Jul 17 2011
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Opinión

Las izquierdas revolucionarias y la democracia

Oscar A. Fernández O.*

En el debate sobre el que hacer de la izquierda hoy, normalmente se interpone el alegato de que la desigualdad, la opresión y la miseria son hoy más grandes que nunca y eso demuestra que nadie ganó. Ocurre que esta posición hace tabla rasa de que la derrota fue más arrasadora precisamente, por que aún generando más hambre mundial y millones de desempleados, el capitalismo nos venció en todos los frentes.Es tan sólo una disculpa entreguista y una tesis que no se puede digerir.

Algunos gobiernos llamados de izquierda en Latinoamérica intentan quedar bien con Dios y con el Diablo al mismo tiempo, manteniendo en lo fundamental la política neoliberal, acompañada de un lenguaje de progreso y algunas providencias llamadas “sociales” para endulzar la perseverante realidad del impacto brutal del fracaso neoliberal en lo cotidiano. Esta opción no está realmente tan mal vista, aunque no falta quienes se lamenten que estos recursos, que se pierden ayudando a los pobres podrían utilizarse más “racionalmente”.

Hoy resulta que, el FMLN quién ganó las elecciones por el Gobierno, para caerle bien a la oligarquía, a los derechistas y su coro de angelitos, debe hacer frente a dinámicas de dura oposición (con la intromisión de poderes extranjeros) y aceptar necesariamente la herencia envenenada que recibe de los gobiernos neoliberales: un Estado debilitado al que le robaron sus principales empresas por medio de las privatizaciones; un sistema fiscal no solo enormemente injusto sino raquítico que impide cualquier inversión importante; un entramado de evasión de impuestos y capitales que desangra las arcas públicas y no admitiría ningún Estado serio; una deuda externa cuyo impacto real en el desarrollo del país es más que dudoso, suscrita por dictadores y neoliberales corruptos pero que paga toda la población, comprometiendo con ello su presente y su futuro.

La izquierda también debe aceptar que los recursos naturales estén controlados por multinacionales rapaces y que la corrupción generalizada (que no inventó ni llega con la izquierda) sea una especie de castigo de los cielos que se debe asumir sin más. Debe aceptar como legado el desprestigio de la política y las instituciones, una ciudadanía no solo empobrecida económicamente sino desinformada, manipulada y desorganizada como fruto de tantos años de represión y engaño. Debe respetar escrupulosamente medios de comunicación, hostiles y monopólicos que convierten el ejercicio de la libertad de opinión en una farsa bufona. (Juan Diego García, Rebelión, 2006)

Y aunque los apologistas del neoliberalismo o los cándidos nostálgicos de Estados de Derecho que jamás han existido, se empeñen en anunciar el advenimiento de una nueva era sin golpes militares y la entrada de sociedades como la nuestra, a las formas “civilizadas” de la posmodernidad política, la dura realidad se encarga de recordar que la vuelta de los militares al poder no debe descartarse en absoluto, pues estos siempre mantienen su lealtad a los Estados Unidos.
La izquierda recibe igualmente la deuda social, un enorme déficit de todo lo más elemental que hace de nuestras sociedades las más desiguales del planeta.

Al mirar objetivamente el mundo con un mayor detenimiento, observando el planeta en los inicios del siglo XXI, no puede menos de sobrecogernos el espectáculo brutal de que las mismas miserias, injusticias, desigualdades y anomalías, que se ocasionaron desde 1848 en adelante la explosión de la conciencia obrera contra el capitalismo, esas mismas miserias y desigualdades estructurales se nos aparecen reproducidas, profundizadas y aumentadas a escala mundial con el peso agravante de un hecho insoslayable: parecemos no disponer aún de un modelo de sociedad que oponer a este capitalismo globalizado con aspecto triunfante, a pesar de su crisis causal, que hoy pretende sustentarse y justificarse en un pensamiento único, y que se presenta a sí mismo como el “modelo a seguir”.

Es un artilugio de dominación llamado democracia de mercado, que desde su misma explicación seudocientífica, expone la paradoja que lo desarma: la democracia de desiguales, una democracia en dónde el poder se concentra en manos de poderosos capitales transnacionales, se rescinde el contrato social y se pierde la noción del Estado nacional, hoy profundamente debilitado.

Marx cuando joven escribió: “Los filósofos han interpretado ya lo suficiente al mundo, ahora se trata de cambiarlo” El único problema es que Marx no nos dijo con que instrumentos había que cambiarlo, esos los tenemos que crear nosotros acorde a  cada realidad en concreto. Y siendo honestos debemos ser críticos con nuestra historia y reconocer los errores que permitieron la entronización del capitalismo global, casi sin resistencia.

Una democracia sustancial solo puede construirse erradicando la dominación capitalista, eliminando la desigualdad y dotando a los ciudadanos de poder efectivo en todas las áreas de la vida política. Estas metas podrán alcanzarse con una democracia popular diferenciada del fracasado totalitarismo burocrático, que actualice los viejos ideales e implemente nuevas formas de participación pública. Las reformas en este proceso solo pueden ser válidas si constituyen los peldaños para llegar a la revolución adeudada.

