Ago 15 2010
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OpiniónPolítica

Los cambios en Cuba

Guillermo Almeyra*
A menos que el partido-estado piense dirigir y administrar indirectamente, por la vía de los impuestos y de controles de todo tipo, una economía basada en centenares de miles de microempresas privadas formadas por el millón de trabajadores "excedentes" enviados al cuentapropismo, Cuba tendrá que enfrentar en el futuro próximo una realidad que tendrá enormes fajas de mercado libre y que se apoyará de modo importante en las remesas de los emigrados y en los posibles gastos de los turistas estadunidenses (si las cosas van en la línea de acercamiento a Washington, a la cual apuesta un sector de la dirección cubana).

En efecto, para 2010 el estado cubano espera obtener por remesas nada menos que 53 por ciento de sus divisas (Ramón García Guerra, 10/08/10-kaosenlared), y para dar trabajo por cuenta propia a un millón de cesantes habría que crear un mercado de insumos y una red de distribución y comercialización de los productos de esos cuentapropistas, así como darles créditos y preparación técnica, cosa que hoy no existe, pues el mercado negro, las reparaciones, la autoconstrucción de casas y las artesanías trabajan, como todos saben, con insumos robados al estado.

En condiciones en que buena parte de la juventud urbana y de la propia sociedad cubana no cree en la construcción del socialismo, el desarrollo de ese sector tan numeroso de microcapitalistas-sin-capital, orientados por el mercado, y de una nueva frondosa burocracia (policía, inspectores de sanidad, impositivos, sindicales), reforzaría poderosamente la influencia material e ideológica del capital internacional, sobre todo si sigue la tendencia a hacer clubes de golf de gran lujo, vender casas a extranjeros y depender fundamentalmente del turismo y las remesas.

Por supuesto fue un error grave estatizar los changarros, pero sería otro mucho peor lanzarlos a un mercado caótico sin favorecer su organización en cooperativas autogestionadas –para mantener intereses solidarios y reforzar la adquisición de experiencias administrativas y el mejoramiento tecnológico y en productividad– y sin mantenerlos ligados al interés común mediante un sistema crediticio e impositivo estatal de ayuda y fomento.

La isla tiene una gran escasez de recursos materiales, además de estar situada en una región marcada por grandes, destructivos y cada vez más desastrosos huracanes y el cambio climático. En esas condiciones no sólo no es posible el socialismo –que no se puede edificar aisladamente en ningún país, por rico que éste sea–, sino que tampoco es posible edificar una economía próspera, equitativa, democrática y mucho menos en condiciones de bloqueo económico y de continua amenaza imperialista.

Sí es posible, en cambio, empezar a construir el socialismo educando en la igualdad y la solidaridad, combatiendo privilegios, autoritarismo, burocratismo y corrupción, y concentrando los escasos recursos en defender a los más necesitados: los jóvenes, los sectores económicos y sociales prioritarios, y reduciendo al máximo la concentración del poder difundiendo, mediante la autogestión generalizada, el ejercicio del poder.

El llamado factor subjetivo es fundamental. La burocratización de movimientos y revoluciones no es fatal, como pensaba Robert Michels al estudiar, en su relación con el poder, al partido alemán creado por Marx y Engels. Porque aunque la burocracia se debe en parte a la escasez y a la división entre el trabajo manual e intelectual, se apoya, fundamentalmente, en la aceptación del mando por los subordinados, en sus aún incipientes espíritu rebelde, conciencia y autorganización.

El grado de burocratización en cada país depende pues, del grado de conciencia y resistencia de los que la sufren y, en parte, la creen necesaria. Y las decisiones políticas pragmáticas erróneas la fomentan.

La supresión de los partidos menchevique internacionalista y socialista revolucionario de izquierda en los sóviets rusos, la represión contra la oposición obrera y los anarquistas, y supresión de las fracciones en el partido comunista ruso, llevó a confundir el partido comunista soviético con la clase obrera (que es plural) y a fusionarlo con el Estado que, como órgano capitalista, lo corrompió y burocratizó. Stalin fue el resultado de ese partido-Estado único y monolítico.

En la isla, el fracaso del propósito aventurero de lograr una zafra de 10 millones de toneladas desquició la economía y obligó a Fidel Castro a depender de la Unión Soviética, a cuya dirección hasta entonces criticaba. Su ilusión de que el apoyo a la invasión de Checoslovaquia por los tanques del Pacto de Varsovia era sólo una concesión verbal al Kremlin dio un golpe durísimo a la democracia socialista en el mundo y particularmente en Cuba, y reforzó la burocratización.

Hoy Cuba no necesita controles policiales y burocráticos sobre la corrupción y particularmente sobre los críticos que luchan por una renovación socialista. Necesita, en cambio, una prensa creíble y abierta donde no se exprese sólo la burocracia, y una discusión amplia y pluralista a escala de masas sobre las vías que podrían adoptar la economía y la sociedad para asegurar consenso democrático. Necesita un programa de ataque a los privilegios y de control popular sobre el aparato del Estado, fomentar y apoyar experiencias de autogestión y de control obrero, y organismos que coordinen las mismas.

También, en forma urgente, permitir la libre expresión y la discusión de las diversas tendencias existentes en la sociedad y de los diversos "partidos" que conviven conflictivamente en el Partido Comunista (nacido, no hay que olvidarlo, de la fusión en las Organizaciones Revolucionarias Integradas, después Partido Unido de la Revolución Socialista de Cuba, del Partido Socialista Popular, prosoviético, con el 26 de Julio, libertario, y el Directorio Revolucionario, nacionalista cristiano).

*Argentino-mexicano, doctor en Ciencias Políticas y maestro en Historia

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