Ene 31 2005
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Economía

Las esclavas sexuales de Europa del Este

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

El día que cambió su vida, cuando tenía 13 años, Majlinda se dirigía a casa de su tía para ayudarla a planchar los vestidos para la boda de su prima en su pueblo del norte de Albania. Le faltaba poco para llegar a la casa cuando tres hombres desconocidos la detuvieron. La sujetaron, la metieron en un coche, le taparon los ojos, la ataron y la amordazaron; después la condujeron a la ciudad de Cjirokastra, al sur de Albania. Hasta que no cruzaron la frontera de Grecia y hubieron llegado a Corinto no le dijeron: “Ahora vas a trabajar”.

“Al principio no sabía de qué me estaban hablando”, recuerda Majlinda, “hasta que me llevaron a un piso en el que había otras mujeres y me dijeron: ‘Ahora trabajas aquí’. Cuando me negué, me dijeron que conocían a mi familia y que si les causaba problemas, los matarían. Yo pensé en mis posibilidades. Me daba miedo quedarme, me daba miedo irme, así que empecé a trabajar. Ellos me forzaron, con violencia”.

Apaleada y violada hasta que se sometió a sus traficantes, Majlinda empezó a “trabajar”, confinada en un piso, desde las ocho de la tarde hasta las cinco de la madrugada, obligada a alcanzar una cuota monetaria que suponía unos 20 clientes por noche. “E incluso cuando ganaba suficiente dinero”, dice, “encontraban alguna razón para pegarme cuando se habían acabado los clientes por esa noche”.

Summa de vida que no fue

Majlinda tiene cicatrices en la frente y alrededor de los ojos. Habla en un refugio, ya de vuelta en Albania, donde se esconde de sus traficantes. Su rostro es inexpresivo, de palo. Estuvo en Grecia durante un año, hasta que fue revendida en Florencia. La obligaron a hacer la calle en los destartalados barrios de la periferia.

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Tras tratar con los clientes, Majlinda entregaba lo que había recaudado, después de lo cual “los tres me violaban cuando había terminado de trabajar. Se colocaban con drogas -marihuana y cocaína- y se me venían encima. Y todas las noches me pegaban; incluso si había ganado los 1.000 euros que ellos insistían que tenía que conseguir, siempre encontraban una excusa”.

Los raptores de Majlinda formaban parte de una organización; para ella estaba claro que “explotaban a otras muchas mujeres igual que a mí, y tenían varias casas, pero no dejaban que nos conociéramos”. Había “clientes buenos y clientes malos”, dice. ¿Buenos clientes? “Quiero decir los que sólo querían sexo; los malos eran los que me pegaban, o me pegaban y me robaban el dinero, así que tenía que trabajar mucho más para volver a ganarlo”.

Los traficantes, dice, “competían entre ellos por el dinero que sacaban de mí y de las otras mujeres. Competían por ver quién se compraba el coche más “molón” o la ropa mejor”.

Después de un año en Florencia, llevaron a Majlinda en coche a Amsterdam. “Estaba rodeada de gente”, dice, “pero completamente sola. No podía hablar con nadie y perdí toda esperanza, pensé que no había salida. Tenía miedo de que si hablaba con alguien, los traficantes le harían algo a mi familia”.

No existe el “happy end”

Por último, un “cliente bueno” de Afganistán “me dijo que no tuviera miedo y me animó a fugarme con él. Lo hice, confié en él y me quedé embarazada de él”. Por un momento parece como si la historia de Majlinda fuera a lograr alguna perversa redención. “Pero estaba equivocada”, dice, retorciéndose las manos mientras habla. “Lo que él quería era que trabajase para él y también me pegaba todo el tiempo. Di a luz a mi hijo, y cuando eso sucedió, me decidí…”.

