Ene 12 2010
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Política

La Revolución Bolivariana ¿tiene sus días contados?

Marcelo Colussi.*

En un diario tradicionalmente de derecha como Ámbito Financiero, de Buenos Aires, acaba de aparecer una entrevista al politólogo alemán–mexicano Heinz Dieterich, realizada por la periodista Carolina Barros, donde se vaticina la posible caída de la Revolución Bolivariana en Venezuela. Entre otras cosas, según argumenta el entrevistado, “si el partido de Hugo Chávez (PSUV) [Partido Socialista Unido de Venezuela] pierde las elecciones legislativas de 2010, el proceso bolivariano llega a su fin”.

La alegría del periódico que publica la nota no se oculta, así como no la esconden tampoco los numerosos medios de derecha que rápidamente la reprodujeron en la internet. La idea que, evidentemente, les resultó simpática a todos ellos, y que sin dudas querrán explotar al máximo, es lo que dice la entrevistadora en la introducción a modo de síntesis de las posteriores declaraciones:

 “Varias voces en Venezuela empiezan a advertir sobre las grietas de la revolución chavista. Que, de tan profundas, se están haciendo sistémicas”. La expectativa en juego –nada disfrazada, visceral, de corazón– es que pronto termine esta experiencia “anómala” del chavismo, esta “afrenta” a la democracia para volver a la “normalidad”, de la que es un ejemplar modelo la maniobra de Micheletti/Casa Blanca en Honduras.

Sin dudas la Revolución Bolivariana no está en su mejor momento, y por supuesto que hay numerosos indicios preocupantes. De hecho, recientemente, un alto funcionario como es Roy Chaderton, embajador de Venezuela ante la OEA y personaje para nada ligado a la corrupción de la que tanto se habla en el país, manifestó su honda inquietud con relación a que podrían llegar a perderse las elecciones del 2010 (legislativas), y si eso sucediera, casi con seguridad podrían perderse también las presidenciales del 2012, “si no revisamos, rectificamos y reimpulsamos radicalmente” la marcha del proceso ya ahora, con toda la urgencia y energía del caso, según manifestó. De no darse esa reorientación, dijo Chaderton, “entonces perderíamos la patria y el socialismo: solo nos quedaría la muerte”.

El artículo de Chaderton, ¿Y si perdiéramos las elecciones?, puede leerse aquí)

En realidad no sólo el diplomático ha hecho estos llamados a la rectificación; por el contrario, dentro de Venezuela son numerosas las voces que, con un acompañamiento crítico de la revolución, hace tiempo vienen denunciando los límites del proceso y su necesaria profundización para comenzar a construir una verdadera propuesta socialista, única manera de asegurar la vigencia de una alternativa popular, su fortalecimiento y, por tanto, el camino hacia su real imposibilidad de reversión.

Según declaraba Dieterich en la entrevista con este medio conservador, “para ganar, el presidente tiene que resolver los problemas de seguridad, ineficiencia, crisis económica –caída del PBI del 4,5% en el tercer trimestre, inflación del 35%, un mercado negro y dólar incontrolable– y la pérdida de credibilidad del discurso oficial, entre otros. Resolver estos problemas presupone la refundación del actual modelo de gobierno. Sólo el estrato conductor del PSUV puede imponer tal refundación. (…) Hay que rediseñar un nuevo modelo de gobierno, eficientizar su ejecución y convencer a la población de su viabilidad, y eso requiere tiempo”.

Todo este “descalabro” en el escenario venezolano no es nuevo. La crítica constructiva al proceso bolivariano hace mucho que está abierta por parte de distintos sectores desde dentro mismo de la revolución. Lo que ahora expresa el politólogo alemán, influyente personaje ante Hugo Chávez, autor intelectual de las propuestas de socialismo del siglo XXI –pero socialista sui generis que para algunas posiciones de izquierda abre dudas en cuanto a su posición revolucionaria, es necesario aclarar–, lo que produce esta “simpatía” en el discurso de derecha que se hace eco de esas declaraciones, es absolutamente real: la Revolución Bolivariana, en vez de consolidarse, está más cerca de hacer agua.

Los puntos débiles son muchos, tal como los apunta el referido analista político: es cierto que la economía muestra signos de estancamiento, que la inflación carcome, que la inseguridad preocupa a la población; e igualmente cierto es que la corrupción está instalada y que la nueva clase de burocracia de Estado enriquecida a la sombra de la revolución –la “boliburguesía”– es un cáncer que desacredita al proceso bolivariano en su conjunto.

