Nov 2 2007
394 lecturas

Cultura

Literatura. – SUFRIMIENTO Y SOLEDAD COMO FACTOR DE LA CREATIVIDAD

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

El auge del pensamiento científico y de la mentalidad racional cobró impulso imparable a partir del mítico año de 1.789. La Revolución francesa llegó de la mano de la Ilustración y la expresión “Siglo de las luces” sirvió, entre otras cosas, para resaltar la oscuridad reinante en los siglos anteriores.

La medida, la razón, lo observable, clasificable y deducible se convirtieron en los nuevos apóstoles encargados de escoltar al Mesías recién llegado y ya infalible y eterno: la ciencia.

Por supuesto que el nuevo dios demostraría en numerosas ocasiones, y lo sigue haciendo, que era poco más que un ídolo de barro. Sin embargo, su irrupción en la literatura se saldó con la puesta en escena de una serie de personajes individualistas, y por aquel entonces novedosos, quienes utilizando, las leyes científicas de la observación y la deducción llegarían a alcanzar gran notoriedad.

Uno de los que ha sobrevivido hasta nuestros días con éxito casi intacto es el detective Sherlock Holmes, creación literaria de Arturo Conan Doyle, quien usando sus brillantes deducciones (de las ordinarias se encargaba Watson) y salpimentadas éstas con una aguda observación, excelente información y capacidad comparativa ofrecían, como resultado, la resolución de los más arduos enigmas.

El método científico, imparable en su arrogancia, perdió con sus éxitos la capacidad autocrítica precipitándose, eso sí con seguridad, en los abismos del interés parcial y subjetivo. Muchas autoridades científicas creyeron que la resolución de los misterios más arduos relacionados con la vida humana eran una simple cuestión de método al estilo Holmes.

Surgieron de esta forma teorías y obras socialdarwinistas, racistas, elitistas y psicologistas que buscaron, bajo el disfraz científico y racional, perpetuar la desigualdad y la injusticia en beneficio de unos pocos. Autores como Herbert Spencer, Chamberlain o Gobineau se parapetaron tras la ciencia para escupir por el colmillo la supuesta preponderancia física e intelectual de la raza blanca.

A modo de compensación, el padre de la teoría evolutiva de las especies Charles Darwin dejó escrita no sólo su brillante teoría científica, sino también un Diario de la vuelta al mundo de un naturalista en el que la literatura, la ciencia y la vida se dan la mano de forma complementaria y creativa.

Darwin destapó la caja de Pandora. A partir de entonces las teorías científicas demostraron “científicamente” ser maleables y estar dispuestas a demostrar lo que el protagonista, o el grupo de presión de turno tuviera a bien argumentar.

En las universidades de medicina se estudió un método infalible que certificaba, con pruebas contrastadas consistentes –grosso modo en medidas de cráneo, posición de los maxilares etc.– las tendencias homicidas que latían, sin que el sujeto lo imaginara, en el interior del individuo estudiado. Dar un paso más era sencillo y evidente. Si la maldad así como la belleza y la fortaleza podían ser identificadas, de la misma forma el talento y la inteligencia podían alcanzarse siguiendo un método apropiado.

La literatura se ocupó, a su modo, de las teorías socialdarwinistas, recogiendo leyendas, recreando la información de un modo romántico y acercándose a la verdad, en muchos casos, sin afanes proselitistas ni interesados. La inteligencia no tiene certezas, alberga dudas y es capaz de explorar y tener en cuenta más caminos que uno.

Dos ejemplos paralelos certifican lo apuntado, la novela El Negrero, la biografía novelada de Pedro Blanco, obra del gallego Lino Novás Calvo y la del inglés Bruce Chatwin El virrey de Ouidah.

A su vez una parábola sobre el lado más oscuro y desasosegante de la ciencia llegó de la mano de Herbert George Wells. La isla del Dr. Moreau es también una exploración pesimista sobre las posibilidades más siniestras de la especie humana. Sólo el vértigo producido por la deriva científica pudo haber producido una pesadilla (la novela fue publicada en 1896), que, con sus variantes no tardaría muchos decenios en ser puesta en práctica en la Alemania nazi.

