Oct 8 2009
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Opinión

Lecciones del tiempo: Honduras después del “Mitch” (Apuntes de un viajero)

Adriano Corrales Arias.*

Del 5 al 18 de julio de 1999, y aprovechando el periodo de vacaciones, pasé una movida temporada en Honduras, país en el cual piensan pocos costarricenses para vacacionar. Además de descansar con mi esposa, me interesaba conocer en profundidad esas "honduras" de las cuales aquel almirante genovés conocido como "descubridor" pudo salir “Gracias a Dios”; así como también su historia y su identidad cultural. Motivado además por la apasionada guía de nuestro espléndido anfitrión el Dr. Rafael Murillo Selva –insigne intelectual y talentoso artista teatral- , nació este artículo-reportaje como un pequeño homenaje a un país que se reconfigura dialécticamente a pesar de su oscura historia y de los recientes estragos causados por el "Mitch".

"Honduras es un país invisible” me dice el Dr. Rafael Murillo Selva mientras sorbemos un delicioso café en el mantañés y devastado pueblo de San Juancito.

¿Un país invisible?

Creo recordar esa cita en algún texto de historia que he hojeado en la amplia biblioteca de su "casa de artista". Pero ahora en su voz es algo más que una sentencia, es una dolorosa realidad.En verdad este país ha sido invisibilizado por una historia que lo coloca como una gran extensión (112,492 km2: limita al norte con el Caribe, al sur con el Pacifico; posee frontera con Nicaragua, El Salvador y Guatemala; se divide en 18 departamentos políticos) olvidada por el resto de Centroamérica y solamente reconocida en Tiquicia cuando nuestras selecciones se enfrentan en las diversas copas y eliminatorias de fútbol. O cuando suceden grandes tragedias como la del huracán.

Remontándonos en el tiempo encontramos que a su llegada los españoles encontraron una variedad de grupos étnicos que hablaban infinidad de lenguas. El proceso de "incorporación" de esos grupos a la cultura occidental cristiana fue más lento que en el resto de América por la ausencia de unidad política, pues las instituciones coloniales solo se consolidaron en menos de la mitad de su territorio.

La destrucción sistemática de la cultura indígena no se llevó a cabo como en México o en Perú, en donde fueron arrasadas ciudades enteras, ya que las construcciones autóctonas (teocalis, plazas, centros ceremoniales, juegos de pelota, observatorios astronómicos) no fueron, afortunadamente, encontradas.

Por supuesto que se impusieron la religión católica iberocristiana en forma poco cortés y a contrapelo de la resistencia indígena liderada por el héroe nacional Lempira, pero la actuación de la Audiencia de los Confines establecida en 1543, que consideraba al indígena "racional”, reconoció su dignidad humana y abrió el camino a los matrimonios mixtos y al derecho a no ser esclavizados.

Lo anterior obligó a las autoridades españolas a permitir la entrada de esclavos negros, lo que fue una constante hasta el siglo XVIII. Así aparecieron las primeras villas de negros y mulatos libertos allanando el camino para un gran mestizaje y un sincretismo religioso y cultural. Por esa razón la población de Honduras bien puede considerarse como la más mestiza de Centroamérica y probablemente del resto del continente. Por otra parte, a pesar de la gran riqueza minera, Honduras al igual que Costa Rica, durante todo el período colonial, fue un territorio muy pobre que solamente podía mantener Ordenes Mendicantes como los frailes de nuestra Señora de la Merced y de San Francisco, en quienes recayó la doctrina y cristianización de los indígenas como la enseñanza de las nuevas artesanías y costumbres europeas.

Como ya vimos, durante y después de la colonia, este país se distinguió por ser netamente minero y un lugar con grandes hatos de ganado y crianza de mulas. La mula, debido a la geografía escarpada y ondulante, fue el medio de transporte ideal para su acceso a las recónditas minas. Podemos decir que Honduras se caracterizó como un país exportador de minerales (oro, plata, hierro), ganado vacuno y mular, cueros curtidos, un poco de añil y tabaco, asi como madera, resinas y plantas medicinales. Esto permitió que se formara una élite dominante compuesta por descendientes de los Encomenderos convertidos en grandes hacendados, mineros y comerciantes que junto a los Peninsulares conformaron la aristocracia terrateniente y administrativa.

