instalada en el país.

¿Quiénes somos los ticos?

La mayoría de nuestros pensadores y ensayistas coinciden en señalar el individualismo como uno de los rasgos primordiales del ser costarricense. Un individualismo que históricamente se convierte en apatía y genera irresponsabilidad y caudillismo político, dado el desinterés general por la cosa pública. Pero también se ha ensalzado la tolerancia del tico. De ser ello así, deberíamos analizar a qué se debe, o cómo nacen ese individualismo, esa apatía, ese caudillismo y esa tolerancia. Porque esos rasgos han de ser resultado de un proceso sociocultural, económico y político.

Lo nacional es un constructo, una invención. En nuestro caso es la visión de una arcadia vallecentrista que nace del mito liberal de finales del siglo XIX que concebía al costarricense como un ser pacífico, democrático, “blanco”, individual, patriarcal, rural y un tanto huraño. Pero no olvidemos que el ser costarricense, como el latinoamericano en general, es fruto del mestizaje entre indígenas y europeos primero, y entre africanos, asiáticos y de otras procedencias, después. Igualmente, y debido a ese mismo mestizaje, somos producto de una hibridación cultural.

Ciertamente en Costa Rica, por el despiadado exterminio de los indígenas, la mayoría de la población, al menos en el valle central, era de procedencia europea, es decir, criolla, pero eso no basta para señalar que seamos un pueblo “blanco”. Al contrario, somos un pueblo plural, tanto étnica, como culturalmente.

Aquéllas características liberales se empiezan a tambalear a partir de la década del 80 del siglo pasado, no sólo por la crisis económica que pone en jaque al estado de la Segunda República (erigida en 1949, luego de las jornadas sociales y bélicas de esa década) provocada por la contrarreforma neoliberal que se inicia con los Planes de Ajuste Estructural (PAEs), así como por las grandes migraciones que empieza a experimentar el país, especialmente de centroamericanos, específicamente nicaragüenses; sino porque muchos investigadores e intelectuales empiezan a derribar esa visión con una crítica demoledora.

Costa Rica dejó de ser rural a partir de mediados del siglo XX. Nos urbanizamos crecientemente con el desarrollo de una economía capitalista monitoreada por un estado benefactor. Creció y se desarrolló la clase media. El consumo se asumió como una nueva actitud, casi religiosa, alcanzando niveles delirantes hoy en día. Por eso podemos cambiar el adagio y preguntar: decíme que comprás y te diré quién sos.

La globalización bajo esquema neoliberal impone, además, una cultura masiva que homogeneiza y desestructura las culturas locales y populares. Es el predominio de la cultura de masas y de la tecnología liviana del entretenimiento: todos vestimos igual, calzamos igual; vemos, escuchamos, bebemos y comemos lo mismo: cultura liviana, cultura del “fast food”.

Pero la nacionalidad costarricense debemos rastrearla en nuestra historia. No hay duda de que la misma se forjó en las grandes jornadas patrióticas de 1856 y 1857, cuando todo el pueblo se dispuso a las armas para defender el territorio de los norteamericanos que pretendían anexárselo. Y con la derrota de los filibusteros, primera derrota del naciente imperialismo yanqui en Latinoamérica, Costa Rica empezó a crecer como nación con una identidad más definida frente a los otros que pretendían avasallarla, y frente a los hermanos centroamericanos que coadyuvaron a defenderla.

Sin embargo, no podemos desdeñar el gran esfuerzo de posindenpendencia para darnos un gobierno propio expresado en el Pacto de Concordia y en la ingente tarea de crear y desarrollar el Estado nacional bajo la batuta de varios gobernantes, especialmente de un excelente estadista como Braulio Carrillo, a pesar de su carácter dictatorial. A partir de allí se forjó un estado nacional con la participación de sus mejores intelectuales y mandatarios. Estado que se reformará a finales del siglo XIX y se consolidará definitivamente en 1949. Estado que hoy está amenazado nuevamente por la contrarreforma neoliberal.

