Oct 20 2008
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Economía

La larga marcha de la crisis económica capitalista

Osvaldo Martínez*

Antes de reseñar lo ocurrido hasta aquí es conveniente recordar dos aspectos muy relacionados con la actual crisis financiera mundial.

El primero es el esencial planteo de Carlos Marx acerca del carácter cíclico del sistema capitalista, lo que significa su movimiento periódico a través de fases, de las cuales una es la crisis económica.

Según Marx la crisis económica es tan “normal” en la evolución capitalista como el auge o la recuperación, y ella juega el papel de restaurar los equilibrios perdidos a costa de una destrucción de fuerzas productivas.

La crisis no es una anormalidad, sino una regularidad que en la peculiar naturaleza de ese sistema, equivale a un desagradable, destructor y necesario purgante que después de destruir empresas, causar ruina, provocar desempleo, facilita una nueva etapa de crecimiento económico basado en la reconstrucción de lo destruido.

En su historia el sistema ha sufrido cientos de crisis económicas a partir de 1825 cuando Marx registra la primera de ellas, pero no todas han tenido iguales características.

Unas fueron ligeras desaceleraciones del crecimiento, otras fueron más profundas en cuanto a ruina y desempleo y en otras, a medida que las finanzas fueron desempeñando un papel mayor en la mecánica capitalista, los factores financieros adquirieron mayor importancia.

Si para Marx las crisis eran de superproducción o sobreproducción debido a una acumulación de mercancías producidas que no encontraban comprador porque los ingresos de la mayoría de los compradores (obreros asalariados) se retrasaban respecto a la dinámica productiva empujada por el afán de ganancia.

Ya con el surgimiento del imperialismo y el crecimiento del papel de las finanzas, las crisis capitalistas incorporan un nuevo factor que apenas existía en época de Marx y sólo en pequeño grado en época de Lenin: el peligro de las burbujas financieras capaces de destruir la estructura de las finanzas, lesionar gravemente el crédito y por esa vía llegar a provocar un desplome de la demanda real y desembocar en una crisis de efectos como los anunciados en el análisis pionero de Carlos Marx.

La crisis económica que acompañó a la Primera Guerra Mundial (1914-1918) fue parcialmente el estallido de una burbuja financiera y la crisis de 1929-33 (la más profunda y abarcadora hasta el presente) fue un estallido de ese tipo, que desplomó el crédito.

Esta misma, derrumbó la demanda real y abrió camino a lo que se conoce desde entonces como la Gran Depresión de los años 30, la cual sólo encontró “solución” completa con el estallido de la Segunda Guerra Mundial en 1939, la destrucción de Europa y Japón, y la posterior reconstrucción de posguerra.

Un segundo aspecto a recordar es el significado de una burbuja financiera. Para hacerlo es necesario tener en cuenta la diferencia entre la economía real y la economía especulativa.

La economía real es aquella en la que se crean bienes y servicios que satisfacen necesidades humanas, en la que se invierte trabajo creador de valores de uso y valores de cambio, que aplica tecnologías y las desarrolla, que alimenta el crecimiento económico real.

En tanto, la economía especulativa es la compra venta de títulos de valor en sucesivas compras y ventas de papeles, que van creando cadenas de ganancias especulativas en cada operación y también cadenas de deudas, sin que agreguen valor o valor de uso en términos reales.

Esta tiende a alejarse de la economía real y crear una dinámica propia, a medida que la especulación crece.

No pocos economistas (en especial John Maynard Keynes) han llamado la atención sobre la peligrosidad de las burbujas financieras, las cuales tienden a estallar si la especulación no es controlada dentro de límites.

Ese control debe hacerlo el Estado mediante la regulación del sector financiero y con la política tendiente a favorecer la inversión productiva en economía real por encima de la inversión financiera especulativa, y ésta fue la esencia de la política keynesiana aplicada en Estados Unidos a partir del gobierno de Roosevelt y que se hizo predominante en el mundo aproximadamente hasta 1980.

Con la opción del neoliberalismo como política económica predominante, el sector financiero y la especulación encuentran la fórmula ideal para sus intereses.

La desregulación financiera se impuso y consistió esencialmente en eliminar toda regulación o restricción al libre movimiento del capital (en especial en forma financiera), incluyendo las regulaciones sobre seguridad y transparencia en las operaciones bancarias.

