Sep 22 2008
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Sociedad

La radio: reto democrático del siglo XXI

Ricardo Rocha*

La radio trabaja todos los días con fuego y hielo, con sangre y semen, con sudor y perfumes; trabaja con la lengua que es entidad viva y cambiante. La radio testimonia permanentemente la evolución del hombre y de su lengua, propone y cataliza, refleja y acompaña. Pero no determina necesariamente. Por lo menos no sola… por lo menos no más que la realidad misma. Ricardo Rocha lleva adelante una exposición sobre la importancia de la radio, su responsabilidad gigantesca y el porqué la radio, de los medios de comunicación, es la más parecida a la literatura, la más emparentada con la democracia y la más comprometida con la libertad.

Los que nos vemos forzados a improvisar al aire, a construir frases sin la reflexión y el cuidado que la sindéresis demanda y, en ocasiones, sin la riqueza del lenguaje que la palabra escrita nos permite, somos vistos en ocasiones como enemigos embozados de una lengua que se quisiera preservar inmaculada y que contribuimos a corromper con neologismos, barbarismos, localismos y hasta “microfonismos” que vamos soltando según la Santa Logorrea nos da a entender.

Hace unos días un periódico publicó una encuesta entre académicos y escritores españoles, bajo un encabezado que podría haber sido dictado por Herodías: “el español entre enemigos y promotores”. Y resultaron esbozados como enemigos del idioma los locutores o comunicadores de la radio y la televisión, y los periodistas de la prensa escrita. En ese orden. Claro que no hubo acusaciones directas pero tampoco exaltaciones vivaces. Nadie nos puso, por ejemplo, del lado de los promotores.

En nuestra defensa podemos abonar, no solo que utilizamos a la vista o a los oídos del público, un material absolutamente incandescente y mutable, como es la palabra, que hoy está y mañana ya no o a la inversa: que ayer no figuraba y ahora tiene todos los derechos; que nos servimos de ella de una manera silvestre, sin el procesamiento que a veces significa plasmar nuestros pensamientos en el papel o en la pantalla de la computadora; que trabajamos a la intemperie sin la sombrilla o red protectora que el tiempo representa, en esto de ordenar los pensamientos y sin la ventaja de poder ver lo que pensamos al ponerlo por escrito, como aseguraba Foster que a él le ocurría; y finalmente que estamos sirviéndonos de una de las primeras formas de comunicación humanas: el habla directa, el dicho, la oralidad.

En la radio hacemos todo lo que la teatralidad nos aconseja para no perder la atención del radioescucha y recuperar así un título que antes hacía justicia a quienes avivan los programas: los animadores.

El órgano de lo imaginario

Tal vez la penetración innegable de la radio llama la atención porque en este fin de milenio, en el verdadero siglo de la ilustración o de lo visual, el retorno a la palabra hablada parecería imposible ante el dominio de las imágenes.

Pero ya Roland Barthes, el semiólogo francés, el que advirtió que el grano de la voz era la materialidad del cuerpo, había señalado, en los años 60, que la nuestra “es una civilización de la palabra, y esto a pesar de la invasión de las imágenes”. El mismo descrifrador de significados fue quien nos dio la clave anticipada de por qué la palabra hablada adquiriría la fuerza que ha hecho de la radio uno de los medios más competitivos, aun frente a la todopoderosa televisión: “la voz es un órgano de lo imaginario”, por lo que, en consecuencia, para él la frase no era la misma con la voz que con la escritura.

Hoy se entiende que la palabra radiofónica puede eternizarse por la vía de la grabación y que no tiene que renunciar a las aspiraciones literarias, como lo prueban los numerosos literatos que participan, escriben y conducen programas de radio. Y es que se acepta que la voz no necesariamente es una intrusa en la alcoba, sino que puede ser una compañera de la soledad y hasta una interlocutora de dudas y conflictos.

El tú y el nosotros

La voz, como grano de lo imaginativo, siembra en el oyente una serie de posibilidades que germinan con el tiempo y dan como resultado que el radioescucha encuentre una manera de integrarse al “nosotros” que le propone el locutor (quien antes postulaba el tú), con toda la carga social que representa el habla pública. Con la radio, el habla pierde su carácter privado y se inserta en lo social, para ser un gran nosotros que no pasa por alto a nadie.

La radio, asegura la lingüista Josefina Vilar, “es habla pública, en esta caben todos los géneros de la literatura (los poéticos, los periodísticos, los académicos, etc.) así como, en principio, todos los actos del habla (preguntar, convencer, mentir, imprecar, etc.)… la sustancia expresiva en que se produce esos géneros es la que existe en los tres componentes del significante radiofónico: las lenguas habladas, la música y los efectos sonoros”.