Con la creación de Comayagua (antigua capital) por razones militares para defender la provincia de los ingleses, aparece la casta militar hondurena abriendo las puertas para un pueblo guerrero que se desangra en una guerra civil por casi cien años después de la independencia. Esta militarización hace que más tarde aparezcan dos bandos en la clase dominante: por un lado los grandes comerciantes (apoyados por los empleados Reales antes de 1821) y, otro, los grandes hacendados y pequeños comerciantes y artesanos.

Ninguno buscó solucionar los problemas de las clases bajas ni de los indios (como hoy tristemente accionan Liberales y Conservadores), de allí la nula participación de éstos en apoyo de la Independencia. De los dos salió victorioso el segundo. En el último cuarto del siglo XIX el liberalismo hondureno realiza una serie de reformas con su idea de modernidad, pero culturalmente no produce más que la supresión de las cátedras de Filosofía y Artes con una visión positivista y nefasta para el ulterior desarrollo del país.

Esa historia tan peculiar ha hecho de Honduras un país sui generis: por un lado guerrero y violento, por otro pasivo, creativo y tierno. Pero además, sus montañas y valles, así como su extensa costa atlántica, lo han aislado del resto de sus vecinos y del mundo como si fuese un país inexistente. Hoy, luego de turbulentos años de guerra y de ocupaciones militares como la de Estados Unidos de 1911 a 1933, de desastres naturales y utopías políticas como la del líder unionista Francisco Morazán, -quien, dicho sea de paso, fue fusilado en esta Suiza-; la asimétrica sociedad hondurena se prepara para salir al mundo con identidad propia en busca de su destino y de su reconocimiento como un país más que visible.

Los Reales de Minas

Fueron los centros mineros los que le dieron una "identidad" arquitectónica y paisajística a la Honduras colonial y, posteriormente, a la independiente, la cual hoy todavía se conserva en los pueblos del circuito de las Reales Minas asentados en las montañas alrededor de la capital: Santa Lucía, Valle de Ángeles, San Juancito, Yuscarán, San Antonio de Oriente y la misma Tegucigalpa. Allí se establecieron las grandes minas que enriquecieron y dieron gloria y boato a ciudades como Antigua de Guatemala y León de Nicaragua. Más tarde, las mismas pasaron a ser propiedad de capital estadounidense, quienes no escatimaron esfuerzos para explotar sus socavones plenos de oro y plata.

La mina El Rosario establecida en las alturas de San Juancito (1.800 mts. de altura aprox.) fue una de las más prósperas y pobladas. En algunos momentos de principios de siglo llegó a tener 20.000 habitantes con su sala de cine, telégrafo, salones de baile y por supuesto muchas cantinas, burdeles y "negocios". Hoy, fracturado por el Mitch y el abandono, es un pueblo triste de unos 3.000 habitantes, solamente dinamizado por algunos artistas que optaron por trasladarse allí por su buen clima, su paisaje de liquidámbar con pinos, y su calma, tales como la escultora Regina Aguilar y el propio Murillo Selva. Aún se conservan las "oficinas" de la compañía custodiadas por un misterioso guardia, asi como las amplias casas de madera construidas para sus ingenieros y funcionarios.

El antiguo hospital es hoy un pequeño hotel administrado por una organización ecologista que administra el amplio Parque Nacional y Reserva de la Tigra, uno de las más bellos parajes de montaña del país. Más abajo está Valle de Angeles cuna de la artesanía en madera y cuero de Honduras y sitio por excelencia de artesanos. Un poco más abajo y ya buscando Tegus, como se le llama a la capital, está Santa Lucía, hermoso pueblito de casas de adobe con tejas y zigzagueantes, onduladas y empedradas calles.

