Dic 7 2010
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Opinión

¡Líbrame, Señor, de los inocentes!

Rodolfo Novakovic.*

¿De qué se sorprenden los funcionarios de Estados Unidos al tomar conocimiento el Mundo de las filtraciones dadas a conocer por Wikileaks? ¿Cuál es el tremendo misterio que radica en la forma en que ellos hacen negocios con el resto del mundo? La clave no son los delatores o soplones, sino aquellos que queda y silenciosamente han hecho —por décadas— su trabajo, lenta pero inexorablemente, como lo es el paso del tiempo. Son los llamados “inocentes”.

Desde que era un niño mis padres y profesores me advirtieron sobre las consecuencias de lo que era “pasar por la vida” como un “inocente”. Todos me decían que al inocente lo matan, que del inocente todos abusan de él, que constituye el hazmereír de todo su grupo, que el inocente se cree la broma hasta el final, que es calificado como un “h…”, más otros epítetos menos académicos, etc.

Por ello, y antes de decidir si me convertía en un ser retorcido o malicioso, o bien si seguía la senda del inocente dediqué un tiempo prudente a determinar cómo “le iban las cosas” a aquellos que pretendían ser el antónimo de inocentes.

Mi observación científica sobre todos aquellos que pretendieron volverse retorcidos, vociferando y actuando en calidad de tales, me demostró desastrosos resultados: les sucedieron todas las calamidades que se pueden esperar de la vida, cayeron sobre ellos las siete plagas de Egipto, así como parecían haberse convertido en una suerte de imanes o atractores de desastres, enfermedades y accidentes.

Dejando de lado, en forma temporal, mis estudios sobre los maliciosos, me avoqué entonces al análisis de los cándidos. Ingenuo es el adjetivo y sustantivo que se aplica a alguien “candoroso, sin doblez, ni malicia”; aunque también Ingenuo corresponde al nombre de un usurpador romano que, tras autoproclamarse emperador, luego de la muerte de Valeriano, falleció el 260 d.C. tras dar una estúpida batalla en contra del preparado general Aureolo, estratega al servicio del legítimo emperador Galieno.

Posteriormente, ya de adolescente, un norteamericano me facilitó e inculcó leer un interesante libro titulado The Craft of the Intelligence, escrito por Allen W. Dulles, quien fue el primer civil en operar en altos puestos de la Central Intelligence Agengy (CIA), entre los años 1953 y 1961.

Dulles, nacido en 1893, fue miembro de la famosa Comisión Warren (para el estudio del Asesinato del Presidente Kennedy) y fue socio y abogado del Estudio Sullivan & Cromwell, algo así como un Carey & Cia de Chile, pero mejor elaborado, con una cantidad de más de 800 abogados a su servicio y 12 oficinas en todo Estados Unidos. Y Allen Dulles —dicen algunos de su círculo íntimo— se autodefinía como un inocente. Desde entonces decidí, con ciencia y perseverancia, que quizá esa senda sería la más conveniente.

En el libro de Dulles, entre sus varios relatos sobre la inteligencia y el poder, dice que aquellos maliciosos o “tipos pillos” nunca servirán como verdaderos agentes porque cometen demasiados errores a cada paso, que su autosuficiencia los destaca, y comienzan a formarse en torno de ellos una cierta nube de desagrado entre sus pares o para con aquellos a los cuales debe precisamente extraer información.

Es por ello que, decía, a los agentes debían reclutárselos entre los jóvenes menores a veinte o veintiún años, y entre aquellos que parecieran “poca cosa”, ojalá tímidos y reservados, puesto que al ser luego entrenados, ellos siempre estarían moviéndose en un ambiente que no les será nunca natural a su personalidad, y por tanto el trabajo lo harán bien. En cambio, y contrariamente a lo que se ve en el Cine y la TV, a un tipo como James Bond le iría muy mal en la vida real, porque aquel agente inglés de campo sería muerto o contrainterrogado en su primera misión; acción que además sería fatídica para su país.

Sabido es que muchos de los agentes que Inglaterra recluta, además de los jóvenes aparentemente inexpertos, corresponden a parejas de jubilados quienes tienen como única misión alimentar tiernamente a las palomas en las plazas o en los jardines públicos, y observar y escuchar las conversaciones de quienes les rodean (esto porque muchos “forajidos” utilizan lugares públicos para sus reuniones).

Es por ello que los viejos y ya avezados agentes enseñan a los más jóvenes a huir de los “inocentes” porque para ellos “el inocente es como un leproso mudo que ha extraviado su campana, y que deambula por el Mundo sin mala intención”. 

Podemos entonces preguntarnos: ¿cuántos agentes y grupos de inteligencia, quienes han servido incondicional y fielmente por décadas, corriendo toda clase de peligros a un jefe indiferente y desleal, hoy se están rebelando y han usado todo lo aprendido en contra de aquellos sátrapas aprovechadores, sin inteligencia y ególatras, que vivieron protegidos gracias al sacrificio y abnegación de los primeros?

Los inocentes ahora les están pasando la cuenta a sus señores, éstos últimos convertidos hoy en reyes sin trono y sin tierra, quienes desconfían hasta de su propia sombra. La traición y el asecho están a la vuelta de la esquina.

¡Señor, líbrame de los inocentes que de los maliciosos y retorcidos me cuido yo!

* Físico y escritor.

 

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