“Le conté mi historia a una mujer que solía venir a ver a mi marido -que es como Majlinda se refiere al afgano-, y ella a su vez me habló de unas monjas católicas que había en Utrecht que rescataban prostitutas. Y acudí a ellas. Me ayudaron a registrar a mi niño y a conseguir un billete de vuelta para Albania”. Pero Majlinda sigue mirando fijamente a la mesa y sus manos mientras habla.

“Por fin logré contactar con mi familia y les pedí que se quedaran con mi hijo, pero ni siquiera quisieron verme, se avergonzaban de mí. Mi padre dijo: ‘Por lo que a nosotros respecta, estás muerta”.

Tras ser rechazados de esta manera, Majlinda y su hijo se refugiaron en un centro de acogida de la capital de Albania (Tirana), pero se vio obligada a dejar a su hijo en un lugar del que no quiere hablar y a seguir sola, después de que el afgano se presentara allí buscándolos a ella y a su hijo. “Este sitio es mi última oportunidad”, dice del segundo centro de acogida al que fue. “Pero me aterroriza pensar que él venga. Y que pueda tener otra vez ante mis ojos a los albanos”.

La esclavitud de Majlinda duró cuatro años. “¿Hombres?”, se pregunta. “No sé qué decir. Lo único que sé es que no quiero volver a ver a otro hombre en mi vida. Hubo momentos”, dice Majlinda, que tiene ahora 17 años, “en los que pensé que yo no debería estar viva, que tendría que estar muerta. Pero luego pensé: ‘Tienes que ser valiente para sobrevivir, tienes que ser fuerte, o no saldrás de ésta”.

Majlinda es solamente una más de los centenares de miles de mujeres esclavizadas y atrapadas por uno de los delitos más lucrativos y de más rápido crecimiento: la prostitución de niñas y mujeres jóvenes. En función de los beneficios que genera, se cree que este tráfico ocupa el tercer lugar, después del de las drogas y las armas.

“Negocio globalizado”

Los sindicatos del crimen están cambiando de actividad porque las mujeres y las niñas son más fáciles de transportar que un alijo de cocaína o heroína. Además, una mujer puede ser vendida y revendida una y otra vez, a diferencia de las drogas.

La escala del delito es imposible de cuantificar. El departamento de Estado de Estados Unidos dijo el año pasado que creía que el tráfico a través de las fronteras podía estar entre 600.000 y 800.000 personas al año, con unos beneficios calculados en miles de millones de euros. Y de estos cientos de miles, una proporción muy alta son niños, es decir, menores de 18 años.

El tráfico de mujeres y niños es esencialmente distinto del contrabando de personas o inmigración. La ONU lo definió en el año 2000 como reclutar y transportar personas “por medio de la amenaza o el uso de la fuerza u otras formas de coacción”, como el secuestro, el fraude o el engaño, o, por supuesto, “el abuso de poder o de una situación de vulnerabilidad”.

“A todos nos gustaría aportar cifras concretas”, dice Steve Ashby, director del programa Save the Children en Albania. “Pero sencillamente no las tenemos. Lo que sí podemos dar por seguro es que las cifras son lo bastante altas como para justificar una inquietud muy seria. Todo lo que se diga es poco acerca del nivel de opresión y brutalidad que infligen estos traficantes”.

“El traficante”, dice Ashby, “va invariablemente por delante de las autoridades. Siempre encuentra vías alternativas para seguir. El fenómeno está cambiando constantemente y sobrepasa todas las iniciativas que se emprenden para controlarlo”.

Moldavia, Albania, Ucrania y Rumania, donde gran parte de la economía está controlada por los sindicatos del crimen y la corrupción ha reemplazado a los regímenes comunistas como medio de lograr poder político, son la fuente principal de mujeres secuestradas, El tráfico ha pasado a ser parte integral de la economía de estos países.