Rodeando las montañas y bajando el valle de Cantarranas, amplia planicie cultivada con caña de azúcar, y pasando por el valle del Zamorano, donde se encuentra la escuela agrícola del mismo nombre, está Yuscarán, antiguo centro minero de propiedad hondurena y perfecta representación de la Honduras colonial y montañesa con sus amplias casonas, su Fábrica de Guaro y su pequeña catedral, la iglesia de San José. Es una pequeña ciudad asentada en las serranías desde donde se divisan las antiguas colinas mineras, ahora convertidas en miradores como el de Santa Aníta, cuya dinámica económica, social y cultural se puede apreciar en sus amplias mansiones de mampostería y tejas donde habitaban los dueños y administradores de las minas. Hoy en una de esas amplias casonas se reacondiciona un museo de la ciudad donde se guardan los objetos y documentos de un pasado de mucha riqueza pero también de gran desigualdad. De este pueblo era la madre de Francisco Morazán.

De allí pasamos a San Antonio de Oriente, el pueblito célebre gracias a las "ingenuas" pinturas del maestro naïf de Honduras Antonio Velázquez. En realidad, el pueblo es una enorme pintura colgada en el tiempo con sus casitas, su pequeña iglesia, sus calles y veredas de piedra ondulantes y amarillas, el cual nos recibe con un enorme silencio. Rostros oscuros se asoman tímidamente por ventanas, puertas y visillos. Parece que retrocediéramos en el tiempo hasta el siglo XVIII. Hasta un "lavadero" público se conserva y todavía es utilizado por la comunidad. La sensación que tengo es la de una llegada de colonizadores extranjeros a un pueblo que no recibe visitas hace siglos. Su atmósfera es pesada, se respira nostalgia cargada de indiferencia y derrota. En ese instante, ya frente a su pequeña iglesia, me viene a la mente Comala, el fantasmal pueblo del genial narrador mexicano Juan Rulfo. Es imposible saber a qué se dedican y de qué viven sus moradores. Al final una de las pocas mujeres que se anima a conversar nos dice que "los hombres andan trabajando allá abajo en la escuela" (Zamoranó), como a 20 kilómetros que significan casi 800 metros de descenso.

Hacia las ruinas de Copan

Para viajar hasta las Ruinas de Copan optamos por la carretera hacia San Pedro Sula, pasando por Comayagua la antigua capital. (Queríamos pasar por Gracias para conocer sus iglesias y la zona indígena de los Lencas, pero las distancias son enormes y el tiempo apremia). La otrora metrópoli, con su imponente catedral, conserva poco de su pasado pues fue incendiada por los españoles durante las luchas de Independencia.

Por esa razón, y por desplazamiento de Tegucigalpa debido al auge minero (el Presidente que trasladó la capital lo hizo porque tenía negocios mineros en San Juancito, la ciudad, a pesar de encontrarse en un valle propicio para una urbe que pudo convertirse en el corazón de Centroamérica, luce un tanto abandonada a su propia suerte o, como apostilla Emilio el chofer olanchano que a veces hace de baquiano, a la buena de Dios. En la misma se restaura el Museo de la ciudad y se conserva por parte de la iglesia un impresionante museo religioso donde se asiste al fulgor y al poder de las autoridades eclesiásticas de la colonia.

Continuamos nuestro recorrido pasando por Palmerola, base militar de los gringos utilizada para desarrollar la guerra contra los sandinistas y apoyar a la Contra desde territorio hondureno. Ahora es una base de lucha antidrogas, pero la presencia militar sigue siendo parecida.

Las imágenes de Los Rostros y Las Flores de Vietnam, serie pictórica del artista Ezequiel Padilla Ayestas, grotesca metáfora de la enfermedad venérea incurable traída por los soldados norteamericanos desde aquella lejana y brutal guerra, están presentes cuando el Dr. Murillo Selva nos explica que Honduras ocupa el segundo lugar en América Latina, después de Brasil, en cuanto a enfermos del SIDA.

Una de las poblaciones más golpeadas es la de los Garífunas, a quienes visitaremos más tarde. Pero entre los indígenas, por sus "ordenadas" prácticas sexuales, la enfermedad casi no se ha extendido. El vehículo rueda por la sinuosa carretera hasta que descubrimos el bello lago de Yojoa ("Tesoro de los Mayas") donde nos espera un suculento pescado adornado por el paisaje y la simpatía de las mujeres (niñas y muchachas) que atienden los cientos de establecimientos culinarios de la orilla lacustre.

