Mar 15 2008
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Opinión

LA CONTINUIDAD DEL PODER DETRÁS DE LA CASA BLANCA

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

Durante los últimos 60 años, Estados Unidos se dotó de lo que se ha dado en llamar “aparato de seguridad del Estado”. Este se conformó como un Estado detrás del Estado, encargado de dirigir desde la sombra la guerra fría contra la URSS y, más, tarde de ocupar el espacio que dejara vacante el desmantelamiento de la Unión Soviética y de dirigir la guerra contra el terrorismo. Dispone de un gobierno militar fantasma designado para reemplazar el gobierno civil, en caso de que este último quedase decapitado durante un ataque nuclear.

En su célebre discurso de adiós, el 17 de enero de 1961, el presidente Eisenhower declaró: “En los consejos de gobierno, tenemos que tener cuidado con la adquisición de una influencia ilegítima, deseada o no, por parte del complejo militar-industrial. Existe el riesgo de un desastroso desarrollo de un poder usurpado y [ese riesgo] se mantendrá. No debemos permitir nunca que el peso de esta conjunción ponga en peligro nuestras libertades o los procesos democráticos”.

Este aviso resultó sin embargo insuficiente. La lógica del “aparato de seguridad del Estado” ahogó poco a poco la de las instituciones que ese mismo aparato debía proteger. El complejo militar-industrial utilizó su poder para modificar las instituciones civiles según su propia conveniencia, en vez de ponerse al servicio de estas.

En definitiva, el lobby de la guerra falseó el proceso electoral y logró decidir, en cada elección presidencial, quién sería el ocupante de la Casa Blanca.

Desde hace 60 años, sin excepción alguna, el presidente es siempre el candidato que se compromete a concretar las exigencias del “aparato de seguridad del Estado” y que obtiene el apoyo financiero masivo de las firmas que tienen contratos con el Pentágono. Claro está, después tomar posesión de la Oficina Oval, el elegido trata siempre de deshacerse de sus padrinos y de acercarse a los verdaderos intereses de su pueblo. Tendrá entonces que ser capaz de darse cuenta del margen de maniobra del que dispone, con la posibilidad de que lo eliminen, política o incluso físicamente. Finalmente, el riesgo de que un presidente que se aparte del “Estado profundo” logre a pesar de ello mantenerse en el poder estará siempre limitado por la regla, impuesta durante la misma época, que limita el ejercicio de la función presidencial a dos mandatos consecutivos.

En esas condiciones –como veremos más adelante– la alternancia entre demócratas y republicanos no proporciona a los ciudadanos estadounidenses un medio de cambiar la política, sino que constituye para el “aparato de seguridad del Estado” la posibilidad de mantener la misma política más allá de la impopularidad del presidente ya “desgastado”. Se trata de la aplicación del principio que Giuseppe Tomasi di Lampedusa atribuye al Gatopardo: “Todo tiene que cambiar, para que nada cambie y para que podamos seguir siendo los amos”.

A veces el “Estado profundo” sale a la superficie y deja entrever su poderío. Eso sucede ocasionalmente durante el período de transición presidencial. Se produce entonces un semivacío del poder, durante la fase en que el presidente saliente sigue a cargo de los asuntos pendientes, mientras que el presidente electo se prepara para asumir el mando.

En el siglo XVIII, se explicaba que ese período de transición de 11 semanas era el tiempo necesario para hacer un balance de los resultados y conformar un equipo, debido al gran tamaño del país y la lentitud de las comunicaciones. La primera transición se desarrolló en 1797, cuando John Adams fue electo como sucesor de George Washington. Durante siglo y medio, no existió ningún tipo de procedimiento para regular ese período ya que los dos presidentes (el presidente saliente y el que lo reemplaza) no tenían ninguna razón que los obligara a colaborar entre sí. Hoy en día la cosa es muy distinta ya que el “aparato de seguridad del Estado” aprovecha ese período para poner al nuevo ocupante de la Casa Blanca al corriente de lo que debe saber sobre “Estado profundo”. Para comprender el sistema, volvamos a la historia de esas transiciones.