Se inició una etapa en la que las regulaciones de la era keynesiana fueron barridas y se permitió la disminución de las reservas bancarias de garantía, la retirada de ciertos tipos de pasivos de los balances de las entidades financieras ocultando el verdadero estado de ellas.

Igualmente que el funcionamiento de los paraísos fiscales, las abusivas acciones de las agencias calificadoras de riesgo y en consecuencia, la especulación desenfrenada con todo lo susceptible de rendir una ganancia apostando a un precio futuro en la economía de casino que domina el llamado mercado financiero globalizado y cuyo centro es la economía de Estados Unidos.

La especulación con petróleo, alimentos, materias primas, tasa de cambio de monedas y muchas otras cosas se convirtió en la tendencia dominante porque en ella se obtenían ganancias muy elevadas, rápidas y fáciles.

La crítica marxista y no marxista a las burbujas financieras señala dos graves daños que ellos provocan.

Uno de ellos es que tienden a estallar, porque su lógica consiste en que las operaciones especulativas son más rentables cuanto más arriesgadas e inseguras y además crean adicción pues obligan a aumentar la masa de dinero y la cadena de deudas involucradas, hasta que dicha cadena se quiebra en algún punto por deudas no pagadas y la armazón especulativa se desploma con un efecto muy peligroso de arrastre sobre las instituciones financieras y probable contracción del crédito.

El otro efecto dañino de las burbujas especulativas no es tan espectacular como el estallido, pero no es menos perjudicial para el capitalismo, porque consiste en que masas crecientes del capital dejan de invertirse en la economía real donde se crea empleo, tecnologías y valores.

Para desviarse hacia la colocación especulativa en forma líquida, en una actividad parasitaria y así minando el potencial de crecimiento de la inversión de capital.

Ignorando los peligros de la especulación desenfrenada, el neoliberalismo continuó avanzando en la desregulación financiera.

En 1999 fue aprobada por el Congreso de Estados Unidos y firmada por William Clinton el Acta para la Modernización de los Servicios Financieros, que fue la derogación de los controles sobre las finanzas y las operaciones bancarias que quedaban todavía vigentes de la época keynesiana y que fueron establecidos al calor de las experiencias de la gran crisis de 1929.

En el año 2001 ocurrió un episodio de estallido de una burbuja financiera en el sector de la informática en Estados Unidos, que puede considerarse el antecedente inmediato de la crisis actual.

En esa ocasión quebraron grandes empresas como Enron, World Com y otras, explotaron escándalos de contabilidad fraudulenta .

En el caso de Enron, algunos miles de pensionados vieron esfumarse sus pensiones al caer desplomados los fondos de pensiones vinculados en Bolsa a la cotización de las empresas en bancarrota.

Fue un claro alerta de peligro, pero el gobierno Bush no adoptó decisión alguna y la burbuja financiera no se controló, sino que simplemente se trasladó hacia el sector inmobiliario, adquirió un tamaño mucho mayor y finalmente comenzó a estallar en agosto de 2007, dando lugar al inicio de la crisis financiera actual.

Lo ocurrido hasta ahora es el estallido de la burbuja financiera en el sector inmobiliario de Estados Unidos, su impacto de derrumbe sobre el mercado financiero de ese país es una línea ascendente de crisis, hasta obligar al gobierno Bush a renegar en los hechos de su dogma neoliberal, nacionalizar entidades financieras y presentar el más costoso plan de salvamento de las entidades en bancarrota que jamás un gobierno haya presentado. Han caído en quiebra los cinco grandes bancos de inversión (en realidad de inversión especulativa) que fueron el brillante símbolo de la floreciente industria de la especulación desbordada: Lehman Brothers, Merril Lynch, Goldman Sachs, Morgan Stanley y Bearns y Stern.

Algunos de ellos como Lehman Brothers tenían 158 años de existencia y habían logrado sobrevivir a la crisis de los años 30.

De ellos quedan apenas con vida recortada Morgan Stanley y Goldman Sachs, actuando ahora como simples bancos comerciales, y sin hacer operaciones de titularización de valores que fueron su gran centro de operaciones especulativas.

Entraron en quiebra las dos enormes agencias inmobiliarias conocidas como Fannie Mae y Freddy Mac que financiaban la mitad de las viviendas norteamericanas y fue necesario que el gobierno las interviniera y refinanciara con 200 mil millones de dólares para evitar su colapso total.