No podemos dejar de subrayar el desasosiego que significó para nosotros la gran cantidad de niños y niñas vendiendo confituras o simplemente pidiendo dinero, expresión de una Honduras pobre y sedienta de reformas sociales. (Acá, como en muchas otras ocasiones, recuerdo el famoso poema de Roberto Sosa: Los pobres son muchos / y por eso / es imposible olvidarlos…).

Continuamos hacia San Pedro Sula, pero no entramos al "centro" pues nos desviamos hacia las Ruinas de Copan. Más tarde regresaremos a ese pujante complejo industrial y comercial, ciudad insignia de la nueva Honduras globalizada. La carretera se torna más "recta" y plana. A unos 20 kilómetros somos detenidos y revisados por un retén de policía. El día anterior un acaudalado hacendado fue secuestrado por una banda. (En dos días más leeremos asombrados en los periódicos que el señor ha sido liberado a crédito, o sea que pagará el rescate en tractos porque si no asesinan su familia.

No podemos evitar las tragicómicas sonrisas. ¿Quién dijo Realismo Maravilloso?). Emilio aprieta el acelerador. Vamos hacia uno de los centros ceremoniales más grandes de la profunda cultura maya…

Historia escrita en piedra

Ya de noche y bajo un pertinaz aguacero, ingresamos al pueblo de las ruinas de Copan. Los destrozos causados por el Mitch son visibles en varios tramos de la carretera. (Ha sido así durante todo el trayecto desde que ingresamos al país por El Guasaule, punto fronterizo con Nicaragua. Choluteca, la ciudad del sur, fue el primer impacto visual de la destrucción ocasionada por el huracán).

En los principales hoteles nos informan que no hay lugar pues acaban de ingresar cinco buses con turistas extranjeros. Es la primera vez que vemos turismo masivo en el país. Al fin, y con la cortés ayuda de un joven lugareño, nos acomodamos en un modesto pero cómodo hotel.

Más tarde, cuando escampa y el cielo se ve más limpio con su incipiente cacho de luna, salimos a caminar y a probar la comida típica del lugar y del resto del país: sopa de olla, en buen tico, olla de carne; plato con el que nos recibiera el maestro Murillo Selva preparado por su inagotable "empleada" doña Dalila. El acento de la extrovertida salonera es chapín. Estamos a 15 kilómetros de Guatemala. La sobremesa se convierte en un reconocimiento del pueblo sobre sus fatigadas calles de piedra. Cerca de la iglesia pasamos por una pulpería, la cual, según el periódico del día siguiente, va a ser escenario de una masacre: dos autos pasan veloces disparando contra la clientela. Resultado: cuatro muertos. ¿Sicarios en Honduras? La violencia ronda por todas las esquinas.

Al día siguiente, ingresamos al esplendor de Copan. Luego del regateo, pues realmente la cuota de ingreso al parque es elevada, logramos ponernos de acuerdo con la encargada. Reunimos un grupo con una chilena residente en El Salvador, una dominicana con su pequeña de escasos 5 años, la asistente del Dr. Murillo Selva, una bella actriz argentina, Emilio, mi esposa y yo, para pagar al guía, quien va a resultar un apasionado estudioso de la arqueología y la cultura mayas.

Es el chofer de uno de los arqueólogos franceses que tratan de descifrar la escritura en piedra del sitio, pero se ha convertido en un tenaz asistente que ya ronda la maestría en cuanto a conocimientos históricos, arqueológicos, ecológicos y turísticos. Sus rasgos Chontes, einia procedente de los Mayas, lo delatan como un descendiente de aquellos misteriosos astrónomos guerreros.

Considerada antiguamente como centro cultural de los pueblos mayas, Copan es motivo de un gran interés científico y turístico en nuestro continente y en todo el mundo. Los más recientes hallazgos y descubrimientos arqueológicos realizados por el arqueólogo hondureno Ricardo Agurcia Fasquelle y sus colaboradores, tales como el Templo Rosalíla, permiten reconocer a profundidad las raíces milenarias de una cultura, y aproximamos al maravilloso estado de sus creencias religiosas, su secuencia dinástica, y su vida cotidiana, a partir de la fabulosa arquitectura y escultura de sus monumentos, así como del sorprendente texto de su escritura artística grabada en el tiempo.

