Feb 5 2010
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Opinión

La derrota de la Concertación chilena, vista desde el socialismo uruguayo

Reinaldo Gargano* 
A días del balotaje en Chile, proliferan los juicios sobre los motivos que determinaron la victoria de Piñera, el candidato de la derecha. Pero esta derrota merece una reflexión científica de quienes elaboraron el "modelo chileno". Y que nos informen por qué ese "modelo" perdió frente a una derecha agresiva que quiere ir "más allá" y que nos digan qué es ese "más allá".

Creo que hasta los más fanáticos "nazis" que sacaron a la calle bustos de Pinochet para festejar la victoria no desean restaurar el terrorismo de Estado del dictador. Pero sí estoy convencido de que harán todo lo posible para detener el enjuiciamiento de los asesinos sometidos a la ley, uno de los logros más importantes de la Concertación.

Pero la derecha chilena ha conseguido con esta victoria mantener y ensanchar la brecha entre ricos y pobres, y retener en sus manos toda la riqueza estatal que la dictadura de Pinochet le robó al pueblo chileno. Y que esa fue la bandera más atractiva de Piñera para unirla. Es como si les hubiera dicho "no hablemos más de Pinochet y los asesinos" y quedémonos con el botín.

Pero Piñera no habría ganado si un alto porcentaje de pobres (y no sólo clase media) no lo hubiera votado. ¿Por qué lo votó? Es el multimillonario de la revista "Forbes", dueño de LAN, de minas, de Colo Colo, etcétera.

Otro dato: un 20% de los jóvenes en edad de votar no se inscribió en el registro, por lo que no votó. ¿Por qué no se registraron? ¿Por indiferencia? ¿Por rechazo a la corrupción? ¿Por estar contra la política del "tanto me das, tanto te doy"? Lo que sí es cierto es que los jóvenes de las clases alta y media alta, esos sí votaron. Se los veía en las fotos sonrientes y exultantes.

Lo cierto es que Piñera ganó y que la Concertación perdió, con la paradoja agregada de que la presidenta Bachelet tenía un 81% de simpatía popular al momento de la elección.

Sería una falta política y un pecado de soberbia adjudicar responsabilidades desde el exterior. Ahora bien, pero por algo se perdió y en primer lugar será la propia centroizquierda chilena la que debe abordar y desentrañar las razones de la derrota.

Pero algo del "modelo" chileno falló, más acá de las fallas o errores personales o de grupo. Los datos deben ser precisos; pero todos sabemos que el tema de la pobreza, el de la educación y el de la vivienda son problemas que el "modelo" no alcanzó a resolver.

No basta con decir que faltó pericia política, que sin duda debe haber faltado. Pero en última instancia, las posturas políticas son la expresión de posiciones ante las cuestiones económicas y sociales.

Toda la izquierda latinoamericana fue convocada por la derecha y sus medios a "aprender" de Chile y de la "apertura" de su economía y de las "libertades" y "ventajas" que Chile otorgaba al capital inversor (nacional y extranjero). Del excelente manejo fiscal y del formidable monto de las reservas acumuladas, de la "sensatez" del gasto público. ¿Y ahora qué?

Piñera dijo que intentará privatizar Codelco, la gran empresa minera estatal, y que tratará de apartar al Estado de la economía (lo que en su lenguaje quiere decir "privatizar"), aunque en Chile, después de Pinochet casi no queda propiedad estatal en la economía real.

La pregunta es si esto que ha ocurrido en Chile, las dificultades que enfrenta Argentina por la oposición obsesiva a su gobierno, más el golpe militar en Honduras, más el escaso dinamismo del proceso de integración regional, ¿no están marcando el principio del fin de nuestro "progresismo", que había comenzado en Brasil, Uruguay, Argentina, Ecuador, Venezuela, Bolivia, y Paraguay, y con sus peculiaridades en Chile?

Sin duda se percibe a las fuerzas de la derecha de América Latina y su aliado natural pasar a la ofensiva en el discurso, reorganizar sus fuerzas e intentar frenar lo que para muchos asomaba como una esperanza: un proceso de integración con desarrollo económico, distribución del ingreso, un rol protagónico del Estado en la economía, en las infraestructuras, en la salud, en la educación.

Y hay que reconocer que han logrado algunos éxitos. Al menos han sembrado la confusión en Argentina, donde la oligarquía defiende con mano de hierro sus privilegios y consigue aliados en sectores "técnicos" que callaron cuando Menem y Cavallo vendieron todo y permitieron el robo y el escándalo. Esto no es excusa para que uno no perciba errores tácticos (¿o estrategias?). Pero que la confusión está instalada, de eso no hay duda.

Más. La esperanza que levantó el triunfo de Obama parece esfumarse mes a mes: ningún cambio positivo hacia América Latina y una vergonzosa actitud frente al golpe de Estado en Honduras son muestras de que el complejo militar-industrial, más ahora el financiero, pelea y condiciona al gobierno y lleva al pueblo pobre que lo votó a "la frustración".

Hace un tiempo escribí unas líneas sobre lo que veía como un peligro para las fuerzas populares en América.