La guerra fría mantiene la democracia entre paréntesis

Harry Truman (presidente de Estados Unidos desde 1945 hasta 1953) modificó profundamente la naturaleza del Estado federal al crear en su seno el “aparato de seguridad del Estado”, un tríptico conformado con el Consejo de Jefes de Estado Mayor (JCS), la Agencia Central de Inteligencia (CIA) y el Consejo de Seguridad Nacional (NSC). Estos organismos, que nada tienen de transparentes, disponen de poderes exorbitantes, solamente comparables a los establecidos para tiempos de guerra. Y es que su misión consiste precisamente en mantener el estado de movilización de la Segunda Guerra Mundial, sin mantener por ello a la sociedad civil bajo presión, como medio de librar una nueva forma de guerra contra la Unión Soviética: la guerra fría.

Para “contener” la influencia soviética, Truman organizó el puente aéreo hacia Berlín, estableció la alianza atlántica (OTAN) y declaró la guerra de Corea. Extendió además el “Estado profundo” estadounidense al interior mismo de los Estados aliados, mediante la creación de las redes “stay-behind” y la integración de las mismas al seno de la CIA [1].

El “aparato de seguridad del Estado” consideraba que el mejor sucesor de Truman sería el general Dwight Eisenhower, que había sido comandante supremo de las fuerzas aliadas en Europa durante la Segunda Guerra Mundial y había ocupado posteriormente ese mismo cargo en el seno de la OTAN. Era el hombre idóneo para continuar la guerra de Corea hasta la victoria. La opinión pública lo adulaba y lo consideraba un héroe, aunque nunca había combatido personalmente, ni siquiera había estado cerca de la línea del frente.

Como Eisenhower no era un político, ni tenía vínculos con ninguna organización política, los dos partidos trataron de atraerlo. Truman le pedió, en vano, que se uniera a los demócratas. Finalmente, Eisenhower se decidió por la candidatura republicana. Con ese partido llegó a un acuerdo que estipulaba que gozaría como presidente de libertad de acción para aplicar una política exterior antisoviética y emplearse “a fondo” en Corea, hasta la victoria. En pago, Eisenhower se comprometía a aplicar una política interna y económica de corte conservador. Escogió como compañero de candidatura al senador Richard Nixon (cuya hija se casaría en poco tiempo con el nieto de Eisenhower), que se había dado a conocer como uno de los promotores de las “cacerías de brujas” contra los comunistas.

Al resultar electo Dwight Eisenhower, Truman se puso en contacto con él para presentarle el dispositivo de seguridad nacional dado que, aunque la existencia del mismo era pública, su funcionamiento era secreto.

Eisenhower elaboró la doctrina de defensa que lleva su nombre, en virtud de la cual Estados Unidos no vacilará en utilizar la fuerza, en cualquier lugar del mundo, donde la influencia comunista amenace los intereses occidentales. Agregó además, al sistema de seguridad nacional, el principio de continuidad del gobierno. Designó, mediante un decreto secreto, un gobierno alternativo compuesto simultáneamente de militares y de industriales escogidos entre sus propios amigos, que se encargaría de tomar el mando en caso de que las instituciones desapareciesen como consecuencia de un ataque nuclear soviético.

O sea, paralelamente al procedimiento constitucional en lo tocante al vacío del poder, existe desde hace 50 años un segundo procedimiento –de carácter militaro-industrial– que puede ponerse en marcha en caso de hecatombe nuclear. En el primer caso, el vicepresidente reemplaza al presidente, de ser necesario lo reemplaza el presidente pro tempore del Senado, o el presidente de la Cámara de Representantes. En el segundo caso, los políticos electos por el pueblo se ven excluidos por un gobierno fantasmo –cuya composición es, además, secreta– que sale bruscamente de las penumbras, aunque no dispone de legitimidad electoral alguna.

Sin embargo, el “aparato de seguridad del Estado” le reprochó a Eisenhower no haber hecho lo suficiente, sobre todo en materia de misiles, y se negó a apoyar al vicepresidente Nixon como su sucesor. Inquieto por las consecuencias que el creciente poder del complejo militaro-industrial podía tener para la democracia, Eisenhower lanzó un aviso a sus conciudadanos en su discurso de adiós, que ya citamos anteriormente. El lobby de la guerra volvió entonces su mirada hacia el partido demócrata.