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El sufrimiento de mujeres y niñas como Majlinda es la piedra angular de más de una torre nueva de hormigón de Tirana o Chisinau. “A lo largo del camino”, dice Ashby, “hay una cadena de personas involucradas en este comercio: los traficantes, los transportistas, los falsificadores de documentos, las casas francas, las lanchas motoras que los llevan de Albania a Italia, etcétera”.

De Europa a Israel

También hay países de los denominados “de destino” en Europa del Este, pero los “mercados” grandes, escondidos y terroríficos, son más grandes y están por toda Europa Occidental y, cada vez más, en Rusia, Turquía, Israel, Oriente Próximo y los Estados del Golfo. Invariablemente, las víctimas son reclutadas en los círculos más sojuzgados y vulnerables de la sociedad de Europa del Este, en pueblos desesperadamente pobres, en escarpadas montañas, en barrios de chabolas.

Albania es una tierra de extrema pobreza, fiero patriotismo, montañas escarpadas en el norte y campos de olivos y viñas en el sur; aislada durante décadas del resto de Europa y abierta ahora a un mundo de ensueño europeo. Es un país de donde se obtienen decenas de miles de niñas para el tráfico y a través del cual se lleva a las mujeres de otras partes de Europa del Este hacia Grecia e Italia, y de allí a toda Europa. Las mismas organizaciones están abriendo nuevos canales después de que se restringiera el paso en la ruta del mar Adriático a Occidente a través de Serbia y los países de la antigua Yugoslavia.

Según un informe de Unicef, “en los últimos 10 años, 100.000 mujeres y niñas albanesas han sido vendidas a Occidente y otros países balcánicos. Albania es también uno de los principales países de tránsito para el tráfico de niñas y mujeres de Europa Central y del Este”. En Albania, el miedo al secuestro por los traficantes es tan grande que la cifra de chicas adolescentes que asisten al instituto en las zonas rurales ha descendido drásticamente.

En las zonas más apartadas, “hasta un 90% de las chicas han dejado de recibir educación secundaria”, según un informe de Save the Children. “Incluso aquí en Tirana tienen miedo”, advierte Svetlana Roko, que dirige un centro de día para niñas con las que se ha traficado y niñas en situación de riesgo en la capital. “El chulo albano”, afirma el informe, “tiene fama de ser extraordinariamente despiadado, y el asesinato no es infrecuente”. En un caso en el que una mujer accedió a testificar ante la policía en Italia, el padre de la mujer se encontró al llegar a casa con los restos mutilados de su otra hija esparcidos por toda la vivienda.

Algunas mujeres simplemente son raptadas, a otras se las engaña con promesas de trabajo. “Depende”, dice Vera Lesko, que dirige un centro para mujeres del tráfico en Vlora, al sur de Albania. “A lo mejor les prometen una carrera de modelo, trabajar en tiendas, servir en bares o becas de estudios. Sin embargo, cuando llegan a mí están completamente destrozadas, física y psicológicamente. Lo que intentamos hacer es devolverlas a su vida, decirles que sus sufrimientos han terminado, que deben centrarse en lo que tienen. Intentamos reintegrarlas, darles formación profesional. Las enviamos a escuelas de Vlora, con otras mujeres que no conocen sus antecedentes”.

Pero a pesar de todo esto, dice Lesko, “la mayoría son vendidas otra vez cuando vuelven. No tienen nada, están aniquiladas. Tuve a una mujer a la que habían vendido y vuelto a vender durante 10 años. No sabía cómo vivir de una forma diferente, algo dentro de ella había cambiado para siempre”.

Los traficantes, dice Lesko, rondan las comisarías de policía, esperando para recoger a sus explotadas tan pronto como las sueltan. Sin embargo, “un número significativo de ellas se reintegran, se rehacen, y es entonces cuando te parece que todo este trabajo merece la pena”, señala Lesko.

El viaje de Katalina

Katalina mece al bebé que ha dado significado a su vida. Vive con una familia -que no sabe nada de su pasado- en un pueblo al norte de Moldavia, pero pronto tendrá un sitio para ella sola.