¿Dejaremos que se nos escape de las manos la primera gran oportunidad histórica a la que asistimos desde hace 200 años, desde la Independencia?

Todos tanteamos con optimismo, siempre moderado, que el hecho de que de América Latina desaparecieran las dictaduras expulsadas por sus pueblos; que en elecciones libres diez países de América del Sur ­cuatro de América Central y otros tantos del Caribe o de las Antillas­ abrían una perspectiva nueva, progresista para el continente. Pero era y es necesaria la integración. Mercosur, Unasur, ALBA, apuntaron y apuntan a una América distinta, capaz de sacar a sus pueblos de la pobreza, de recuperar sus recursos naturales, de unirse política y defensivamente para pesar en el mundo real. Superar al Grupo de los 8, ir más allá del G 20. Incluir al BRIC en un nuevo concierto internacional en el cual no manden los mercados sino la voluntad política de los pueblos.

Pero ya han empezado a surgir los inconvenientes y los obstáculos. La derecha ha pasado a la ofensiva en Argentina, Chile y Colombia, obstruye a Lugo en Paraguay, no cesa de atacar a Venezuela y quiere reconquistar el gobierno en Uruguay. Cuando el entorno financiero y económico del capitalismo central se ha caído, aquí quieren volver al pasado y agreden con todo. Y otra vez más, los progresistas de América Latina no nos ayudamos.

¿Serán incapaces Brasil y Argentina de gastar los millones ­que no son tantos­ del Focem para hacer efectiva la interconexión eléctrica entre Brasil, Argentina y Uruguay? ¿Serán incapaces de dotar a Paraguay de los fondos necesarios para eliminar el doble cobro de arancel externo? ¿Volver realidad un código aduanero común? Parece locura, pero la realidad dice que hasta se usan mecanismos paraarancelarios para defenderse de una "gran economía" como la uruguaya.

Cinco o seis decisiones de infraestructura y tres o cuatro económico-financieras no sólo le impedirán a la derecha ganar en Chile sino afirmar a Paraguay, a Bolivia, a Ecuador y, por qué no, a Uruguay.

Agregaría hoy dos reflexiones que tienen que ver con lo estratégico y lo ideológico.

Empiezo por lo ideológico, que además da fundamento a los cambios estratégicos. En tiempos que la derecha ve derrumbarse el modelo neoliberal, la izquierda latinoamericana no consigue dar pasos irreversibles en los cambios. Parece existir la idea de que no hay que asustarla y que hay que mostrar moderación, buena gestión, finanzas equilibradas y no dar grandes golpes de timón.

Es más, hay momentos en que parece que para adoptar decisiones hay que mirar bien de no irritar al León del Norte que hace la lista de los que integran "el eje del mal" y cuidarse mucho de no tener contactos con quienes son considerados terroristas, aunque no lo sean.

Y pienso que en la médula de estas actitudes hay consideraciones, puntos de vista o simplemente ideas que han roto subrepticiamente con el proyecto político, ideológico, integracionista. El no se puede, el ¡cuidado! o el mundo es tan, tan complejo que en 2010 aún no hemos conseguido en América del Sur unir el Atlántico con el Pacífico, y menos el Norte con el Sur. No es que no existan proyectos. Los hay. Es que afectan los intereses de afuera si lo hacemos con los Estados como protagonistas.

Se ha olvidado de que el dueño del medio de producción es dueño de la riqueza que genera. Y aplaudimos más la inversión extranjera que el protagonismo de nuestros Estados, a sabiendas de que habrá desarrollo si hay distribución justa y eliminación de las desigualdades. Sí, el mundo es muy complejo y no hay que parecer demasiado radicales. Aunque ser radical consista en ser socialdemócrata. Hay, pues, claudicaciones ideológicas que llevan a transar estrategias.

Pero yo siento, como moderado que soy, que decir que soy socialista me demoniza ante extraños, y también ante no pocos propios.

Y termino describiendo algo que escribió el director de "Le Monde". Dice que para ser aceptado en sociedad nuestros técnicos han sentado el criterio de que no hay que opinar nada de política y sí tener estudios en Harvard o Cambridge. Ser admitido es apuntar a realizar aquello de ser "the best and the brightest", el mejor formado y brillante, aunque lo sea sólo formalmente.

Hay que ser elegante, bien hablado y vestido, y con varios diplomas, aunque luego estallen como estallaron los neoliberales de Harvard, que siguen tan campantes.

Por ello, un ex presidente nuestro dijo que el presidente que elegimos es de cuidado por su pasado, pero porque anda malentrazado y peor hablado. ¡Qué tal! Alguien me decía hace poco qué rápido contagia el neoliberalismo, y no sólo en las formas.

Hay que saltar la muralla. Atreverse a ser. Quizás ello rejuvenezca no sólo las ideas. Ahora está mal ser viejo. Aunque sepas y tengas ingenio o te atrevas a pensar, si tienes más de sesenta y cinco, afuera y bailando.

*Dirigente socialista, senador y ex canciller uruguayo

 

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