Visitar Copan es algo más que una experiencia extraordinaria que debe ser disfrutada por lo menos una vez en la vida, pues es un viaje al centro de una de las culturas más fascinantes de América y del planeta. Por algo el famoso arqueólogo Sylvanus Morley la definió como la Atenas del Nuevo Mundo.

Desde 1830, año de su descubrimiento, las Ruinas han sido el enfoque principal de múltiples expediciones. Ese interés se debe no solo a la calidad de sus monumentos arquitectónicos y escultóricos, sino también a su magnitud. El Grupo Principales uno de los más grandes en el área maya, si bien encierra unas pocas de las más de 4500 estructuras o "montículos” identificados en el valle que lo aloja hasta la fecha. En términos de cantidad de escultura, incluyendo altares y estelas, ocupa el primer lugar entre los sitios mayas. Ostenta, asimismo el privilegio de poseer el texto escrito más largo del Nuevo Mundo en la famosa Escalinata de los Jeroglíficos.

Adicional a ello, la escultura arquitectónica, que originalmente formaba vistosos mosaicos decorativos en fachadas de templos y edificios alzados en la cúspide de las pirámides, era la más profusa de todas y puede ser admirada en todo su esplendor en el Museo de Escultura y en el Museo del Pueblo de las Ruinas de Copan.

El Grupo Principal, constituido por la Gran Plaza y la Acrópolis, es el núcleo urbano que era el centro político, cívico y religioso, con una serie de barrios residenciales que lo rodean. El Parque incluye dos de estos barrios, los que se conectan por calzadas. Uno de ellos, llamado El Bosque, está ubicado al suroeste, mientras que el otro, Las Sepulturas, está emplazado al noreste. Tanto la Gran Plaza como la Acrópolis reflejan enormes esfuerzos laborales; la primera por su extensión -mas de tres hectareas de terreno nivelado y originalmente recubierto con estuco- y la segunda por su enorme masa elevada a más de 30 metros sobre el nivel natural.

El área de la Gran Plaza es el punto de confluencia de las dos principales calzadas de Copan y se caracteriza por sus grandes espacios abiertos. Era el sitio para eventos públicos, teniendo capacidad para albergar a miles de personas como un estadio moderno o un teatro al aire libre. Al centro se levantan siete estelas y once altares que forman uno de los conjuntos de escultura más hermosos de Copan, y que debió haber oficiado como escenario para actos rituales de trascendencia social.

Entre la Gran Plaza y la Acrópoiisse encuentra otro "teatro" con una vasta gradería que asciende a esta última y que a la vez sobremira al Campo de Pelota a un costado de la Escalinata de los Jeroglíficos. Es obvio que allí el enfoque era deportivo auqnue, como ocurría siempre en la tradición mesoamericana, este "deporte” se hallaba revestido de una destacada importancia ritual. En contraste con la Gran Plaza, la Acrópolis era un área privada con accesos restringidos y espacios reducidos pues era el recinto del poder político y religioso; además, el aposento del gobernador y su corte. Arquitectónicamente la Acrópolis está conformada por dos patios: el Oriental o de los Jaguares y el Occidental.

En la parte subterránea o, mejor dicho, en los cimientos de la Acrópolis, se encuentran otras construcciones y templos, pues los Mayas tenían la costumbre de "enterrar" las edificaciones de un gobernante cuando éste moría y sobre ellas construir nuevamente. Mediante túneles se ha penetrado al interior de las pirámides que servían de basamento para los palacios y templos en busca de mayor comprensión sobre los orígenes de la “ciudad-estado”. Según las excavaciones de los arqueólogos, hay cinco etapas bien definidas bajo tierra, entre ellas el famoso templo de Rosalila. La mayor parte de esos edificios y muchos de sus basamentos fueron destruidos por los propios mayas para cubrirlos con construcciones nuevas, pero en otros casos se les conservó casi a la perfección, reteniendo detalles tan delicados como la escultura de sus fachadas, de las que se han descubierto repellos y colores todavía en su sitio original.
Los Garífunas: resistencia cultural en el Caribe

De las ruinas de Copán y vadeando San Pedro Sula de nuevo, hacemos un viaaje largo hasta Tela, puerto ubicado en el Caribe y antiguo centro de operaciones de la trístemente célebre United Fruit Company. Luego de un breve descanso, continuamos hacia el Triunfo de la Cruz, aldea y playa Garífunas que nos reciben con un vendaval. Los recuerdos del pasado huracán se hacen patentes bajo el tremendo aguacero. Bien podemos calibrar la fuerza del Mitch en el pequeño hotel en forma de bohío con techo de palma. Es hora de un Guifiti, bebida garifuna hecha de ron con hierbas, para calentar el cuerpo y el espíritu.

