Jun 19 2007
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Opinión

LA MÁSCARA DE CHILE

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

En estos días, un personaje tan oscuro como Raúl Iturriaga Neumann hizo posible que quedáramos con la cara descubierta. Este comando del ejército llegó hasta el cargo de general gracias a una carrera militar marcada por el dolor de sus víctimas. Su ascenso fue posible luego de ejercer la jefatura de la Brigada Purén, responsable de la “muerte en Argentina” de chilenos ya asesinados en Chile.

También influyó que ejerciera como jefe del Departamento Exterior de la DINA. Debido a estas responsabilidades, la justicia argentina lo reclama para juzgarlo por el asesinato, en Buenos Aires, del ex comandante en Jefe del Ejército chileno, general Carlos Prats. Además, se encuentra condenado a 18 años de cárcel en Italia por el atentado contra Bernardo Leighton y su cónyuge, en Roma.

Su hoja de vida lo vincula con la tortura, asesinato y desaparición de varios opositores al régimen militar. Y por algunas de estas acciones acaba de ser condenado.

Pero el ex comando lanzó un manotazo y arrancó la careta. Mediante un vídeo anunció que entraba en la clandestinidad porque la justicia lo condenaba arbitrariamente. Los clubes de uniformados en retiro le dieron un respaldo instantáneo. Hablaron de lo maltratados que han sido los soldados, marinos, carabineros y aviadores del país luego del gobierno del general Augusto Pinochet.

Después se escuchó la voz política. El senador Jovino Novoa dijo comprender la actitud de Iturriaga. Por su parte, el comandante en jefe del ejército, general Óscar Izurieta, asumió que situaciones como éstas “complican al ejército”.

Hasta algunos ministros salieron a declarar que, aunque Iturriaga fuera un rebelde que burla la ley de la República, jamás se le suspendería su pensión de emérito servidor de las FF.AA de Chile.

Estábamos con la careta en los talones.

Las justificaciones de Novoa y otros parlamentarios de la derecha, dejaron al descubierto lo que somos. Nadie salió a enrostrarles que la democracia chilena merece respeto. Que no es aceptable que quienes ostentan un cargo dentro de un poder del Estado pongan en duda el accionar de otro poder del Estado. Que si creen que las cosas no están operando adecuadamente, hagan algo por mejorarlas. Para eso tienen el poder que le entregaron sus electores. Muchas críticas se le pueden hacer a la justicia, sin duda. Pero no que en los casos de atropellos a los Derechos Humanos ha actuado de manera apresurada. Pinochet murió libre.

A pocas horas de las declaraciones formuladas por los dirigentes de los los clubes de uniformados en retiro, la presidenta Bachelet los recibió en La Moneda. Se dijo que la visita estaba programada con antelación y que en la ocasión no se trató del caso Iturriaga. ¿La mandataria no podía suspender la entrevista hasta que sus invitados se hubieran retractado de los fuertes epítetos contra el Poder Judicial, que de alguna manera la involucran? ¿Dónde queda la majestad del cargo? ¿O también ésta se ostenta en la medida de lo posible?

Las seguridades oficiales acerca del pago de la pensión, no me hacen sentir orgulloso. Más bien provocan vergüenza ¿No habría sido más sano para la democracia chilena que el ministro de Justicia respondiera con un seco “sin comentarios” cualquier interrogante al respecto? Si todo los chilenos tenemos que seguirle pagando la pensión a un delincuente, porque así lo disponen las leyes, ya está. Pero si un ministro de Estado tiene que dar esa seguridad, es porque teme que la molestia de alguien disturbe nuestro tranquilo transitar democrático.

Las palabras del comandante en Jefe dan para interpretaciones variadas. Eso de que situaciones como la de Iturriaga complican a la institución, es mejor entenderlo de manera benévola uniéndolo a lo que el general Izurieta dijo después. Negó que existieran redes de apoyo. O que alguien en el Ejército respaldara a quienes se ponen fuera de la ley. ¿Y por qué lo complican, entonces?

Cuando se nos cae la máscara es como si se nos cayera el pudor. Intentamos seguir fingiendo, pero se nos nota.

Hasta minutos antes estamos engolosinados con nuestras instituciones, alabando lo bien que funcionan. Y cuando ocurren estas cosas, es como si un vendaval soplara sobre frágiles viviendas de material ligero. Algunas tejas se corren. Varios vidrios se rompen. El frío se cuela y, por la actitud medrosa de los dueños de la casa, uno piensa que estas ráfagas derribarán el hogar.
Delincuentes como Iturriaga no pueden poner en jaque a ninguna democracia. Pero el peligro no está verdaderamente en ellos. Está en nosotros. En la fragilidad de nuestra memoria. En esa incapacidad para recordar lo que ha pasado en el país. En dejarnos embaucar por el olvido y no decirle a los que hoy se visten con piel de demócratas, que no lo son. Y eso incluye a las FF.AA.

Mientras optemos por la máscara, seguiremos construyendo frágiles aldeas. Y creando tormentas de soplidos que emanan de cobardes que sólo saben jugar a la guerra contra enemigos inermes.

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* Periodista.

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