Fue de esa manera cómo John F. Kennedy obtuvo el apoyo de los industriales del armamento. Para congraciarse con ellos centró su campaña electoral en la denuncia de una supuesta ventaja de los soviéticos en materia de misiles y en la necesidad de eliminar ese abismo (“missile gap”). Además, designó como su compañero de fórmula al belicoso líder del grupo parlamentario demócrata, Lyndon Johnson. Directamente vinculado al complejo militaro-industrial, durante su campaña electoral tomó la iniciativa de crear grupos de trabajo para hacer un balance de la situación y preparar sus primeras decisiones en caso de resultar electo.

Kennedy puso a la cabeza de los dos grupos de trabajo más importantes a quienes habían sido sus dos principales rivales por la investidura demócrata, neutralizando así el rencor de ambos al tiempo que explotaba sus habilidades. Creó hasta 29 grupos temáticos, cuyos miembros eran todos voluntarios no remunerados. Después de su elección, Kennedy designó al abogado Clark Clifford para coordinar el traspaso de poderes con Eisenhower, y luego nombró por lo menos a un miembro de cada grupo de trabajo para formar parte de su gabinete.

No fue por sus cualidades como abogado y negociador que la elección recayó sobre Clifford sino por tratarse de un halcón, que además era un representante del “Estado profundo”. Clifford había participado junto a Truman en la creación del “aparato de seguridad del Estado” y Eisenhower lo había nombrado ministro fantasma en el seno del gobierno militar de repuesto.

Más tarde, Kennedy impuso la Presidential Transition Act para que los siguientes presidentes pudieran seguir sus pasos teniendo a su disposición un financiamiento federal con el que pagar a los miembros de sus grupos de trabajo.

Kennedy desafió a la URSS ante el muro de Berlín, desplegó misiles en Turquía y logró disuadir a los soviéticos de instalar los suyos en Cuba como respuesta. También emprendió los grandes programas espaciales. Pero no tardó en revisar sus compromisos con intenciones de reducirlos. Es verdad que autorizó la invasión contra Cuba, pero rectificó después del fiasco de Bahía de Cochinos. También es cierto que metió las manos en Vietnam, pero rápidamente empezó a tratar de buscar cómo preparar la retirada.

Apoyándose en la legitimidad que le otorgaba un amplio apoyo popular, entró en conflicto con su estado mayor y ordenó investigaciones sobre las actividades políticas de varios generales. En definitiva, acabó siendo asesinado para favorecer a su vicepresidente, Lyndon B. Johnson –cuya ceremonia de toma de juramento había sido preparada justo antes de que Kennedy fuese abatido–, quien aprobó sin demora la escalada de Vietnam y nombró además a Clifford Clark como ministro de Defensa para realizar esa sucia tarea.

La impopularidad de Johnson hacía imposible su reelección, así que este renunció a tratar de obtener la candidatura. Como el partido demócrata estaba en manos de pacifistas que se oponían a los horrores de la guerra de Vietnam, los halcones necesitaban un cambio de partido para mantenerse en el poder y continuar su propia política. Eligieron, con toda lógica, al ex vicepresidente Richard Nixon, un oportunista que ya conocía todos sus secretos.

Cuando los dos candidatos más importantes ya habían recibido la investidura de sus respectivos partidos, Johnson se reunió con ellos para ponerse de acuerdo sobre los detalles de la transición. Se trata solamente de un espectáculo puramente formal, pero que permitió que el demócrata Johnson se pusiera en contacto con el candidato republicano antes de que este fuera electo.

Aprovechando la existencia de la Presidential Transition Act, el republicano Nixon siguió los pasos del demócrata Kennedy creando así 30 grupos de trabajo para definir su futura política en estrecho contacto con el “Estado profundo”.

