Ene 24 2009
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Cultura

Luis Benítez / Medanales: crónicas y desmemorias

A los poetas cierta crítica no les perdonaba cambiarse de sexo, convertirse además en narradores, como si se trasvistieran: un pecado. Esto sucedía ampliamente en la segunda mitad del siglo pasado, antes de que adviniera la posmodernidad, que aparejó las posibilidades de cada género en uno solo, que parece constituir la literatura contemporánea. Donde las fronteras fueron rotas cabe la posibilidad de confundir un territorio con el otro, cuando no se puede ser capaz de establecer una síntesis a la altura de las actuales circunstancias.

Los géneros antes denominados "mixtos" –lo bastardo, la mixtura, lo impuro, en fin, el origen de toda auténtica epifanía– fueron llamados a su hora de gloria. ¿Acaso tienen validez ahora términos tales como las antiguas discriminaciones entre poesía propiamente dicha y prosa poética, entre "poema narrativo" y "poética de la narrativa"?

Es que, paradójicamente, la posmodernidad ha vuelto a las fuentes clásicas no en sus enunciados, sino en las consecuencias prácticas de los mismos. Aristóteles distinguía tres categorías de actividades características del hombre: la teorética o contemplativa, que tiene por objetivo el conocimiento; la poética, cuyo sentido es la producción de una cosa, y la práctica, cuyo objetivo es obrar bien.

El mundo moral o ético es, por lo tanto, el ámbito de la acción humana. La ética de la posmodernidad literaria resulta ser una conjugación única de estas tres actividades que caracterizan según Aristóteles al hombre, en este caso el hombre escritor, dado que el escritor posmoderno contempla y así conoce; genera la poiesis, cuyo producto es una cosa de índole literaria y obra bien, acorde con su tiempo, éticamente, según dicta el período presente del pensamiento, sintetizando las posibilidades de expresión en una fórmula única, no regimentada por la antigua policía de las formas literarias, esto es, creando ese objeto de la poiesis con el empleo simultáneo de recursos que antes eran exclusiva característica de géneros dados.

Así enunciado, parece fácil y hasta claramente pertinente –lo que todos deberíamos hacer en nuestra época– pero en la práctica literaria resulta ser más complicado que en la teoría. Ya sabemos que la práctica de un género literario –y en la posmodernidad, ello implica en cierta manera practicarlos todos al mismo tiempo– no está posibilitada por ningún empirismo: nada se crea de la nada y mucho menos un escritor puede legitimarse como tal partiendo de la mera intuición, del entusiasmo vital por expresarse, aunque tampoco –vale decirlo y no es un dato menor– tampoco puede lograr establecer una obra en base a conocimientos de la teoría literaria, por profundos que ellos sean.

Un escritor –singularmente en nuestro tiempo, al menos para nosotros, que somos sus contemporáneos– es una amalgama única de todos estos factores, no fundamentada en una inspiración –término derrocado si los hay– tan remanente como nos resulta ahora, sino consistente en la complejidad de su mixtura personal, en las proporciones que estos factores guardan entre sí (recordémoslos: intuición, entusiasmo vital, conocimiento) fundidos juntos para elaborar una fórmula tan personal que resulta inevitable reconocerla en cada texto.

Lo que constituye a un escritor no es la suma de ingredientes reconocibles en su obra, sino la síntesis que realiza de todos ellos.

Esto es parte apenas de los que ofrece Medanales, una saga narrativa creada por Gabriel Impaglione para trasmitirnos de una manera distinta –e insisto: bien reconocible– no su visión de un universo que consista en una desfiguración más o menos lograda del que nos rodea, cuando escribo estas palabras preliminares o el lector las lee, sino un universo propio, acabado: la poiesis, que nunca resultó privativa de la poesía, tiene sus cuatro dimensiones bien logradas en esta obra. Posee gracias a Impaglione ancho, largo y profundidad, mas su autor le suma la cuarta, que es el tiempo, un tiempo virtual y bien logrado, que no discorda en perfección con lo que exhiben las otras dimensiones que él hace intervenir.

El tiempo del universo de Impaglione es tan certero como el nuestro, tan presente y verosímil que permite ver las transformaciones de aquello que parecen decirnos inicialmente sus personajes, desde sus individualidades, en concepciones de rango universal, no características de un solo período temporal ni de un exclusivo lugar. Y todo ello, recordando que el autor es además poeta –y un poeta de rango, además– a través de una sutileza del discurso que alude y elude el enunciado continuamente.

Poco le falta a este autor para alcanzar a pintar todo un segmento del complejo fresco de nuestro tiempo, con esa humildad del pincel bajo, que no apela –porque no lo necesita– a los furiosos rojos ni a los negros absolutos, consciente de que en los claroscuros se transparentan muchas más cosas, para el lector, que en las más entusiastas –pero asimismo, más fallidas– intentonas de mostrar el horror y la belleza, lo abominable y lo supremo (apenas aludido en Impaglione, porque sabe que una pizca de la epifanía es apenas lo absolutamente necesario).

