Jun 10 2012
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Opinión

Muere un amigo: el mantel queda tendido y la copa escanciada

Lo cierto es que muri√≥ Camilo; lo sab√≠a ‚ÄĒque la muerte era una posibilidad‚ÄĒ y no le gustaba mucho la idea, le quedaban algunas cosas por escribir, me dijo; pero no hubo caso: o cedi√≥ a esa costumbre que dec√≠a Borges tiene la gente (la de morirse) o sencillamente la peque√Īa inmortalidad real que nace con cada uno no se atrevi√≥. Camilo se fue en Chill√°n.| LAGOS NILSSON.

 

Deben haberse extra√Īado al otro lado, porque no muri√≥ en la alta madrugada despu√©s de larga charla sobre nader√≠as y otros asuntos. Ten√≠a 74 a√Īos y un mont√≥n de proyectos. Tambi√©n sospechaba anidar un c√°ncer ‚ÄĒpero lo mat√≥ el corz√≥n, ese ni√Īo terrible que a veces dice basta, el maleducado que casi nunca avisa.

 

Camilo era periodista y lo define una prosa calmada como ya se ve (o se lee) poco: la vieja escuela que dicen, la que decanta con la reflexi√≥n y respeto al que la descifrar√° en un art√≠culo o en un libro. A su modo y de todos modos era un maestro; tambi√©n para indicar los qu√© usar, c√≥mo mezclar y el modo de batir un buen aperitivo. Recuerdo que preparaba caipirinha en Caracas, en casa de alguien que tampoco est√°, Julio Lanzarotti; fue durante los a√Īos de exilio. Por esos d√≠as supongo que nos hicimos amigos: el tiempo nos hab√≠a equiparado y ya no era uno el torpe adolescente que le llev√≥ un (m√°s torpe todav√≠a) primer libro a la redacci√≥n de Ercilla en 1959.

 

Los tiempos saltan, no siempre obedecen medida exacta; pero tuvimos las primeras largas conversaciones mucho despu√©s en Buenos Aires ‚ÄĒtodav√≠a bajo el sol p√°lido del extra√Īamiento‚ÄĒ en un muy viejo departamento de la calle Chile cuyos techos trepaban m√°s de cuatro metros por las murallas. El ¬ęculpable¬Ľ es esa etapa fue un amigo com√ļn y colega: Ernesto Carmona: ¬Ņpodr√≠amos almorzar con Camilo?, tiene algunos problemas de soledad…

 

Comenzaba por entonces en estos terceros mundos la era de la internet y Camilo se afanaba con un libro ‚ÄĒy un curso‚ÄĒ sobre lo que el universo digital ser√≠a para el oficio; el oficio es el periodismo. Por las noches ‚ÄĒera invierno y hac√≠a fr√≠o‚ÄĒ nos afan√°bamos frente a una Mac Performa premunida de un m√≥dem de 14.400Kbps (¬Ņo era de 7.200?). El resto: sue√Īos, notas, intentos, caf√© Cabrales y vino barato. Camilo estuvo algunas semanas en ese departamento, edificio de 1899. Era grato caminar por San Telmo.

 

Y luego otro reencuentro, el final ‚ÄĒno, el final ser√° el martes 12 por la ma√Īana en el Mausoleo de los periodistas, en el Cementerio General‚ÄĒ, en Santiago de Chile hacia el a√Īo 2003: menos √°giles ambos, menos cabello, m√°s canas y la misma sospecha de mi entonces compa√Īera: ¬°Camilo! (¬ŅNo se quedar√°n hablando hasta las tantas, o s√≠?). Nos qued√°bamos. La gloria era cuando consegu√≠amos un ron de Venezuela y beb√≠amos dos o tres raciones en el escritorio (ya no estaba la Performa, en su lugar ronroneaba un G4; las √ļltimas veces que charlamos al G4 lo reemplazaba un iMac: buscamos alguna foto antigua).

 

Pasan cosas cuando un amigo se va; mis amigos no se reproducen ya, los muertos no son reemplazados ¬°y son tantos! Pero, en fin, Camilo era as√≠: imprevisible. No dudo que al lugar al que lleg√≥ ‚ÄĒsi se llega a alguna parte‚ÄĒ mi gato Lord Byron lo habr√° recibido con sus ojos de inescrutable color azul y Camilo, que no era aficionado a los gatos, lo mirar√° tambi√©n y le rascar√° detr√°s de las orejas. Mi gato era amigo de los intelectuales.

 

Sí, probablemente se encuentren Camilo y Lord Byron; yo los echaré de menos a ambos. Es el precio, qué joder.

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