Ago 16 2005
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Opinión

Las cosas muy claras

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

Todo el que se burla o se ríe de los sufrimientos de otra persona es un nazi o procede igual. Esto lo digo aquí o en cualquier lugar siempre, aunque haya pasado por situaciones injustas y de desprotección, aunque me hayan retirado trabajos publicados por mis manifestaciones o por mi libertad, aunque hayan algunos faltado a su palabra de publicarme algo al comprobar qué digo, que soy persona, aunque haya empezado de nuevo algunas veces porque algunos no desean que otros vivan, así es.

Nunca he utilizado la burla o el humor contra personas, sino por un modo de ridiculización o de crítica sobre lo que se demuestra de responsabilidad en una situación injusta; y no el hacerlo por el hacerlo, y menos contra o a través de la desgracia o del sufrimiento de alguien.

He utilizado y utilizaré descalificaciones al modo de “hijoputa”, “cabrón”, etc., lo mismo que los utilizaron cientos de intelectuales muy admirados por mí, incluido Jesucristo. Pero aclaro: “hijoputa” tiene un sentido de desprecio a los que se aluden dentro de un contexto; nunca intenta despreciar a esas honradas prostitutas que así se ganan la vida, sin engaño, sin avaricia, sin hacer daño a nadie, y sin doble moral -algo no propio en prostitutas de lujo que ya, por serlo, negocian; negocian con la mentira y no todo es válido con negocios o sin ellos, además de que se defienden en la mentira y en el derroche-; y “cabrón” en el sentido igual, sin despreciar a los que en realidad son engañados por sus parejas –¿qué culpa tienen ellos?– mas sólo me refiero a los que les engañan -por ser injustos- sus propios principios; es decir: que lideran una cabronería como cierto presidente americano o bien que es un cabrón de cabrones, o sea, que los dirige.

Y lo justifico porque pienso, con todas las argumentaciones que ya he manifestado o que se me pueden exigir el manifestarlas, que no existe moral ni civismo sin descalificación, ni religión, ni progreso, ni
nada socialmente; ahora bien, la descalificación debe ser ética por
supuesto, y que no debe estar al lado del prejuicio, sino tras unos hechos denigrantes o despreciables. Por lo cual, todo acto despreciable conlleva o se remite a una descalificación o a un reproche despreciativo, siempre descalificador.

Miles de palabras o una gran parte de las que se encuentran en la Biblia o en cualquier tratado de ética tienen con total demostración un carácter de despreciar a los que realizan ciertas acciones, a personas, no a los héroes mágicos de la galaxia.

Otra cosa, otro asunto, es el despreciar una condición irremediable que fundamenta el proceso de felicidad de una persona como es la homosexualidad, una deficiencia física, o el simple hecho de ser mujer: tales condiciones nunca se deben despreciar, ni burlarse de ellas.

Por otra parte, las palabras coherentes nunca pisotean a nadie, esto lo digo bien claro, sino únicamente las acciones. Ahora bien, cuando difaman sí, pero eso hay que demostrarlo o que esas palabras tengan una realidad por delante primero, que ya daña a uno o a todos; y además,
si esas palabras pisotean, ya no son palabras coherentes. Es otro tema.
Así que nunca, nunca, nunca, insultan las palabras coherentes o lo que está argumentado o demostrado, sino molestan, “hieren”, incomodan al sinvergüenza, algo siempre perfecto o correcto o sabio teniendo en cuenta que es imposible civilidad sin restricción ética, civilidad o sociedad sin condena o con una impunidad a lo incívico: algo siempre correcto por cuanto que impide cívicamente que el sinvergüenza encima se premie a sí mismo o sea premiado por una sociedad incauta. Claro, que eso va o posee un procedimiento a raíz de unos hechos, no antes.

También, es incierto lo que un mentiroso dice de que la razón insulta, no lo hace ni en sus sueños ni en su locura -de haberlo dicho-: no lo hace nunca.

Sobre la generalización Hay pueblos que pueden estar y están en plena corrupción generalizadamente, algo que ha ocurrido a través de la
historia, y esos son los que enmascaran o justifican los principios por medio del derroche y de la censura; del derroche que impide toda dilección, toda, y de la censura porque destruye toda verdad (no existe verdad en un país si a uno tan sólo se le censura, ni verdad científica ni tan siquiera por muchas pruebas o seudopruebas que aporten, su mentira es total puesto que justifican el proceso de la mentira).

Por lo tanto la corrupción generalizada -porque siempre
generalizar, si se demuestra, es algo muy correcto y coherente con la realidad, teniendo en cuenta que la generalización se refiere a lo general, a lo mayoritario- no es posible en países donde es imposible el derroche generalizado, sino únicamente en países ricos; considerándose que la riqueza científicamente demostrable sólo es posible a costa de todo el contexto que la posee (por ejemplo, la riqueza en una parte de Marte sólo es posible a costa de toda la riqueza o en sacrificio de toda la riqueza de Marte, un niño lo sabe).

Siempre el que hace sufrir al que ya está sufriendo es un nazi, y no lo digo porque me guste sino porque ese procedimiento le es propio, entre otros, a los nazis; y si una persona protesta por sus sufrimientos y se le desconsidera, se le pisotea más como un perro, eso es siempre,
siempre es un procedimiento nazi. Esto lo digo bien claro.

Otra cosa, una persona que ha hablado siempre coherentemente es imposible, sin un ápice de posibilidad, de que tenga un ápice de enfermedad mental; sin embargo, sí existe esa posibilidad en quien afirma que sí.

Y esto hay que decirlo porque cuando a una persona se le pisan sus derechos humanos, por encima de todo, por encima, muy por encima, al único derecho que tiene derecho -y no porque existan otras personas de derecho o a veces que negocien con él, sino por dignidad de persona- y a lo que debe proceder es al decirlo; y el decirlo es ya lo más puro y lo más humano de lo que pueda existir siempre, aunque le pisoteen cientos de veces más por el hacerlo, es la valentía del decirlo, del no consentirlo.

Y también basta de hipocresía.

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* Escritor y ensayista español.

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