De todo esto la derecha hace fiesta –la venezolana o la de cualquier país (“Ámbito Financiero” es argentino, muy lejos del Caribe, pero su agenda está muy cerca de cualquier contrarrevolución, en tanto derecha)–. El asunto de la corrupción es una “caballito de batalla” funcional a cualquier propuesta conservadora con la que se puede atacar a cualquier gobierno, siendo ello siempre políticamente correcto.

Ahora bien: todo esto de lo que la derecha puede regodearse, es verídico, no son “desestabilizadoras maniobras de la CIA”, más allá de que también las haya (incluso: guerras por venir en su sangrienta agenda). Por eso esa alegría, al conocer esta crítica de boca de un socialista como Dieterich, socialista discutible quizá, pero sin dudas emparentado al proceso de Venezuela.

Por eso esa alegría, porque el ocaso del proceso bolivariano podría no estar realmente tan lejos. De todos modos, desde posiciones de izquierda revolucionaria, nada de esto sorprende sino que, por el contrario, son esas grietas las que hacen que desde mucho tiempo se venga tratando de incidir para cambiar ese curso que, por supuesto, puede ser tan peligroso para la revolución como los ataques frontales de la derecha –o quizá más–.

Si bien son tremendamente destructivos, los ataques contrarrevolucionarios que sufre cualquier revolución socialista –la historia lo demuestra en innumerables casos– pueden tener el efecto de ayudar a cohesionar el proceso, a obligarlo a cerrar filas y consolidarlo más aún. No siempre es así (en Nicaragua se logró revertirla por ejemplo), pero es bastante común que se cumpla ese escenario.

En Venezuela también se da el caso de una contrarrevolución que actúa ininterrumpidamente, usando las más variadas opciones para tumbar el proceso en curso (sin haber llegado a la opción militar de momento, pero quizá no tan imposible en la coyuntura actual). Y sin ningún lugar a dudas, como también ha pasado en otros procesos revolucionarios, ese continuo ataque dificulta mucho la construcción del nuevo proyecto de sociedad. Pero no hay que perder de vista algo muy importante: las causas del retraso, o la posible reversión incluso, en la edificación de ese nuevo modelo social están en buena medida en cómo se está llevando a cabo el proyecto transformador.

La derecha se alegra porque pareciera que el proceso involuciona. Es casi natural que eso suceda: ¿cómo no habría de alegrarse, si para eso es derecha? Por eso, sin dudas, le da voz a una crítica contra la revolución en un medio como “Ámbito Financiero”, lo que puede abonar el clima antichavista anunciando su posible próxima caída. Aunque difícilmente el mismo medio neoliberal le daría la voz a críticas que apuntaran a una profundización de la revolución. Según Dieterich, la corrección de estos problemas pasa por “la refundación del actual modelo de gobierno”.

Una propuesta más radical vería en todo caso como salvación del proceso la necesidad de la refundación de un nuevo modelo de sociedad, no sólo un nuevo gobierno “rediseñado” y más “eficiente”. La única manera en que el proceso revolucionario puede salvarse, es profundizándose, estableciendo nuevas relaciones de poder, caminando más hacia la izquierda. No tanto “convenciendo” a la población –eso suena más a estrategia mercadológica– sino confiriéndole poder. Una revolución socialista se puede enderezar con más socialismo; si no, si se “salva” y no cae, no se va más allá de eso en definitiva: un salvamento, una sobrevivencia, pero de socialismo, quizá muy poco. O nada.

¿Y qué pasa con la revolución en lo interno de Venezuela? ¿Dónde está el proceso de revisión, rectificación y reimpulso que se había propuesto el gobierno luego de la derrota de la reforma constitucional en diciembre del 2007? En ese proceso de autocrítica que siempre queda pendiente –en un sentido más aún que los ataques de la derecha– estriba la verdadera “grieta” que puede hacer naufragar el proceso. Se ha dicho insistentemente que Chávez está al tanto de lo que pasa con estos cuadros que retrasan los cambios desde dentro pero poco puede hacer al respecto, con lo que la figura del comandante queda libre de crítica. ¿No será hora de profundizar la crítica a todo el proceso en su conjunto? Crítica no para anunciar la próxima caída sino crítica eminentemente constructiva, para hacer crecer el proceso, para potenciarlo.