Ahora bien, volvamos a los otros

¿Quién es el otro, quiénes los otros? ¿Cómo nos definimos los y las costarricense ante ellos, los que están cerca de nosotros? Los indígenas, los negros, los centroamericanos, especialmente los nicaragüenses, ¿también son costarricenses? Las minorías como “gays”, lesbianas, refugiados, etc., ¿son también sujetos de la identidad cultural costarricense? Pensándolo bien, debemos aceptar que somos un país de inmigrantes quienes han conformado lo que conocemos como ser costarricense. Porque ese “ser costarricense” no es inamovible, cambia con las dinámicas socioculturales, económicas y políticas desplegadas en el tiempo.

¿Y lo otros de más allá? ¿Los norteamericanos, los europeos? Justamente frente a ellos, y con los hermanos centroamericanos y nuestras etnias primigenias, debemos reformular la nacionalidad costarricense de cara a una coyuntura especialmente delicada por el proyecto neoliberal que nos pretenden imponer y que borraría todas las estructuras y símbolos de ese país imaginario que nos negamos a abandonar, pero también a criticar. Hoy, el nacionalismo costarricense, elaborado por los intelectuales liberales de finales del siglo XIX, ya no le conviene a los neoliberales de inicios del siglo XXI.

La literatura costarricense, una literatura joven

La literatura costarricense tiene poco más de 100 años. La primera novela que se publicó en Costa Rica fue Misterio, de Manuel Arguello Mora, en el año 1888. Así como somos una nación joven, poseemos también una literatura joven. Sin embargo, esa literatura ha colaborado intensamente en la construcción de la identidad cultural nacional.

Nuestra literatura, justamente, nace al calor de una polémica sobre el ser nacional y su forma de expresión. En 1894, a partir de la aparición del libro de cuentos Hojarasca, de Ricardo Fernández Guardia, el también escritor, filólogo y pensador Carlos Gagini va a generar una discusión sobre cómo debía ser la literatura costarricense, en la cual participan, además de Fernández Guardia, muchos otros intelectuales de la época, incluso centroamericanos que vivían acá.

Fernández Guardia proponía una literatura cosmopolita que debía expresarse en perfecto castellano, Gagini una literatura costarricense que debía expresarse tal y como habla el tico. El segundo publicará, cuatro años más tarde, un libro de cuentos llamado Chamarasca, en alusión directa a Hojarasca. Así van a surgir dos corrientes literarias, la nacionalista y criollista, tipo Concherías de Aquileo Echeverría, o de los cuentos de Manuel González Zeledón, Magón; y la culta y bien afeitada como los mismos relatos y obras teatrales de Ricardo Fernández Guardia.

Con la generación del Repertorio Americano, revista publicada por el maestro Joaquín García Monge de 1919 a 1958, y en la cual publicaban los principales escritores e intelectuales de Latinoamérica, se va desarrollar una nueva intelectualidad que va a poner en entredicho aquéllos rasgos de la identidad costarricense esbozados por los intelectuales liberales, conocidos como los del Olimpo.

Ensayistas y escritores de la talla de Omar Dengo, Mario Sancho, Moisés Vincenzi, Roberto Brenés Mesén, Carmen Lyra, José María “Billo” Zeledón, autor de la letra del himno nacional, Vicente Sáenz, y el mismo García Monge, entre otros, ayudarán a desbrozar la identidad cultural con una obra crítica y lucida y con una actividad política y educativa que señalaba los errores del liberalismo y de la ingerencia extranjera, y trazaba derroteros a la República con una visión más soberana y de justicia social.

En la década del 40 aparecerá una de las generaciones más vigorosas de la literatura nacional. Con una conciencia antiimperialista, pero a la vez cosmopolita o internacionalista, y de mayor compromiso social, dicha generación producirá las obras literarias, al menos en narrativa, más importantes de nuestra joven literatura. Entre ellos se destacan Carlos Luis, Fallas (Calufa), Max Jiménez, José Marín Cañas, Adolfo Herrera García, Fabián Dobles, Joaquín Gutiérrez, Eunice Odio y Yolanda Oreamuno. Su producción literaria ayudará a conformar una idea de país y nación más coherente e integrada: aparecen el Caribe, la zona sur y la región del Guanacaste, ajustando un imaginario donde el país se extiende más allá del valle central. Pero, además, la mayoría de sus personajes, provenientes de los sectores populares ya no son los prototipos de Aquileo Echeverría o Magon, sino seres humanos que trabajan, sufren y sienten como cualquier persona, que, por lo demás, se organizan y luchan por sus intereses y derechos.

