Jun 18 2008
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Opinión

Izquierdas: entre Colombia y Argentina

José Steinsleger*  

En no pocos partidos y agrupaciones de izquierda (la combativa, pues la “moderna” es de derecha) gravitan un par de recurrentes obstáculos en el orden intelectual e ideológico. De un lado, la porfiada deshistorización de las causas de las luchas independentistas y de la formación de los estados nacionales. Y, por el otro, la escasa atención a la heterogeneidad cultural de nuestros pueblos y sociedades.
 
Aplauden, en fin, aquello del socialismo en tanto “creación heroica” (Mariátegui), mas se hacen bolas para explicar por qué en América Latina ningún partido de izquierda hizo una revolución radical, reformista, tibiamente reformista o tibiamente radical. Chile (1970), excepción, no deja de confirmar la regla.
 
Falencias que conducen a serios equívocos: 1) que la repetición de letras leídas al pie de la letra vale para realidades distintas de la propia; 2) que en el “marxismo auténtico” todo está pitagóricamente escrito; 3) que las luchas sociales de América Latina empezaron con la toma del Palacio de Invierno; 4) que la suerte de un proceso reformista o revolucionario depende de la “unidad de la izquierda”.
 
¿Desde dónde habla la izquierda? ¿Desde la soledad frente a una lap-top o en la acción política y con las masas? ¿Desde la cátedra o el café? ¿Desde un modesto espacio de opinión, o desde un foro donde las ideas se expresan con libertad y se acaba suscribiendo declaraciones correctas y previamente formateadas? Moraleja: la política es fuerza, coyuntura y circunstancia. A continuación, ejemplos: Colombia y Argentina.
 
¿Por qué las izquierdas han sido tan poco solidarias con el crónico sufrimiento del pueblo colombiano? ¿Por qué es posible organizar efectivas campañas de apoyo a los pueblos y gobiernos de Cuba, Venezuela y Bolivia, y tan difícil de conseguir una condena contra el presidente Álvaro Uribe Vélez, quintaesencia del crimen político en América Latina?
 
Hace unos días, de un modo sorpresivo, el presidente Hugo Chávez calificó de “anacrónicas” a las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), movimiento insurgente que hasta el día anterior solicitaba al mundo ser reconocido como fuerza “beligerante”.
 
¿Interesa poner la carreta delante del buey y debatir acá si los métodos de lucha de las FARC son cuestionables, si tienen o no posibilidades de tomar el poder, si están “debilitadas” y “en crisis”, si la guerra de guerrillas “pasó de moda”? Una cosa es cierta: Estados Unidos quiere la guerra en América del Sur, y para ello cuenta con el ejército de Uribe Vélez.
 
A inicios de marzo pasado, Washington rayó la nueva frontera imperial en el Putumayo, río que separa a Colombia y Ecuador. ¿Por culpa de las FARC? Bien sabe el líder bolivariano que la presencia de Estados Unidos en Colombia empezó cuando las FARC no existían, durante los gobiernos conservadores de Mariano Ospina Pérez (1946-50) y Laureano Gómez (1950-53).
 
Ciertas izquierdas suponen que si los guerrilleros colombianos entregasen las armas a cambio de participar en la “democracia representativa”, el camino a seguir estaría más claro. ¿Hay garantías? A mediados del decenio de 1980 lo hicieron, y la respuesta oligárquica fue un baño de sangre más de los muchos que ha sufrido este pueblo desde 1948.
 
Con la anacrónica doctrina Monroe en mano, con prisas y pausas, Estados Unidos ha venido extendiéndose sobre el sur desde su constitución como nación. Allá las FARC con su rollo político-militar. Quienes resultan totalmente “anacrónicos” son los funcionarios de la sanguinaria camarilla uribista y los lacayos de Washington que desde 1830, ininterrumpidamente, sucedieron a Francisco de Paula Santander en el Palacio de Nariño.
 
¡Y bien!… si la condena a Uribe Vélez “más vale no menealla”, ¿sería excesivo solicitar a los queridos compañeros del movimiento En Defensa de la Humanidad (del que soy miembro fundador), un poco de apoyo al gobierno de Cristina Fernández de Kirchner?
 
¡Hostias! No me recordéis que la señora es “burguesa” y le gusta vestir bien. Ya sé que no es marxista, ni guevarista, ni bolivariana, ni socialista y que anda “ideológicamente confusa” porque a su edad… ¡horror! sigue siendo peronista. Pero bueno: también es presidenta constitucional, no es mala mujer, y su gobierno está siendo sometido al cuarto boicot de la oligarquía que exige el poder político total.
 
Curiosamente, 30 años atrás, cuando resultaba igualmente difícil recabar la solidaridad contra la dictadura argentina, oía comentarios similares. “La lucha armada es el pretexto para la represión”; “las organizaciones guerrilleras están en crisis y debilitadas”, decían los comunistas mientras brindaban su “apoyo crítico” a los genocidas porque así lo había dispuesto la Unión Soviética, principal cliente de las exportaciones primarias.
 
Conclusión: la instrumentalización política de la realidad es cosa de los políticos y la intelectualidad cortesana. Pero el deber de los intelectuales honestos consiste en cuadrar los hechos de la realidad tal como es, sin subterfugios ideológicos y políticos circunstanciales.
 
*Periodista argentino radicado en México. Columnista de La Jornada

 

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