Ene 27 2014
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Cultura

Luto en las letras: falleció el mexicano José Emilio Pacheco, la conciencia de la palabra

La poesía, la narrativa, el ensayo, la traducción y el periodismo dicen adiós a uno de sus grandes autores. el mexicano José Emilio Pacheco quien falleció este domingo a los 74 años, no sin terminar de escribir su Inventario, columna semanal para la revista Proceso, dedicado a un amigo querido, a Juan Gelman..

La noticia fue dada por su hija Laura Emilia: “Con enorme pesar, tengo que decirles que mi padre falleció hace unos 20 minutos. Se fue muy tranquilo, se fue en paz. Murió en la raya, como él hubiera querido. Hizo lo que hacía todas las noches. Se acostó a dormir y ya no despertó. Eso es todo”.

“Me voy como llegué; no perdí el tiempo”

Autor de la novela icónica Las batallas en el desierto, Pacheco, quien obtuvo en 2009, con unos meses de diferencia, los premios Reina Sofía de Poesía Iberoamericana y el Cervantes, se enamoró de la ficción desde 1947, cuando siendo niño vio una representación de El Quijote en el Palacio de Bellas Artes.

Así lo recordó en su discurso de aceptación del Cervantes, el Nobel de la lengua castellana: “En aquella mañana tan remota descubro que hay otra realidad llamada ficción. Me es revelado también que mi habla de todos los días, la lengua en que nací y constituye mi única riqueza, puede ser para quien sepa emplearla algo semejante a la música del espectáculo, los colores de la ropa y de las casas que iluminan el escenario. La historia del Quijote tiene el don de volar como aquel Clavileño. He entrado sin saberlo en lo que Carlos Fuentes define como el territorio de La Mancha. Ya nunca voy a abandonarlo”.

Y en verdad nunca abandonó ese territorio. Lo recorrió como cuentista, poeta, ensayista, traductor, novelista y editor. Lo tasó con las palabras que pronunció en numerosas conferencias, presentaciones y cuando recibía los muchos premios que se le concedieron por su obra o en las charlas con amigos, lectores y periodistas que siempre buscaron de él una declaración tanto de lo que escribía y pensaba de la literatura como de la vida política y social del país.

José Emilio Pacheco nació en la ciudad de México el 30 de junio de 1939. Estudió filosofía y derecho en la Universidad Nacional Autónoma de México y desde entonces comenzó su trabajo literario en la revista Medio Siglo.

Tan sólo de poesía escribió 15 libros, entre ellos Los elementos de la noche, El reposo del fuego, No me preguntes cómo pasa el tiempo, Islas a la deriva, Miro la tierra, El silencio de la luna, Siglo pasado, La edad de las tinieblas y Como la lluvia, algunos de cuyos poemas leyó en una ocasión memorable en el auditorio del Museo Nacional de Antropología.

Dijo que en ese último libro intenté decir que se pueden hacer poemas largos y cortos sobre cualquier cosa. El poeta tiene el mundo entero a su disposición para hacer poemas.

En 2009, el Fondo de Cultura Económica publicó la antología Tarde o temprano. Poemas 1958-2009.

“Jamás pensé que llegaría a escribir un libro de 800 páginas. Dije: ‘debo ser muy fecundo, pero no, no es fecundidad, es muchísimo tiempo. Ochocientas páginas en 50 años no son más de 15 páginas al año. Podrían decir: ‘este tipo no escribe nada’”, dijo en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara en 2009, palabras que había dicho también unos días antes al recibir el Premio Reina Sofía, sólo que en su discurso añadió: Ojalá el producto de tanto esfuerzo y constancia sean, al final de todo, 10 poemas válidos.

Siguió la tradición de ese premio de leer textos breves. “No quiero apartarme de esta buena costumbre ni tampoco ignorar las trágicas circunstancias por las que atraviesan México en particular y el mundo en general. Se ha dicho que lo ocurrido en los 20 años posteriores a la caída del Muro de Berlín se resume entre un título de Dickens y otro de Balzac: Grandes esperanzas y Las ilusiones perdidas.

“Nací a mediados de otro año horrible, 1939 y, sin embargo, me libré de los desastres de la guerra. No sufrí los bombardeos, las batallas, las persecuciones, los campos de exterminio. Todo lo experimenté a distancia y no por ello dejó de imprimirse en cuanto he escrito.

