Oct 27 2004
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Opinión

Israel en camino a la guerra civil

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

fotoApenas unos pocos meses atrás hubiera parecido descabellado. Pero -de repente- se ha convertido en una posibilidad, y una muy real. No es otra muestra de sensacionalismo mediático. No es otra de las manipulaciones políticas de Sharon. No es sólo un nuevo intento de chantaje de los colonos. Es algo concreto en el terreno social.

Se habla de ello en las reuniones del gabinete y en el Knesset -Parlamento-, en los debates de televisión, en los editoriales y en las noticias de los diaraios. El jefe del Estado Mayor advirtió públicamente que el ejército puede dividirse. Un ministro dice que la propia existencia del Estado de Israel está en peligro. Otro profetiza un baño de sangre como el de la guerra civil española.

Callada y no tan calladamente, el Shin Bet -aparato de seguridad interno- ha comenzado a tomar precauciones. Se ordenó al servicio de prisiones que prepare instalaciones con vistas a detenciones masivas. Los dirigentes del ejército planifican la movilización de 10.000 hombres de la reserva y empiezan a pensar en los pasos que deban tomarse en el caso de …

La amenaza es muy real. A primera vista, parece haber surgido de la nada. Pero quién tenga ojos para ver sabe que, más temprano o más tarde, sucederá,.

Las semillas de la guerra civil fueron sembradas cuando se estableció el primer asentamiento en los territorios ocupados. En aquella ocasión le dije al primer ministro «Está instalando un campo minado. Algún día tendrá que desmantelarlo. Como antiguo soldado, permítanme avisarles que desactivar un campo de minas en un trabajo muy desagradable».

Desde entonces, han sido puestas cientos de minas. Y estos campos minados se amplían incluso ahora.

El proceso fue conducido por religiosos enloquecidos. Su intención -como dijeron entonces y nunca se han cansado de repetir- es expulsar a los árabes del país que es el que Dios nos prometió. Y la tierra que Dios nos prometió, como uno de ellos lo recordaba en la televisión el otro día, no es la Palestina del mandato británico, sino la Tierra Prometida -que incluye Jordania, Líbano y partes de Siria y del Sinaí-. Biblia en mano otro declaraba que tuvimos que venir a este país no sólo para tomar nuestra herencia, sino para desheredar a los otros, para echarlos y ocupar su lugar.

Desde que el otrora ministro de Defensa Simón Peres implantara el primer asentamiento, Kedumim, en medio de los palestinos -en Cisjordania-, éstos avanzan como una plaga de langostas. Cada asentamiento, gradualmente, ha ido usurpando las tierras y el agua de las vecinas aldeas palestinas, arrancado sus árboles, bloqueado sus carreteras y construyendo otras, que les son vedadas. Casi todos han engendrado satélites -puestos de avanzada- en las colinas cercanas.

Esto continúa en este mismo momento. Después que Sharon prometiera solemnemente al presidente Bush desmantelar los «puestos avanzados», han brotado docenas de nuevos asentamientos. Todos los ministerios los ayudaron activamente, aunque fueron oficialmente definidos como ilegales. No sólo el ejército los defiende,haciendo peligrar, además, a los soldados, sino que se les dice a los chicos de las colinas en qué lugares establecer sus «avances» y secretamente les aconsejan cómo hacerlo.

Cuando advertimos el peligro, se nos dijo que nos tranquilizáramos, que sólo una pequeña minoría de los colonos -se nos aseguró- estaban desquiciados, y resistirían cualquier intento de retirarlos, aunque no sería éste un gran problema porque la vasta mayoría de los ciudadanos israelíes les detesta y los considera una secta de trasnochados.

La mayor parte de los colonos, se nos dijo, no son fanáticos. Fueron allí porque el gobierno les regaló casas confortables, con las que nunca habrían ni soñado en el propio Israel. Buscaban «calidad de vida». Cuando el gobierno hable de desalojarlos, tomarán las compensaciones que se les ofrezcan y se irán.

Esto es -por supuesto- una peligrosa falsa realidad. Cómo observó Carlos Marx, la conciencia de la gente está determinada por su situación. Los buenos laboristas -que fueron instalados por el gobierno laborista en Cisjordania y en la franja de Gaza- ahora tienen el discurso y el comportamiento de los peores seguidores del último rabino fascista, Meir Kahane.

Aún más: se nos dijo que incluso los más estrafalarios reconocen la democracia israelí. Nadie levantará sus manos contra los soldados del ejército de Israel. Cuando el gobierno y el Knesset decidan evacuar los asentamientos, obedecerán. Les dará un poco de bronca y darán alguna muestra de resistencia -como hicieron durante la evacuación de los asentamientos Norte del Sinaí- pero al final cederán. Después de todo, incluso en el norte del Sinaí ni un solo colono rechazó, al final, su compensación.

