Jul 31 2007
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Economía

LA TRASCENDENCIA DEL CAPITAL

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

Todos los horrores y catástrofes (terror, opresión, represion, exterminacion, genocidio) que experimentamos en el siglo pasado, todo lo que la contradice, pertenecen al flujo empírico. Su existencia no refuta la orientación ideal de la mayor parte de la humanidad. El telos hacia el progreso es la finalidad ideal. La democracia liberal después de la ausencia del marxismo se presenta como la única aspiración política coherente para las difererentes regiones y culturas del mundo. Su alianza con el libre mercado señala la “buena nueva” de que estamos en la plenitud de este evento…Hemos llegado al fin de “la Historia”.

¿Pero… hay, realmente, alguna “buena nueva” que pueda sostener empíricamente este ideal regulativo después del triunfo del Estado liberal democrático? Lo que la instauración del Nuevo (des)Orden Mundial por el capitalismo nos muestra es la paradoja inevitable de su propio triunfo que ha empezado ha alimentar un sobrante mas explosivo que el del capitalismo industrial… ¿Cómo podemos minimizar los conflictos de los tratados del GATT y lo que ellos representan con las complejas y contradictorias estrategias de proteccionismo funcionando en los intercambios comerciales entre países ricos y el resto del mundo, los fenómenos de pauperización y la deuda externa?

El reverso del éxito sin precedente del crecimiento productivo de las últimas décadas es el aumento continuado del desempleo. A largo plazo se calcula que las sociedades desarrolladas solo necesitaran el 20% de la fuerza laboral quedando el 80% restante reducido al estatus de masas superfluas desde un punto de vista puramente económico. Las multinacionales han empezado a tratar al mundo entero, incluyendo a sus propios países de origen, como colonias. La globalización y el surgimiento de la “villa global” han creado la drástica disminución de la clase trabajadora en los países industrializados al ser reemplazada por la explotación millones de trabajadores manuales laborando miserablemente en los talleres sudorosos del tercer mundo.

El sueño de un capitalismo sin fricción se torna hoy en la pasadilla de un sistema ultra clasista que avanza hacia la total mercantilización del planeta.

Integración y desintegración: símbolo, realidad y neurosis

Desde su mismo comienzo la globalización capitalista, el capitalismo como sistema mundial, contiene su opuesto: la división entre aquellos que están incluidos en los beneficios de la globalización y los que están excluidos. La división siempre ha existido, pero hoy es más radical que nunca.

Por un lado, tenemos la “clase simbólica,” constituida no solo por gerentes y banqueros, sino, también, por académicos, periodistas, abogados, analistas, consultantes, programadores, publicistas, investigadores, en breve, todos aquellos cuyo dominio laboral es el universo simbólico virtual y que concentran la mayor parte de los beneficios económicos de la revolución informática. Por otro, los excluidos en todas sus variedades: desempleados, pordioseros, asalariados, explotados económicos, campesinos, indígenas, minorías étnicas.

Y, entre una y otra, la “clase” media, neuróticamente atada a ideologías y modos de producción tradicionales repudiando ambos extremos.

Como todo antagonismo social, éste funciona en base a la integración momentánea entre estos tres grupos con cambiantes alianzas estratégicas. En este análisis tripartito, propuesto por Zizek, la “clase simbólica”, políticamente correcta, promoviendo el multiculturalismo aparece defendiendo al excluido (homosexuales, mujeres, minorías raciales o religiosas) en contra del fundamentalismo de la clase media. Esta división, dice Zizek, se ha venido haciendo más radical que la división tradicional a la cual estábamos acostumbrados. Se podría decir que ha empezado a adquirir tal proporción que cada grupo ha empezado a desarrollar su propia visión del mundo, su propia relacion con la realidad.

La “clase simbólica” es individualista, ecológicamente sensitiva y, al mismo tiempo, “posmoderna”, conciente de que la realidad en si misma es una formación simbólica contingente. La “clase media” se apega a una ética permanente y tradicional y a la creencia en una “vida real”, con la que la “clase simbólica” esta perdiendo contacto. Y los excluidos oscilan entre el nihilismo hedonista y el fundamentalismo radical religioso o ético.

Una clara ventaja del orden capitalista a través del tiempo ha sido su amplia capacidad para adaptarse y redefinirse con el fin de evitar el cuestionamiento radical al incluir parcialmente las demandas de grupos y clases que son potencialmente anticapitalistas. En este análisis tripartito no se ve de donde podría producirse, en el futuro, un conflicto radical.

El optimismo de teoricos como Negri, Hardt o Zizek se basa en la creencia de que el capitalismo, en el momento mismo de su triunfo, está generando nuevas contradicciones que potencialmente serán más explosivas que las del capitalismo industrial. En cierto momento, dicen, la clase simbólica no será capaz de contener la resistencia de la mayoría, lo que sugiere un cierto acuerdo entre la clase media y los excluidos. Sin embargo, la actuación de la clase media, como en Argentina y Chile, por ejemplo, al igual que en Europa y Norteamérica no justifica este optimismo.