“Ahora la violencia y la crueldad extremas son mi pan cotidiano y vivo en medio de un conflicto bélico sin esperanza de victoria. A ello se suma la visión agravada del hambre y la miseria en México y en el mundo. A todo aquello en lo que no dejo de pensar, añado la angustia de quienes se quedan sin trabajo y de los jóvenes que no encuentran el sitio para el que fueron preparados.mex jose emilio pacheco vert

“En 2009, muy a mi pesar, me he identificado con los osos que ven desaparecer el suelo de hielo y nieve que los sustentaba y sobre un témpano se pierden en el mar que es el morir.

También por momentos me siento afín a Páladas, el poeta de Alejandría que vio derrumbarse su propio mundo y contempló el triunfo del cristianismo contra lo que había sido por mucho tiempo griego y romano.

Así era como él, de pronto, dejaba caer esas frases lapidarias o también contaba anécdotas con mucho sentido del humor. Su público, sus lectores de años y los nuevos llenaban los auditorios con tal de escucharlo.

Pocas veces podía recorrer los pasillos tranquilo. Lo detenían para pedirle una foto, un autógrafo o para decirle cómo leer alguno de sus libros les había cambiado la vida. José Emilio sonreía a todos, agradecía a todos y firmaba cuantos libros pudiera, sobre todo Las batallas en el desierto, pero también sus poemarios o ejemplares de sus otras novelas y cuentos: La sangre de Medusa y otros cuentos marginales, Morirás lejos, El principio del placer, El viento distante o Tarde de agosto.

El libro Las batallas en el desierto también fue llevado al cine con el título de Mariana, Mariana, dirigido por Alberto Isaac, con adaptación de Vicente Leñero, y también al teatro; el grupo Café Tacvba le puso el nombre de Las batallas a una canción.

José Emilio también fue guionista: junto con Arturo Ripstein escribió el texto de El castillo de la pureza, y en su labor como traductor trabajó en la obra de autores como T. S. Eliot, Marcel Schwob, Samuel Beckett, Tennessee Williams y Oscar Wilde, entre otros.

El árbol de la poesía pierde una de sus ramas más poderosas

Como un hombre que dedicó su vida y su inteligencia a la literatura recordaron destacadas personalidades de la cultura al poeta José Emilio Pacheco, quien falleció este domingo a los 74 años. Con la partida de Pacheco, el árbol de la literatura y la poesía mexicana pierde a una de sus ramas más poderosas. Pacheco era una conciencia de la palabra en un sentido muy profundo, comprometido con la ética del lenguaje, expresaron.

Con Jorge Luis Borges, en 1973

Con Jorge Luis Borges, en 1973

A continuación las opiniones que compartieron  los amigos del ensayista, poeta y narrador mexicano:

Elena Poniatowska, escritora: “Cuando busco un adjetivo para José Emilio Pacheco encuentro la palabra fundamental. Para México él era indispensable, no sólo para la gente que vivió el movimiento de 1968, los terremotos, la corrupción gubernamental, sino también para los chavos de ahora que devoran los libros El principio del placer y Las Batallas en el desierto, además de su poesía.

“Sus Inventarios eran la realidad que todas las mañanas a él lo golpeaba, no sólo los acontecimientos políticos, sino el horror que se practica en México contra los humillados y los que tienen hambre. Él nunca creyó en la celebridad, a pesar de que era el intelectual más reconocido del país y académico de la lengua y miembro de El Colegio Nacional. Su cultura es piedra de toque en nuestra literatura y nadie tenía su cultura.”

Bárbara Jacobs, escritora: José Emilio es un gran poeta, narrador y un gran cronista. Fue un maestro para mí en muchos sentidos y un amigo. Desde que lo conocí ya era una figura muy importante, nunca me habría esperado sus gestos de amistad y estoy muy en deuda con él. Lo admiro y lo quiero. Estuvimos hace unos momentos en el hospital con la familia y fue un golpe muy duro.