A principios de este año, Katalina, que había crecido en un orfanato, fue abandonada por su novio después de que le dijera que estaba embarazada. Poco tiempo después, una mujer rusa la invitó a una fiesta de cumpleaños en un bar de su pueblo, cerca de la ciudad de Balti, en Moldavia, y le ofreció un futuro en Moscú, trabajando pintando casas o en una fábrica de pasta. Katalina decidió intentarlo. Pero las cosas empezaron a torcerse extrañamente cuando ella y su gorila ruso llegaron a la frontera de Ucrania.

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“Un policía nos recibió y nos condujo en coche al otro lado, evitando los puestos fronterizos. El ruso pagó al policía y fuimos a que nos hicieran papeles falsos”. Después siguieron en tren hasta Moscú, donde Katalina se encontró con una chica de cerca de Balti que le contó lo que le esperaba. “No puedes irte de aquí”, dijo la chica. “Te romperán las piernas”.

Así empezó la vida de Katalina como prostituta esclavizada, trabajando bajo un puente del ferrocarril, por el que los traficantes pagaban a la policía local. “Me advirtieron que no dijera nunca que estaba embarazada, porque los clientes no me querrían y ellos me pegarían hasta hacerme trizas”, recuerda Katalina. Algunos clientes, dice, “me tenían una serie de días e invitaban a sus amigos. Un hombre me tuvo durante tres o cuatro días en un sótano e invitó a 20 hombres. Cuando me opuse me dijeron que era una perra, que ellos me habían comprado y podían hacer conmigo lo que quisieran.

“Otra vez yo estaba en el piso 11º de un edificio con siete moldavos, todos ellos tomando drogas. Después de hacer conmigo lo que quisieron, insistieron en que yo también fumase algo de droga. Cuando me negué se pusieron violentos y uno de ellos abrió una ventana y me amenazó con tirarme. Pero había un hombre que estaba menos colgado que el resto que dijo: ‘No eres más que una asquerosa puta’, y me sacó de la habitación”.

Así fue pasando el tiempo, hasta que ya no se pudo ocultar más el embarazo de Katalina. Los clientes, ofendidos en su sensibilidad, la pegaban e insultaban exigiendo que les devolviera el dinero. El traficante ruso también la pegaba, diciendo que la iba a encerrar hasta que estuviera de parto y que “luego iba a vender a mi bebé, cuando lo tuviera”.

Katalina decidió escaparse. El piso en que la mantenían encerrada durante el día lo vigilaban oficiales de policía, pero Katalina vio la oportunidad en el descanso que se tomaba para almorzar el policía de guardia. “Hicimos una cosa muy graciosa”, dice. “Después de escapar corriendo del piso cogimos un tranvía a la plaza Roja, pensando que de allí salían los trenes a Chisinau. Imagínate, dos prostitutas moldavas fugadas, perdidas en un sitio lleno de turistas y preguntando a aquella gente tan elegante dónde podían tomar el tren para volver a su pueblecito”. Cuando encontraron la estación, fueron recogidas por la policía del ferrocarril, que las envió a casa.

Antes PC / Después PC

Bajo el comunismo, Moldavia, con su fértil tierra negra, era el huerto de la URSS y su industria estaba engranada en la infraestructura soviética. Ahora, la sociedad moldava ha sido saqueada por una clase política neocomunista y corrupta y una economía en deuda con los beneficios del crimen organizado. El sueldo medio es de 40 euros al mes y la generación que está creciendo ahora sin recuerdos del comunismo o de una prosperidad relativa es presa fácil de los que se dedican a la infame y creciente exportación del principal producto de Moldavia: los seres humanos.