Sólo que este desdén por los colonos no es menos peligroso que el desprecio por los árabes. Lo que se ha estado ocultando todo el tiempo se ha vuelto ahora claro: los colonos no dan un bledo por la democracia ni por las instituciones del Estado.

Su núcleo más duro lo dice sílaba por sílaba: cuando las resoluciones del Knesset contradicen la Halakha (ley religiosa judía), la Halakha tiene prioridad. Al fin y al cabo, el Knesset no es más que una banda de políticos corruptos, copia de los goyim (gentiles, no judíos). ¿Al comparar sus dichos con la palabra de Dios, será bendecido su nombre?

Muchos colonos todavía no dicen eso abiertamente y se sienten insultados cuando tales actitudes les son atribuidas; pero de hecho serán arrastrados por el núcleo duro, que se ha quitado ya todas las máscaras.

No sólo desafían la política del gobierno, sino a la democracia como tal. Declaran abiertamente que su intención es derribar el Estado de Derecho y poner en su lugar el Estado de la Halakha.

El Estado de Derecho está sujeto a la voluntad de la mayoría, que establece las leyes y las enmienda cuando es necesario. El Estado de la Halakha está sujeto a la Torah, inamovible y revelada una vez para todos en el Monte Sinaí. Sólo un número muy pequeño de eminentes rabinos tienen la autoridad de interpretar la Halakha. Esto es, por supuesto, la antítesis de la democracia. En cualquier otro país, esta gente sería llamada fascista. El color religioso no hace diferencias.

Los rebeldes religiosos de extrema derecha están poderosamente motivados. Muchos de ellos creen en la Kabalah; no en la reciente «Cábala de Madonna», sino en la real, la que dice que los judíos seglares de hoy son en verdad amalequitas que consiguieron infiltrarse en el pueblo de Israel en los tiempos del Éxodo a Egipto. El mismo Dios condenó, como todo el mundo sabe, la aniquilación de Amalec de la faz de la tierra. ¿Pueden haber mejores bases ideológicas para la guerra civil?

¿Por qué se han vuelto una amenaza a estas alturas? Todavía no está claro si Sharon realmente intentará de desmantelar los pocos asentamientos de la Franja de Gaza. Pero, tal como los colonos lo ven, la sola idea de desmantelar uno es casus belli. Ataca algo que es sagrado para ellos. Sharon ha tratado de convencerlos de que es sólo una estrategia; sacrificar unos pocos pequeños asentamientos para salvar todos los demás. Ha sido en vano.

En los preparativos para la gran rebelión los colonos develaron su enorme potencial. Los rabinos más eminentes del movimiento religioso sionista declararon que la evacuación de un asentamiento es un pecado contra Dios y formularon un llamamiento a los soldados para que desobedezcan esas órdenes. Cientos de rabinos, incluidos aquellos de los asentamientos y los de las unidades del ejército, se plegaron a este llamado.

Las voces de los pocos oponentes se ahogan. Éstos citan el dicho talmúdico «la ley del reino es la ley», que significa que todos los gobiernos han de ser obedecidos, -como a los cristianos se les requiere dar al César lo que es del César-. Pero en estos días ¿quién escucha a estos rabinos moderados?

La conquista del ejército desde el interior comenzó hace tiempo. El «convenio» con las yeshivot (escuelas religiosas), que sirven en el ejército como unidades separadas, permitió la entrada de un enorme caballo de Troya. En cualquier confrontación entre sus rabinos y los mandos del ejército, los soldados del «convenio yeshivot» obedecerán a los rabinos. Lo que es peor: desde hace años los colonos han penetrado sistemáticamente en las escalas de los cuerpos de la burocracia estatal, donde ahora constituyen un caballo de Troya todavía más peligroso.

La derecha que rechaza obedecer órdenes no es como la izquierda de la objeción de conciencia. La objeción de izquierda es una oposición personal. El rechazo de la derecha es un motín colectivo. En la izquierda un pequeño centenar rechaza servir a la ocupación; en la derecha muchos miles, incluso decenas de miles, obedecerán las órdenes de sus rabinos para negarse. Como advirtió el jefe de Estado Mayor: el ejército pude desintegrarse.

Los colonos, y sus aliados más cercanos en Israel -incluyendo a los estudiantes de las yeshivot- pueden ascender a algo así como medio millón de personas: una poderosa falange para la rebelión.

Por ahora los colonos sólo utilizan esta amenaza como un instrumento de chantaje y presión para obstruir cualquier razonamiento acerca de evacuar los asentamientos y sus territorios. Pero si el chantaje no surte efecto, la «Gran Rebelión» sera sólo un asunto de tiempo.

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* Analista. El texto se publicó, en inglés, en el portal de noticias del autor:
www.avnery-news.co.il/english/index.html.

En castellano tambien se lo encuentra en Rebelión (www.rebelion.org según la traducción de Carlos Sanchis, que se ha tomado en cuenta para esta versión tomada del original.

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