Sep 23 2008
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Cultura

Leonardo Boff en el sur del mundo: Sólo le pido a dios

Álvaro Cuadra*

"Sólo le pido a dios /que el dolor no me sea indiferente", canta León Gieco. En América Latina hemos vivido la paradoja de que una religión –destinada a la liberación espiritual, moral y material del hombre– ha sido puesta al servicio de los poderosos. La verdad es que es cada día más difícil llegar a creer cuando los pastores han hecho del discurso teológico una profesión, y en el colmo, una mercancía.

Con escasas y valientes excepciones históricas, el concepto de lo divino ha sido degradado a lo dogmático y lo ritual, convirtiéndolo en los hechos en  sinónimo de opresión y resignación ante las injusticias.

La reciente visita de Leonardo Boff a Chile, sirvió de pretexto para que algunos medios nacionales volvieran a repetir una insolente retahíla de lugares comunes sobre la Teología de la Liberación, cuyo pecado no ha sido otro que recoger, con honestidad, el llamado del Concilio Vaticano II. Sólo una profunda ignorancia podría llevarnos a desconocer que esta corriente teológica de liberación, es una de las más interesantes creaciones del pensamiento latinoamericano durante el siglo XX. 

Es interesante hacer notar cómo la jerarquía eclesiástica, en particular, el Vaticano, ha hecho todo lo posible por acallar y opacar el destello de dignidad y esperanza que entraña este discurso  teológico de Liberación. Lo mismo puede decirse, sin embargo, de los sectores más progresistas, que por falta de sensibilidad o desconocimiento, no han sabido encontrar en este discurso latinoamericano de los oprimidos las claves históricas para la emancipación.

La reflexión teológica de la Liberación no es una ideología pasada de moda, como suele pensarse. Ella representa un anhelo de justicia y libertad que mantiene su lozanía desde hace siglos. Como las palabras del crucificado, más  que un pasado, es un presente en suspenso que cobra actualidad en el rostro humillado de millones de latinoamericanos esclavizados en el hambre, la miseria, la violencia y el abuso.

Una palabra que se escucha silenciosa en las horas dolorosas que vive, actualmente, la hermana República de Bolivia, donde a diario son crucificados “kollas” y campesinos, tildados de “raza maldita” por quienes enarbolan el odio racista y la codicia de los privilegiados. Una palabra que ya pronunció Bartolomé de las Casas el “Apóstol de los indios”, quien en nombre del cristianismo se opuso a las atrocidades cometidas en nombre del catolicismo. 

En un conmovedor cuento quechua, El sueño del Pongo,  recogido por Arguedas, el gran escritor peruano, se nos relata cómo un indio, el más débil de todos, cruelmente humillado por un hacendado, concibe el sueño de morir junto a su amo. Desnudos ambos ante los ángeles, el indio es cubierto de excrementos, el amo pintado con miel. La sentencia, justicia divina, es lamerse el uno al otro por la eternidad.

La Teología de la Liberación es el discurso numinoso de los que sufren, de los pobres, de los campesinos, de los indios, de los mestizos, de los negros y  de todos los trabajadores de nuestro continente. En este sentido, esta voz cristiana y latinoamericana, constituye una de los reclamos de justicia más profundos y auténticos entre nosotros y un valioso patrimonio de nuestra cultura. Por mucho que se esfuercen los poderosos y sus voces esclavas en apagar esta luz, ésta renace inevitable en el corazón de los humildes.

Si ayer fueron las armas y la tortura, actualmente, en las grandes urbes de Latinoamérica se enseñorea una cultura agresiva que idolatra la riqueza, el hedonismo y el consumo suntuario, sometiendo a nuestros pueblos  a la ignominia y la segregación, destruyendo el medioambiente e instalando el odio y la injusticia como moneda de cambio entre personas y naciones.

Ante esta nueva forma de sometimiento que utiliza la seducción de los medios de comunicación,  el destello de la Liberación y la Esperanza es más actual y necesario que nunca.

* Investigador y docente de la Escuela Latinoamericana de Postgrados ELAP.
 

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