“Hay aproximadamente un millón de moldavos viviendo en el extranjero”, dice Giovanna Barbetis, representante de Unicef, “y de este millón, una gran mayoría ha salido de forma ilegal y está expuesta al tráfico. Lo hacen de formas distintas, ya que los traficantes se vuelven cada vez más sutiles. Puede ser una conexión directa con un familiar, amigo, o amigo de un amigo. Hay anuncios en los periódicos para trabajos falsos de camarera, niñera o cocinera dirigidos a mujeres y se convierten en una oferta atractiva, teniendo en cuenta que el desempleo en ese país es extremadamente elevado y que la violencia doméstica está profundamente arraigada”.

Hay una relación entre el sometimiento de mujeres y niños en la sociedad moldava y su vulnerabilidad al tráfico, explica Daniela Popescu, que dirige el centro Amicol para niñas “en peligro” de Chisinau. Dice que aproximadamente el 80 por ciento de las víctimas del tráfico también han sido víctimas de la violencia doméstica. Se tiene a las mujeres en baja estima, ellas carecen de amor propio y tienden a aceptar las cosas como están, a no denunciar a sus hombres.

“Los traficantes son muy conscientes de este estado de cosas”, continúa Daniela Popescu, “e, irónicamente, hacen promesas como: ‘Estás trabajando en casa y te pegan, ¿por qué no trabajas donde no te peguen y te den tu buen dinero?”.

La ciudad moldava de Biesti es sorprendente e inconfundible. Es una comunidad en la que no hay adultos; un lugar en el que solamente niños y viejos pasean por la calle principal y los senderos embarrados. La mayoría de los niños han sido abandonados por sus padres y, por tanto, son presa fácil para los traficantes. Angelina, de 13 años, se apaña a duras penas con lo que le envían sus padres. Explica que éstos se fueron a Orvieto, en Italia, dejándola a ella al cuidado de su hermano de 10 años.

Pero, a diferencia de la mayoría de los pueblos de este tipo, en Biesti tiene lugar una revolución silenciosa, que demuestra que donde hay iniciativa, los traficantes no consiguen salirse con la suya. En Biesti funciona una red de centros de día fundada por Unicef y dedicada casi completamente a despertar la conciencia sobre el tráfico de mujeres. Una de sus actividades, por ejemplo, es proyectar para todos los niños de Biesti una película llamada Lilja 4-ever, del director Lukas Moodysson, sobre una niña rusa víctima del tráfico y que acaba en Estocolmo. “Todos lloramos al verla”, dice Verónica, de 16 años. “Hablamos de ello y nos preguntamos qué podíamos hacer”.

Verónica y su amiga Aksenia son objetivos potenciales para cualquier traficante, pero ambas chicas hablan con madurez sobre los peligros, la película y su mensaje. “No basta con tener la información para estar en guardia”, dice Aksenia, “es cuestión de saber cómo actuar en caso de que te veas en apuros”.

Hay 63 “escuelas residenciales” para los denominados “huérfanos sociales” de Moldavia. Son lugares como en el que creció Katalina y, en conjunto, albergan alrededor de 13.000 niños “en peligro” de ser víctimas del tráfico. En estos lugares, además, Unicef trabaja contra los riesgos que aguardan a estos niños cuando intenten irse. En el orfanato de Orphei, un grupo de niñas de 14 años ha visto también Lilja 4-ever y ensayan una obra que representarán en la escuela y en la ciudad sobre el regreso de las víctimas del tráfico. “Estamos aprendiendo que debemos acogerlas de nuevo”, dice Svetlana, “incluso si son seropositivas o tienen el sida”.

La historia de Viorica

Viorica, una chica de 17 años del sur de Moldavia, cuenta su historia. Dice que quería ir al conservatorio y “aprender a cantar y a tocar”. Pero la vida tenía otros planes para ella. Un primo lejano la engañó con una promesa de trabajo para que fuera a Turquía. Cuando llegó al centro turístico de la costa de Antalya le mandaron que se vistiera y se preparase.