Nixon aplicó una política de distensión hacia la URSS y negoció los acuerdos de limitación de la carrera armamentista respetando los intereses del complejo militaro-industrial, o sea suprimiendo ciertas armas para favorecer las más sofisticadas. Por iniciativa de su consejero Henry Kissinger, estableció una sorprendente alianza con la China comunista para aislar a Moscú. Sin embargo, renunció a tratar de vencer en Vietnam, cosa que el “aparato de seguridad del Estado” le hizo pagar muy caro al organizar contra él un proceso de destitución como consecuencia del escándalo del Watergate. Durante meses, el número dos del FBI, Mark Felt (alias “Deep Throat”), destiló personalmente informaciones devastadoras al Wáshington Post.

Acorralado, Nixon preparó en secreto su renuncia y sólo le avisó a Gerald Ford con un día de antelación. Ambos hicieron un trato: Ford ocuparía la Oficina Oval a cambio del perdón para Nixon y de la suspensión de toda acción judicial contra este último. Ford aceptó. Previendo aquella posibilidad, Ford ya había conformado un pequeño equipo de trabajo, pero este fue disuelto inmediatamente. Un miembro importante del “aparato de seguridad del Estado”, el embajador de Estados Unidos ante la OTAN, Donald Rumsfeld (adversario de Kissinger), fue llamado urgentemente a Washington para que se encargara de la transición.

Rumsfeld ayudó a conformar el nuevo equipo –una combinación de ex colaboradores de Nixon y de caras nuevas–. El asunto era más complicado de lo que parecía ya que se trataba de penalizar la política que había llevado a la pérdida de Vietnam, representada por Kissinger, salvaguardando a la vez la influencia de la industria armamentista, también representada por el propio Kissinger (que había sido secretario general del American Security Council, la principal organización del complejo militaro-industrial en aquella época). Ford designó a Nelson Rockefeller como nuevo vicepresidente. Este último no sólo era el heredero de la más importante dinastía industrial del país. También había sido el jefe de operaciones secretas del “aparato de seguridad del Estado” durante la presidencia de Eisenhower.

Rápidamente, Ford se dio cuenta de que los ex colaboradores de Nixon arrastraban el peso de la imagen del Watergate y le pidió a Rumsfeld que terminara el trabajo. Rumsfeld se convirtió así en secretario general de la Casa Blanca. Echó a los últimos colaboradores de Nixon, con excepción del propio Kissinger, y puso a George H. Bush a la cabeza de la CIA. Con la ayuda de este último, Rumsfeld creó una comisión de evaluación de la amenaza soviética (“el equipo B”) que inmediatamente gritó que venía “el lobo” y reactivó la carrera armamentista.

La imagen de Ford era desastrosa. La opinión pública lo veía como un pícaro que había exonerado a Nixon para tomar su lugar en la presidencia, mientras que el “aparato de seguridad del Estado” quería borrar la humillante imagen de la caída de Saigón a la que se le asociaba (aunque aquello no era otra cosa que una consecuencia de la paz que quería Nixon). Ford no tenía la legitimidad necesaria para emprender iniciativas importantes. El “Estado profundo” necesitaba, por consiguiente, un nuevo presidente demócrata.

Este sería Jimmy Carter, protegido de David Rockefeller (el hermano del vicepresidente Nelson Rockefeller), capaz de pasar la página de los crímenes anteriores y de mantener a la vez el rumbo ante la URSS.

Carter escogió como consejero de Seguridad Nacional a Zbignew Brzezinski [2], secretario general de la Comisión Trilateral, el “think tank” de los Rockefeller. Brzezinski había teorizado sobre una versión moderna del “containment” que se practicaba hacia la Unión Soviética, fortaleciendo así la doctrina del “aparato de seguridad del Estado”.
Sobre esa base, disminuyó la presión militar en América del Sur (renegociación del control del Canal de Panamá y fin de las dictaduras militares) y la desplazó hacia el Asia Central (guerra de Afganistán contra los soviéticos). Fue en ese contexto que contrató a Osama Ben Laden y desarrolló el apoyo estadounidense a las organizaciones extremistas sunnitas anticomunistas.