Ya entrados los años 70 una nueva generación se apresta a retomar el legado de los escritores del 40 con una obra más urbana, pero sin descuidar los rasgos más sobresalientes de la identidad costarricense y sus contradicciones. La poesía va a tener en el turrialbeño Jorge Debravo a su mayor representante, quien produce una poesía de raíz campesina con acentos religiosos cuestionadores y con un énfasis erótico muy novedoso.

A él se van a agregar una serie de escritores e intelectuales como José León Sánchez, Carmen Naranjo, Alfonso Chase, Carlos Rafael Duverrán, Mayra Jiménez, Luis Ferrero, entre muchos otros. Esa será la transición a la actual literatura que empieza a renovar sus formas y contenidos a partir de finales de los años 80 con un nuevo enfoque histórico y con un humor corrosivo, o crítico social, y ecologista, que coloca en entredicho variados estereotipos sobre el supuesto ser costarricense, hasta lo que se conoce hoy como literatura urbana, producción de las más recientes promociones literarias, las cuales cuestionan muchas de las afirmaciones de sus antecesores respecto de la identidad cultural del costarricense.

En nuestros días, la literatura ocupa un espacio muy importante en el entramado social y cultural del país. Son cientos los jóvenes que se dedican a la poesía, o a la narrativa, incluso al ensayo, con un compromiso nunca antes visto. Probablemente el poco espacio de participación que posee la juventud en nuestra sociedad, la crisis que atraviesa nuestro régimen político y el desencanto de las grandes mayorías con los partidos políticos tradicionales, junto al acceso a las fuentes literarias y artísticas más significativas de la cultura universal que permiten los nuevos medios tecnológicos, hace que exista una gran necesidad de comunicación, que, en algunos casos, se está canalizando por medio de la literatura y el arte, aunque no en el nivel que quisiéramos, pues existe poco estímulo al respecto. Pero no hay duda de que el imaginario y la identidad nacional están variando vertiginosamente, y las creaciones de esos nuevos autores son, en mucho, responsables de ese cambio.

El eufemismo del TLC

Mucho se ha escrito sobre el TLC. Nunca antes en nuestro país habíamos asistido a una eclosión de producción intelectual como la que se ha dado en torno al TLC. Cerca de 20 libros, cientos de artículos, ensayos, audiovisuales, obras artísticas y literarias, hablan del interés y la preocupación que ha despertado ese proyecto. Y no es para menos, el TLC, o CAFTA en inglés, de aprobarse, cambiaría radicalmente el país, la nación y el estado costarricenses.

Por lo anterior no voy a profundizar en el mismo. Solamente intentaré demostrar que en realidad el TLC es un eufemismo, pues no se refiere tanto a comercio como a inversiones.

Como han demostrado muchos analistas, ni es tratado, ni es libre, ni es de comercio. Lo que pretende es permitir a las corporaciones transnacionales mover capital adonde les sea más ventajoso: el capital puede cruzar sin problemas las fronteras, pero no así las personas, es decir, los trabajadores. Para ello se debe restringir la autonomía de las decisiones políticas nacionales con un proteccionismo sin precedentes a los derechos de propiedad de las mismas corporaciones, las cuales gozarían de ventajas inimaginables frente a los estados centroamericanos, como ya se está demostrando con las demandas impuestas por algunas empresas al Estado guatemalteco.

Por lo demás, el tratado no tiene el mismo alcance para el gobierno y las empresas estadounidenses que para nosotros. Para Estados Unidos se trata de un “agreement” (acuerdo) no de un “treaty” (tratado). La “Implementation Act” aprobada por el congreso norteamericano al promulgar el CAFTA-DR, pone a éste por debajo de la legislación federal, estatal y local, presente y futura de los Estados Unidos.