El constitucionalismo contemporáneo mantiene este desprecio hacia las masas, bajo la pantalla del formalismo republicano. Generalmente identifica directamente la democracia con el desorden, la muchedumbre y la degeneración de gobiernos sometidos a multitudes incultas, para aceptar únicamente el régimen político que preserva el poder de los capitalistas. La “democracia” son estas elites.

Este proyecto exige gestar otra democracia y no tratar de modificar la existente, cuyas reglas del juego se dictan en consonancia con los intereses de grupos privados poderosos y no en el interés de los pueblos. Requiere partir de caracterizaciones de clase para comprender el constitucionalismo contemporáneo e introducir transformaciones radicales, que no se reducen a expandir un imaginario de igualdad. También presupone retomar el pensamiento científico que opuso a las revoluciones democráticas socialistas con las revoluciones burguesas.

Esta realidad no será el producto de conclusiones individuales y sentimentales o nostálgicas, sino de pensamiento científicamente elaborado por los partidos revolucionarios y el obrerismo revolucionario, que aspiran a construir en el largo plazo un sistema social fundado en la igualdad, la justicia y la participación efectiva, edificando un Estado popular fuerte y vigoroso que restablezca la institucionalidad de un nuevo contrato social. Cabe aclarar que esta convergencia por sí misma y desde ella no provocará milagros.

Se necesita pensarla y construirla sobre la marcha de los acontecimientos que nos envuelven cada día con mayor celeridad, teniendo como motor de la misma, una actitud crítica de entendimiento, en dónde se debatan las diferencias y se potencien las coincidencias en cada etapa del proceso. Se trata de ser audaz con los cambios, pero cometidos y respetuosos con nuestra actuación frente a los sentimientos populares ante lo nuevo.

La fragmentación de los partidos políticos como evidencia de una crisis profunda en los sistemas políticos tradicionales en la democracia burguesa, dificulta la gobernación y provoca el rechazo de la población ante la dispersión ideológica. Al relegarse a simples máquinas electorales, pierden no solo su identidad y su legitimidad, sino también su capacidad de influir en la opinión pública. La izquierda revolucionaria no puede caer en esta trampa y deberá tomar las medidas para abanderar la lucha popular por cambiar un sistema político corrompido, que ya no puede con el mismo.

El desenlace de tal situación, si no hacemos lo que debemos, puede desembocar, como ya sucedió en Europa y América Latina antes, en la aparición de movimientos con intereses dispersos que terminarían siendo orientados para implantar un nuevo fascismo, con el pretexto de la que democracia “no funciona más” o que “está en manos inexpertas”. Nuevos y recompuestos poderes de facto, regresarían a reclamar un Estado autoritario con nueva vestimenta.

Este proceso exige desenvolver la autodeterminación popular, bajo una modalidad que debería contener las características de una democracia socialista. Este sistema político sustituirá el régimen actualmente dominado por los banqueros, los industriales y los burócratas por un gobierno soberano del pueblo, que pondrá en práctica una democracia real (Kautz, C. Democracia y socialismo)

El proyecto de cambio verdadero se inspira especialmente en la síntesis que promovió Rosa Luxemburgo al rechazar la identificación convencional de la democracia con el capitalismo. No solo resaltó el antagonismo que opone la soberanía popular con los privilegios clasistas, sino que promovió la ampliación de las libertades públicas conquistadas bajo el orden burgués. Remarcó especialmente el rol que tienen los derechos electorales en la preparación de un gobierno post capitalista.

“Es por ello que quienes se pronuncian a favor únicamente del método de la reforma legislativa en lugar de la conquista del poder político y la revolución social en oposición a éstas, optan por un objetivo diferente. En lugar de tomar partido por la instauración de una nueva sociedad, lo hacen por la modificación superficial de la vieja sociedad. Nuestro programa no es ya la realización del socialismo sino la reforma del capitalismo; no es la supresión del trabajo asalariado, sino la reducción de la explotación, es decir, la supresión de los abusos del capitalismo en lugar de la supresión del propio capitalismo” (Rosa Luxemburgo. Reforma o revolución, pág. 81. 1898)

En contrario del imaginario surrealista y sin futuro del neoliberalismo que fragmenta a las sociedades, la izquierda en su conjunto no puede apartarse de su imaginario histórico: construir una sociedad igualitaria a partir de la erradicación de la explotación, la expansión de la propiedad colectiva de los medios de producción y la verdadera independencia. La democracia plena, directa y efectiva es un viejo ideal de los oprimidos gestado en confrontación con el elitismo y el autoritarismo burocrático.

La democracia es una construcción social que la hacen exclusivamente los pueblos (poliarquía) y no las élites, por más legítimas que aparezcan éstas en las tesis de la pseudo democracia burguesa imperialista.

* Ensayista. Sus columnas son publicadas en distintos medios periodísticos de El Salvador y otros países.
En www.diariocolatino.com

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