“Ya va siendo hora de que trabajes’, me dijeron. Les pregunté en qué iba a trabajar y me respondieron que iba a ir a un hotel a estar con hombres. Cuando me negué me dijeron que tenía que hacerlo si quería volver a Moldavia alguna vez. Me amenazaron con una pistola y me hicieron subir a un coche. Llegamos al hotel. Yo era virgen y aquella noche me hicieron estar con 11 hombres”. Al llegar a este punto, Viorica se detiene en seco. Es un momento terrible para ella.

Ana Chirsanov, la psicóloga que trata a Viorica, comenta que la chica ha intentado suicidarse. “Su alma quedó destrozada aquella noche”, explica Chirsanov. “Ella se resistía, pero ellos pensaban que aquello formaba parte de algún juego erótico. Ella gritaba: ‘¡No quiero hacerlo!’, y se reían de ella, divirtiéndose, tras lo cual empezó a pensar que era ella la que estaba mal de la cabeza y que el mundo era así. Que la gente que le hacía eso era normal y que ella estaba loca por sentirse desgraciada”. La mayoría de las chicas, al volver, dice Chirsanov, hablan de su deseo de morir. “Tuvimos un caso de una menor que había saltado al vacío desde la ventana de un sexto piso… Sobrevivió después de seis operaciones quirúrgicas”.

Definir los hechos

Llamar “prostitución” a lo que le sucedió a Viorica, o a cualquier otra niña o mujer con la que trafican las bandas, es enmascarar el problema, dado que la prostitución implica un cierto grado de consentimiento. “Aquí no hay ningún consentimiento en absoluto”, dice Sian Jones, coordinador de Amnistía Internacional en los Balcanes. “Está claro que si tienes relación sexual con una mujer a sabiendas de que está siendo objeto del tráfico, es violación”.

“No hay consentimiento para la relación sexual con una mujer víctima del tráfico”, dice Denise Marshall, que dirige el Proyecto Amapola en el sur de Londres, único refugio en el Reino Unido para mujeres objeto del tráfico. “Si una de estas mujeres se ve obligada a estar con 30 clientes al día, por lo que a mí respecta, son 30 violaciones al día. El efecto sobre su cuerpo y su psique es el mismo que el de la violación. Idéntico nivel de violencia contra esa mujer”.

En Internet, la página www.punternet.com ofrece la posibilidad de saber cómo piensan estos clientes. En ella se invita a los hombres a aportar notas comparativas sobre las prostitutas. A veces todo indica que la mujer a la que visitan está siendo víctima del tráfico y que el cliente lo sabe.

“El peor polvo de mi vida”, se lamenta uno. “La chica era un robot, sentí pena por ella, no podía dejar de pensar: ‘¿Por qué está haciendo esto?’. Ella no me dijo más que un par de palabras en 10 minutos y pegaba botes cuando intentaba tocarla. Se tumbó intentando taparse las tetas. Me pasé 15 minutos intentando agarrarla. ‘¿Por qué lo hace? Creo que lo sospecho”.

El ejemplo sueco

El debate sobre el tráfico de mujeres para prostituirlas está mucho más avanzado en Suecia, donde se ha dedicado dinero para contrarrestar el tráfico en el extranjero y se han aprobado leyes, en 1999, que pretenden combatir el tráfico abordando toda utilización de las prostitutas.

“El problema de la demanda se combate aquí criminalizando la compra de servicios sexuales”, dice Nina Strandberg, directora para Europa del Este del departamento de ayuda del Ministerio de Exteriores. “Básicamente, lo que esto significa es que no es ilegal que una mujer venda sexo, pero es ilegal que un hombre lo compre. Es una postura interesante, que se ha incorporado como algo que nosotros consideramos esencial para la lucha contra el tráfico”.

Según la policía de Estocolmo, la medida ha reducido en más de dos terceras partes el número de prostitutas con las que se comerciaba en la ciudad, con 754 condenas y multas impuestas desde 1999 hasta este verano.