A través de los pares de opuestos y sin obviar el golpe de linterna fugaz sobre lo siniestro, se desliza el autor recorriendo su propio mundo, donde reconocemos sospechosas relaciones con el nuestro. La linterna que emplea es un superviviente humanismo, que creíamos desaparecido en lo contemporáneo. Impaglione lo hace revivir en su prosa, despojado de cualquier atributo de ingenuidad, para mostrarlo como éticamente adecuado, aun en la descarnada posmodernidad, para quitarle la máscara a circunstancias, prejuicios, trampas del "stablishment" que se las ha ingeniado para sobrevivir adoptando nuevos disfraces tras la muerte de la modernidad, cuyas ficciones ayudó tanto a construir.

Este sujeto develador es el autor Gabriel Impaglione, prometeico y sutil, que no ahorra recursos para llevar adelante tantas tareas como las enunciadas en estas breves disquisiciones, cortas para reseñar siquiera cuanto contiene este volumen. Vamos a dejarle al lector la agradable tarea de comprobar cuánto de cierto hay en estas meras aproximaciones a una narrativa que cumple con lo mejor que se exige en varios géneros.

 
Uno de los cuentos:
Acerca de los sucesos bautizados como el episodio de los tres jinetes del Apocalipsis

Luego del episodio de la manada nada fue lo mismo. Si el gran desafio hasta ese momento fue armonizar la convivencia entre los dos bandos del pueblo, luego de aquellas jornadas se profundizaron las divisiones hasta las lágrimas, y no hubo sino una década entera de polémicas, agresiones de todo tipo y algunos exilios.

Tal vez el más resonante haya sido el del viejo Damasco y familia. Huyeron del pueblo una mañana de domingo de Pascuas escondidos en las carcazas de dos pesqueros que llevaban de tiro hasta Copetonas para su reparación. Cordelia, el viejo Damasco y los cuatro chicos, ovillados en el vientre de las barcazas rotas, atravesaron los límites del pueblo y una vez en medio de la nada, saltaron por las bordas inútiles hundiéndose en el campo. Se perdieron entre los girasoles definitivamente.. Nadie lo creyó hasta que el policía junto a dos testigos violentaron la puerta de la casa.

Se tejieron varias historias. Que se trataba de un crimen pasional, que hubo un tercero en discordia, que ya se veía venir semejante desenlace. Otros aventuraron versiones fantásticas. Entre las más notables estaba la de Segunda Piras, una de las fundadoras del pueblo, sin parentesco conocido con aquel general que visitara una vez el caserío. Segunda narró con lujo de detalles la aparición de una luz amarilla en el cielo que descendiendo lentamente se posó sobre la casa y terminó chupándose a toda la familia, incluso al perro.

El policía dispuso el secreto de sumario y libró oficios a las comisarías de la región, en el trámite se agotó el caso.

Chilo nunca entendió la desaparición de la familia. Y ni decir que no aprobó uno sólo de los comentarios que se avivaban en el caserío.

Una tarde en el local de la estafeta, cuando medio pueblo esperaba el colectivo de la correspondencia, se deslizó como una culebra el nombre de Damasco. Las damas dieron un salto hacia atrás, persignándose, los hombres aprontaron sus reflejos.

Acodado en el mostrador, Chilo sentenció:

–Nunca tuvo razones para desaparecer así porque sí, pero fue afín a su modus vivendi, como dice el señor comisario aquí presente, llegó al pueblo como se fue,  juyéndose, y será de apurado nomás pa’montar camino.

–Ya dije que esa gente iba a traer desgracias al pueblo, nada es gratis… –Agregó Clarividencia Natales que entonces presidía la Comisión de Juegos de Azar. Las mujeres que la rodeaban asintieron.

Doña Mabel, la encargada de la estafeta, se hizo eco de los comentarios que a hurtadillas se colaban entre el gentío apretado en la espera:

–También, cómo para que no se vaya el pobre Damasco ¡Con las amenazas que recibió cuando dio la idea de hacer el jardín zoológico prehistórico!

–Pobres animalitos de Dios esos bichosaurios! –respondió Chilo–Que esas criaturas no son bicho pa’ pastorear detrás de un enrejau! Guay que yo vea uno encerrao!-

Cuando comenzaban a reabrirse viejas discusiones, la bocina del colectivo puso el interés de los vecinos en otras cuestiones y se acabó un entrecruzamiento de palabras que pudo llegar a mayores en el reducido espacio.

Con el tiempo la casa de Cordelia y el viejo Damasco fue sorteada en una kermés organizada a beneficio de los pescadores y el favorecido, un peón de campo de apellido difícil, se instaló inmediatamente abriendo una casa de comidas que no duró demasiado.

Años después se comentó en el almacén que uno de los hijos de Damasco, con un socio de bigotito de apellido Proverbio, andaba de incógnito por la zona en un auto blanco juntando por las estancias artefactos antiguos y cosas en desuso.

