Jul 20 2011
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Política

La opinión pública de los países árabes detesta a EEUU

Alfredo Jalife-Rahme*

Naturalmente que las varias guerras (Irak, Yemen y Libia) y las flagrantes intromisiones y permanentes manipulaciones de Estados Unidos en los 22 países árabes –sin contar el restante de las 57 naciones del mundo islámico no árabe pertenecientes a la Organización de Cooperación Islámica recientemente rebautizada– han impactado en la pésima reputación del gobierno Obama, según una reciente encuesta de la muy cotizada firma estadounidense Zogby International (muy consultada durante los periodos electorales estadounidenses).

El solvente internacionalista Jim Lobe, acompañado por Naseema Noor, comenta "el presente desplome (sic) de Estados Unidos en todo el mundo árabe" (IPS, 14/7/11), lo cual no es nada sorprendente de no ser por la identidad de los seis países árabes donde fue realizada la Encuesta de Actitudes Árabes y que son (mejor dicho, eran) conocidos por su gran cercanía con Estados Unidos: Marruecos, Arabia Saudita, Egipto, Emiratos Árabes Unidos, Jordania y Líbano.

Con sólo Egipto como muestra hubiera bastado, por representar más de 22 por ciento del total de 360 millones del mundo árabe (a no confundir con los mil 600 millones de musulmanes del planeta, cuya mayoría no es árabe).

Jim Lobe y Naseema Noor señalan que en los pasados dos años “las tasas favorables de Estados Unidos cayeron más de 9 por ciento en cinco de los seis países enunciados, con excepción de Líbano (lo cual tiene su explicación, a mi juicio).

Qué bueno que no preguntaron la opinión del restante de 16 países árabes, que hubiera abultado más la repulsión a Obama (en particular, en Irak, Siria y Argelia, ya no se diga el conjunto de palestinos agraviados).

¿Dónde quedó el célebre discurso de Obama en El Cairo, de reconciliación con el mundo árabe; ya no se diga el otro, en Ankara, de compromiso con el mundo islámico?

Decir que las cifras de creciente impopularidad de Obama en el mundo árabe superan la más baja cotización de Baby Bush en su último año es para poner a temblar y a meditar seriamente a los hacedores de la política exterior de Estados Unidos que, más que afectar a los mundos árabe e islámico –quienes a final de cuentas se ajustan y buscan otras alianzas en el vasto mundo del incipiente nuevo orden multipolar–, se está suicidando a fuego lento, pese a autoubicarse como el líder "indispensable" de la hilarante cuan inexistente "comunidad internacional" que tanto pregona la toxicidad propagandística de los multimedia israelí-anglosajones que padecen el repelente totalitarismo del "síndrome Murdoch".

Jim Lobe y Naseema Noor colocan los dos extremos de la encuesta: Egipto, donde la opinión positiva de Estados Unidos se desplomó dramáticamente de 30 por ciento a "un magro 5 por ciento", y Líbano, donde permaneció sin variación (23 por ciento) y que tampoco es para vanagloriarse.

Está bien que en ambos países Estados Unidos haya invertido desde hace mucho fuertes sumas para mantener a sus universidades americanas –sin duda, el óptimo nivel regional–, pero la forzada comparación de Jim Lobe y Naseema Noor, más que inválida, es insana: Egipto es un gigante poblacional y militar (la décima potencia en el ranking mundial), mientras el diminuto Líbano cuenta con un poco más de 1.1 por ciento del total de la población árabe, donde la guerrilla chiíta Hezbolá es más poderosa que su endeble ejército.

Haga lo que haga Estados Unidos, y mientan lo que deseen mentir sus tóxicos multimedia, su desplome vertical en Egipto se debe primordialmente, a mi muy humilde interpretación, a su identificación con las políticas del sátrapa defenestrado Hosni Mubarak durante 33 años. Esto no se borra de un plumazo, pese a las excelentes relaciones entre la junta militar egipcia y el Pentágono.

En Líbano, un país de estructura sectaria religiosa, puedo apostar sin ver (como en el póquer) que el segmento que se pronuncia positivamente –en forma muy relativa– sobre Estados Unidos debe ser el de los cristianos monógamos (30 por ciento de la población, con un fuerte componente armenio), frente al aplastantemente desfavorable del restante islámico poligámico dividido entre sunitas, de proclividad saudita, y chiítas, de afinidad iraní, y una minoría de drusos monógamos.

Jim Lobe y Naseema Noor alertan que la encuesta encontró que "menos de 10 por ciento de los árabes en todos (sic) los países del muestreo aprueban la política de Obama".

Lo más interesante: "El primer ministro turco Recep Tayyip Erdogan y el rey saudita Abdulá Aziz fueron los mejor aprobados". Este hallazgo no es sorprendente ya que más de 80 por ciento de los árabes pertenece al rito sunita, además que demuestra el poder geoeconómico y militar, ya no se diga el espectacular ascenso de Turquía, al unísono del poderío petrolero y financiero del reino wahabita.

Las preferencias de los árabes, más que seleccionar entre una república democrática a carta cabal (Turquía) y una monarquía absoluta (Arabia Saudita), parecen venerar el poder crudo (en el doble sentido) del sunismo geopolítico y geoeconómico.

La misma encuestadora Zogby refiere que el declive de Estados Unidos se debe "a la desilusión de las altas expectativas generadas por la elección de Obama", quien "no creó el problema (la molestia respecto de la política de Estados Unidos)", sino que "creó las expectativas de que el problema (nota: el contencioso palestino) sería resuelto".

A mi juicio, el verdadero problema de Obama es que padece ya el "síndrome de Estocolmo", al haberse dejado secuestrar por el financierismo sionista jázaro, para acabar ahora identificándose patéticamente con sus raptores desde Wall Street hasta Israel.

La encuesta proclama que los árabes colocaron "la permanente ocupación por Israel de las tierras palestinas" y "la interferencia de Estados Unidos en los países árabes" como "los mayores obstáculos a la paz y a la estabilidad en el Medio Oriente".

Según los encuestados, el manejo por Obama del contencioso palestino con Israel empeoró su percepción, ya que “los dos temas en los que Obama invirtió considerable energía –el asunto palestino y su diálogo con el mundo musulmán– recibieron las tasas más bajas de aprobación: menos de 9 por ciento”.

Conclusión: el preocupante resultado de la encuesta obliga a una revaluación dramática de la política exterior de Estados Unidos –secuestrado por el poderoso cabildeo sionista del eje tríptico Hollywood-Wall Street-Multimedia, que a su vez controla a su pusilánime Congreso– tanto en el mundo árabe como en el mundo islámico.

De allí que no haya que asombrarse de la forma inteligente en la que China ocupa los espacios que abandona absurdamente Estados Unidos (cuando no es sacada a patadas por sus múltiples invasiones militares).

Más allá del reduccionismo focal del mundo árabe, hoy el mundo islámico en su vastedad vive la sutil penetración de China, que se convirtió en el primer socio comercial de Irán, con todo y los delirantes cuan hilarantes boicots (Press Tv, 17/7/11), y en el primer importador de petróleo de Arabia Saudita.

Los hacedores de la política exterior de Estados Unidos se deben preguntar si vale la pena su radical israelocentrismo, equivalente a un suicidio crónico, que le está valiendo su lamentable ostracismo en regiones enteras del planeta.

¿Cuando despertará Estados Unidos de su parálisis mental para adoptar una política más multipolar, es decir, más plural y universal, como la que practican acertadamente hoy los BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica)?

*Analista internacional mexicano, columnista de La Jornada

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