Formidables asimetrías jurídicas además de las económicas, territoriales, político-militares entre nuestros países: “¿Cómo contrastar el ingreso de una familia de Ohio o de la Florida, que sobrepasa los $60 mil al año, con el de un nicaragüense de Rivas o un costarricense de Zarcero?”, por ejemplo (Juan Manuel Villasuso, artículo Asimetrías jurídicas en el TLC citado por Antillón, Walter: Libre comercio: un caballo de Troya, Editorial Alma Máter, 2006:34).

Con el TLC estamos ante un convenio internacional que afecta gravemente la organización política del país y la soberanía nacional, aunque la Sala Constitucional, en un pronunciamiento muy sospechoso, diga que no posee roces constitucionales. Convierte en mercancías nuestros servicios sociales subsidiados hasta ahora por el Estado en una perspectiva de solidaridad mutua, y entrega las telecomunicaciones y los seguros a las corporaciones transnacionales. Por lo demás, la biodiversidad, el subsuelo y nuestros recursos marítimos, incluida su amplia plataforma, dejarían de ser parte del territorio nacional y podrían ser explotados abiertamente por cualquier empresa extranjera.

Podemos decir, en fin, que la aprobación del TLC atentaría contra la nacionalidad y desestructuraría la forma de vida sociocultural y socioeconómica que hasta ahora, mal que bien, nos veníamos dando los costarricenses.

Conclusiones

No hay duda de que la producción literaria ha jugado un papel cardinal en la arquitectura de la identidad cultural costarricense. Sus aportes, desde diferentes géneros, pero fundamentalmente desde el ensayo de ideas y la novela, ha coadyuvado a cimentar un imaginario que se ha venido construyendo y desconstruyendo en las diferentes fases históricas de nuestro desarrollo patrio. La producción simbólica que ha generado la literatura costarricense, a pesar de su relativa juventud, es piedra de toque para comprender la búsqueda de nuestra identidad.

Hoy, ante la amenaza de un proyecto neoliberal que coloca al mercado, es decir, a la oferta y la demanda, en el centro de toda relación humana, y cuya punta de lanza es el TLC, la identidad costarricense y su tradición de lucha y tolerancia, está siendo puesta a prueba. Posiblemente, al igual que en 1856 y en la década del 40 del siglo pasado, estamos ante una definición mayúscula que en mucho definirá el futuro de eso que hemos denominado patria.

Hoy la coyuntura nos exige tomar la palabra. Y nuestros intelectuales y escritores lo están haciendo de una manera lúcida y responsable. Nunca como hoy hemos asistido a la eclosión de una actividad creadora como la que muestra el pueblo costarricense, sus escritores y artistas. Son cientos de poemas, piezas de teatro, cuentos, canciones, audiovisuales, pinturas, dibujos, grafitos, instalaciones, etc., las que se han producido y se están produciendo por todo el ancho del territorio nacional.

Ha sonado la hora. Nos toca tomar la palabra por nosotros mismos. Somos los llamados a expresar la gravedad del momento cavando y cimentando trincheras de ideas como lo planteaba el maestro cubano José Martí. Debemos exigir un lugar en el mundo desde nuestro tiempo y nuestra historia, desde nuestra propia particularidad. Debemos superar ése individualismo feroz que hoy, gracias a la ofensiva neoliberal con sus violentos niveles de competencia, se expresa en un ¡sálvese quien pueda!

Debemos salvarnos todas y todos. Esta es una lucha de la colectividad nacional, es decir, de las grandes mayorías, la cual pasa por nuestro despertar individual de cara a una historia singular que, hasta ahora, nos ha distinguido del resto de nuestros vecinos. Debemos asumir el reto para dialogar creativamente con nuestros más significativos pensadores, próceres, educadores, escritores y artistas que lucharon y avizoraron una patria mejor para todos. Ellos también están con nosotros y esperan que el fruto de la semilla que sembraron sean nuestras acciones.

San José, agosto del 2007.

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* Escritor y profesor universitario.

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