“La ley sueca es polémica, pero hasta que los países de destino de estas niñas y mujeres no tengan en vigor algún tipo de legislación, no podremos empezar a abordar el tema del tráfico”, dice Steve Ashby. “No es suficiente con procesar a los que trafican, otro ocupará su lugar. Pero si se endurecieran las leyes para la demanda, entonces habría muchos clientes que se lo pensarían dos veces antes de correr el riesgo”.

“La medida sueca podría cambiar mucho las cosas si estuviera más extendida”, dice Lesko. “Apunta a quien tiene que apuntar, no a las niñas a las que hacen daño, sino a quienes hacen el daño”.

“El asunto del tráfico”, dice Giovanna Barbetis, “está adquiriendo dimensiones dramáticas. Y, sin embargo, no veo que los Gobiernos de Europa Occidental quieran abordar este tema y encontrarle soluciones. En algunos lugares parece que no hubiera voluntad política alguna. Hay muchos países en Europa que ni siquiera han emprendido una evaluación o un análisis con seriedad”.

Qué se hace en la UE

Los 45 Estados miembros del Consejo de Europa están trabajando actualmente en el borrador de un acuerdo sobre el tráfico que brinde una oportunidad para establecer unas normas mínimas de protección y apoyo para las personas víctimas del tráfico. Sin embargo, la mayoría de los Gobiernos -incluyendo el del Reino Unido- van de puntillas, confundiendo el tema con el del paso ilegal de fronteras y la inmigración, y se muestran recelosos del lastre político de cualquier planteamiento de las llegadas de Europa Oriental.

En el Ministerio del Interior británico hay intereses contrapuestos, entre los servicios de inmigración, cuya prioridad es la de sacar a la gente que no tiene la documentación necesaria, y los del mantenimiento del orden público, que necesitan testigos dispuestos a colaborar e información secreta para poder procesar a los traficantes.

Un triunvirato de organizaciones -Unicef, Amnistía Internacional y Anti-Slavery International- están haciendo campaña para que la convención europea cumpla con tres normas básicas.

La primera, proporcionar apoyo, cobijo y seguridad a las mujeres que aparezcan como víctimas del tráfico.

La segunda, un periodo mínimo para que la mujer pueda decidir si quiere cooperar con la policía en las investigaciones (la protección en el Proyecto Amapola, financiado ahora por el Ministerio del Interior, está condicionada a que se acceda a colaborar con la policía. Italia tiene la legislación más avanzada hasta la fecha, que concede 90 días para la reflexión, y ahora sugiere un periodo de reflexión de seis meses).

Y la tercera, deben ofrecerse permisos de residencia -temporales o permanentes- en el país de destino “siempre que haya una posibilidad razonable de que la persona que ha sido víctima del tráfico corra el riesgo de volver a serlo o de cualquier otro daño grave”. Italia ya tiene dicho sistema, que ha demostrado ser eficaz, no sólo en lo que respecta a la protección de las víctimas, sino también para el enjuiciamiento de los traficantes.

La trayectoria del Reino Unido es diferente. En el otoño de 2003, Londres y Tirana firmaron un acuerdo bilateral para la repatriación a Albania de niñas o mujeres que hubieran sido víctimas del tráfico. “No puedo respetar una política de repatriación”, dice Vera Lesko. “Desde aquel año he devuelto a 16 niñas, 14 de las cuales han vuelto a ser vendidas. ¿De verdad es tan difícil quedarnos con 16 personas?”.

Mike Kaye, de Anti-Slavery International, sostiene que “no hay conflicto entre protección y enjuiciamiento criminal”. Aparte ya del respeto por los derechos humanos de una persona a quien se los han pisoteado, dice, “la protección de las personas víctimas del tráfico tiene tres claras ventajas: desbarata el sistema del tráfico, porque no pueden revenderlas; favorece la información secreta porque hay más probabilidades de que cuenten a la organización de ayuda cómo traficaron con ellas, y a largo o medio plazo, significa que hay más probabilidades de que la víctima del tráfico esté más dispuesta a cooperar con la policía”.

