Mar 18 2010
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Política

La ampliación del Canal de Panamá

Bruno Peron Loureiro*

La opulencia de las partes en pugna crece mientras padecemos en América Latina de los peores males. La ampliación del Canal de Panamá, que une el Océano Pacífico al Mar Caribe se inició en 2007 y está prevista para finalizarse en 2014 con un costo de 5,25 millardos de dólares.

Navío de varios países atraviesan el canal, mientras Chile disputa con Bolivia por la intención de este país de tener un acceso al Pacífico. Todas las barreras se levantan cuando el asunto nos incumbe solamente a nosotros, los latinoamericanos.

Los primeros navíos cruzaron el Canal de Panamá en 1914, desde entonces la mayor parte de ellos han sido buques comerciales o de guerra. La construcción del canal se inició con los franceses en la segunda mitad del siglo XIX, pero luego fue retomada por los pangericanos (estadounidenses).

El proyecto sufrió reveses. Enfermedades tropicales, sobre todo la fiebre amarilla y la malaria, afectaron a los trabajadores y provocaron la muerte de millares de ellos. Parte considerable de la mano de obra vino de las islas caribeñas. Inversores de traje y corbata de Nueva York colocaron el dinero pero no se arremangaron siquiera.

El gobierno de Panamá asumió el control del canal recién en 1999 a través de la Autoridad del Canal de Panamá (ACP), que es una empresa pública y autónoma. Inmediatamente, en 2001 surgió la propuesta de expansión.

Aunque las bananas y el café sean los principales productos agrícolas de Panamá, la renta generada por el canal es muy importante para los números de la economía del país. Desde 1998, el precio por el uso del canal aumentó en un 70%.

Panamá tiene una de las tasas de crecimiento económico más altas de América Latina. Sin embargo, el valor recogido por los impuestos es del 11% de la renta de los contribuyentes, lo que significa una tasa baja, comparada con la media de América Latina. A guisa de comparación, en el Brasil la tributación alcanza a más del 40% de la renta, lo cual arranca las vísceras de los trabajadores, que todavía deben pagar los servicios básicos que el Estado no retorna.

Existe sin embargo un desfase entre el potencial laboral de los panameños y la renta de 1/5 del producto interno bruto generada por el canal, que acaba siendo una herramienta de país pujante para la reducción de los costos de flete. Esta bonanza se mezcla con la enorme desigualdad en la distribución de la renta, que se hace notoria en la bajísima remuneración de la mano de obra de baja calificación y en la concentración laboral de los panameños en el sector agrícola.

Los productos pangericanos y japoneses de alto valor agregado, como computadores y otras piezas electrónicas pasan por el mismo canal por el que se desea que cruce el carbón de Colombia y la soya y minería de hierro de Brasil. En esta pista de doble sentido se mueven por un lado productos pomposos que no tienen ningún sentido útil y por otro las joyas agrícolas latinoamericanas que así pueden tener mejor acceso al mercado asiático y a la costa oeste pangericana.

La economía es un factor sobresaliente en la lucha por un espacio mundial, en detrimento del desarrollo humano. El intercambio cultural y la globalización desafortunadamente han sido pensados sólo en función del lucro que generan.

Se habla cada vez más de desarrollo sustentable. El presidente panameño, Ricardo Martinelli presiona por la aprobación de un tratado de libre comercio con la Pangérica (EE.UU.). Su mejor argumento es que Panamá suma esfuerzos en la lucha internacional contra el narcotráfico.

Panamá tiene poco que perder con la expansión del canal, por el que pasarán más y mayores navíos y la renta podrá aumentar en los cofres públicos. El quid de la cuestión mientras tanto, es como beneficiará a los panameños y que lección obtiene Nuestramérica de ello.

Desconfío de que los inversores del Norte tengan más para ganar con la ampliación del Canal de Panamá que nosotros, los latinoamericanos que nos hemos especializado en vender lo que no sabemos aprovechar, como el gas, el petróleo y el sudor de nuestros pueblos.
 

*Columnista de Barómetro Internacional

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