El pueblo Garífuna (Garinagú) se formó a partir de la fusión étnica entre los indios Caribes (Arahuacos) y la de negros cuativos procedentes del África Occidental. Según algunos historiadores, dicha fusión comienza de manera casual debido al naufragio de un barco cargado de esclavos negros frente a la Isla de San Vicente, en las Antillas Menores. Los sobrevivientes alcanzaron las playas de dicha Isla y los Arahuacos, etnia sumamente hospitalaria, les ofrecieron sus mujeres como muestra de bienvenida. La mezcla no se hizo esperar. Aunque no existe un consenso definitivo sobre ese “encuentro”, lo cierto es que ya para 1750 habían adquirido control de la isla, la cual se convirtió en dominio inexpugnable tanto para ingleses como franceses. En 1775, los ingleses inician un largo asedio sobre la isla.

En 1796. la resistencia garifuna, a pesar de la ayuda de los franceses conpertrechos y otros recursos, es doblegada y su último gran líder, Satuyé, es asesinado por los ingleses. En 1797, estos deciden expulsar a los Garinagú de San Vicente para llevarlos en exilio a Roatán, isla de la Bahía en Honduras, entonces posesión inglesa. Las condiciones de vida en esa isla no eran las más favorables, por eso se vieron precisados a pedir ayuda a los españoles asentados en el puerto de Trujillo, quienes los trasladaron el 19 de mayo de aquél mismo año. En esa fecha se inicia la presencia de los Garinagúes en tierra firme hondurena y centroamericana.

Los Garifunas y los otros grupos negros (los negros ingleses, como los llaman) han aportado elementos culturales propios a la cultura hondurena. Ese aporte cultural está íntimamente ligado a la enorme cuota de fuerza laboral de los negros hondurenos sobre todo en el desarrollo productivo de la costa atlántica. Dicho aporte se ha revitalizado en los últimos años gracias al empeño de personas como Rafael Murillo Selva, quien convencido de la vitalidad de esa cultura, se ha integrado a algunas de sus comunidades para entregarles las armas de la producción teatral.

En aldeas como Guadalupe, cerca de Trujillo, se han experimentado fenómenos artísticos como la creación del Grupo Superación y Loubavagu (“El otro lado lejano”), obra teatral que ha recorrido buena parte de América y Europa, y que recupera precisamente la historia del pueblo garífuna y sus vicisitudes en un fresco dramático inolvidable. Gracias al principio de la autogestión y de la ayuda entre pueblos, El Triunfo de la Cruz (nombre paradójico y de mal gusto) también ha visto nacer otro grupo y su primer espectáculo La Danza de las Almas, obra basada en un ritual de curación garifuna -el Dogü-, gracias al esfuerzo sostenido de Murillo Selva. Hoy, después de esa experiencia teatral, el grupo, de la mano de su Maestro, está a punto de iniciar la construcción de un Centro Cultural que albergará un amplio teatro asi como espacio para museo, artesanías y para la radio local.

En la actualidad, la música garifuna se ha extendido por todo el país y la Punta, ritmo típico de ese pueblo, ha conquistado el resto de Centroamérica y más allá. Las parranderas y los tambores son hoy el símbolo de un pueblo bravio pero intrínsecamente unido a un paisaje y a un entorno que han hecho suyos por derecho propio. Por esa razón, hoy están nuevamente en pie de lucha ante una reforma constitucional que pretende permitir la venta de sus tierras a extranjeros o inversionistas nacionales. Esa lucha se ve ensombrecida por las enormes pérdidas causadas por el Mítch, y por un extraño fenómeno que ataca las palmeras, las cuales están muriendo calcinadas.