Hugo Gutiérrez Vega, poeta:“Hay cinco aspectos fundamentales en la vida y la obra de José Emilio Pacheco: el primero, es que si hubo y habrá un hombre de letras en el sentido estricto en el país, ese hombre es Pacheco. Abarcó todos los géneros, la narrativa, la poesía, el ensayo, la crítica literaria, el periodismo y la difusión cultural; en todos fue excepcional, notable, además, en sus traducciones.

“El segundo aspecto es la generosidad de su legado. José Emilio dedicó su vida, todo su esfuerzo y su inteligencia a la literatura, por tanto sirvió a los demás a través, fundamentalmente, del periodismo cultural y de la crítica literaria.

“El tercer aspecto: poeta, que escogió la transparencia, la sencillez, la claridad que es producto de la sabiduría y del largo dominio de la retórica, del ejercicio de la poesía. El cuarto aspecto: la narrativa entrañable, inventos fundamentales de la vida del país, y el quinto: su solidaridad, su constante vigilancia de la situación del país, su compromiso con los olvidados y los ofendidos, su defensa de la democracia, de las libertades y de los valores humanos.

Creo que con esos cinco aspectos tenemos una imagen del hombre de letras que se nos acaba de ir, pero que deja como legado su honradez, su entusiasmo, su alegría de vivir, sobre todo su alegría de escribir.

Juan Bañuelos, poeta: El fallecimiento de José Emilio Pacheco es un golpe tremendo para la cultura mexicana y para mí que fui su amigo. Realmente es muy dolorosa su partida, la cual me ha dejado sin oxígeno. Nos quedamos sin un gran poeta. La obra y la presencia de Pacheco, serán inolvidables para México.

José Ángel Leyva, poeta: “José Emilio para mí es uno de los paradigmas intelectuales de este país. Es un referente como poeta, narrador, ensayista, articulista y creo que se une a esa tradición de sabios mexicanos que vienen desde Sor Juana, Carlos de Sigüenza y Góngora, pasando por Reyes, Octavio Paz y por tantos otros sabios, Rubén Bonifaz Nuño y Alí Chumacero, por supuesto. Tiene esa virtud de ser un hombre con capacidades escriturales que muestran su gran potencia en distintos campos.

“Me duele mucho que después de la partida de Juan Gelman –que además eran vecinos–, José Emilio se haya ido siendo un hombre relativamente joven, no tan mayor como Gelman, pero creo que con José Emilio Pacheco se cierra un círculo de este tipo de personalidades que nos muestran sus talentos en diversos ámbitos de la cultura y de la escritura. Todavía nos queda Eduardo Lizalde, quien es uno de los más grandes poetas. Pero esta noticia nos conmueve hondamente.”

Adolfo Castañón, narrador y ensayista: “Con la partida de José Emilio Pacheco, el árbol de la literatura y la poesía mexicana pierde a una de sus ramas más poderosas. Al caer esa rama y su sombra nos hemos quedado muy desprotegidos. Pacheco era una conciencia de la palabra en un sentido muy profundo, comprometido con la ética del lenguaje, es decir, con la responsabilidad de leer y escribir bien y con la ética de la memoria, es decir, con el recordar.

“Pacheco siempre estuvo muy atento al proceso de erosión civil al que ha estado sometido el tejido social y cultural mexicano, así como al proceso de erosión de la ciudad y el planeta; en ese sentido su partida es una motivo de reflexión, de duelo y de conciencia, respecto de su legado.

“José Emilio Pacheco era poeta, historiador, periodista y memorialista. Era una enciclopedia ambulante. En su juventud, Pacheco, Carlos Monsiváis y Sergio Pitol formaban un triangulo, que se podría denominar el triángulo dorado de la memoria, al cual sólo le queda una de sus líneas. Los tres, de alguna manera, delimitaban un territorio de la memoria política, civil y poética. José Emilo fue el depositario de la memoria lírica y eso los lectores lo pueden palpar en el tomo azul de la poesía mexicana del siglo XIX.

“Pacheco era también un perfeccionista. El espectro de la perfección recorre su obra literaria y eso explica por que rescribía constantemente sus poemas, sus traducciones. Eso da constancia del ánimo de pulir y repulir. Ahora, de cierto modo su obra poética y sus cuentos implican una labor de edición con variantes.

