Sep 2 2009
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Opinión

Los acuerdos que no ayudan

Antonio Peredo Leigue.*

Siete horas de discusión y muchos momentos tensos, terminaron con una declaración de buenas intenciones que trata de remendar lo que debe soldarse. La reunión de UNASUR en Bariloche, Argentina, dejó un sabor a horchata.

Aún así, podemos resaltar algunos puntos importantes: la casi inmediata reunión de cancilleres y ministros de defensa, el compromiso de no amenazar la soberanía e integridad de ningún otro país y verificar la situación de las fronteras nacionales en toda la región para que, una próxima reunión cumbre, tome decisiones.

Pero nadie pudo ponerle el cascabel al gato y el gato se instaló nomás en sus bases: tres aéreas, dos navales y dos terrestres. Hubo un momento en que parecía roto el diálogo, pero finalmente se impuso el criterio mediador. Cristina Fernández precisaba llevar a buen término la reunión de la que era anfitriona. Lula quería dejar al o la futura gobernante del Brasil, un proyecto de unidad en marcha. La presidenta Bachelet no iba a tomar partido en sus complejas vísperas electorales. Alan García, preparado para arremeter contra nuestro presidente Evo Morales, prefirió dejar las cosas como estaban y terminó apoyando el texto conciliador. En fin, los que se batieron allí, fueron Evo Morales, Rafael Correa y Hugo Chávez, contra un Uribe acorralado pero firme en su papel de mejor aliado norteamericano.

Y ahora, ¿qué hacemos con ese documento? Para los presidentes de Venezuela, Ecuador y Bolivia, hay un reto que no pueden eludir: restablecer el proceso de unidad regional para el cambio. Porque no se trata de unir Sudamérica para recorrer, una vez más, las indefiniciones y los incumplimientos del Pacto Andino o el MERCOSUR. Aquéllas, fueron experiencias frustrantes, de las que pueden resaltarse acercamientos y una que otra convicción, pero que no contribuyeron a la unidad. Claro que aún subsisten, pero deberán insumirse en UNASUR cuando llegue el momento.

¿Cómo salvar a UNASUR en su orientación primigenia? Los paños tibios han destruido muchos buenos propósitos. Son parte de la estrategia de desunión, esa estrategia usada por Washington para mantenernos enquistados en nuestros nacionalismos que sólo conciben alianza con el poderoso, algo así como el padrino que se nombra para bautizos, matrimonios, promociones y campeonatos. Por lo tanto, la estrategia, con la que podremos prescindir de padrinazgos, es y solamente puede ser de complementación y coordinación económica. Por supuesto, la cualidad política es la base de tal estrategia. No habrá ninguna coordinación entre enemigos políticos.

¿Cuál es la base política? No se trata de proclamarnos seguidores de una doctrina. Ya pasamos esa experiencia, cuando nos obligaron a implementar la política de las fronteras ideológicas. Se trata de algo más sencillo pero, a la vez, más comprometido: un planteamiento que podríamos llamar de soberanía compartida. Los países componentes de UNASUR se comprometen a respetar la soberanía de cada uno de sus asociados, reconociendo que todo acto soberano será en beneficio de la unidad. Una acción que sea intimidante o ponga en riesgo la integridad de los otros, no podrá implementarse en tanto no se logre un acuerdo sustancial.

Avanzando en tal sentido, puede y debe identificarse el o los problemas económicos principales que aquejan a la región. Si el tema es energético, pongamos por caso, deben elaborarse planes y programas conjuntos que busquen soluciones en base a la complementación. Habrá que desterrar la práctica mercantilista de la que no saldrá beneficiado ninguno de nuestros países, sino las naciones enriquecidas.

El presidente Evo Morales, hace un año más o menos, propuso conformar un fondo común de UNASUR para enfrentar la crisis que, en aquel momento, parecía que sería catastrófica. Habrá que suponer que, los mandatarios asistentes, los mismos que estuvieron este viernes en Bariloche, tomaron nota de la sugerencia, pero no hicieron nada en ese sentido. Aquélla fue una falla tremenda porque, si se ponía en práctica, habríamos reducido mucho más el impacto de la crisis. Ahora que estamos saliendo de aquel remezón debemos estudiar seriamente, ya no la creación de un fondo, sino la organización de un banco con una moneda sudamericana, intenciones y decisiones ya se han tomado, pero aún no se concretan.

La cuestión, ahora, tiene carácter militar. Tropas norteamericanas están en territorio sudamericano y, la mayoría de los gobiernos de esta región, rechazan esa presencia, considerándola peligrosa para la estabilidad sudamericana e intimidante a la soberanía de nuestras naciones. Otra cosa es que, para evitar diferendos, se haya optado por un texto que, por no agredir, termina sin decir nada.

Pues bien. Comencemos a revisar nuestra situación. ¿Acaso no es intervención, la presencia de fuerzas militares de varios países sudamericanos en Haití? No sólo estamos allí; también estamos en el Congo. Es que, aquellos países, ¿son distintos a los nuestros? Se dirá que formamos parte de los cuerpos de paz de Naciones Unidas. La intención inicial de formar tales cuerpos fue propiciar la paz en países convulsionados por conflictos internos, pero los resultados han sido nefastos. Otra preocupación proviene de la instrucción relevante que Estados Unidos les da a los oficiales de nuestros países en Fort Bening, a donde se retiró la Escuela de las Américas que funcionaba en Panamá. Todavía hay países sudamericanos que pasan por esa experiencia de instrucción perversa, pues allí se mantiene el ideario de las fronteras ideológicas.

Los gobernantes de Suramérica se propusieron formar la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR). Que no sea una más de las buenas intenciones frustradas.

* Periodista, profesor universitario.
Despacho de www.argenpress.info

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