Algunos dirigentes de esas comunidades afirman que debe ser una plaga lanzada por los "ricos" de afuera para que cedan en sus pretensiones de mantener la propiedad sobre sus playas. Debemos recordar que el coco es fundamental para la alimentación de este pueblo por lo que a la tristeza de cementerio marino de una playa sin palmas, se le debe agregar la carestía de un insumo básico para la alimentación y el combustible de su cocina.

Los Garífunas, más que una etnia minoritaria, son una presencia inevitable en la configuración pluricullural de Honduras. Sus aportes en todos los niveles de la vida nacional, desde la culinaria hasta el deporte, son evidentes y han coadyuvado al encuentro con la "otra Honduras", así como al resurgimiento de una identidad más profunda hasta hace poco olvidada. Así lo comprendimos viajando por Ceiba, ese enorme y precioso puerto, hasta Corozal donde probamos la infaltable sopa de caracol en el restaurante de Fito, un auténtico poeta garífuna, quien al despedirnos nos dice: lo que nos derrumba después es la nostalgia. Con ese sentimiento clavado en el alma abandonamos un mundo mágico pero profundamente empobrecido.

"Tegucigalpa es una res quemada viva"

De regreso pasamos al fin por San Pedro Sula, enorme centro industrial (de maquila) y comercial que produce el 60% del producto interno bruto con solo 15% de la población. Hay una sensación inmediata: la modernidad ha ingresado a Honduras por Sula. Esta ciudad creada a finales del siglo pasado (hacia finales de 1860 era una aldea) es hoy una pujante, aunque -como toda ciudad tercermundista- asimétrica, urbe que reúne las aspiraciones de las clases dominantes hacia el progreso y el confort a pesar de los cinturones de miseria.

Visitamos el Museo de Antropología e Historia dedicado básicamente a la cultura Lenca con matices garífunas y amplias notas sobre el acelerado desarrollo de la ciudad. Almorzamos en uno de sus antiguos y céntricos hoteles. A la sombra de unas palmas ornamentales que nos resguardaron de su alta temperatura, y mientras dos hermosas chicas retozaban en la piscina, repasamos ampliamente las vicisitudes de un trepidante viaje que todavía guarda muchas sorpresas.

Ingresamos a la capital de noche. Ascendiendo por colinas y bajando por estrechas calles escasamente iluminadas (al contrario de las amplias avenidas de los modernos barrios residenciales) recordamos al poeta José Luis Quesada y su poema Pareja Humana, donde la ciudad es una res quemada viva. Más tarde uno de los miembros del grupo de teatro costarricense Zaperoco, de gira en el país, nos dará una definición más gráfica aún: es como un plato de tallarines.

Al día siguiente, deambulamos por la Tegus vieja con sus hermosos y quebrados barrios como La Leona, así como su Catedral Metropolitana frente a la Plaza Morazán y la barroca iglesia de Dolores, construida por esclavos negros. Más tarde, visitamos algunos rincones poéticos e intelectuales: la Academia de Bellas Artes, la Universidad, la Litografía López donde su dueño nos atiende generosamente mostrándonos los amplios talleres donde se imprimen los más importantes textos de la literatura y el arte hondureño. La visita es obligada por supuesto al Café Paradiso, donde el poeta Rigoberto Paredes junto a su esposa han creado un espacio íntimo para la tertulia y la realización de actividades artístico-culturales.

Paradiso además es una librería y un centro editorial desde donde se edita a los principales poetas, escritores e intelectuales hondureños, además de la revista de creación y cultura Galatea. Una pequeña empresa cultural como ésta difícilmente podamos encontrar en el resto de Centroamérica. Allí comprobamos que un pequeño espacio físico se puede convertir en un enorme espacio cultural el cual, a no dudar, es el centro de animación cultural más importante de la capital.

Otra visita obligada es la casa del poeta Roberto Sosa, quien vive un tanto aislado de la ciudad y del bullicio en un pequeño barrio de clase media de la periferia capitalina. Este viejo roble de la poesía hondureña y centroamericana nos recibe en el silencio de su estudio poblado por pequeñas y significantes muestras del peregrinar del bardo: caracolas, figuras de cristal, pequeñas esculturas africanas, astrolabios, plantas y flores disecadas, armonizan muy bien con los amplios libreros empotrados en las paredes y los cuadros de sus amigos artistas, entre los que destacan Ezequiel Padilla y un Guayasamín firmado de propia mano. Conversamos largamente acerca de su eterno malestar con el estado de cosas y con la mediocridad aldeana de su país, no sin saborear su humor cáustico.