Por razones estratégicas puede unirse con uno u otro extremo del espectro político. En el plebiscito del 89, en Chile, vota en contra de Pinochet, que se había transformado en una vergüenza internacional, pero que en el momento del golpe lo había visto como su salvador. Y en Argentina, en Diciembre del 2001, cuando sus ahorros fueron confiscados, se une con los excluidos en contra del poder.

Iluminaciones, oscuridades

Tal vez sea un error considerarla como una fuerza potencialmente opuesta al capital. Su actuación nos muestra que esta más interesada que otros grupos en que las regulaciones y la ley del capital continúen. Su interés no es terminar la legalidad capitalista, sino, su continuación. Por extraño que parezca la única clase que subjetivamente se auto percibe como clase es la clase media, la no clase por excelencia.

Tradicionalmente una gran mayoría de trabajadores y capitalistas rechazaban considerarse a si mismos como clase. No así con la clase media que siente orgullo de si misma. Concibe la sociedad como un todo armónico y se considera custodia de la armonía. No demasiado a la izquierda. No demasiado a la derecha. Exactamente en el medio ¿no seria mas apropiado decir que la clase media es, principalmente, pos política al percibirse a sí misma ubicada en el centro de una batalla entre extremos de la que prefiere sentirse aparte? Habita el espacio social, pero este espacio es sinónimo de centro.

La mayor parte de chilenos y argentinos se consideran “clase media (burocracia estatal, técnicos, especialistas, servidores sociales…), árbitros morales poseedores de una educación que los separa de los excluidos.

El cliché del neoliberalismo triunfante, según el cual la edad de las ideologías ha llegado a su fin y hoy vivimos en una era pos ideológica de negociaciones y decisiones racionales, basadas en un conocimiento neutral de las necesidades económicas, ecológicas, educacionales, en fin, es difícil de sostener. La referencia neutral a las necesidades de la economía de mercado, usadas como argumentos para caracterizar los grandes proyectos ideológicos como utopías irrealistas, se inserta a si misma, sin reconocerlo, dentro de la serie de los grandes proyectos utópicos modernos.

Lo que caracteriza la utopía no es la creencia ingenua en la bondad esencial de la naturaleza humana, sino, más bien, la creencia en algún mecanismo global que, aplicado a la sociedad en su totalidad, restablecerá automáticamente un estado de progreso y felicidad tan largamente esperados. Y es, en este preciso sentido, en que la noción de mercado asume el papel de este mecanismo mágico que, aplicado propiamente, producirá un estado social óptimo. Los promotores de la era pos ideológica y el libre mercado no son menos ideológicos que las generaciones del siglo pasado. Hoy día, la expresión predominante de cierre ideológico se da en la forma de bloqueo mental que nos previene imaginar un cambio social fundamental en nombre de una supuesta actitud realista y madura.

Padecemos de una profunda desorientación política. A pesar de que las historias colectivas cruciales de la modernidad han sido remecidas y debilitadas en las últimas décadas, continuamos pretendiendo que ellas siguen informando nuestras vidas.

Uno de los conceptos fundamentales del Iluminismo ha sido la tesis de que la humanidad esta progresando, aunque en forma desigual y ambivalente, hacia una mayor libertad. Las nociones de igualdad, prosperidad y racionalidad aparecen en una variedad de formulaciones en el siglo XVIII y XIX. Según Hegel el mundo se hace cada vez más racional. Para Kant, mas pacifico. Para Toqueville, más igualitario. Y para Marx, todo lo de arriba.

Hoy día difícilmente se podría encontrar un intelectual que invoque la premisa del progreso. Pero sin la noción de progreso ¿cuál seria el sentido de seguir trabajando por un mundo mejor? Equiparar la ecuación de progreso con optimismo político, al igual que la ecuación de la crítica del progreso con nihilismo o desesperación quizás sea errado. Benjamín y Derrida sugieren que la atadura al progreso resulta en una forma de conservatismo político, una identificación con los victoriosos que lo definen y un fracaso en romper con la historia actual que no contiene todas las posibilidades políticas que puedan existir.

Debido a sus múltiples quebraduras y pérdida de legitimidad la historia se nos aparece hoy menos determinista y, al mismo tiempo, más pesada que nunca. Si el futuro puede aparecer mas incierto, menos predictible y promisorio de lo que el modernismo pensó, estas mismas características o configuraciones pueden sugerir, también, una porosidad y un potencial inexplorado que puede guiar a un futuro diferente del que el modernismo presumió.

Después del debilitamiento del Estado de Bienestar y la liquidación del “socialismo existente (o real)” la izquierda necesita una nueva visión de movilización global. El colapso ideológico de la gran narrativa modernista la confronta con el dilema de como se relacionara, finalmente, con la “imaginación democrática liberal”. Una forma es tratarla como un “significante vacío” y comprometerse en una batalla hegemónica con los proponentes del Capitalismo Global para determinar su contenido; la otra, es rehusar sus términos, arriesgar el gesto opuesto y rechazar completamente el chantaje liberal de que cualquier esperanza o proyecto de cambio radical prepara el camino al totalitarismo.

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* Escritores y docentes. Residen en Canadá.

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