Desgraciadamente, la credibilidad de Estados Unidos se resquebrajó con el asunto de los rehenes de la embajada de Teherán. Lo más importante fue que, luego de las revelaciones de las comisiones investigadoras parlamentarias, al bautista Carter se le ocurrió moralizar la CIA aprovechando la limpieza post-Watergate. Al verse así amenazado, el “aparato de seguridad del Estado” organizó una campaña mediática contra Carter, acusándolo de ser portador del “síndrome de Vietnam”. Y luego, empezó a buscarle un sustituto republicano.

En definitiva, el “Estado profundo” organizó la fórmula Reagan-Bush (este último había sido director de la CIA). Por primera vez en la historia de Estados Unidos, el vicepresidente era el hombre fuerte, mientras que el presidente no era más que un actor de Hollywood en un papel de relleno [3].

Reagan y Bush nombraron un triunvirato para que organizara la transición: Ed Meese como encargado de preparar las nominaciones y el programa, el abogado William Casey se ocupaba de las relaciones con el “aparato de seguridad del Estado”, mientras que el brillante James Baker correteaba por todas partes. En realidad, Casey había sido el oficial que se ocupaba de Reagan cuando, en años anteriores, este último había sido en Hollywood el Padrino –destacado en el seno de la farándula– del Comité Internacional de Refugiados (International Refugee Committee), una pantalla anticomunista de la CIA. Y, enseguida que se le presentó la oportunidad, Reagan nombró a Casey director de la agencia de espionaje.

Sobrevino inmediatamente el doloroso episodio del intento de asesinato contra Ronald Reagan, por parte de un amigo de los Bush. El atentado fracasó, pero Reagan entendió el mensaje y dejó todo lo que tenía que ver con la defensa totalmente en manos de su vicepresidente.

Fue durante ese período que se desarrolló el procedimiento de continuidad del gobierno. El gobierno militar de repuesto creado por Eisenhower no había sido, hasta entonces, otra cosa que una directiva. En aquel momento, se decide materializarlo. Se creó entonces un equipo permanente y se construyeron gigantescos búnkeres especialmente equipados para proteger a dicho equipo junto con los dirigentes sobrevivientes: Cheyenne Mountain, Raven Rock (llamado “site R”) y Mount Weather.

Este equipo instaló un sistema de vigilancia sobre el gobierno civil para poder seguir en tiempo real todos los asuntos que tratara este último y estar así preparado para proseguir la acción gubernamental sin que se produjese ni un minuto de interrupción en caso de apocalipsis nuclear. Se organizaron ejercicios de simulación de continuidad gubernamental dos veces al año.

Con toda confianza, el “aparato de seguridad del Estado” apoyó al vicepresidente Bush como sucesor de Reagan. El encargado de servir de enlace entre el “Estado profundo” y el equipo de campaña fue un miembro del Consejo de Seguridad Nacional, el general Colin Powell.

En 1989-91, los “combatientes de la guerra fría” vieron como se derrumbaba la Unión Soviética, hecho que siempre habían deseado, pero que los dejaba desconcertados. El “aparato de seguridad del Estado” había cumplido su misión. Durante 45 años, hombres sinceros habían creído que estaban defendiendo a su país cuando manipulaban las instituciones a costa de la democracia. Como Dwight Eisenhower lo había previsto, algunos de ellos se habían acostumbrado tanto a aquel poder que ya no podían resignarse a perderlo. Aunque había perdido su razón de ser, el “Estado profundo” iba a mantenerse. Pero, ¿a qué precio?

A falta de enemigo, el “aparato de seguridad del Estado” entra en guerra consigo mismo

Le tocó a George H. Bush (Bush padre) la pesada tarea de definir los objetivos de Estados Unidos en el mundo postsoviético. No sin vacilaciones, Bush padre imaginó la construcción de un “nuevo orden mundial” favorable a una dominación económica global que ejercería Estados Unidos. Ordenó reducir el formato de las fuerzas armadas y estudió las posibilidades de reconversión del “aparato de seguridad del Estado” para luchar contra el surgimiento de nuevos competidores. Ante la duda existencial, el “Estado profundo” favoreció la alternancia partidista.

