Ago 2 2014
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Sociedad

Las guerras absurdas

S√≠, repetimos una y otra vez: esta semana se cumplieron los cien a√Īos de la iniciaci√≥n de la guerra mundial de 1914. Los pueblos occidentales y cristianos se enfrentaron en una contienda absurda y enviaron a la muerte a millones de sus j√≥venes. Apenas un cuarto de siglo despu√©s, la guerra mundial de 1939, con los mismos contendientes.

Repetimos: los mismos soldados sobrevivientes de la primera guerra, que con 18 a√Īos hab√≠an participado en ella, lucharon, con 39 a√Īos, en la segunda. ¬ŅC√≥mo calificar a esas sociedades, de est√ļpidas o crueles en su magnitud m√°s irracional? Cr√≠menes inauditos. Y siguen las guerras. No hemos aprendido nada. Gaza, Ucrania, etc., etc. Inexplicable.

Estoy leyendo el libro del escritor alemán Egon Erwin Kisch titulado: ¡Regístralo, Kisch! Es la frase que le expresaron sus amigos al despedirlo cuando marchó al frente de guerra en 1914. Sí, que describiera hasta el menor detalle todo lo de esa inmensa insensatez y desatino que es la guerra. Un psicólogo calificaría a la guerra como bobería humana.

Los grandes h√©roes ser√°n los mariscales, los generales, los altos oficiales. Y los soldados pasar√°n a ser ‚Äúlos muertos para siempre‚ÄĚ.

Kisch lo va a registrar todo. Punto por punto. El, que fue enrolado a las tropas que luchaban contra los serbios. Por ejemplo: ‚ÄúA las 5 de la madrugada comenz√≥ una lluvia que podr√≠amos calificar de mortal, justo a la hora en que deb√≠amos ponernos en marcha hacia el frente. Cuando el agua empez√≥ a caer nos cubrimos con las lonas de las carpas que llev√°bamos en la mochila. Pero no se pod√≠a avanzar, tan fuerte era la lluvia, aunque se nos hab√≠a ordenado que ese d√≠a, el 18 de agosto, d√≠a del cumplea√Īos del kaiser, deb√≠amos conquistar la ciudad de Velbo. La tropa no pudo avanzar. Las filas de soldados se hab√≠an convertido en inm√≥viles figuras de piedra. ¬°El ej√©rcito de hierro! Hasta ahora hab√≠amos vivido muchas cosas en el frente serbio. Vimos muertos, heridos, prisioneros, ejecuciones. Sufrimos fatigas, cansancio, hambre, sed, heladas y calor en catorce d√≠as, en los cuales no pudimos cambiarnos la ropa ni quitarnos las botas. Pero aunque suframos algo mil veces m√°s inhumano y atroz nada va a quedar m√°s en nuestro recuerdo que esa lluvia salvaje que cay√≥ sobre nosotros mientras march√°bamos. Nuestra ropa se moj√≥ totalmente y los pies estaban hasta el tobillo en el agua. La mochila nos tiraba hacia abajo y los pies vacilaban. La oscuridad se romp√≠a con tantos rayos y rel√°mpagos y los √°rboles se mov√≠an como cuervos voladores o perros gigantes o furias mitol√≥gicas. Repetidas veces intentamos avanzar, pero en cada paso hacia adelante resbal√°bamos dos pasos atr√°s. Luego de eso nos esperaba el cruel combate. Luego del combate, las tropas llegaron a una antigua f√°brica de ladrillos que hab√≠a sido convertida en hospital de campa√Īa. Una barah√ļnda infernal dominaba el espacio que resultaba muy peque√Īo. Hab√≠a soldados de sanidad junto a heridos, todos de verdad, m√©dicos de cuatro regimientos, asistentes, estudiantes de medicina voluntarios, con un a√Īo de estudios, que un√≠an las venas de la frente, otros que curaban las heridas m√°s graves, el m√©dico jefe vendaba las heridas de balazos. Los m√©dicos ni siquiera llevaban delantal blanco sobre los uniformes, salvo uno o dos que se hab√≠an quitado las chaquetas y trabajaban en camisa. No hab√≠a ni siquiera paja para acostar a los heridos y aquellos que no estaban en camilla sufr√≠an tirados en el desnudo piso. Por los estrechos pasillos de los estantes de ladrillos aparec√≠an los pies de los heridos, muchos de los cuales se miraban las manos destrozadas y todav√≠a no vendadas, y con las piernas atravesadas por las balas de ametralladora. Se hab√≠a requisado una mesa de alguna caba√Īa cercana y all√≠ se realizaban las peligrosas operaciones. Un ropero hab√≠a sido colocado en el medio de la habitaci√≥n y all√≠ un m√©dico operaba a un soldado de infanter√≠a narcotizado, ampunt√°ndole una pierna arriba de la rodilla. Y en una peque√Īa mesa que estaba afuera, otro m√©dico del comando trabajaba en los intestinos de un soldado que hab√≠a recibido un balazo en el vientre‚ÄĚ.