Todo lo que somos y hemos sido se encuentra en nuestra forma de hablar. Este invento del hombre que es la palabra, según don Eulalio Ferrer, nos transparenta, nos descubre a los ojos de los demás, que al oírnos hablar pueden averiguar de dónde venimos, cómo somos, qué comemos, cómo actuamos, qué tememos, qué admiramos. Somos lo que hablamos. Así, la radio por esencia es democrática. No en vano don Miguel de Unamuno aseguraba que “el hombre es hombre por la palabra”. Así hablamos, así somos y así es el hombre de la calle y del radio, el que nos aguarda del otro lado del receptor y que espera que seamos su cómplice y su aliado, antes que su crítico o preceptor.

El dilema

Con frecuencia los comunicadores nos enfrentamos a un dilema: ¿usar la palabra en el uso corriente pero equivocado o en su uso correcto, pero desconocido? En estos tiempos en que se nos demanda por tantos medios y por tantos motivos que elijamos, ¿con quién nos quedamos?, ¿a quién somos fieles: al público o a la academia, a la masa o a la élite?; pero, además, ¿hasta qué punto podemos confiar que ese amor a la palabra exacta nos será correspondido? ¿Cuántos pugnamos, durante años, porque no se usara “sofisticado”, como expresión de elegancia o de complejidad, ya que en español solo significaba “falto de naturalidad, afectadamente refinado”, tal como podíamos comprobar con solo acudir al diccionario, que no aceptaba otra acepción, por lo menos en su edición de 1984?

Hasta ahí, todo marchaba bien. De ninguna manera nos podíamos sentir mal queridos por la academia. Contábamos con ella para demostrar que solo en inglés sophisticated tenía esa acepción de “mundano, falto de simplicidad, avezado en las cosas del mundo”, que en español se le quería dar. Y hasta recomendábamos a las mujeres que se mostraran ofendidas si alguien las calificaba de sofisticadas, pues las estarían tildando de falsas y adulteradas.

Pero hete ahí que en su edición de los 500 años, del encuentro de las dos culturas, nos encontramos que una tercera, la del spanglish, entró al Lexicón y le dio carta de naturaleza a “sofisticado”, que en su tercera acepción lo aceptó como “elegante, refinado” y en su cuarta lo definió como “complicado. Dícese de aparatos, técnicas o mecanismos”. ¿Con qué cara nos vamos a acercar a las mujeres para decirles –ahora sí– que tienen un porte sofisticado, porque ya le quitamos la maldición a la palabreja?

La verdad es que, como dicen en mi barrio: Tepito “pa’ vergüenzas no gana uno” si es que uno le va al campeón, en este caso al diccionario, hasta que pierda. Porque pierde de todas todas: las tercas palabras no se dejan inmovilizar, representan a la insurrección permanente y terminan por desbaratar lo que ya teníamos tan hechecito (giro que desde luego tampoco acepta la academia, pero que en nuestro español de México tiene plena validez).

Otro caso, vigente y actual, en el que vemos cómo avanza el neologismo hasta ocupar su lugar, es el de la palabra reclamo, como sinónimo de reclamación, no sé si por influencia del inglés, que tiene su reclaim, o simplemente por analogía o paronomasia que dicen los entendidos.

Así, en los anhelos democráticos y gracias al sentido que posee el habla humana se abre un mundo inmenso para la radio. Y ética y estética se hermanan: fondo y forma , forma y fondo. El habla es lo que realmente hace caminar y volar a la lengua. Porque la lengua es fundamentalmente sonidos; lo mismo en el interior del cerebro que del corazón, y en la lectura dizque silenciosa de las ideas que propugnan el cambio y anticipan los años que vendrán.

De ahí la importancia de la radio, su responsabilidad gigantesca y el porqué la radio, de los medios de comunicación, es la más parecida a la literatura, la más emparentada con la democracia y la más comprometida con la libertad. La radio testimonia permanentemente la evolución del hombre y de su lengua, propone y cataliza, refleja y acompaña; pero no determina necesariamente, por lo menos no sola, no más que la realidad misma.