El disgusto se acrecienta cuando hablamos de política y economía y se exacerba si de producción cultural se trata. Por lo demás, el poeta está un poco enfermo y por eso mismo nervioso, pues está a la espera de una intervención quirúrgica en La Habana. Pero su disgusto y sus disquisiciones un tanto oscuras siguen siendo lúcidas y afiladas, a lo mejor provocadas por las agudas contradicciones de su sociedad y las escasas salidas que se vislumbran. Con el desencanto de su enorme corazón solidario, lo dejamos luego de una enjundiosa conversa que nos ha llevado por buena parte de la historia catracha.

Recuperar la identidad cultural

La última noche el maestro Murillo Selva organiza una recepción en su casa. A la misma asiste el actual Ministro del FHIS (Fondo Hondureno de Inversión Social) Manuel (Mel) Zelaya Rosales, quien acaba de renunciar para presentarse como precandidato a la Presidencia por el Partido Liberal, actualmente en el poder. Aprovechando su presencia y su extrovertida y desenfadada manera de platicar, típicamente olanchana (de Olancho departamento que no hemos podido visitar), le hicimos varias preguntas. Contestó gustosa y ampliamente.

He aquí una verdadera síntesis a riesgo de simplificar sus respuestas. El FHIS es un fondo de compensación con rango de ministerio creado en 1990 para paliar los efectos del decreto 18-90 que liberó el tipo de cambio, derogó las exoneraciones y franquicias aduaneras, redujo los aranceles, incrementó el impuesto sobre la renta, aumentó el impuesto de ventas y creó un impuesto de importación y consumo ad valoren de un 7% para el petróleo y sus derivados.

Con el impacto del Mitch su carácter paliativo se ha incrementado. Don "Mel" Zelaya, como lo llaman sus amigos y allegados, nos plantea que su proyecto es el Desarrollo Humano. Que el centro de su propuesta se puede resumir en dos palabras: Cultura y Calidad. En ese sentido lo que hay que mejorar es la calidad de la Democracia y la modernización del Estado y de los sistemas de producción del pueblo a través de la participación ciudadana. En otras palabras, reformar el país a partir de una organización de la sociedad civil.

El Dr. Rafael Murillo tercia en la conversa: "Hay un gran desarraigo existencial en el país. El hondureño está como ido, perdido, por eso el tema de la identidad cultural es central en cualquier proyecto político del pueblo hondureño".

Don "Mel" riposta: "Ciertamente yo creo que debemos recuperar la identidad. Para ello se precisa de la participación popular". Por eso como Ministro del FHIS ha implementado el programa "Nuestras Raíces" con el cual pretende darle herramientas a las comunidades, así como apoyo financiero, para que ellas mismas construyan sus proyectos.

Por ejemplo, aprovechando la ayuda internacional se le "paga" a las comunidades por el trabajo que realizan en la remoción de escombros, limpieza y construcción. Por esa razón no va a presentar un Plan de Gobierno sino una Estrategia para la discusión de ideas en todos los foros públicos. El Programa lo van a replantear las comunidades. Por lo demás, cree que será una Estrategia que podría ir más allá de sus tiendas partidarias y que eventualmente atraería otras fuerzas minoritarias o emergentes. Su discurso es seguro, parece largamente meditado.

La noche avanza y el cacho de plata se acerca a la medialuna que ilumina los cerros "lavados" por el huracán. Es hora de despedirnos. Al día siguiente, mientras miramos las hondonadas y los pinos en lo alto de los cerros a través de la ventana del Ticabus que nos lleva a Nicaragua, reflexionamos sobre todo lo visto, saboreado, conversado y actuado.

La belleza de este país contrasta con su profundas diferencias sociales y culturales. La hospitalidad de sus gentes y la espontaneidad de sus creadores son la base espiritual de un proyecto que debe revertir su actual estado de abandono. No puedo aceptar, así no más, lo que nos repetía dolorosamente el poeta Roberto Sosa: este país no tiene salida.

Santa Clara-San José, agosto de 1999.

* Escritor

 

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