El gueto

Algunos observadores han subrayado el hecho –que ha hecho correr ríos de tinta– de que un grupo tan amplio y heterodoxo y a la vez tan reducido, complejo y endogámico, como es el de la comunidad judía ha dado al mundo una cantidad fuera de lo común de hombres y mujeres de talento.

No les parece casual, a estos estudiosos, que el mundo de las artes, las ciencias y las letras esté lleno de nombres de esta confesión religiosa. Desde el padre de la psiquiatría Sigmund Freud hasta Karl Marx, uno de los hombres más influyentes de los últimos siglos, pasando por literatos como Franz Kafka, Primo Levi, Stefan Zweig, Yehuda Elberg, Joseph Roth o pintores, como Kandinsky y Modigliani, filósofos y políticos de la talla de Hannah Arendt, Trotsky, Enma Goldman etc. La lista es interminable y sigue ampliándose con nombres como George Steiner, Amos Oz o el músico Daniel Baremboim.

La forma de vivir y relacionarse de los judíos en Europa, tradicionalmente intolerante y agresiva con sus minorías, ha sugerido a algunos observadores que el gueto, la soledad, la introspección y hasta la enfermedad son algunos de los ingredientes que favorecen la aparición del talento creador.

Al margen de la idoneidad o no de esta teoría para explicar la aparición de las diferentes formas de la inteligencia artística en el complejo pueblo bíblico, el hecho indiscutible es que la enfermedad y los padecimientos están en la raíz de muchas grandes obras literarias.

Sífilis y tuberculosis

La enfermedad, la vejez y la muerte, como observara Siddharta en la conocida novela homónima de Hermann Hesse, son los pasos ineludibles para todo ser humano. Otro novelista de cultura germánica, Thomas Mann, hizo de la enfermedad un símbolo que recorre algunas de sus más grandes obras. En Los Buddenbrook, describe la crónica minuciosa de la ruina financiera que afecta a una acomodada familia teutónica de la misma forma que un virus extraño infecta y acaba colonizando un cuerpo sano hasta postrarlo en el lecho reducido a un simple despojo.

Thomas Mann no pudo sustraer su experiencia vital y su obra a la espantosa tragedia que sacudiría a Europa en forma de dos guerras mundiales en el transcurso de pocos años. La contienda como una enfermedad de la humanidad se traslada a otra de sus obras señeras: La Montaña Mágica.

Su protagonista Hans Castorp, vive una vida irreal en un sanatorio de alta montaña aislado, en apariencia, de influencias negativas. Pese al aire puro y a las precauciones terapéuticas el organismo de Castorp acaba sucumbiendo a una tuberculosis contumaz y traicionera, que avanza en silencio cuando ya se la creía erradicada. Es posible que Mann quisiera con esta obra establecer un paralelismo con los destinos de Alemania como nación que trajeron aparejados el derrumbe de una cierta forma de vivir y relacionarse.

En cualquier caso el mismo esquema creativo volvió a repetirse en otra de sus obras fundamentales: Doctor Faustus, esta vez con la sífilis convertida en el sorprendente azote de Leverkuhn, el protagonista. La elección de esta enfermedad maldita no parece casual. Tras la sífilis está, en la tradición judeo-cristiana, la idea de pecado, en el que se oculta el demonio, en el que, a su vez, se oculta el poder y la ambición, pero también la libertad.

La peste

La peste, otra enfermedad semejante a una plaga bíblica, está asociada a gran número de obras de referencia en la literatura. Quizás la primera obra significativa en la que la peste es un protagonista más sea El Decamerón de Bocaccio aunque siglos antes Tito Lucrecio Caro ya había llevado esta horrible pestilencia a las letras.

Daniel Defoe firmó Diario del año de la peste y poco después veía la luz la formidable y menospreciada El flautista de Hammelin, una parábola en la que el flautista benévolo se convierte en ángel vengador esparciendo la peste entre los niños por venganza hacia la ciudad que lo despreció.

En el siglo XX Albert Camus es la referencia obligada con su novela La peste. Esa obra refleja dos grandes terrores ancestrales, el primero que este mal es democrático en la elección de sus víctimas, seleccionado por igual a ricos y miserables, a doctos y analfabetos. El autor nos hace comprender, en un escenario soleado y vagamente colonial, que la peste y la mortandad no son una metáfora, sino nuestro destino físico más certero. El único certero.