La Revolución Bolivariana no nació como revolución socialista; comenzó con unas elecciones presidenciales en el marco de la legitimidad capitalista ganadas por amplia mayoría por un candidato popular, pero sin la movilización revolucionaria que signó otros procesos socialistas en el siglo XX. Aquí no hubo toma del palacio de Invierno del Zar, ni Larga Marcha, ni “barbudos” que bajaron de la Sierra con un pueblo en armas que acompañaba como sujeto del cambio. Aquí llegó el caudillo Chávez con un discurso nacionalista, y su carisma hizo que rápidamente pasara a ser personaje fundamental en la vida política del país.

De esa cuenta, y desde un primer momento, la sociedad venezolana quedó dividida en chavistas (60%) y antichavistas (40%), porcentaje que se viene manteniendo desde ya más de una década. Para decirlo sintéticamente: esta es, ante todo, una revolución “chavista”.

Ahí estriba una de las grandes debilidades del proceso: todo se concentra en la figura del líder. ¿Qué pasaría con esta revolución si ahora desapareciera Hugo Chávez? ¿Se mantendría, quedaría muy poco, o quizá no quedaría nada? ¿Por qué esa imperiosa necesidad de mantener la posibilidad de su candidatura presidencial para las próximas elecciones del 2012? ¿No hay allí una debilidad estructural de todo el proceso?

De faltar Chávez, no sería improbable que se repitiera la misma situación del peronismo en Argentina: el “justicialismo” ha dado para todo, para opciones de izquierda y para la más reaccionaria derecha, para presidentes ultraliberales y para propuestas neonazis. La pretensión de un cambio en los marcos de la legalidad del capitalismo y basándose en la figura de una sola persona es un límite peligroso (¿límite absoluto quizá?) para un proceso que se pretende transformador de la realidad social. Es difícil, cuando no imposible, lograr que los cambios en juego puedan asegurarse y profundizarse cuando dependen sólo de la habilidad política de un conductor. En más de una década de desarrollo la Revolución Bolivariana no ha tenido un partido revolucionario que la conduzca. Lo que existió fue, en un primer momento, una maquinaria electoral desideologizada, llena de oportunistas políticos, ecléctica, pero funcional siempre al liderazgo de Hugo Chávez. Y con el actual PSUV, vemos una formación que no llega a ser el partido de masas con visión francamente revolucionaria que la ocasión impone.

Si la permanencia de un proceso genuino de cambios depende sólo de personas concretas con características de algún modo mesiánicas, o depende de juegos políticos en la arena legislativa (que se da absolutamente en el marco del libre mercado sin cuestionar la esencia misma de la estructura capitalista), eso no garantiza la construcción de una verdadera opción de transformación para las grandes masas. Si la política sigue siendo aún el reino de los profesionales de la política –de saco y corbata o de tacón con lujosas joyas–, aunque su práctica se “eficientice”, eso no construye socialismo.

Por supuesto que la Revolución Bolivariana corre serio riesgo. Cada valija irregular cargada de dólares que se descubre en un aeropuerto o cada maniobra no muy santa que termina en un escándalo bancario dan pasto a la crítica de la derecha, por supuesto. Y eso no se soluciona con una lavada de cara a través del alejamiento de un ministro. Todo eso contribuye a la posible caída de la revolución; pero también contribuye una economía mixta donde las grandes empresas se siguen beneficiando de la explotación del trabajo de venezolanos y venezolanas. ¿Cuál de estas cosas es lo que más aleja del socialismo?

La revolución corre peligro, por supuesto. Lo dijo Chaderton y lo han dicho también numerosos dirigentes de base, sindicalistas, líderes comunitarios, revolucionarios de trayectoria. Al respecto son aleccionadoras palabras de Rosa Luxemburgo de 1918 cuando analizaba la Revolución Rusa:

“No se puede mantener el ‘justo medio’ en ninguna revolución. La ley de su naturaleza exige una decisión rápida: o la locomotora avanza a todo vapor hasta la cima de la montaña de la historia, o cae arrastrada por su propio peso nuevamente al punto de partida. Y arrollará en su caída a aquellos que quieren, con sus débiles fuerzas, mantenerla a mitad de camino, arrojándolos al abismo”.

Dicho en otros términos: o se avanza de verdad hacia el socialismo o, si no, las mismas lacras de una sociedad que no deja de ser capitalista y para la que ningún político, por más “eficiente” que sea, podrá arreglar jamás –crisis económica, inseguridad ciudadana, jerarquías sociales, corrupción y nepotismo, privilegios irritantes– terminarán conduciendo la locomotora hacia el abismo. La historia del peronismo en Argentina es por demás de aleccionadora al respecto.

Nota:
http://www.ambito.com/diario/noticia.asp?id=501128

* Periodista.
En www.argpenpress.info.

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