Entró en quiebra la gran entidad aseguradora de hipotecas American International Group (AIG) y fue necesario que el gobierno la interviniera y refinanciara con 85 mil millones de dólares.

Entró en quiebra el gran banco comercial Washington Mutual, uno de los mayores de Estados Unidos.

En Estados Unidos están en quiebra otra veintena de bancos comerciales y un centenar están bajo examen de supervivencia por la Corporación Federal de Seguros de Depósitos.

En Europa el gobierno inglés se ha visto forzado a nacionalizar dos importantes bancos y en ese país han quebrado cuatro bancos, dos en Dinamarca, dos en el Benelux y cinco en Alemania.

La gravedad de la situación ha hecho que los Bancos Centrales de los principales países desarrollados inyecten dinero en grandes cantidades a la circulación para impedir la parálisis en vista de la tendencia a la contracción del crédito.

La Reserva Federal (Banco Central) de Estados Unidos ha inyectado varios cientos de miles de millones de dólares desde que comenzó la crisis y otros bancos hacen algo similar.

Solamente el día 1 de octubre el Banco Central Europeo inyectó 50 mil millones de dólares, el Banco de Inglaterra 30 mil millones, el Banco Suizo 10 mil millones y el Banco de Japón 5 mil 300 millones.

Por la dimensión de lo ocurrido, es la crisis financiera actual la más severa crisis capitalista desde 1929 y abre una interrogante hacia adelante en cuanto a su duración e intensidad.

Estas pueden ser aun mayores que entonces si se tiene en cuenta que la burbuja es mucho mayor que aquella y es superior el grado de globalización que hoy existe, lo que significa mayor capacidad de difusión de la crisis entre economías mucho más interconectadas por los hilos del mercado financiero globalizado.

En forma muy abreviada, se trata de la típica razón que hace estallar las burbujas financieras: ellas crecen impulsadas por la elevada ganancia en operaciones cada vez más arriesgadas, y por la ausencia de controles, hasta que algún agente no puede pagar y comienza el derrumbe en cascada.

En el sector inmobiliario de Estados Unidos el proceso es muy claro. Allí creció la compra venta de casas y de hipotecas sobre ellas, al calor de las apuestas especulativas sobre el precio futuro de las viviendas y creó una realidad magnífica a corto plazo para los involucrados, aunque temporal y peligrosa.

En esos años el precio de las casas crecía de año en año, de tal modo que era muy fácil pedir una hipoteca, pues el aumento de precio de la casa compensaba rápidamente el costo de la hipoteca.

Fue un mecanismo eficaz para estimular el consumismo de la población norteamericana que en los créditos hipotecarios encontraba el financiamiento para hacer compras crecientes a cuenta de la vivienda, cuyo precio crecía de año en año.

A su vez, las entidades financieras tomaban las hipotecas y las convertían en activos, las titularizaban o convertían en títulos de valor y las vendían y revendían con márgenes de ganancia en operaciones cada vez más lucrativa y riesgosas.

Los vendedores de hipotecas las ofrecían con crecientes facilidades, pues la especulación así lo pedía para aumentar la masa de operaciones y se llegó a los llamados “créditos subprime” o “créditos por debajo de la norma de calidad”, que no son otra cosa que créditos concedidos a prestatarios que en condiciones normales nunca lo hubieran obtenido, pues no podrían demostrar solvencia para respaldarlo.

Bajo el impulso especulativo las entidades financieras hoy en quiebra elaboraron instrumentos debidos a la audacia de la ingeniería financiera que elevaron la ganancia y el riesgo a extremos máximos.

Un ejemplo son los llamados CDO (Collaterized Debt Obligations) que son papeles o títulos de valor que le ofrecen a su comprador el derecho a un rendimiento financiero derivado de un título o paquete cuya composición es opaca, o sea, que no se conocen sus ingredientes internos.

Se trata de títulos que proceden de una titularización anterior y aun de otras anteriores, esto es, títulos basados en títulos anteriores, en los cuales los componentes sucesivos que entran en el compuesto han quedado oscurecidos.

Esto significa que se han difundido por el mercado financiero globalizado una cantidad no precisada de títulos “podridos” o portadores de créditos subprime incobrables, en forma encubierta, bajo las astucias de la ingeniería financiera y la falsa respetabilidad de las entidades que están ahora en quiebra.