‚ÄúDe pronto, un m√©dico grit√≥: ‚Äė¬°Ahorren vendaje!‚Äô. Cada tanto llegaban heridos de bala tra√≠dos en camillas o a cuestas, o arrastr√°ndose por s√≠ mismos, para pedir auxilio. Detr√°s de la f√°brica de ladrillos unos cien soldados, muertos. Eran aquellos que hab√≠an muerto en el camino o al llegar. Entre tanto, muy cerca, ca√≠an los proyectiles de artiller√≠a del enemigo.‚ÄĚ

En uno de esos combates, el regimiento de Kisch es derrotado, y él lo explica así: “Nuestras fuerzas son derrotadas, se inicia una retirada. Resulta ser desordenada, desenfrenada, precipitada. Treinta oficiales habían muerto o estaban heridos. Centenares de soldados muertos o heridos graves, dos ametralladoras perdidas. El resto ya sin armas, como nosotros.

En el aparador acostado en el suelo, en la f√°brica de ladrillos y sobre la peque√Īa mesa trabajaban los m√©dicos que no hab√≠an dormido en toda la noche, amputando piernas y brazos, trepanaban cr√°neos, compon√≠an fracturas de mand√≠bulas, extra√≠an balas de las sienes y los intestinos‚ÄĚ. ‚ÄúContinuamente llegaban nuevos heridos, pero no en camillas, porque no hab√≠a m√°s. Se los tra√≠a entre dos fusiles o entre ramas, en lonas de toldos. Como una hiena en la batalla abr√≠a yo las mochilas de los pacientes del hospital buscando una camisa. No necesitaba estar limpia, pero s√≠ seca. Por fin encontr√© una de uniforme, amarillenta, y me la puse. Pero era muy corta y el pa√Īo h√ļmedo del pantal√≥n se me pegaba ahora en mi piel. En la f√°brica de ladrillos, donde quer√≠a vendar mi mano herida que perd√≠a sangre, hab√≠a un desorden que daba miedo. Vi tambi√©n al comandante del regimiento que ten√≠a un pie dislocado, el coronel estaba tirado entre soldados de infanter√≠a heridos, pero le hab√≠an dado una frazada.‚ÄĚ

Luego describe la huida desde el hospital. Increíble, hasta le faltan palabras para describir todo eso. La guerra. En síntesis: un libro que describe la miseria humana de la guerra. Los muertos, los heridos, los que matan y los que mueren. Todo sin sentido. Salvo aquello cuando los pueblos luchan por su liberación de poderes omnímodos y explotadores.

Ni las agresiones ni las guerras traen soluciones. Ahora tenemos nuevas guerras o amenazas de guerras. Israel, ese pueblo que ha sufrido tanto, no tendr√≠a que haber buscado la soluci√≥n con los bombardeos a la poblaci√≥n civil de Gaza sino que, ante los cohetes de Gaza, tendr√≠a que haber denunciado el hecho ante Naciones Unidas para llegar a una soluci√≥n. Y si no fuera as√≠, enviar patrullas a Gaza para destruir las plantas de lanzamiento de cohetes, pero no recurrir a los bombardeos a la poblaci√≥n civil que ha costado y puede seguir costando la vida de tantos ni√Īos y madres. Adem√°s de lo que significa la pol√≠tica de destrucci√≥n. La √ļnica f√≥rmula para defender la vida no es la muerte. Es la palabra Paz.

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