Los periodistas trotkistas que la CIA había reclutado en el pasado para luchar contra la influencia soviética en el seno de la izquierda se habían pasado al partido republicano, bajo la apelación de “neoconservadores”. Se habían convertido en los propagandistas del lobby de la guerra.

Como veletas que giran en el sentido del viento, se pusieron entre contra de Bush padre criticándolo por no haber aprovechado el fin de la URSS para derrocar a Sadam Husein al final de la operación Tormenta del Desierto, y llamando a votar por el único candidato capaz de desencadenar la próxima guerra en Yugoslavia: Bill Clinton.

Perfectamente conciente de la ocasión que se le presentaba, el gobernador Clinto hizo campaña basándose en el surgimiento de nuevas amenazas y en la necesidad de desempeñar el papel de gendarme en Yugoslavia. También propuso modernizar las fuerzas armadas adaptando la administración de estas a las evoluciones sociales, lo cual significaba entre otras cosas más apertura al reclutamiento de mujeres y “gays”.

Bush padre, que era el presidente más popular de Estados Unidos en el siglo XX (¡90% de opiniones favorables!) subestimó la capacidad de los “combatientes de la guerra fría” para sacarlo de la Casa Blanca. Para privarlo del apoyo de una parte de sus electores, estos financiaron la candidatura independiente de Ross Perot, un millonario que había servido de cobertura para una operación de salvamento de las Fuerzas Especiales en Irán. Bush padre perdió las elecciones.

A pesar de que Sadam Husein ya se había sometido a las resoluciones de la ONU, Bill Clinton se opuso al levantamiento del embargo que la ONU había decretado contra Iraq, hambreando así a los iraquíes y provocando 500.000 muertes. Sin embargo, lo que sí hizo Clinton fue frenar el rearme (principalmente al bloquear el proyecto de armamento espacial) y negarse a emprender la operación de Yugoslavia, que le había valido el apoyo del “aparato de seguridad del Estado”. Peor aún, durante un ejercicio de simulacro, Bill Clinton descubrió la composición del gobierno secreto que el “aparato de seguridad del Estado” había conformado para sustituirlo a él.

A la cabeza de aquel gobierno secreto se encontraba el ex secretario de Defensa Donald Rumsfeld y se componía además de algunos de sus propios colaboradores, como el jefe de la CIA, James Woolsey. Para poder estar listos para garantizar el relevo, aquella gente espiaba permanentemente al gobierno civil, interceptando todas sus comunicaciones y todos sus documentos. Considerando que aquel dispositivo de la guerra fría era ya obsoleto, Clinton –que se negaba a ser un presidente desechable más– ordenó la disolución de dicha estructura. Y le costó caro.

El conflicto que comenzó entonces empezó a corroer a Estados Unidos desde adentro ya que algunos dirigentes del “Estado profundo” se dejaron llevar por la embriaguez del poder, mientras que otros trataban de parar aquella tendencia infernal. La desgarradura inevitablemente empuja Estados Unidos hacia la desintegración o la dictadura.

Luego de pasar a la clandestinidad total, parcialmente exilado en Israel, el “Estado profundo” estadounidense urde un complot contra Bill Clinton. Atrapado en 1995 en un asunto de faldas con una becaria israelí de la Casa Blanca, Mónica Lewinsky, Clinton se vio sometido a un procedimiento de impeachment de 1998 a 1999. Pero, contrariamente a Nixon –que no tenía margen de maniobra–, Clinton dio marcha atrás. En momentos en que la Cámara de Representantes acababa de votar su destitución, Clinton restableció el gobierno secreto y el Senado lo salvó. Después, le ordenó a la OTAN que bombardeara Serbia.

De todas maneras, después de toda aquella lucha por el poder, el “aparato de seguridad del Estado” no tenía intención alguna de aceptar al vicepresidente Albert Gore como sucesor de Clinton. El candidato del “aparato de seguridad del Estado”, el republicano John McCain, perdió una primaria decisiva, pasándole así el testigo a una personalidad poco creíble, George W. Bush (Bush Jr.). No quedó más remedio que preparar al nuevo candidato, con la mayor precipitación. Se conformó un nuevo equipo con Dick Cheney, el gran jefe del Partido Republicano, y varios de los hombres claves del “Estado profundo”.