Esto hace del mercado financiero globalizado -que se extienda por todo el planeta- una especie de campo minado en el que explotan por doquier estos valores “podridos” que la especulación y el neoliberalismo difundieron y que no se sabe exactamente dónde y en manos de quién se encuentran.

Las primeras expresiones de crisis comenzaron en agosto de 2007 y en casi 14 meses transcurridos desde entonces, ella se ha ido agravando hasta llegar a la desesperada solicitud de salvamento hecha por el gobierno de Estados Unidos al Congreso, después de fracasar las sucesivas inyecciones de liquidez aplicadas durante un año.

La profundidad de una crisis económica generada a partir de la explosión de una burbuja financiera depende de su extensión a la economía real. Si la burbuja sólo provoca pérdidas en entidades financieras, y descensos momentáneos en la Bolsa, la crisis resulta contenida y no trasciende en gran escala a la economía real, el problema no es tan grave.

El resultado es la pérdida financiera que puede ser cuantiosa e incluso alcanzar millones de millones de dólares, pero si no toca con fuerza a la economía real, no pasa de ser una simple crisis financiera, como lo que ocurrió en el sector de la informática en Estados Unidos en el año 2001.

Esto no significa que exista un muro divisorio absoluto entre economía real y financiera, pues en la práctica los grandes conglomerados transnacionales tienen ambas actividades dentro de su estructura y en líneas generales, la afectación en una de ellas repercute en la otra, pero lo que marca la diferencia entre una crisis financiera y una crisis de mayor calibre, es el grado en que ella impacta a la economía real (al empleo, al consumo, la producción industrial, etc.) y la correa de transmisión entre uno y otro ámbito de actividad es el crédito.

La desaparición o el súbito encarecimiento del crédito, que es como el aceite que permite la marcha de la economía moderna, es el factor determinante en la conversión de una crisis financiera en una crisis económica generalizada de gran profundidad.

Hasta el momento se ha registrado ya cierto impacto en la economía real de Estados Unidos, aunque se trata sólo de los primeros síntomas. En el mes de septiembre se perdieron en Estados Unidos 159 mil puestos de trabajo (la cifra mayor mensual en los últimos cinco años) y el desempleo alcanzó el 6,1 por ciento.

Es significativo que de los empleos perdidos menos del 10 por ciento, lo fueron en el sector financiero y la mayor parte lo fueron en actividades de la economía real como la industria automovilística (sus ventas cayeron un 32 por ciento en septiembre), la industria informática y la industria textil.

El 57 por ciento de los norteamericanos que poseen cuentas en bancos, teme por sus depósitos, a pesar del seguro que los cubre, el que fue elevado hasta depósitos de 250 mil dólares por el Plan de Rescate, aprobado por el Congreso y que trata de frenar el movimiento de pánico hacia una retirada de depósitos que ya se iniciaba.

El Plan rescate del gobierno de Bush.

El Plan de Rescate del gobierno de Bush ha sido aprobado para tratar de contener la crisis y evitar su amplificación, por lo que el primer elemento a analizar sería la posibilidad de que el Plan funcione.

A dicho Plan de Rescate se le pueden señalar varias deficiencias.

1) Su cuantía de 850 mil millones de dólares no asegura que sea suficiente para remediar la magnitud de los créditos “chatarra”.

Algunos medios consideran que serían necesarios 5 millones de millones de dólares y la realidad es que por la sofisticación e intensidad de los papeles que empapelaron la economía norteamericana, nadie sabe la verdadera magnitud de los préstamos incobrables.

Es de observar que la reacción de la Bolsa inmediatamente después de la aprobación del rescate fue a la baja y cerró esa semana como la peor registrada en siete años, en lo que parece ser la expresión de la desconfianza en la efectividad del rescate.

Algunas fuentes informan que 2/3 de los créditos hipotecarios otorgados son incobrables.

2) El rescate no aborda las causas que llevaron a la crisis, esto es, la desregulación financiera. En esas condiciones, salvar a las entidades quebradas equivale a refinanciarlas, para que sigan haciendo lo único que saben hacer: especular.

Esto se refuerza por la lógica de la explicación oficial dada por Bush y Paulson el Secretario del Tesoro, según la cual la crisis es de “confianza” y bastaría reflotar las entidades quebradas para que todo funcione bien de nuevo.

3) Echaría más leña al fuego de los desequilibrios básicos de la economía de Estados Unidos.

