Sep 9 2008
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Sociedad

Los miserables

Wilson Tapia Villalobos*

Víctor Hugo marcó la literatura francesa del siglo XIX y los ecos se sintieron con fuerza en buena parte del XX. Los miserables –más de 1.200 páginas– es una novela. Y un tratado de ética. Miserables no son sólo los desposeídos, los desdichados, los infelices, los abatidos. También lo son los mezquinos, perversos, abyectos y canallas.

Hasta ahí, pura Real Academia de la Lengua Española.

La historia de Jean Valjean se basa en un hecho real. Es un mundo en que la redención y el sacrificio juegan el rol trascendente que les corresponde en la civilización. Pero allí también se encuentran los Thenardier, que crean el embuste para sacar todo el provecho posible.

Y aún están los funcionarios, corruptos o simplemente rígidos, como el detective Javert que persigue sin desmayo a Valjean. Las obras maestras son así, intemporales.

Hoy, los Thenardier, los Javert o sus colegas corrompidos, pululan por cualquier vericueto y, sin duda, los Valjean siguen existiendo a duras penas. El resto, la gran masa, más cerca de los miserables desposeídos, es simple espectadora. Sufre las consecuencias, ya que de alguna manera también es miserable por carecer de poder.

Y con la mirada de Hugo, los miserables se ven en Chile.

La portada de El Mercurio, cuando anuncia que “mejoran las proyecciones de crecimiento 2008, pero mayor inflación lleva al B. Central a subir la tasa a 8,25%”, es miserable (perversa). Acalla el impacto de una economía que creció a 6,2% en julio. Un guarismo impensado hasta para los oficialistas más utópicos.

Cuando Alfredo Ovalle, presidente de la Sociedad Nacional de Minería (SONAMI) y de la Confederación de la Producción y del Comercio (CPC) afirma que el salario base “eleva sustantivamente los costos para las empresas, afecta el empleo y puede implicar un serio deterioro en las relaciones laborales”, es miserable (mezquino). Y señalar su inquietud por la creación de una superintendencia del medio ambiente que sería juez y parte, nuevamente lo muestra miserable (perverso). Como si los empresarios hubieran sido capaces, alguna vez, de autoregularse.

En la misma reunión en que se celebraban los 125 años de la SONAMI, la presidenta Bachelet respondió a las abiertas críticas de Ovalle. Abogó por mantener un diálogo con buena voluntad. Si no fuera la mandataria, se podría pensar que lo decía una miserable (abatida).

Miserables (abyectos, perversos) son Renovación Nacional y a Unión Demócrata Independiente al publicar un inserto en que advierten que “La paciencia de los ciudadanos tiene un límite”. Lo dicen en relación con el sistema de transporte Transantiago.

La publicación aparece justamente cuando el Gobierno decide aplicar el 2% constitucional destinado a catástrofes o a mantener en funcionamiento servicios esenciales, para financiar el sistema de locomoción. En definitiva, pedían que todo lo hecho quedara en nada y se volviera a fojas cero.

Hay que ser muy miserable para plantear eso con total desparpajo. Total, los miserables que tendrían que soportar nuevas vejaciones son los de siempre, no ellos. Y todo por sacar ventajas electorales.

Miserables son también los ministros que hacen el "show" al ir a firmar en La Moneda el decreto respectivo. Se declaran dispuestos a responder con su patrimonio si que se hace mal uso de tales dineros, cuestión que saben prácticamente imposible. E

l listado podría seguir con los presidentes de los partidos de la Concertación, que no logran alinear a sus huestes tras el gobierno de su presidenta. Eso es ser miserable (canalla).

Otros miserables son algunos connotados concertacionistas que hoy, dando por sentado el triunfo de la derecha en la próxima elección presidencial, tratan de justificarlo diciendo que se debe a que la coalición no practicó el recambio generacional. Varios de ellos fueron funcionarios de gobierno en estos casi 20 años desde que la Concertación ganó el poder.

Y son miserables, no por decirlo, sino por hacer nada cuando debían y limitarse a usufructuar del poder.

Miserables son los candidatos presidenciales –oficialistas y opositores– que intentan levantar su imagen destruyendo imágenes ajenas. Hay unos más miserables que otros, sí. No entraré en detalles, porque el miserablómetro popular generalmente ha funcionado de manera adecuada.

Por esto último debe haber sido que Arturo Alessandri hablaba de la “canalla dorada” y a ella rendía pleitesía. Miserables sabios, que no se dejaban atropellar ni envilecer por el poder. Muy pocos se salvan de ser miserables.

Eso sí, hay que poner atención al segmento en que nos ubicamos. Es esencial.

* Periodista.

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