Ago 9 2009
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Política

La opciones de Cuba

Guillermo Almeyra*

La revolución cubana está en el momento más difícil de su historia. En primer lugar, por el contexto internacional, ya que la crisis actual del capitalismo se prolongará al menos durante dos años más, e incluso una leve recuperación significará mayores precios de los alimentos y del petróleo (que Cuba importa), sin que este último suba demasiado (lo cual reducirá las posibilidades de que la ayuda venezolana aumente). Al mismo tiempo, el gravísimo calentamiento global volverá a provocar devastadores huracanes y sequías, con graves daños para todos los países del Caribe.

La evolución de la política estadunidense en América Latina (el Departamento de Estado y el Pentágono detrás del golpe en Honduras, la IV Flota como espada de Damocles sobre la región, las siete bases en Colombia que amenazan directamente a Cuba, Venezuela, Ecuador y Brasil, son algunos ejemplos) revela también que en el forcejeo interno en el establishment de Estados Unidos las intenciones y actitudes de Obama, por supuesto, pesan menos, mucho menos que los intereses del capital financiero y el carácter imperialista del gobierno. Cuba, por lo tanto, no podrá disminuir sus esfuerzos en el campo de la preparación de su defensa, precisamente cuando tiene menos recursos que nunca para responder a las necesidades del consumo y del bienestar de la población.

En segundo lugar, la juventud, sobre todo urbana, sólo conoció la crisis y los periodos especiales y, para peor, en ellos tuvo que ver el contraste brutal entre su vida austera y difícil y la del consumismo desenfrenado de los turistas. No vivió el periodo prerrevolucionario, sabe cuán terrible fue el error de creer que la burocracia soviética sería eterna y que con ella se podía contar, y el costo de haberla tomado como modelo, y no tiene objetivos ni una utopía que le marque el camino, El gobierno cubano se apoya entonces en un consenso negativo, o sea, en la decisión de la inmensa mayoría de los cubanos, estén o no de acuerdo con la política oficial, de que Cuba no será un nuevo Puerto Rico ni una estrella más en la bandera estadunidense. Eso no es poco, pero es insuficiente para despertar las energías y la mística necesarias para encarar un proyecto cuyos frutos se verán sólo a medio y largo plazos y exige, por lo tanto, temple, paciencia, participación creativa, no arreglarse ni vivir al día.

Porque Cuba no puede depender de la exportación de talentos, de médicos y educadores, ni de la importación de combustible, sobre todo cuando el gobierno amigo de Venezuela está en la mira de Washington. Debe asegurar su producción de alimentos de calidad y variados y una distribución eficaz, en plazo corto, por razones incluso de seguridad política interna, como sabe el gobierno cubano. Ahora bien, una producción agrícola eficiente requiere gente con conocimientos –que no se improvisa– e incentivos que compensen la dureza del impacto inicial con tierras deterioradas e invadidas por las malezas espinosas; requiere insumos y maquinarias elementales –pues no bastan la azada y el machete–, semillas, agua.

O sea, inversiones y un sistema de extensión agrícola e, incluso, como experiencia de choque, un acuerdo con China para instalar en algunas regiones de Cuba colonias modelo de campesinos sin tierra chinos y cubanos, para irradiar un ejemplo. Pero no basta con producir: hay que distribuir eficientemente y barato los alimentos que se requieren más urgentemente, algunos de los cuales, como la carne o los lácteos, deben tener un precio suficientemente remunerativo para el productor, pues su producción exige inversiones y tiempo. Lenin salvó a su país con la nueva política económica, o sea, con una política de mercado sobre todo en el campo y en el comercio, y con la producción de ropas, implementos y herramientas para el nuevo mercado campesino.

¿Cuánto cuesta al país un turismo que tenderá a aportar menos divisas en los próximos años e irá hacia países más baratos y con escasas normas legales y morales? En vez de financiar a las grandes cadenas hoteleras y de convertir a la hotelería en un comprador privilegiado de bienes y alimentos, ¿no se podría ahorrar algo en ese rubro para financiar la producción nacional y organizar una distribución más justa y equitativa de los alimentos y servicios?
 

*Doctor en Ciencias Políticas y maestro en Historia, argentino-mexicano
 

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