La radio: imposible de detener

En este sentido, para la radio no hay masas uniformes sino suma de grupos y voluntades, adiciones de minorías que hacen las mayorías. Quienes trabajamos en los medios (la radio particularmente) hemos de usar las palabras y construcciones gramaticales que entienden las mayorías. Buscamos audiencias ("ratings") para soportar los costos de producción y transmisión y buscar (no es pecado) utilidades. Por lo menos en la radio comercial. En este medio, la “necesidad de impacto” es crítica. A diferencia de la prensa, donde la frase puede ser vuelta a leer, y de la televisión, donde la imagen soporta y hasta desplaza al verbo, en la radio “solo” podemos trabajar con las palabras, la música y los sonidos.

Porque además –y aquí está el desafío– hemos de atender (si queremos ser realmente democráticos) a todas aquellas minorías que hacen la suma de las mayorías: los homosexuales, los enfermos de SIDA, los gordos, los desesperados, los suicidas, los neuróticos, los insomnes, los que sueñan todavía, los feos (en Guadalajara tenemos en una emisora “El club de los feos” que es un “trancazo”); en fin, minorías que no lo son tanto.

Por eso, la radio democrática puede, y no necesariamente debe, adquirir otras intenciones, más allá del entretenimiento y la información; baste citar el título del libro de Julian Hale, La radio como arma política, donde dice “la radio es el único medio de comunicación masiva imposible de detener”. La radio es, pues, un arma en la insurrección, un garrote en la represión y una mesa en el diálogo.

Habría que recordar que el primer elemento de fuerza de la radio es su natural independencia como receptor, por su tamaño escindible y su potencia multiplicada al paso del tiempo. La radio es muy difícil de silenciar. La interferencia de una señal de radio no es la mejor alternativa para acallar sus mensajes. Cuesta cinco veces más interferir un programa que emitirlo. Por ello, estoy convencido de que la radio protagonizará el reto democrático del siglo XXI.

Y cuando hablo de democracia hablo sobre todo de una sociedad civil, cada vez más participativa y demandante. Una sociedad que –en el caso de México– ya planteó gritos y demandas en las calles, lo mismo en el 68, que en el 85, y que desde el primer minuto del primer día de 1994 hace oír su voz, reclamando (otra vez, no le hace) justicia, lo mismo en los procesos electorales, que en la aclaración de asesinatos políticos, en los que todos nos morimos un poco.

Ciertamente, las radios clandestinas rebeldes de las décadas recientes, deberían ser sustituidas por espacios plurales en las radios comerciales realmente inteligentes. Solo donde no hay democracia, y donde la radio esté sometida al poder del autoritarismo o de la dictadura abierta o embozada, las radios clandestinas seguirán justificando su existencia, como ha ocurrido en el pasado.

– “Aquí, Radio España Independiente; estación pirenaica, la única emisora española sin censura de Franco… transmitiendo por la onda…”.

– “Aquí La Voz de Argelia…”

– “Aquí… Centroamérica… Radio Venceremos…”

O los últimos instantes de la vida de Radio Alice en Italia, no muy lejos, la primavera de 1977: “…les comunicamos que los policías están intentando entrar… traen chalecos antibalas y sus pistolas en la mano… ya los vemos subir… han gritado que derribarán la puerta… pedimos por favor a los camaradas que conozcan a nuestros abogados que les avisen… si todavía hay tiempo… no… ya entran… ya están adentro… seguimos transmitiendo… ¿el micrófono?… tenemos las manos en alto… ¡el micrófono!”… Los disparos… luego… el silencio…

No hay ningún otro medio con tan arrebatado poder de convocatoria, con el dolor para cada quien, con la alegría para cada quien, con la imaginación para cada quien ¿Qué pensarían los ingleses de Londres, qué imágenes verían en la víspera de los bombardeos, cuando Winston Churchill les dijo a través de la radio: “Compatriotas, solo puedo ofreceros, sangre, sudor y lágrimas”?

En esta América Latina nuestra de todos los días, agobiada por las crisis económicas recurrentes, y por sentidos y adoloridos atrasos, la palabra surge con un significado especial: libertad. Lo mismo en las batallas, que en la paz, la voz de la radio ha sido la voz de la democracia… la de las minorías que hacen mayorías.

A querer o no, la radio no ha rehuido, ni debe rehuir, su enorme responsabilidad en el perfeccionamiento de los procesos democráticos. Por última vez: la radio del siglo XXI será, fundamentalmente, transmisora de ideas expresadas en palabras. De ideas y palabras tan libres que podrán encontrar, o no, eco en sus audiencias, que bien pueden aceptarlas o rechazarlas, porque la libertad de la radio comienza en la libertad de sus audiencias: cambiar de estación

* En Democracia del siglo XXI
http://teodulolopezmelendez.wordpress.com/

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