En este sentido la obra de Saramago Ensayo sobre la ceguera funciona con un esquema semejante. El periodista y escritor Felipe Mellizo explica una realidad aplicable a la novela de Camus y del Nobel portugués. La Ciencia tiene una finalidad compleja y a la vez modesta: explicar lo explicable. La ironía, la angustia, la melancolía, el temor no son materia de la que se ocupe la ciencia, a pesar de que son sentimientos profundamente humanos con hondas repercusiones físicas y psicológicas.

La literatura es la que habla de axilas e ingles inflamadas, de dolorosos bubones que son descritos con minuciosidad, pero lo que hace creíbles estos testimonios son las implicaciones humanas que estas enfermedades acarrean. Y de eso, del temor, de la esperanza, del consuelo en lo impensable apenas meses antes, sólo puede hablar con voz propia el arte y no la ciencia. La enfermedad es nuestra condición más misteriosa que determina, en ocasiones, verdaderas obras creativas.

Bajo el volcán

Algunos de los grandes escritores que hicieron de la enfermedad uno de sus argumentos literarios, la padecieron en sus propias carnes desde la infancia quedando marcados para siempre por la experiencia. Es el caso, entre otros muchos, de Kafka, de Pirandello o de Malcolm Lowry.

Después de leer la estremecedora Carta al padre del novelista judío nacido en Praga se entiende mejor la atmósfera opresiva y laberíntica que empapa toda su obra posterior. La tuberculosis, que acabaría con su vida, estuvo presente, aunque enmascarada desde los primeros días de su fecunda y corta existencia.

Luigi Pirandello, nacido en Agrigento en 1867 y fallecido en 1936, en el preámbulo de la destrucción de Europa, hizo del epitelioma canceroso un personaje literario. Creador de Seis personajes en busca de autor su vida difícil engarzada a base de bohemia, ruina, hijos perdidos y una esposa demente, determinó sus escritos desde el comienzo.

La enfermedad estuvo presente en la obra del autor de forma oscura, larvada e inconcreta, de la misma forma que la fatalidad impregna Bajo el volcán, la obra maestra del británico Malcolm Lowry. Su propia vida semeja una de sus novelas.

Alejado de la normalidad infantil en sus primeros años a causa de un padecimiento que le provocaba ulceraciones en la córnea, su trayectoria posterior parece querer exprimir cada minuto de forma visceral. Marino mercante, amante desmedido de la vida, la belleza y el vino, su gran sensibilidad le hizo considerar el alcohol como una liberación y un refugio ante sus temores y ante un orden social que le parecía maligno y estúpido. El protagonista de su obra principal, el cónsul Geofrey Firmin, es su alter ego. De él, dice Lowry, “había veces que bebía hasta la sobriedad……..”

Murió en Inglaterra, a los 49 años, destrozado.

Pueden citarse gran cantidad de obras marcadas por la enfermedad de sus protagonistas y por la falta de salud de su autor. De Profundis, verdadero testamento vital de José Cardoso Pires o Muerte de un apicultor del sueco Lars Gustaffson son algunas de ellas.

Sin embargo, pocas alcanzan la profundidad compleja exhibida en la denostada obra de Jonathan Swift Los Viajes de Gulliver. La cruda descripción (censurada en las ediciones infantiles de una obra que se ha idiotizado para su consumo masivo) de los humores y de las funciones desempeñadas por los distintos orificios del cuerpo humano, los vomitivos y los laxantes, llevan en su crudeza un mensaje claro: la vida tiene un componente trágico asociado que debemos encarar para ser conscientes de nuestra finitud y a la vez de nuestra libertad, dos de las semillas que pueden germinar como actos creadores.

Un vasco con vocación trascendente, Miguel de Unamuno, diseccionó con maestría esta aparente paradoja. Su obra Del sentimiento trágico de la vida quiso buscar sentido a nuestra única realidad infalible: la patológica.

——————

* Periodista. Y viajero.
sol2001@euskalnet.net.

X

Envíe a un amigo

Su nombre (requerido)

Su Email (requerido)

Amigo(requerido)

Mensaje

Añadir comentario