Tres jinetes salieron de urgencia desde la sede de la Comisión de Fomento tras aquel auto blanco, con el objetivo de saber la suerte de la familia, pero nunca lo consiguieron. Sí pasaron las mil y una peripecias. Uno de ellos fue arrastrado por la correntada del Quequén y logró hacer pie diez kilómetros río abajo, otro fue atacado por una jauría salvaje cerca del Médano Blanco, aquella mítica altura de arena que Chilo hizo desaparecer y recolocó en su lugar con esfuerzo titánico haciéndose acreedor al reconocimiento del pueblo y la admiración de las generaciones futuras.

El tercer jinete fue dado por muerto siete días después del regreso lastimoso de sus compañeros. Se organizaron grandes funerales. La Comisión de Protocolo y Homenajes del pueblo colocó una placa en el frente de su casa que fue bendecida por el cura y se bautizó el establo de la policía con su nombre. Pero Elpidio Roldán apareció, sucio y hambriento, casi desmayado sobre su caballo flaco, un atardecer mustio y silencioso.

Se reunió de urgencia la Comisión de Homenajes y decidió labrar un acta de anulación de lo actuado y, mientras un empleado de la delegación municipal corría a quitar la placa de la casa de Roldán, la Comisión puso manos a la organización de una recepción triunfal en donde no faltó la banda y el cortejo de muchachas.

Elpidio debió quedarse en la entrada del caserío casi tres horas esperando que la gente se organizara para la recepción. El pueblo era un hervidero. Todos corriendo de un lado al otro, vistiéndose para la ocasión, encolumnándose para la marcha de bienvenida, juntando flores, pasando la voz.

Chilo interrumpió el partido de truco con el Potro Bernuncio y dos porteños, para encabezar la columna.

La gente marchó solemnemente al compás de la marcha de Medanales hasta el arco de entrada, donde Elpidio, con las últimas fuerzas, pedía agua y comida.

Se hizo un semicírculo frente al hombre y mientras las muchachas echaban pétalos de azulcitas y girasoles, entonando el himno de Medanales, el portero de la escuela en ausencia del maestro, y en nombre de la Comisión de Homenajes, leyó a viva voz, el acta correspondiente.

–En este momento histórico para la comunidad de Medanales –dijo–, me toca el honor de representar a las instituciones del bien público a los efetos de dar la bienvenida de interés vecinal a Elpidio Roldán, valiente jinete que es orgullo de la patria y símbolo de la pujanza de un pueblo convencido de que sin esfuerzo y vocación nada habrá de lograrse para beneficio de la posteridad.

"En este sentido homenaje de receción hago entrega de la cinta azul de homenaje y declaro, en nombre de la comunidad, jornada de fiesta popular por lo que no se trabajará hasta mañana a las 8, invitando a todo el pueblo a concurrir a la parroquia para participar de la misa en ocasión de hallarse presente su eselencia el señor cura párroco, y luego en el Club, a una cena a la canasta con músicos invitados, sorteos  y variedades".

El portero, en andas de los hermanos Sánchez, colocó la cinta en el pecho de Elpidio mientras sonaba la banda con un toque de aleluya, entre aplausos y ovaciones entusiastas.

En el gentío se alzaron voces de aliento para Elpidio y no faltó quien le pidiera unas palabras. Se hizo un silencio profundo sólo pincelado por la brisa escurriéndose entre los árboles.

La expectativa se quebró cuando Elpidio, exhausto, soltó un murmullo inteligible y se desplomó al suelo con caballo y todo.

–Dijo agua, dijo agua –gritó Chilo corriendo hacia el tanquecito de los bomberos cargado en una carreta sin caballos. Abrió la canilla y llenó su boina para volver a descargarla presuroso en la cara de Elpidio, que reaccionó refregándose los ojos nerviosamente.

–Es gasoil, Chilo, es el tanque de gasoil de los bomberos… –Le dijo una muchacha.

–Chambones! -exclamó Chilo, visiblemente fastidiado, oliendo la boina.

Mientras algunos auxiliaban al caballo, las muchachas sobre Elpidio trataban de reanimarlo. Fue así que pudieron cargarlo en la carretilla de Cuadra, que venía con leña, para llevarlo de urgencia a la sala de primeros auxilios.

En el camino la Comisión tuvo que hacer una rectificación al anunciado feriado a pedido del enfermero, para exceptuar del mismo al personal de la salud que debía atender de urgencia al recién llegado.

Para algunos no tuvo mucha razón la declaracion de día no laborable. La jornada casi terminaba y no se conocía trabajo nocturno en la villa. Fue una medida política que sólo causó malestar entre la gente, comentaría días después un observador imparcial de los sucesos.

En el almacén, retomando el partido de truco, Chilo bautizó el hecho que pasó a la historia como el  estraño pisodio de los tres jinetes del Apocalisis.

Así lo recuerda una placa que en el primer aniversario de la llegada de Elpidio, la Comisión de Protocolo colocó en la fachada del Club de Pescadores.

Tanto la misa como la cena a la canasta debieron ser suspendidas por un espantoso temporal que se abatió sobre la zona durante toda esa semana.

 

Gabriel Impaglione
Medanales: crónicas y desmemorias y otros enigmas
Eco Ediciones / Buenos Aires, 2009
Ilustración de tapa e interiores: Gustavo Monforte.

 

 

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