Oct 15 2010
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Cultura

Mario Bros y el gran interrogante

Álvaro Cuadra.*

Pierre-Simón Laplace (1749 – 1827) ha pasado a la historia no sólo como un gran matemático sino por haber señalado —contrariamente a su predecesor Isaac Newton— que en una de sus obras había construido una explicación universal del mundo y el universo sin apelar a la hipótesis dios, pues ella lo explica todo, pero es incapaz de predecir nada. Esta anécdota indica una tensión no resuelta, hasta el presente, entre el pensamiento científico y la religión.

En efecto, por estos días, otro científico notable, Stephen Hawking, ha actualizado la tradición de Laplace, indicando que “Dado que existe una ley como la de la gravedad, el Universo pudo y se creó de la nada. La creación espontánea es la razón de que haya algo en lugar de nada, es la razón por la que existe el Universo, de que existamos. No es necesario invocar a Dios como el que encendió la mecha y creó el Universo".

Se nos impone una aclaración mínima sobre aquello que separa Filosofía y Fe. La historia de las religiones, tanto como la historia de la filosofía atestiguan un entrecruzamiento problemático de ambas perspectivas desde la antigüedad dios y las palabras parecen interpelarse mutuamente, discurriendo, por caminos diversos y, a ratos, muy distintos el uno del otro.

Tal como ya nos lo ha advertido Martín Heidegger: “¿Cuándo se resolverá la teología cristiana de una vez, a tomar en serio las palabras del Apóstol y, de acuerdo con ellas, a tomar la filosofía como una locura?” Filosofía y Fe son dos vías más bien divergentes que parecen aproximarse pero sin jamás rozarse; tomar ambas a la vez, es renunciar a pensar originariamente, pues la pregunta filosófica va a “agujerear” la Fe, o bien, la Fe antecede y responde a la pregunta que debiera ser el acicate del filósofo.

En el pensamiento de Baruch de Spinoza, esta diferencia entre Fe y Filosofía queda de manifiesto de modo explícito cuando escribe de manera rotunda: “…entre la fe o la teología y la filosofía no hay comercio ni afinidad alguna, y éste es un punto que no puede ignorar todo el que conozca el fin y el fundamento de estas dos ciencias que son ciertamente de naturaleza completamente opuesta”. Esta separación se va a fundamentar en lo que el filósofo llama el fin y el fundamento, es decir en el propósito de los discursos y, ciertamente, en la legitimidad que se reclama.

Los actuales avances de la física y la cosmología, en particular, la llamada teoría M, da cuenta de un universo de once dimensiones o multiversa, del cual el nuestro es apenas un caso posible. Así, este continuo espacio-tiempo tetra dimensional flota en el hiperespacio junto a muchos otros “universos paralelos”.

El "big-bang" es el resultado de la colisión de estos otros universos, originando todo cuanto existe en este universo. Por su parte la llamada física cuántica nos informa que lo que llamamos “materia” no es sino la cristalización de diminutas “cuerdas” energéticas cuya vibración anima el universo material y las fuerzas que determinan su arquitectura.

No obstante la nueva imagen del universo que nos ha aportado la ciencia durante las últimas décadas, sólo una supina ingenuidad filosófica nos haría creer que la Idea de dios se puede despachar desde la ciencia. Se requiere tanta fe para el ateismo como para la creencia religiosa. Pareciera que, de manera inevitable, cada generación  humana vuelve sobre la cuestión por “aquello”. La obstinación en la pregunta nos lleva, a lo menos, a tres consideraciones.

La primera y más evidente es que más allá de las respuestas ensayadas por las culturas humanas, la Idea de dios es de manera persistente, acaso inevitable, una interrogante no resuelta por filosofía alguna. La segunda consideración tiene que ver con una idea de aquel “marrano de la razón”, como le han llamado a Baruch Spinoza, cuando hace notar que las leyes de la naturaleza no difieren de las leyes divinas. Por último, hagamos notar que muchos teólogos ilustres como Nicolás de Cusa, entre otros, han desarrollado  lo que se ha dado en llamar la Teología Negativa, entre cuyos principios destaca la idea de que dios es nada, agreguemos, nada de lo ente.

Así, entonces, cualquiera sea el fundamento que imaginemos para nuestra existencia, lo cierto es que nuestra condición se parece a la de Mario Bros, el personaje de videojuegos, preguntándose si acaso está metido en ese mundo virtual por azar o necesidad. Mientras la pregunta siga allí como mysterium tremendum, lo recomendable es escribir la palabra dios con minúscula, por recato, humildad e ignorancia, y dejar en paz a Stephen Hawking cuyo único pecado ha sido pensar en el misterio del universo.

* Doctor en semiología, Universidad de La Sorbona, Francia. Investigador y docente de la Escuela Latinoamericana de Postgrados, Universidad ARCIS, Chile.
 

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