Se le dio a Bush una formación acelerada mediante un grupo de especialistas, los Vulcanos (nombre del dios encargado de forjar las armas en el Olimpo), bajo la dirección del inoxidable Henry Kissinger y de la sovietóloga Condoleezza Rice. Se recolectó un océano de dólares para su campaña electoral. A pesar de todo, Al Gore derrotó a Bush Jr. El “Estado profundo” se vio entonces obligado a hacer trampa para cambiar el resultado del escrutinio, de forma visible y nada gloriosa, y para lograr que la Corte Suprema nombrara presidente a Bush Jr., a falta de haber podido lograr que saliera electo.

La transición Clinton-Bush Jr. se convirtió en una larga crisis. Durante el litigio por los resultados de la elección, los fondos que la Presidential Transition Act destinaba a los grupos de trabajo estuvieron congelados y los inmensos locales que estos grupos debían usar se mantuvieron cerrados. La administración Clinton tuvo que tomar medidas extraordinarias de seguridad para proteger al vicepresidente Gore. En definitiva, este último acabó abandonando el litigio como consecuencia de serias amenazas contra su familia.

El dúo Bush Jr.-Cheney finalmente entró a la Casa Blanca. Al igual que en la época de la llegada del dúo Reagan-Bush padre, el verdadero poder recayó en el vicepresidente. Saliendo nuevamente de las sombras, Donald Rumsfeld fue nombrado secretario de Defensa, mientras que Colin Powell se convertía en secretario de Estado y Condoleezza Rice era nombrada a la cabeza del Consejo de Seguridad Nacional.

Meses más tarde, el “aparato de seguridad del Estado” organizaba los espectaculares atentados de Nueva York y Washington, reactivando así el militarismo estadounidense, ahora contra un adversario imaginario: el terrorismo islamista.

Lejos de consolidar el sistema, las demostraciones de fuerza que tuvieron lugar con el complot Lewinsky de 1995 a 1999, con las elecciones fraudulentas de 2000 y los atentados de 2001 aceleraron su desintegración interna postguerra fría. La inadecuación de las fuerzas armadas estadounidenses a la colonización de Afganistán e Iraq condujo a una catástrofe similar a la de Vietnam. El proyecto del vicepresidente Cheney, en el que Irán sería la siguiente presa, provocó el amotinamiento de una parte del Estado Mayor, inquieto ante la posibilidad de verse obligado a desplegar aún más tropas [4]. Por primera vez, el “aparato de seguridad del Estado” se encuentra dividido, en guerra consigo mismo.

En lo tocante a la sucesión de George W. Bush, las dos facciones tienen cada una su propio candidato. Y no resulta fácil comprender de qué manera pueden esperar los Clinton sacar provecho de dicha división para tomar su revancha y lograr meter a Hillary en la Oficina Oval. Los amotinados apoyan a Barack Obama, con el proyecto de una retirada parcial de Iraq, quedando en buenos términos con Irán, y del ataque contra Pakistán. Mientras tanto, el clan Cheney apoya a McCain, con la esperanza de mantenerse en Iraq y de acrecentar la presión sobre el Medio Oriente.

Ninguno de estos dos candidatos dispone de un plan tendiente a reconciliar las facciones opuestas en el seno del “aparato de seguridad del Estado”. Lo cual indica que el próximo ocupante de la Casa Blanca, sea a quien sea, no podrá evitar la implosión del sistema.

No queda más remedio que reconocer que, aún tratándose de un hecho deplorable, el desarrollo del “aparato de seguridad del Estado” respondía a una lógica. Es posible comprender por qué se aplicó una democracia “entre paréntesis” durante la Segunda Guerra Mundial, e incluso durante la guerra fría. Pero nada en la situación actual justifica que eso se repita.

En definitiva, las contradicciones internas de ese sistema han llegado al paroxismo en momentos en que el “aparato de seguridad del Estado” afirma querer democratizar el mundo por la fuerza.

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* Periodista y escritor, presidente de la Red Voltaire.
Publicado originalmente en: www.voltairenet.org.

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