Con una deuda pública de 9,6 millones de millones de dólares, un déficit presupuestal de 450 mil millones antes del Plan de Rescate y un déficit comercial mayor de 600 mil millones, la puesta en circulación de 850 mil millones más no haría otra cosa que hundir más al dólar.

Esta crisis puede ser mucho más intensa que la de 1929.

Aunque algunos analistas hablan de que China pudiera compensar la caída de Estados Unidos y asumir el papel de locomotora, esto no parece posible, debido a que Estados Unidos representa el 20 por cinto del PIB mundial y en dólares se hace el 70 por ciento del comercio mundial.

Están en esta moneda el 65 por ciento de las reservas monetarias, pero más que eso, es el primer comprador mundial aventajando largamente a cualquier otro país y su mercado financiero (Wall Street) maneja más dinero que todas las Bolsas europeas juntas.

La crisis actual tiene una diferencia con el crac de la Bolsa de 1987 y el estallido de la burbuja informática en 2001, y es que ahora los activos en juego no son sólo instrumentos financieros (papeles), sino viviendas donde viven personas. En aquellos episodios de crisis no hubo colapsos bancarios y ahora el colapso es ya profundo.

Otro ingrediente de la crisis actual con gran potencial de crear malestar social, es la ruina de los fondos de pensiones convertidos por el neoliberalismo en instrumentos especulativos con administración privada.

Noticias recientes informan que los maestros del estado norteamericano de Ohio han visto evaporarse sus pensiones porque el fondo de pensiones fue invertido en entidades quebradas como Fannie Mae, Freddy Mac, AIG y Lehman Brothers.

En Suiza las cajas de pensionados reportan pérdidas por 30 mil millones de francos suizos.

En México los fondos de pensiones perdieron más de 6 mil millones de dólares y en Chile -el padre de la privatización de la Seguridad Social- se han perdido 20 mil millones de dólares.

Esta crisis plantea un desafío teórico y práctico para los marxistas, para los que defienden el socialismo y en general, los que luchan por un mundo mejor.

En ella se presentan elementos que responden al análisis marxista clásico de las crisis capitalistas; otros que entraron apenas en pequeño grado en ese análisis clásico por corresponder al capitalismo posterior a Marx y Lenin, y otros que no aparecen allí por ser fenómenos recientes.

En efecto, en esta crisis tenemos la clásica sobreproducción o superproducción marxista de mercancías que no encuentran demanda solvente (viviendas en estados Unidos y posibles capacidades industriales en China, Japón, Corea del Sur, India diseñadas para exportar hacia Estados Unidos y Europa), tenemos el estallido de una burbuja financiera en complejas condiciones de neoliberalismo y globalización que el marxismo clásico apenas alcanzó a ver en sus estadios muy iniciales, y fenómenos absolutamente nuevos como la subproducción derivada del agotamiento de recursos no renovables como el petróleo, el agua, las tierras fértiles.

Es una crisis que combina la vieja necesidad de sustitución del capitalismo por su tendencia a generar crisis económicas destructoras de fuerzas productivas, con la necesidad de supervivencia de la especie humana, en el planeta sometido a la depredación no sólo económica y social capitalista, sino a la depredación de las condiciones de vida humanas.

Los resultados socio políticos de una gran crisis económica capitalista no están predeterminados. Dependen de las fuerzas políticas actuantes y su maestría para aprovechar la coyuntura favorable derivada de la ruina, el desempleo, la pobreza, el descrédito del discurso capitalista, que una crisis implica.

De una gran crisis económica y una guerra mundial surgió la primera revolución socialista y de una gran crisis económica surgió el fascismo alemán.

Por el momento, el estado subjetivo reinante en Estados Unidos se refleja en la siguiente cita del Premio Nóbel de Economía 2001, el norteamericano Joseph Stiglitz, ex asesor económico de Clinton y ex Vicepresidente del Banco Mundial: “Tendremos que rezar entonces para que un acuerdo (se refiere al Plan de Rescate) armado con la mezcla tóxica de intereses especiales, una economía equivocada e ideologías de derecha que generaron esta crisis, pueda dar como resultado de algún modo un plan de rescate que funcione o cuyo fracaso no provoque demasiado daño”.

*Publicado en Prensa Latina. El autor es Director del Centro Investigaciones de la Economía Mundial (CIEM).

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