May 18 2007
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Opinión

LA SALIDA NO LLORADA DE TONY BLAIR

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

Tony Blair: llámenlo una baja de la guerra en Irak o una víctima de lo contrario del toque de Midas. El saliente primer ministro británico es un buen ejemplo de que Irak es radiactivo y de que todo lo que la administración de George W. Bush toca se convierte no en oro, sino en excremento.

Blair era tanta promesa, tenía tanto talento y tanta elocuencia… Sin embargo, ahora su legado estará definido por su apoyo a una guerra desastrosa e ilegal inventada por un conciliábulo de fanáticos ideológicos dirigidos por un idiota. Deja el cargo atribulado y perseguido por tasas de aprobación extremadamente bajas y por una sensación de desilusión debido a su ejercicio al timón del Reino Unido.

Independientemente de las adversidades de la vida que pueda encontrar, ellas no son el producto de un atroz destino; Blair se las ha ganado. Se las merece.

Hay muchos culpables a quienes responsabilizar por la tragedia iraquí, pero solo hay dos grandes facilitadores que sabían o debían haber sabido, y que pudieron haber detenido toda esta locura antes de que comenzara: Colin Powell y Tony Blair. Sin la credibilidad que Powell y Blair brindaron a los argumentos de Bush a favor de la guerra, el Congreso quizás nunca hubiera dado a esta administración la luz verde para su aventura en Irak.

Ahora Powell y Blair se han desprestigiado ante la historia, y con razón. Lo que parecen tener en común es que ambos se daban cuenta de que los argumentos a favor de la guerra en Irak eran dudosos, pero ellos pensaron que una victoria rápida y fácil borraría toda duda y ahogaría la ilegalidad del ataque en un mar de celebraciones. ¿Quién puede dudar de la legitimidad ante una liberación? Qué equivocados estaban.

Acerca de Powell al menos se puede decir que fue un buen soldado –en extremo– aunque su coartada no sea totalmente convincente. En su autobiografía, escrita antes de la guerra en Irak, Powell lamenta el silencio de los líderes militares que sabían de la locura de Viet Nam, pero no hicieron nada. En retrospectiva, está claro que Powell sospechaba que había algo mal en la argumentación de la guerra contra Irak. Su insistencia de que el director de la CIA George Tenet se sentara detrás suyo mientras él presentaba evidencia falsa en la ONU fue quizás el más evidente intento por parte de un alto funcionario de EEUU por cuidarse las espaldas.

Sin embargo, Powell tenía antecedentes militares y Bush era el comandante en jefe. Blair no tiene la clase de excusas que uno estaría dispuesto a considerar en el caso de Powell. Él era el líder de una nación soberana, no un soldado o un oficial en la cadena de mando de Bush. Él pudo haber dicho “no”. Él pudo haber dicho: “¡No, carajo!” Sin Blair, la “coalición de los dispuestos” hubiera sido desde el principio lo que ha llegado a ser: una farsa total.

El barniz de legitimidad que el prestigio de Blair dio a la guerra de Bush nunca fue más allá de Estados Unidos. Ahora ha desaparecido, incluso aquí. Blair se hizo llamar amigo de Estados Unidos, pero no era un amigo; lo que hizo fue hacerse cómplice de los peores instintos y de los peores elementos de este país.

Algunos dicen que Blair fue el perro faldero de Bush. Pero esto no es justo para los perros falderos. Los perros son alimentados, mimados y recompensados por portarse bien. Aunque algunos trataron de justificar la posición servil de Blair como una especie de trueque faustiano, Bush no dio nada a Blair a cambio, ni una oportunidad justa para los palestinos, ni un enfoque racional del calentamiento global, ni una cantidad generosa de ayuda exterior para África, nada.

Blair no fue el perro faldero de Bush. Blair fue el esclavo sexual de la prisión de Bush.

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* Periodista. En la revista Progreso Semanal

www.progresosemanal.com.

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