“Por otra parte, deja un enorme legado con Inventario, el cual es una cajón de sastre dentro del que conviven el poema, la crónica, el cuento, la investigación, la parodia, y ahí hay una abundante cantera de la que ojalá algún día podamos disponer. Pacheco se ganó a pulso el respeto, la admiración y la estima de la comunidad intelectual. Es también un puente entre el pasado y las nuevas generaciones. En ese contexto es uno de los guardianes que han trasmitido la tradición del sentido recto de la palabras. Algo que se puede decir sobre su obra es que ensalza su ética insobornable, su sentido de la justicia y la clemencia, su sentido, finalmente, del amor.

La mano de la señora que todos conocemos fue piadosa con él al llevárselo de forma tan repentina. Dice el Evangelio que la palabra infinito no debe pasar entre los dientes de los hombres, porque no somos dignos de ella. Pero José Emilio Pacheco supo deletrear la palabra infinito.

Eduardo Vázquez Martín, secretario de Cultura del DF. “José Emilio fue uno de los escritores que nos enseñó a pensar y a leer a varias generaciones, no fue sólo uno poeta definitivo y un autor de relatos fundamentales, sino además fue un maestro, un divulgador de la palabra y un amante de la literatura. En su columna de Proceso nos señalaba siempre territorios literarios con inteligencia. Era un hombre crítico, con humor y una enorme curiosidad.

“Cada vez nos sentimos más huérfanos en estos años debido a la partida de maestros como José Emilio, que nos dejan más solos, pero también son sensaciones contradictorias, de cuando muere un hombre que ha hecho tanto por todos, hay también una alegría de haberlo tenido y de haber compartido una época con él. Nos conmovió y nos enseñó a leer la ciudad con Las batallas en el desierto, con su poesía de un amor apátrida y antisolemne a este país.

“Hay que hacer lo que siempre se debe hacer con los poetas en estos momentos, cuando la muerte es una oportunidad –quizás– para que encuentren los lectores que no han tenido y para difundir su palabra. Hace un momento estábamos en el Teatro de la Ciudad cuando se dio a conocer la noticia y fue muy emocionante ver a todo el público de pie aplaudir a José Emilio Pacheco, quien con enorme inteligencia literaria y enorme cultura se convirtió en autor de todos y de muchas generaciones.”

Gloria Villegas, directora de la Facultad de Filosofía y Letras: El fallecimiento de José Emilio Pacheco es una pérdida irreparable no sólo para la literatura mexicana, sino para la universal. Fue una figura importantísima en el campo de las letras, tuvo una visión humanística trascendental y dejará una huella muy onda. Se va pero deja una enorme cantidad de discípulos y lectores apasionados. Pacheco es una figura ejemplar en todos sus sentidos, recibió diversos reconocimientos, justificados por su labor. Se trata de una figura de la literatura nacional y mundial.

Salvador Vega y León, rector de la UAM: “Lamento la muerte de José Emilio Pacheco, autor de obras como Las batallas en el desierto y Tarde o temprano. Esta casa de estudios está de luto por el hecho de que Pacheco es doctor honoris causa por la institución, de ahí que su comunidad está muy afectada por su fallecimiento.”

Javier Aranda Luna, ensayista: “La pérdida de José Emilio Pacheco la iremos asimilando día con día y año con año. Sólo cuando nos falta se aprecia el aire. Sus poemas, que como pocos rescataron el irreversible paso de las horas de la vida menuda –quizá la más intensa– de la ciudad y de los animales, poco a poco la iremos extrañando. Nos hará falta su memoria generosa que rescató la tradición literaria de la que venía. Ya no habrá más Inventarios para remediar nuestros olvidos, nuestra practica del ninguneo, nuestra memoria de polvo.

“Generosidad quizá sea la palabra clave para acceder a cualquier zona de su obra: escribió poemas porque creía que era una forma de amor que sólo existe en silencio, en un pacto secreto entre dos personas.

“Tradujo por gusto los Cuatro cuartetos, de Eliot, sin que le pagaran un centavo cuando fueron publicados, y rescató la riquísima obra periodística de Salvador Novo.

Su último acto de generosidad fue la crónica que le dedicó a Juan Gelman, el gran poeta menospreciado por la crítica miope y tartamuda, la misma que criticó a José Emilio hace tiempo. La que desde entonces es polvo, una bola de humo, y la realidad de una nómina.

*Publicado en La Jornada de México

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