“Lo que verdaderamente me irrita”, dice Denise Marshall, del Proyecto Amapola, “es que los Gobiernos -no sólo el del Reino Unido- responsabilizan a los países de origen de estas mujeres. El hecho es éste: si los británicos no quisieran tener relaciones sexuales con las mujeres víctimas del tráfico, estas mujeres no estarían aquí. Tuve a una mujer que había sido violada 88 veces -no, 18 no, 88- el día de Navidad de 2002. Está completamente aniquilada. Es una mujer creyente que no se atreve a ir a la iglesia. Tiene un hijo, pero cree que no se merece ver al niño. Los hombres que le hicieron eso eran británicos, y yo creo que el Reino Unido tiene la responsabilidad de proporcionarle al menos algo de tiempo y recursos adecuados. No hay remedios instantáneos para una mujer así”.

Eva, del sur de Albania, se enamoró del hombre que la llevó a Nápoles prometiéndole que se casaría con ella. Pero a su llegada, su prometido exigió que Eva trabajara para él como prostituta. “Cuando protesté me dijo que mataría a mi familia y que sus cómplices en mi país le harían lo mismo a mi hermana”. El traficante trabajaba con “un grupo de amigos”, mientras Eva y otras chicas esclavizadas por ellos recorrían las calles de Nápoles reuniendo hasta 20 clientes para poder cubrir la cuota y, si tenían suerte, evitar una paliza. Sin embargo, la mayoría de las noches acababa siendo violada y apaleada por su traficante y sus cómplices.

“Yo podía ver a gente que llevaba una vida normal”, dice con la mirada perdida en algún punto, “yendo de compras, ocupándose de sus asuntos. Tenían a sus familias y a sus hijos con ellos, tenían sus vidas, tenían todas las cosas que yo quería, pero nunca podría tener. Me partía el corazón verlos. En cambio, me acostumbré a ser una esclava, llorando todo el tiempo, pero siempre con miedo de dejarle porque él conocía a mi familia, conocía a mi hermana. Yo estaba sola, no tenía a nadie”.

El traficante de Eva era hermano de uno de los mayores tratantes en drogas y mujeres de Albania, que murió en un accidente de coche. Eva consiguió escapar cuando él volvió a Tirana para el funeral, tras buscar y localizar a uno de sus hermanos, que vivía en Venecia.

Eva, que lleva una cruz colgada del cuello, tiene dos rostros inconfundibles y muy distintos: el que muestra cuando cuenta su historia hasta aquí, y otro, que de pronto se vuelve vivo y eufórico cuando llega a este punto del relato.

En Savona Eva conoció a su cuñada, una cristiana evangelista que la llevó a la iglesia y a ver una película sobre María Magdalena, la prostituta reformada. “Ella me salvó la vida”, dice Eva, “me entró una especie de paz y me hice creyente. Se me fue el miedo. Me di cuenta de que la gente te juzga, pero Dios puede perdonarlo todo”.

Ahora, Eva vive oculta para evitar represalias y es la fuerza vital del centro de acogida en el que vive. “Por el momento tengo lo que quiero. Tengo a mi hermana conmigo, hago la limpieza, planto flores, coso”. Pero también anima a sus compañeras víctimas y a aquellas que aún siguen en el infierno de la esclavitud, del que ella ha escapado. “Les digo: ‘No tengáis miedo de hacer lo que hay que hacer. Id a la policía. Testificad contra aquellos que os explotan, porque merecen ser castigados”.

Todos los nombres de las víctimas que aparecen en este artículo se han cambiado por su seguridad.

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* En: www.periodistadigital.com/secciones/mundo/object.php?o=43568. Tomado del diario británico The Guardian

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